sábado, 25 de mayo de 2013

¿Por qué Lenin?



Han pasado ya casi 89 años del deceso del fundador de la URSS, Vladimir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin. La URSS no existe más, y el comunismo dejó de ser la fuerza hegemónica en Europa oriental y Asia. Sin embargo, el legado de Lenin continuará en discusión aún por largo tiempo. No es para menos, la revolución socialista liderada por Lenin ha sido el momento más revolucionario de la historia mundial y los efectos de ella se dejaron sentir en todo el mundo.

¿A qué se puede atribuir esta dimensión de la revolución de 1917? Hay que recordar que la Rusia de principios de siglo no era un país desarrollado, se trataba de una monarquía semi-feudal que apenas en 1861 había realizado una reforma agraria parcial dirigida por la misma aristocracia zarista. El capitalismo en Rusia tiene este punto de partida y se desarrolla vigorosamente desde entonces, sobre todo en las grandes ciudades, donde se fundan grandes centros industriales, empresas, etc.

Pero el mundo rural ruso sigue bajo el control de la nobleza y sólo con lentitud se abren paso el comercio y el capital. Pero igualmente el capitalismo hace progresos en el campo. Rusia llega al siglo XX como un país atrasado y campesino en el que existen grandes complejos industriales.

Las transformaciones económicas en el sentido capitalista, sin embargo, no llegan a producir una clase capitalista independiente, que desarrolle sus intereses políticos de manera independiente al zarismo. Los capitalistas rusos vieron la luz como excrecencias de la aristocracia de la tierra, con la cual siempre estuvieron fusionados, de manera que los intereses propiamente burgueses en Rusia acabaron por ser representados por las capas pequeñoburguesas e intermedias que veían con desagrado las trabas feudales al desarrollo burgués y padecían el despotismo en cada esfera de la vida civil.

Esta situación intermedia de la Rusia zarista, a caballo entre la Europa imperialista y el Asia precapitalista creó y tenía que crear un régimen político y social que reunía en sí mismo todos los géneros de opresión y ninguna de las libertades inherentes a los otros regímenes con los que compartía fronteras.

Ya Marx y Engels habían advertido las contradicciones que sacudían al inmenso país de los zares, y casi cada año desde 1870 esperaban que estallase ahí la revolución. No tuvieron oportunidad de verlo, la revolución terminó por estallar en 1905 y fue el mayor estallido en el mundo desde la Comuna de París de 1870. Si bien la revolución fue un movimiento espontáneo que enfrentó a las masas hambrientas con el régimen, ya en ella se hicieron presentes los movimientos y partidos que se verían las caras de nuevo en 1917.

Precisamente en 1870 nace Vladimir Ilich Lenin, en una familia que ha ascendido en la escala social gracias al trabajo de su padre Ilya, cuya labor en la organización de centros de educación le valió una condecoración que lo ascendió al carácter de noble. Lenin, pues, pertenecía a la nobleza regional y como tal recibió una educación apropiada, al igual que sus hermanos. Su hermano mayor Alexander se educó en las ciencias naturales y todo indicaba que se convertiría en un científico o un profesor. No obstante, terminó por involucrarse con los grupos revolucionarios que buscaban dar muerte al zar en nombre de la libertad del pueblo. Ya en 1881 un zar había caído por las balas de los terroristas de izquierda de “La Voluntad del Pueblo”, ¡ y eso que se trataba del zar “reformista”!

Alexander fue, sin embargo arrestado y llevado a la horca, pero en todo momento se negó a pedir perdón aunque su condición de noble le permitía ciertas prerrogativas. Muere finalmente ajusticiado, lo que lleva a la familia Ulianov a padecer el señalamiento público. Lenin quedaría profundamente afectado por esta serie de eventos. Mucho se ha discutido sobre si esto lo condujo a la senda revolucionaria, pero es poco probable, ya que Lenin por entonces ya era más radical que Alexander aunque no era aún marxista.

Lenin se aboca al estudio pero su participación en la agitación estudiantil en la Universidad de Kazán le valen la expulsión, ha de marchar a San Petersburgo y estudiar por su cuenta para presentar exámenes finales a fin de titularse, lo que logra y entonces busca colocarse como abogado. No obstante, para entonces es ya un marxista formado y ha entrado en contacto con los grupos revolucionarios de San Petersburgo, que realizan reuniones semiclandestinas para discutir sobre la teoría marxista y la táctica de los revolucionarios en Rusia, ahí conoce a la que será su esposa, Nadezhda Krupskaya. Lenin ya es reconocido por los estudios que ha realizado sobre la economía rusa y las teorías que se están proponiendo para explicar el desarrollo que se ha observado desde la reforma de 1861. Estas obras siguen siendo estudiadas hasta la fecha presente, sobre todo se trata de Contenido económico del populismo, ¿Quiénes son los “amigos del pueblo”?, y Sobre el problema de los mercados, entre otras obras, que dan ya cuenta de la capacidad analítica del joven Lenin (tiene 23 años) y el vasto conocimiento que tiene de la obra de Marx así como de los autores populistas rusos y de los precursores europeos de éstos.

Pero el joven Lenin no emprende una labor académica en la economía política, sino que entra en la polémica que sostienen los teóricos revolucionarios acerca de la evolución del capitalismo ruso y de los caminos para la política revolucionaria en Rusia. Algunos autores sostenían que el desarrollo del capitalismo era irrefrenable y que por tanto no quedaba más que esperar a que la mera deriva capitalista fuera acompañada por un correspondiente desarrollo político en dirección de la democracia burguesa. Estos teóricos eran los liberales burgueses y los llamados “marxistas legales”, los liberales tenían a su máximo representante en el literato Tugán-Baranovski y los “marxistas legales” en Piotr Struve. Estos teóricos descendían hasta la apología del capitalismo, basándose exclusivamente en el ejemplo de Europa occidental.

En el otro extremo se encontraban los distintos grupos y fracciones del populismo, los populistas consideraban, por el contrario que el capitalismo carecía de raíces en Rusia, y que por ello terminaría declinando hasta desaparecer o bien hasta quedar en un estadio estacionario en el que no podría representar un papel decisivo en la economía y que las promesas de democracia y libertades burguesas no podrían materializarse por la vía del desarrollo burgués, sino por la movilización de las masas campesinas. El populismo surgió de las capas campesinas “liberadas”por la reforma de 1861, aunque sus representantes teóricos eran literatos y economistas provenientes de la pequeña burguesía radical de las ciudades. El primer populismo era un movimiento revolucionario que buscaba el derrocamiento del zarismo y la organización de una economía socialista campesina que remplazase al capitalismo. No obstante, los populistas contemporáneos de Lenin eran meramente los restos de aquél gran movimiento popular, eran, como podría haberlo dicho Marx, los albaceas testamentarios; y sus posiciones habían evolucionado francamente al liberalismo, contemporizando abiertamente con las reformas “desde arriba”.

A pesar de eso, los populistas siguen representando el pensamiento avanzado en Rusia y Lenin va a romper lanzas contra ellos. Sus textos se dirigen tanto contra la apología del capitalismo, o sea, contra los marxistas “legales”, como contra el rechazo a secas de todo lo progresivo que implica el capitalismo, o sea, contra los populistas. A unos los rebate argumentando que el puro desarrollo económico por la vía capitalista no implica la evolución a formas de vida democráticas, ni siquiera en el sentido burgués. A los segundos les replica que la misma economía campesina avanza por la senda del capitalismo, aunque lo hace de manera lenta y tortuosa, y que hablar de un socialismo campesino sobre esta base es mera ilusión, pues el desenvolvimiento de un modo de producción como el capitalismo no puede ser frenado desde el propio modo de producción en tanto la propiedad de los medios de producir sigan en las manos de las mismas clases explotadoras.

Así, Lenin rebate a los extremos teóricos que proponen “alternativas” para el capitalismo y que no se detienen a explicar primero cuál es la naturaleza real del proceso que está transcurriendo, a descubrir las contradicciones del desarrollo y las verdaderas vías abiertas para la política revolucionaria.

Será Lenin quien realice esto, a ello dedicará su trabajo en los siguientes siete años, incluso en el destierro en Siberia y luego en el exilio; a los que fue condenado por su labor revolucionaria.

Las obras de Lenin, “El desarrollo del capitalismo en Rusia” y “La cuestión agraria y los 'críticos' de Marx” (1899-1900) van enfocadas a ese objetivo. Aquí fundamenta con una profusa estadística y un concienzudo análisis las tesis vertidas en sus obras de crítica al populismo y al “marxismo legal”. Con justicia se puede decir que la obra de estos años será la base teórica sobre la que cimentará toda la línea política que seguirá en el movimiento revolucionario de los años futuros.

El siguiente punto álgido en la carrera de Lenin será el proceso de organización del partido revolucionario, para ello se requería coaligar a la gran cantidad de pequeños círculos marxistas en una única organización. El eslabón fundamental en ese momento era el grupo de Plekhanov, Emancipación del Trabajo, que estaba en el exilio, pero que mantenía su prestigio dentro y fuera de Rusia, y representaba al marxismo ruso frente a la II Internacional, la asociación de los partidos socialistas de Europa. Lenin mismo era un admirador de Plekhanov, su obra había influenciado directamente la obra de Lenin, pero Plekhanov empezaba a anquilosarse y cada vez desconfiaba más de las noticias sobre el ascenso del movimiento popular en Rusia; a él, el socialismo le parecía cada vez más lejano y más ideal, más lejano de la política concreta de los movimientos revolucionarios. El choque con Lenin era entonces inevitable.

El naciente partido revolucionario de Rusia se dividió en su mismo origen en varias fracciones, el motivo de la división residió en las cuestiones de organización, los grupos no tenían la misma visión en torno a la línea de la política a seguir y por tanto de cómo debía organizarse el partido, aunque en principio todos estaban de acuerdo en la necesidad de un partido único para los revolucionarios rusos.

Desde un comienzo, Lenin abogó por una organización centralizada y disciplinada, que fuera capaz de luchar contra el zarismo a la cabeza de la clase obrera. Lenin era enfático en señalar que al no haber en el imperio ruso tradiciones democráticas la lucha tendría que desarrollarse de manera diferente que en los países más avanzados. Pero también sostenía, y esto es lo crucial, que la lucha socialista en Rusia tenía más posibilidades que en Europa occidental y los EU, el tiempo le daría la razón.

El ala derecha del movimiento revolucionario sostenía por el contrario que precisamente debido al atraso de Rusia, las transformaciones democráticas eran indispensables y era tarea de los revolucionarios luchar por esas reformas, y que por tanto, el partido debía ser una organización de masas más o menos abierta a los movimientos sindicales y campesinos, de manera que tuviera el mayor alcance aún a costa de la disciplina. Ya desde este momento se perfilaron las tendencias reformistas y conciliadoras de los derechistas, que después serían llamados “mencheviques”, al quedar en minoría en el segundo congreso del partido en 1903.

Los partidarios de Lenin pasaron a llamarse “bolcheviques” o mayoritarios, aunque esta ventaja fue efímera, los nombres perduraron y hasta la fecha se conservan como denominaciones para el ala derecha y ala izquierda del movimiento comunista. No obstante la división, ambas alas se siguieron considerando partes integrantes del mismo partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), y lucharon encarnizadamente por controlar su dirección y su periódico.

A partir de entonces, Lenin no cejará en la lucha contra los mencheviques, a los que considera como elementos extraños a la lucha obrera incrustados en el partido, representantes de la pequeña burguesía y, por tanto, de los intereses de la gran burguesía, aunque por sus intenciones aparezcan como defensores de la causa proletaria. Por tanto, los mencheviques se convierten en servidores involuntarios de la política burguesa.

Lenin se dedica aguerridamente a combatir las desviaciones mencheviques, que se vuelven un peligro cada vez mayor en tanto el movimiento popular en el imperio se va recrudeciendo hasta que estalla en la revolución de 1905, que se produce tras la desastrosa guerra con el Japón. El hambre y la miseria campeaban y una manifestación se organizó para hacer una petición al zar. Fue organizada por un religioso de nombre Gapon, que, como se sabría después, era agente de la policía, informante y organizador de sindicatos policiacos. Con todo, la manifestación era una legítima movilización de las masas y por ello despertó el miedo y la ira del zar y sus generales de manera que la represión no se dejó esperar, hubo muchos muertos y heridos. Gapon huyó al extranjero (más tarde se entrevistaría con Lenin y otros líderes en el exilio). Pero la insurrección creció, los grupos de trabajadores se organizaron en soviet o consejos, en los que se aglutinaban las fuerzas revolucionarias en cada localidad, industria, etc. El más importante era el de San Petersburgo, cuyo dirigente más importante era Trotsky, otrora discípulo de Lenin y ahora ferozmente enfrentado a él.

Sin embargo, las fuerzas del zarismo se reorganizaron, mientras que los grupos revolucionarios carecían de la experiencia y los cuadros preparados que pudieran volcar la situación en su favor. Además, muchos de sus líderes aún no regresaban del exilio, el mismo Lenin con dificultades logró ingresar en 1905, pero el desarrollo del partido era exiguo, ni sus cuadros ni sus militantes habían resuelto las grandes cuestiones de la lucha de clases y no estuvieron en condiciones de elaborar las consignas adecuadas en los momentos adecuados, en pocas palabras, no estaban capacitados para diferenciar las etapas de la revolución y las tareas de cada una de ellas.

Lenin se ve obligado a volver al exilio en 1907, no volverá a Rusia hasta diez años después ya en plena revolución de 1917.

A pesar de la derrota, y la crisis subsiguiente que sufrirá el movimiento, las lecciones de 1905 serán en extremo valiosas, y su mayor legado, la experiencia de la formación de los soviet, tendrá un papel crucial en el futuro 1917.

La represión será dura, fusilamientos, expulsiones, prisión y despidos, serán el destino de los alzados de 1905, se recrudecerán las razias anti-judías, los sanguinarios pogrom.

En el exilio las cosas eran también difíciles, los militantes desertaban por centenas y aún miles, la prensa revolucionaria prácticamente desapareció y las discusiones se agriaban con el sabor de la derrota. El mismo Lenin vive en la precariedad y va quedando aislado incluso entre los mismos bolcheviques, que con Bogdanov a la cabeza, se entregan a las polémicas filosóficas. Lenin se ve orillado a combatir estas desviaciones y elabora el libro Materialismo y empiriocriticismo (1908), donde condena resueltamente la conciliación con la filosofía burguesa que pretendían los seguidores de Bogdanov.

La crisis del movimiento ruso no está, sin embargo, sola, ya que conforme se aproxima la guerra imperialista europea, el movimiento internacional entra a su vez en crisis. La cercanía de la guerra empuja a los gobiernos imperialistas a presionar a todos los partidos a unirse a ellos con el argumento de la necesidad de la “unidad nacional”, formando bloques políticos que ahogaran la voz de los trabajadores y cargaran sobre ellos los costos de la guerra, costos que como se verá, serán monstruosamente elevados en vidas y recursos. Pocos partidos socialdemócratas resisten la ofensiva gubernamental, pues los años de paz han mellado sus organizaciones y la rutina parlamentaria ya ha adocenado a los líderes, que temen perder sus cargos y posiciones si se embarcaran en una lucha frontal contra el Estado.

Tras una breve lucha, casi todos los partidos de izquierda claudican en las vísperas de la guerra, Lenin y los otros revolucionarios verdaderos (Luxemburg, Pannekoek, Liebnekcht se baten desesperadamente apelando a las resoluciones del congreso socialista de Zimmerwald, pero la bancarrota es inminente, y la clase obrera europea es entregada atada y amordazada a los imperialistas. La guerra inflama la vena patriótica de las masas, incluso de muchos proletarios, y los líderes de los partidos socialistas que han contemporizado con la burguesía se ocupan alegremente de buscar justificaciones “proletarias” a la participación en la guerra. Lenin los denuncia como “social-chovinistas” o sea, socialistas de palabra y nacionalistas de hecho. En lo sucesivo, los partidarios de Lenin quedarán en minoría y forman coalición con los elementos minoritarios de otros partidos europeos que fueron marginados de las direcciones partidarias y de los parlamentos, pero que se mantuvieron firmes pese a todo.

En Rusia, mientras tanto, conforme la guerra se recrudece, la realidad del atraso económico y cultural del país va cobrando su factura y pese a los primeros triunfos frente a los austriacos, se ve obligada a perder posiciones y su línea de combate se va desmoronando frente a los alemanes, enfriando rápidamente los ánimos patrióticos de las masas, que ven cómo la guerra se prolonga y los mismos burgueses y terratenientes que la alentaron ahora vacilan y se dedican a enriquecerse con los créditos de guerra. El descontento crece día con día y la agitación revolucionaria encuentra cada vez más oídos atentos.

En el tercer año de la guerra la crisis hace explosión y la oleada revolucionaria se deja sentir en la capital como huelgas masivas de trabajadores a los que terminan por unirse las milicias de Petrogrado, el zar queda imposibilitado para gobernar y abdica en favor de su hermano, pero éste no pudo hacerse con el poder, de manera que se formó un Gobierno provisional dominado por la burguesía. Sin embargo, la presión de las masas tenía tal vigor que pronto se formaron soviet, como en 1905. En los soviet se agruparon los diferentes partidos revolucionarios y en lo sucesivo se convirtieron en un poder alterno al del Gobierno provisional, al grado que la coalición burguesa se vio obligada a ceder gradualmente poder al movimiento popular en la forma de carteras en el Gobierno para dirigentes de partido populista o “Socialista Revolucionario”, pero siempre manteniendo el control, intentando así apaciguar a las masas y al mismo tiempo mantener la política del zarismo, o sea, la participación en la guerra mundial y el consecuente sacrificio de los trabajadores.

Lenin, desde su exilio en Suiza se dio perfecta cuenta de esta situación y desesperaba por regresar a Rusia para poner en guardia al partido bolchevique, que a pesar de estar en minoría, podía voltear las cartas de la burguesía si maniobraba con habilidad. La respuesta a sus cuitas llega por un camino inesperado, cuando Parvus, antiguo revolucionario devenido en informante policiaco se pone al servicio del imperio alemán y convence al alto mando de que les conviene ingresar a los líderes revolucionarios mencheviques y bolcheviques en Rusia a fin de que triunfe el movimiento popular y se firme la paz separada entre Rusia y Alemania.

Lenin acepta el plan, aunque imponiendo condiciones, como la extraterritorialidad del tren en que habrán de ser trasladados a través de Alemania. Para Lenin es claro que aunque Alemania sería beneficiada temporalmente por la salida de la guerra de Rusia, esa ventaja se perdería pronto pues la guerra misma era un callejón sin salida, mientras que el triunfo de la revolución en Rusia significaría un salto adelante para la revolución en Europa y Asia; Rusia se constituiría en una fortaleza del movimiento comunista mundial. El camino era claro para Lenin, aunque no exento de riesgos, pues sabía que lo acusarían personalmente de ser un agente de Alemania y que así se intentaría enajenar tanto al proletariado ruso como al alemán respecto a los bolcheviques, por ello se ocupó de aislar a Parvus y explicar claramente lo que se hallaba en juego en la cuestión de la guerra, declarando que estar por la guerra era estar con la burguesía, fuere voluntaria o involuntariamente, y sólo el partido que hiciese suya la causa contra la guerra podía llamarse revolucionario, así pues era poco relevante si la revolución en Rusia beneficiaba momentáneamente al imperialismo alemán si con ello se beneficiaba la revolución mundial a mediano y largo plazos.

Lenin entonces regresa a Rusia y busca enderezar la política bolchevique, lo cual le toma cierto esfuerzo, pues sus partidarios no han logrado hilar la trama que se está desarrollando en torno al doble poder Soviet-Gobierno provisional, que se ha conformado. Además, las banderas revolucionarias pequeñoburguesas de los SR e incluso los “trudoviques” y los “Kadetes” son lo suficientemente ostentosas para embelesar a las masas, esto desmoraliza a los bolcheviques de filas. Pero Lenin se mantiene firme y confía en que la política en que se ha embarcado el Gobierno provisional burgués no podrá mantenerse por más tiempo, pues su alianza real no es con el pueblo ruso sino con el imperialismo nacional y extranjero, y por tanto, solamente puede dar largas a las masas respecto al fin de la guerra. Lenin ha llegado a la conclusión de que las masas estarán dispuestas a luchar por la paz, e incluso que tomarán las armas para luchar por la paz. Hasta los bolcheviques leales vacilan frente a esto, pero pronto se dan cuenta que Lenin tiene razón, el poderío analítico de Lenin está por rendir sus mayores frutos.

Un obstáculo se alzará, sin embargo frente al bolchevismo, las masas se adelantan a los sucesos y se lanzan a la toma del poder en julio de 1917, nadie lo había previsto, pero una vez comenzada la movilización los líderes bolcheviques se tienen que poner al frente de la insurrección. La derrota se precipita, las masas son dispersadas por la tropa y Lenin tiene que refugiarse en Finlandia. Aún no se ha producido la división política en el seno del ejército. El ejército ruso tiene por base al campesinado y la oficialidad son los nobles. Lenin ha indicado que se tiene que pasar a las tropas a la causa proletaria, lo que demanda una férrea actividad de los agitadores y lanzar la consigna adecuada en el momento adecuado, cuando el campesinado que está detrás del ejército se oponga abiertamente al Gobierno.

Pese a esta derrota, Lenin no se amilana, hace gala de su terquedad característica y en el momento en que muchos pensarían en la derrota final del bolchevismo, Lenin traza la estrategia para tomar el poder.

Hacia octubre-noviembre, la crisis del Gobierno es franca, ya no se puede sostener el frente de combate. El “trudovique” Kerenski es nombrado primer ministro de la república. Lenin advierte que se trata de una crisis terminal y que la concesión del cargo a un “socialista” es sólo una jugada más de los burgueses kadetes. Pese a su apariencia de fuerza, piensa Lenin, el Gobierno se desmorona, y con él la república burguesa. La insurrección monarquica de Kornilov le revela los últimos detalles de la trama: es el momento de tomar el poder. Los soviet deben remplazar al Gobierno provisional. El momento era más que propicio y se requería un golpe de audacia antes de que la oportunidad se perdiera. Lenin convenció a los dirigentes del partido y sólo tuvo que enfrentar la oposición de Zinoviev y Kamenev.

Se pasa entonces a la acción, el partido bolchevique o ala izquierda del POSDR logra coaligar a los cuerpos de ejército más revolucionarios. Y con ellos lanza el asalto en noviembre de 1917. Los guardias rojos (milicia obrera bolchevique) y las tropas revolucionarias se lanzan a tomar los puntos claves de Petrogrado, otro tanto se replica en Moscú y en otras ciudades. Kerenski se da a la fuga, más tarde intentará recuperar el poder, pero su intentona se coronará con el fracaso. Petrogrado y el gobierno quedan en manos de los bolcheviques. Días más tarde se produjo el congreso de los soviet, Lenin los ha recibido con un hecho consumado, los SR de izquierda terminaron por aliarse con los bolcheviques y aceptaron formar parte del nuevo gobierno. El mundo despierta con un nuevo poder que no procede del mundo burgués: la República Socialista Federal de los Soviet de Rusia (RSFSR).

La nueva república pasa rápidamente a los hechos, haciendo público su rechazo a la guerra mundial, y comenzando la expropiación de las principales ramas de la economía. Pero, como era de esperarse, las potencias imperialistas no tomaron en serio la posición de los bolcheviques, confiando en la próxima caída del poder y el entronizamiento de una coalición reaccionaria que empezaba a formarse entre los monárquicos, los kadetes y los SR de derecha. Pero Lenin sabía que la alianza entre el nuevo poder y el pueblo sería indisoluble, pues al aceptar el programa agrario de los SR el partido bolchevique, ahora Partido Comunista, se convertiría en el único garante del reparto agrario frente a la coalición reaccionaria. Los hechos demostraron las previsiones de Lenin. La tierra entregada a los campesinos garantizó la lealtad del ejército campesino de Rusia y enajenó a los reaccionarios, cuyo interés primordial era precisamente la usurpación de las tierras de los campesinos y con ellas de la fuerza de trabajo de la población rural.

A la cuestión de la guerra, Lenin lanza la iniciativa de firmar la paz separada con el imperio alemán, lo que genera encono desde la izquierda y la derecha, incluso al interior del grupo bolchevique. La izquierda quería continuar la guerra, pues creía que había que “acudir en ayuda de los comunistas alemanes” que en ese momento estaban en plena revolución, y la derecha quería mantener el estado bélico por cuenta del nuevo poder. Lenin respondió a los izquierdistas que la debilidad de la Rusia soviética era tal que eran incapaces de ayudar a los revolucionarios alemanes y que su intervención de hecho sería más perjudicial que benéfica. A los derechistas los tachó de meros chovinistas que buscaban encadenar a los comunistas al carro de la guerra como lo habían hecho con el Gobierno provisional. Las largas a la firma de la paz resultaron extremadamente costosas y acabaron por ocasionar la pérdida de Ucrania, de modo que la posición de Lenin acabó por afirmarse.

Una vez que terminó la guerra comenzaron a formarse las bandas armadas contrarrevolucionarias (Yudenich, Kolchak, Denikin, la brigada checoslovaca) y se produjo la intervención extranjera (invasión inglesa, francesa, estadunidense y japonesa), pero aunque los comunistas perdieron grandes extensiones de territorio, en realidad su base no era realmente débil, pues nunca perdieron los grandes centros de población y aún en la retaguardia mantuvieron siempre posiciones más o menos sólidas.

Para 1919, con altibajos, la situación se había volcado en favor de los comunistas. Los restos de las fuerzas reaccionarias languidecían, pese al apoyo material de las potencias y sólo el frente del general Wrangel en Ucrania resistía. Francia, en su empeño por destruir el poder soviético instigó la invasión de Rusia por Polonia en 1920, recién independizada del imperio ruso y gobernada por el dictador Pilsudski. La guerra comenzó con el avance de los polacos, que fue derrotado, los soviéticos avanzaron entonces y lograron alcanzar las afueras de Varsovia, pero fueron derrotados y hubo de pactarse el armisticio. Nadie ganó, pero el poder soviético sobrevivió y aún con la derrota de Varsovia se consolidó como un Estado en toda regla, los imperialistas habían subestimado a los comunistas, creyéndose su propia propaganda.

Lenin demostró en estas circunstancias su carácter de verdadero estadista, comprendió claramente que la alianza de los imperialistas y la reacción rusa era débil, pues sus intereses divergían. Los imperialistas buscaban mantener a Rusia en la guerra y los reaccionarios carecían de autoridad para imponerla, los polacos no podían simpatizar con sus antiguos opresores nobiliarios rusos de la reacción, las mismas potencias estaban divididas, Francia quería recuperar el dinero prestado al zar e Inglaterra quería comerciar con el poder soviético. Finalmente, cada caudillo de la reacción quería ser un pequeño zar, hostil a los otros de su calaña, a los polacos e incluso a los extranjeros. Tal frente, según Lenin, no podría mantenerse frente a los comunistas. Nuevamente el desarrollo de los hechos le dio la razón.

Para el año 1921, las amenazas militares a la Revolución estaban prácticamente liquidadas, las tareas se desplazan de la derrota militar de los contrarrevolucionarios a la consolidación del naciente Estado soviético y a la reorganización de la economía. Las tareas son inmensas, las secuelas de la guerra mundial y de la guerra civil son desastrosas, el país ha sido arrasado varias veces, los campesinos perdieron sus cosechas o trataron de esconder lo que podían. Las fábricas estaban destruidas y las materias primas escaseaban. El hambre cundió en 1921, millones de muertos quedaron como saldo y la situación se tornó apocalíptica. Durante la guerra se había adoptado una política de requisas del grano escondido por los campesinos, y se incrementaron los precios de los escasos productos industriales, a esta política se le denominó “Socialismo de Guerra”. Pero en 1921 esta política se tornó insostenible, era necesaria una orientación nueva a fin de que el poder soviético no se derrumbara en medio de su triunfo.

La solución adoptada por los dirigentes encabezados por Lenin fue la restauración de relaciones económicas de corte capitalista, aunque manteniendo los bancos, el comercio exterior y las principales industrias en manos del Estado. El objetivo trazado fue asegurar el monopolio del poder en manos del Partido Comunista, mientras se liberaban controles sobre la economía y el comercio, permitiendo que la iniciativa de los pequeños productores y comerciantes supliera la debilidad de los soviet en el terreno económico. Se trató de un trueque: la microeconomía por la política. Al menos por un tiempo el equilibrio podría mantenerse. Este periodo se conocerá como NEP (Nueva Economía Política). Y efectivamente, la economía experimentó una recuperación rápida y sostenida. Se suele atribuir esta recuperación solamente al restablecimiento del comercio y la producción burguesas, como si el capitalismo por sí mismo fuera siempre progresivo, y se olvida la otra parte de la ecuación, o sea el monopolio que el Estado soviético mantuvo sobre bancos y grandes industrias así como del comercio exterior, lo que limitó la anarquía propia del capitalismo, ya que dichos monopolios se ejercieron efectivamente y no a la manera de los monopolios burgueses, que carecen de una base realmente nacional y obran aumentando en los hechos la anarquía de la producción.

Las tareas de la reconstrucción nacional son duras en todos los terrenos, además, hubo de enfrentarse la emergencia de las pugnas nacionalistas entre las nacionalidades del antiguo imperio ruso, durante la guerra se habían escindido Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia, y Polonia; en Ucrania había grupos separatistas así como en Georgia, y el Turquestán ruso. La respuesta fue la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922.

Hacia fines de 1922 Lenin se halla físicamente agotado, las agotadoras jornadas de trabajo y la tensión de los acontecimientos le han minado la salud, por si fuera poco en 1918 sufrió un atentado perpetrado por una terrorista de izquierda que le disparó dos balazos, uno de ellos se alojó en el cuello de Lenin y la bala nunca pudo serle extraída. Este año Lenin se colapsa, sufre un ataque cerebral que le paraliza medio cuerpo, se recupera y vuelve al trabajo, pero luego recae y vuelve a sufrir un ataque que lo paraliza completamente, permanecerá así hasta su muerte en 1924.

El final de Lenin está marcado por la decepción, pues la Unión Soviética se va sumergiendo en la burocratización y el nacionalismo ruso, Lenin muere en el combate contra estas tendencias, sus últimas batallas las sostiene en la defensa del monopolio estatal del comercio exterior, frente a las vacilaciones de los otros líderes bolcheviques, en el incremento y mejora de los mecanismos de supervisión del estado, en la defensa de los derechos de las nacionalidades no rusas, concretamente en el caso de Georgia y en la reorganización del poder central del partido.

El legado de Lenin es cuantioso por lo que importa al momento actual. La valoración de las tareas revolucionarias hecha por Lenin es el producto del estudio cuidadoso de las contradicciones del capitalismo en su etapa terminal, imperialista. El ascenso del imperialismo, las luchas coloniales y el desarrollo del Estado, son todos elementos centrales en la formulación del marxismo de Lenin que lo convierten en el sucesor de Marx y Engels.

En la época de Lenin el marxismo como teoría revolucionaria había sido declarado como una teoría rebasada por la realidad, y se le confinaba a ser el dogma de grupos marginales y la materia de los pomposos discursos de burócratas socialdemócratas. Salvo unos cuantos adeptos tachados de fanáticos, el marxismo no gozaba de mayor influencia. Pero Lenin cambiará la situación a lo largo de su vida. Su obra lo va reflejando claramente cuando en la lucha contra las distintas tendencias del movimiento obrero va desbrozando el camino a la fundamentación teórica de la estrategia revolucionaria en la situación concreta de su época. Lenin ve claramente que el capitalismo ha sufrido una transformación fundamental y que ahora su forma económica principal es el monopolio, de lo cual se desprende que toda lucha que no tenga por objeto el poder estatal está condenada a fracasar, pues la naturaleza de la economía y la política es tal que los esfuerzos parciales acaban por revertirse en beneficio de la clase capitalista dado su control de los medios de producción a una escala planetaria.

Mientras la mayoría de los marxistas habían dado por sentado que no verían en vida la revolución socialista, e incluso los más revolucionarios no eran capaces de ver las tareas a realizar, Lenin estaba bien claro de las tareas y de las posibilidades que la guerra abría para la lucha socialista. Estaba convencido de que no cualquier momento, por álgido que fuese, sería una oportunidad revolucionaria, era necesaria la crisis general representada por la guerra imperialista la que abriría una brecha a través del bloque del imperialismo que tendría que aprovecharse al máximo. Rusia y no la Europa occidental desarrollada era el país que reunía en un solo punto las contradicciones del momento revolucionario mundial. Llevar adelante la revolución en Rusia era llevar adelante la revolución mundial. Por ello era pura pedantería académica ponerse a discutir sobre la revolución europea en el momento en que los procesos revolucionarios en la propia Rusia eran el problema principal.

Naturalmente, Lenin consideraba que para consolidarse el socialismo en el mundo era necesario que se consolidara al menos en algunos de los principales países imperialistas, pero eso no significaba que Europa occidental o los EU fueran necesariamente los primeros países que debían pasar al socialismo. Para Lenin no se trataba definitivamente de cuestiones esquemáticas dictadas desde un escritorio, sino del movimiento vivo de las masas en todo el mundo.

Y, finalmente, Lenin previó genialmente el movimiento anticolonial que sacudiría al mundo en las décadas que siguieron. La revolución soviética liberó las nacionalidades aplastadas por el imperio ruso, y la agitación de las naciones colonizadas comenzó a extenderse por Asia, a este impulso se reanimaría el movimiento en la inmensa China, en la India, en Indochina, Próximo oriente etc. Esta cadena de revoluciones sacudió hasta el último rincón del planeta y formó cientos de naciones nuevas.

El legado de Lenin está lejos de haber sido apreciado en su amplitud y sus alcances. En Lenin se encuentra por primera vez desde Marx, la concepción más amplia sobre las tareas de la revolución socialista en el marco concreto de la lucha de clases a escala nacional y mundial. Para Lenin era impensable concebir la lucha socialista aislada de la lucha política en general, la disciplina nada tenía que ver con la lógica de secta a la que eran (y son) tan afectos ciertos círculos. La lucha de Lenin se movió siempre en el combate a los dos extremos de las desviaciones proletarias, a saber, el sectarismo de círculo y el oportunismo, o sea, el considerar que la disciplina proletaria es sacrificable a determinados objetivos parciales.

Para Lenin siempre fue fundamental el reconocimiento de la lucha que tiene lugar entre las propias formaciones de izquierda y revolucionarias, haciendo patente que los partidos proletarios no siempre asumen las posiciones del proletariado o bien acaban asumiendo los intereses inmediatos y desechan sus intereses a largo plazo, o sea, terminan oponiendo la lucha por reformas y pequeñas mejoras en el nivel de vida de los trabajadores con la lucha por el socialismo, cuando en la realidad ambas reivindicaciones forman parte de una misma lucha de las mismas clases trabajadoras. La lucha por el socialismo comienza, de hecho en las propias formaciones de izquierda, continúa en el partido proletario y sólo cuando esa lucha se ha resuelto en lo fundamental puede pensarse en la toma del poder. No en todos los países se ha verificado tal secuencia, pero tarde que temprano las cuestiones teóricas y prácticas terminan por encontrarse y entrar en una cadena de contradicciones cuya resolución es una necesidad.



Bibliografía

Aguilar Monteverde, Alonso, Teoría leninista del imperialimo. 1A, México D. F., 1978, 461 pp.

Córdova, Armando, et al., El imperialismo, Algunas contribuciones clásicas.1a, México D. F., 1979, 140 pp.

Elleinstein, Jean, El fenómeno estaliniano. 1A, Barcelona, España, 1977, 220 pp.

Fischer, Louis, Lenin. 2A, Barcelona, España, 1970, 732 pp.

Reshetar, John S., Historia del Partido Comunista de la URSS. 1a, México D. F., 1963, 303 pp.

Stalin, J., Cuestiones del leninismo. 1A, Pekín, China, 1977, 990 pp.

Walter, Gerard, Lenin. 1A, Barcelona, España, 1973, 482 pp.



domingo, 30 de diciembre de 2012

Lenin y el capitalismo monopolista de Estado


Por GM

El concepto de capitalismo monopolista de Estado (CME) fue desarrollado por Lenin en la segunda década del siglo XX a raíz de sus estudios sobre el imperialismo.

Lenin llegó a una serie de conclusiones sobre el desarrollo del capitalismo a partir de la internacionalización del capital que cobró un ritmo de expansión acelerado a partir de los 1870s. La época de la internacionalización del capital ha sido una época de profundos cambios en las formas de acumulación capitalista, pero sus efectos han sido de largo alcance en el capitalismo como sistema, como un todo.

El imperialismo ha significado un profundo cambio en torno a la cuestión del Estado capitalista, respecto a la época en que predominaba la libre competencia. El Estado asume nuevas tareas y funciones en la sociedad; ahora es garante del mantenimiento del orden socio-político, pero también pasa a jugar un papel determinante en el ciclo económico de la acumulación de capital, garantizando las ganancias de los grandes monopolios, que pasan a ser monopolios de Estado (no confundir con los monopolios del Estado, que son sólo un tipo de monopolios de Estado).

Los monopolios de Estado son el producto de la simbiosis del Estado y los consorcios. Esta simbiosis cobra diferentes formas: la creación de combinados industriales-financieros, los rescates bancarios, la asignación de contratos, convenios y concesiones ventajosos, y el intercambio de personal dirigente. Formas que si bien se remontan a formas anteriores del capitalismo, ahora se hallan plenamente desarrolladas y son la marca principal del capitalismo contemporáneo.

El predominio de los monopolios no podía mantenerse indefinidamente en un estadio primigenio, en el cual el monopolio podía mantenerse sin la intervención directa del Estado. El crecimiento de las redes de los monopolios los llevó al choque directo con otros monopolios, lo que forzó la aparición en escena de los Estados, el resultado fueron las guerras imperialistas que estallaron desde fines del siglo XIX hasta el momento presente.

En sus trabajos sobre el imperialismo, Lenin se plantea comprender los caminos concretos que habrá de seguir la revolución proletaria en el marco del capitalismo contemporáneo, y cómo esta revolución puede convertirse en una revolución socialista, una revolución que instaure el socialismo. El concepto clave será el de capitalismo monopolista de Estado.

Cuando Lenin define el imperialismo como la fase monopolista del capitalismo aporta una definición histórico-social y no puramente económica, como pretenden los “críticos”, el hecho de que Lenin diera esta forma a su exposición en la obra clásica El imperialismo, fase superior del capitalismo fue explicado en su momento por él mismo de manera suficiente en el prologo a la primera publicación de la obra (abril de 1917):

“El folleto está escrito teniendo en cuenta la censura zarista. Por esto, no sólo me vi precisado a limitarme estrictamente a un análisis exclusivamente teórico — sobre todo económico —, sino también a formular las indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con una extraordinaria prudencia, por medio de alusiones, del lenguaje a lo Esopo, maldito lenguaje al cual el zarismo obligaba a recurrir a todos los revolucionarios cuando tomaban la pluma para escribir algo con destino a la literatura 'legal'” (V. I. Lenin, Prólogo a El imperialismo, fase superior del capitalismo).

Así, hay que completar las tesis de Lenin del Imperialismo... con las que se hallan en obras ilegales, pues éstas contienen conclusiones enriquecedoras en torno a la cuestión:

Los malhadados marxistas al servicio de la burguesía, a los que se han sumado los eseristas y que ven las cosas de ese modo, no comprenden (si se considera las bases teóricas de su opinión) qué es el imperialismo, qué son los monopolios capitalistas,qué es el Estado, qué es la democracia revolucionaria. Porque si se comprende todo eso,habrá que reconocer forzosamente que es imposible avanzar sin marchar hacia el socialismo”. (V. I. Lenin, La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla en Obras, Tomo VII 1917-1918, pág. 86, Ed. Progreso, Moscú, 1973).

Y, a renglón seguido:

Todo el mundo habla del imperialismo. Pero el imperialismo no es otra cosa que el capitalismo monopolista.

Que el capitalismo se ha transformado en capitalismo monopolista también en Rusia lo evidencian con toda claridad Prodúgol y Prodamet, el consorcio del azúcar, etc. El mismo consorcio azucarero nos demuestra palmariamente la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado (subrayado mío, GM).” (Íbidem)

En seguida, Lenin aporta líneas que no tienen desperdicio:

¿Y qué es el Estado? Es la organización de la clase dominante; en Alemania, por ejemplo, la organización de los junkers y los capitalistas. Por eso, lo que los Plejánov alemanes (Scheidemann,
Lensch, etc.) llaman 'socialismo de guerra', sólo es, en realidad, un capitalismo monopolista de Estado en tiempo de guerra, o, dicho en términos más sencillos y más claros, un presidio militar para los obreros y un régimen de protección militar para las ganancias de los capitalistas (subrayado mío, GM).

Pues bien, prueben ustedes a sustituir ese Estado de junkers y capitalistas, ese Estado de terratenientes y capitalistas, con un Estado democrático revolucionario, es decir, con un Estado que suprime revolucionariamente todos los privilegios, que no tema implantar por vía revolucionaria la democracia más completa. Y entonces verán que el capitalismo monopolista de Estado, en un Estado democrático y revolucionario de verdad, representa inevitablemente,infaliblemente, ¡un paso, varios pasos hacia el socialismo!

En efecto, cuando una empresa capitalista gigantesca se convierte en monopolio, sirve a todo el pueblo. Si se convierte en monopolio de Estado, el Estado (o sea, la organización armada de la población, de los obreros y los campesinos, en primer lugar, si se trata de un régimen de democracia revolucionaria) dirige toda la empresa. ¿En interés de quién?

  • O bien en interés de los terratenientes y los capitalistas, en cuyo caso no tendremos un Estado democrático revolucionario, sino un Estado burocrático reaccionario, es decir, una república imperialista,
  • o bien en interés de la democracia revolucionaria, en cuyo caso ello será precisamente un paso hacia el socialismo.

Porque el socialismo no es otra cosa que el paso siguiente después del monopolio capitalista de Estado. O dicho en otros términos: el socialismo no es otra cosa que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista.

No hay término medio. El curso objetivo del desarrollo es tal que resulta imposible avanzar,partiendo de los monopolios (cuyo número, papel e importancia ha venido a decuplicar la guerra), sin marchar hacia el socialismo.

O se es demócrata revolucionario de hecho, y en ese caso no hay por qué temer ningún paso hacia el socialismo; o se temen y condenan los pasos hacia el socialismo, como lo hacen Plejánov, Dan y Chernov, alegando que nuestra revolución es una revolución burguesa, que no se puede 'implantar' el socialismo, etc., etc., y entonces se rueda fatalmente hasta caer en los brazos de Kerenski, Miliukov y Kornílov, es decir, hasta caer en la represión burocrática reaccionaria de las aspiraciones 'democráticas revolucionarias' de las masas obreras y campesinas.

No hay término medio.

Y en esto estriba la contradicción fundamental de nuestra revolución.

En la historia en general, y en épocas de guerra en particular, no se puede estar parado. Hay que avanzar o retroceder. En la Rusia del siglo XX, que ha conquistado la república y la democracia por vía revolucionaria, es imposible avanzar sin marchar hacia el socialismo, sin dar pasos hacia él (pasos condicionados y determinados por el nivel técnico y cultural: en la agricultura basada en las pequeñas
haciendas campesinas es imposible 'introducir' la gran explotación mecanizada; en la fabricación de azúcar es imposible suprimirla).

Y tener miedo a avanzar significa retroceder, que es precisamente lo que hacen los señores Kerenski, con gran fruición de los Miliukov y los Plejánov y con la estúpida complicidad de los Tsereteli y los Chernov. La guerra, al acelerar en grado extraordinario la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, ha acercado con ello extraordinariamente a la humanidad al socialismo: tal es la dialéctica de la historia (subrayado mío, GM).

La guerra imperialista es la víspera de la revolución socialista. Y no sólo porque la guerra engendra, con sus horrores, la insurrección proletaria-pues no hay insurrección capaz de instaurar el socialismo si no han madurado las condiciones económicas para él-, sino también porque el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa para el socialismo, su antesala, un peldaño de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio (subrayado mío, GM).

* * *

Nuestros eseristas y mencheviques enfocan el problema del socialismo de una manera doctrinaria, desde el punto de vista de una doctrina aprendida de memoria y mal asimilada. Presentan el socialismo como un porvenir lejano, desconocido y nebuloso.

Pero el socialismo asoma ya por todas las ventanas del capitalismo moderno, el socialismo se perfila de forma inmediata, prácticamente, en toda medida importante que represente un paso adelante a partir del capitalismo moderno (subrayado mío, GM).

¿Qué es el trabajo general obligatorio?

Un paso adelante sobre la base del capitalismo monopolista moderno, un paso hacia la regulación de la vida económica en su conjunto de acuerdo con un plan general concreto, un paso hacia un régimen de ahorro de trabajo del pueblo para impedir su absurdo despilfarro por el capitalismo.

En Alemania son los junkers (los latifundistas) y los capitalistas quienes implantan el trabajo general obligatorio; por eso, dicha medida se convierte inevitablemente en un presidio militar para los obreros.

Pero tomemos la misma institución y reflexionemos en la importancia que tendría en un Estado democrático revolucionario. El trabajo general obligatorio, implantado, reglamentado y dirigido por los Soviets de diputados obreros,soldados y campesinos, no sería todavía el socialismo, pero no sería ya
el capitalismo. Representaría un paso gigantesco hacia el socialismo, un paso después del cual, si se mantuviese una democracia plena, sería imposible retornar al capitalismo sin recurrir a una violencia inaudita sobre las masas.” (Íbid. 86-87).

La concepción de Lenin se inscribe plenamente en el marco de las ideas que animaron su accionar en las jornadas de la Revolución de Octubre.

Sin embargo, hay “críticos” que sostienen que la idea de Lenin acerca del CME es una especie de concepto operativo que no tuvo otro fin que instrumentar las acciones en el proceso concreto de la Revolución, o sea, que sólo tuvo sentido hablar de CME en el marco concreto de la instauración del socialismo en la URSS, y que, de plano, sólo conviene hablar de CME en determinadas coyunturas, como la Alemania nazi o la República Popular China.

En pocas palabras, para los “críticos” el CME carece de alcance histórico-social, y se limita a un cierto estadio transitorio del capitalismo. Nunca explican los “críticos” cómo logra el capitalismo semejante regeneración que le permite mantenerse en el estadio anterior a la Guerra imperialista mundial por décadas y “desmantelar” el CME ahí donde surge. Éste es el verdadero enigma de la “crítica” a la teoría leninista del CME, teoría que los “críticos” confunden con la doctrina revisionista del capitalismo de Estado, con la cual nada tiene que ver.

Pues, como Lenin indica, el CME es un proceso que recorre el mundo desde la Primera Guerra imperialista mundial:

La cuestión del Estado adquiere actualmente una importancia singular, tanto en el aspecto teórico como en el aspecto político práctico. La guerra imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La opresión monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra proporciones cada vez mas monstruosas (Subrayado mío, GM). Los países adelantados se convierten -- y al decir esto nos referimos a su "retaguardia" -- en presidios militares para los obreros. Los inauditos horrores y calamidades de esta guerra interminable hacen insoportable la situación de las masas, aumentando su indignación. Va fermentando a todas luces la revolución proletaria internacional. La cuestión de la actitud de ésta hacia el Estado adquiere una importancia práctica.” (V. I. Lenin, Prólogo a la primera edición de El Estado y la revolución, Agosto 1917).

¡El CME delineado en la primera página de El Estado y la revolución! Entonces ¿es el CME un concepto histórico-social desarrollado por Lenin o una idea coyuntural?

En esta misma obra, Lenin traza el papel histórico del CME:

Un ingenioso socialdemócrata alemán de la década del 70 del siglo pasado, dijo que el correo era un modelo de economía socialista. Esto es muy exacto. Hoy, el correo es una empresa organizada según el patrón de un monopolio capitalista de Estado. El imperialismo va convirtiendo poco a poco todos los trusts en organizaciones de este tipo (subrayado mío, GM). En ellos vemos esa misma burocracia burguesa, entronizada sobre los 'simples' trabajadores, agobiados de trabajo y hambrientos. Pero el mecanismo de la gestión social está ya preparado en estas organizaciones. No hay más que derrocar a los capitalistas, destruir, por la mano férrea de los obreros armados, la resistencia de estos explotadores, romper la máquina burocrática del Estado moderno, y tendremos ante nosotros un mecanismo de alta perfección técnica, libre del 'parásito' y perfectamente susceptible de ser puesto en marcha por los mismos obreros unidos, dando ocupación a técnicos, inspectores y contables y retribuyendo el trabajo de todos éstos, como el de todos los funcionarios del 'Estado' en general, con el salario de un obrero. He aquí una tarea concreta, una tarea práctica que es ya inmediatamente realizable con respecto a todos los trusts, que libera a los trabajadores de la explotación y que tiene en cuenta la experiencia ya iniciada prácticamente (sobre todo en el terreno de la organización del Estado) por la Comuna.
Organizar toda la economía nacional como lo está el correo para que los técnicos, los inspectores, los contables y todos los funcionarios en general perciban sueldos que no sean superiores al 'salario de un obrero', bajo el control y la dirección del proletariado armado: he ahí nuestro objetivo inmediato. He ahí el Estado que nosotros necesitamos y la base económica sobre la que este Estado tiene que descansar. He ahí lo que darán la abolición del parlamentarismo y la conservación de las instituciones representativas, he ahí lo que librará a las clases trabajadoras de la prostitución de estas instituciones por la burguesía.” (V. I. Lenin, El Estado y la revolución, Capítulo III, Apartado 3, en www.marxists.org).

Y más adelante:

La crítica del proyecto del programa de Erfurt, enviada por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada sólo después de pasados diez años en la revista 'Neue Zeit', no puede pasarse por alto en un análisis de la doctrina del marxismo sobre el Estado, pues este documento se consagra de modo principal a criticar precisamente las concepciones oportunistas de la socialdemocracia en la cuestión de la organización del Estado.
Señalaremos de paso que Engels hace también, en punto a los problemas económicos, una indicación importantísima, que demuestra cuán atentamente y con qué profundidad seguía los cambios que se iban produciendo en el capitalismo moderno y cómo ello le permitía prever hasta cierto punto las tareas de nuestra época, de la época imperialista. He aquí la indicación a que nos referimos: a propósito de las palabras 'falta de planificación' (Planlosigkeit ), empleadas en el proyecto de programa para caracterizar al capitalismo, Engels escribe:

'Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts, que dominan y monopolizan ramas industriales enteras, vemos que aquí terminan no sólo la producción privada, sino también la falta de planificación' ("Neue Zeit", año 20, t. I, 1901-1902, pág. 8).
En estas palabras se destaca lo más fundamental en la valoración teórica del capitalismo moderno, es decir, del imperialismo, a saber: que el capitalismo se convierte en un capitalismo monopolista. Conviene subrayar esto, pues el error más generalizado está en la afirmación reformista-burguesa de que el capitalismo monopolista o monopolista de Estado no es ya capitalismo, puede llamarse ya 'socialismo de Estado', y otras cosas por el estilo (subrayado mío, GM). Naturalmente, los trusts no entrañan, no han entrañado hasta hoy ni pueden entrañar una completa sujeción a planes. Pero en tanto trazan planes, en tanto los magnates del capital calculan de antemano el volumen de la producción en un plano nacional o incluso en un plano internacional, en tanto regulan la producción con arreglo a planes, seguimos moviéndonos, a pesar de todo, dentro del capitalismo, aunque en una nueva fase suya, pero que no deja, indudablemente, de ser capitalismo. La 'proximidad' de tal capitalismo al socialismo debe ser, para los verdaderos representantes del proletariado, un argumento a favor de la cercanía, de la facilidad, de la viabilidad y de la urgencia de la revolución socialista, pero no, en modo alguno, un argumento para mantener una actitud de tolerancia ante los que niegan esta revolución y ante los que encubren las lacras del capitalismo, como hacen todos los reformistas.” (Íbid. Capítulo IV).

Para Lenin la cuestión del Estado y del imperialismo estaban imbricadas en un mismo proceso histórico con la cuestión de la revolución proletaria, y era un error tratar de tratarlas como cuestiones separadas, pues una verdadera estrategia sólo podía y puede elaborarse con base en una perspectiva correcta y realista de la cuestión del Estado bajo el imperialismo y no con ilusiones reformistas que dejan “para después” la elaboración de la teoría científica de la transformación del capitalismo en socialismo, misma que sustituyen “por el momento” con ilusiones pequeñoburguesas acerca de un imperialismo homogéneo donde el Estado “sólo es garante de la explotación capitalista pero no participa de ella”, etc. Los “críticos” admiten solo de palabra la teoría leninista del imperialismo, pero en los hechos rechazan las conclusiones que se desprenden de ella.

sábado, 7 de abril de 2012

El camino del revisionismo

Prácticamente desde los comienzos del desarrollo de la teoría marxista comenzó la lucha contra las desviaciones revisionistas, no en balde tanto Marx como Engels se vieron orillados a hacer una crítica despiadada de personajes de la talla de Lasalle, Proudhon, Bakunin, o incluso de la dirigencia del partido obrero alemán que redactó el famoso programa de Gotha.

Desde luego, el exponente “clásico” del revisionismo sería el alemán Bernstein, quien daría forma a las desviaciones de la teoría marxista en el SPD y sería confrontado simultáneamente por Luxemburg, Kautsky, Plejanov y Lenin. La bernsteiniada de fines de la década de los 1890s sería el aviso de lo que vendría con el estallido de la guerra mundial, cuando los grandes partidos obreros de Europa se rendirían sin luchar a las posiciones imperialistas y acabarían apoyando a los gobiernos en lucha, dejando de lado la política de unidad internacional de la clase obrera.

El resultado de esta política sería desastroso, pues la ola de nacionalismo que acompañó a la guerra en su inicio, y la crisis sin precedentes que la guerra y sus horrores desataron, llevó a los partidos obreros de la II Internacional a la bancarrota política al orillarlos a servir sin tapujos a las burguesías de cada país, en abierta oposición a las masas trabajadoras y proletarias que decían representar. Así las antiguas organizaciones de masas de Alemania aplastarían sin miramientos el levantamiento espartaquista de 1919.

No obstante, con toda la experiencia adquirida desde esta época, la cuestión del revisionismo dista de haber sido plenamente comprendida. El camino del revisionismo hacia el oportunismo es una senda compleja y llena de contradicciones que suele mirarse como si fuese algo mecánico y lineal, sin atender a las múltiples observaciones de Marx, Engels y Lenin sobre tener siempre presente la base material sobre la que descansa el revisionismo, que nunca es un fenómeno aislado, sino un proceso en el que se hallan involucrados todos los elementos políticos que luchan por el poder en la sociedad actual, capitalista en su fase imperialista.

Por principio de cuentas, el término revisionista no puede aplicar a quien no se ha reivindicado como marxista, pues un liberal o populista no pueden reivindicar para sí una visión correcta del marxismo. El revisionismo, en tanto desviación teórica es un producto de las propias filas marxistas. Por otro lado, políticamente, el revisionismo es un elemento alógeno a las filas de las organizaciones marxistas, es la política de la burguesía en las filas obreras en provecho de esa burguesía.

La base material del revisionismo no es otra que la cooptación de un sector importante de la clase proletaria por parte del Estado capitalista, y el oportunismo crece en este campo fértil hasta alcanzar su madurez, y esa madurez se expresa en la deriva burocrática de las organizaciones marxistas. Tal deriva burocrática comienza con signos débiles pero con un sentido claro, el primero es el creciente desprecio a la teoría y al debate teórico, el “olvido” de conceptos clave para el desarrollo teórico y político, que son considerados innecesarios e incluso perjudiciales para la actividad cotidiana de la organización; suele decirse “si podemos arreglárnoslas sin tal o cual concepto, ¿para qué embrollarnos con el?”.

Lo subsiguiente es el remplazo de la organización democrática por una lucha de camarilla en la cual se considera el debate organizativo como mero trámite, que se cumplimenta con el mero apego a las normas estatutarias. La forma sustituye al fondo.

El círculo se completa con la adopción de una posición oportunista hacia la lucha política, mirándola exclusivamente desde el punto de vista de los “beneficios” que puede reportar tal o cual iniciativa y no desde el punto de vista de cuál es la posición que sirve a la lucha de los trabajadores. La organización no sirve a los trabajadores, sino que se sirve de ellos.

El papel de la prensa.

El papel de la prensa en estas circunstancias tiene un lugar de primera importancia en este proceso. La prensa es la principal herramienta de una organización para difundir sus ideas, pero al reconocerlo así, suele dejarse de lado que para lograr esto es indispensable reconocer el papel de la prensa en el seno de la propia organización, o sea, su papel en el debate teórico y político interno, en la lucha contra el revisionismo.

Cuando una organización desarrolla adecuadamente su actividad, esto se refleja claramente en su prensa, que no es simplemente una vitrina donde se coloca aquello que se considera “políticamente correcto” a fin de no “ahuyentar” o “aburrir” a los lectores, postura que sólo refleja un menosprecio por el lector de la prensa marxista; por el contrario, una prensa saludable es aquella que refleja el constante desarrollo de sus ideas, incluso con sus contradicciones y errores, sin temer el juicio del lector. No puede hacerse pasar un boletín de noticias semi-socialista por una prensa marxista. Las diferencias entre uno y otra son demasiado obvias para cualquier lector un poco avezado.

“Pero”, se llega a decir, “hay suficiente espacio para expresar las diferencias en las instancias constituidos por una organización”. A lo que se debe responder inmediatamente que una instancia es antes que nada un plataforma de trabajo, y no una plataforma de debate, pues aunque también en una instancia debe haber obligatoriamente debate, si este no trasciende a la prensa simplemente se corre el riesgo de encerrarse en discusiones sin fin, sin orden y sin resultado alguno. No toda la prensa de organización es abierta, pues debe haber una prensa interna, destinada a todos los miembros de la organización, así como varios tipos de prensa pública, con diferente periodicidad, con un enfoque más o menos teórico, etc. Si algo no tiene por qué ventilarse públicamente por razones varias, siempre puede y tiene qué dirimirse en la prensa interna.

Los interlocutores del debate marxista no son los dirigentes de la organización ni los jefes de redacción, son los lectores de la prensa, interna o externa, por ello, un debate que no llega a ellos simplemente nunca existió.

Silenciar posiciones teóricas y políticas con argumentos administrativos de pertinencia y espacio no es más que una forma taimada de suprimir de facto el centralismo democrático y sólo quedarse con el centralismo. Evitar este desenlace es una tarea cotidiana del conjunto de la organización y no de un pequeño grupo, de nada sirve repetir citas célebres, recordar glorias pasadas, “perfeccionar” métodos de dirección, etc., mientras los hechos desmientan las intenciones. No existe, hasta donde se sabe, una vacuna contra el oportunismo, ésta es una enfermedad que corroe a una organización cuando ésta llega a creer que la autocrítica es peligrosa y que la mera etiqueta de “marxista” es un amuleto milagroso que evita el trabajo de pensar y confiere el poder de decir qué es lo correcto y qué no lo es sin necesidad de investigar ni estudiar.

El camino del revisionismo al oportunismo está tapizado de páginas de los clásicos convertidas en meros pretextos para sostener un aparato burocrático.

jueves, 15 de marzo de 2012

El mercado mundial del imperialismo

Bajo el capitalismo la economía tiende a concentrarse en pocas manos como nunca antes en la historia. Conforme se desarrolla este modo de producción, se crean empresas cada vez más grandes que dejan atrás el aislamiento y fraccionamiento heredados del medievo y la barbarie; en vez de esto, se crea un mercado en constante incremento, que alcanza hasta el último rincón del mundo y que tiende a abarcar hasta la última necesidad humana, e incluso llega a crear necesidades nuevas, todo en función únicamente del lucro de unos pocos.

El mercado mundial del capitalismo es diferente a los que se crearon en otras épocas; las grandes civilizaciones antiguas crearon redes comerciales que alcanzaron lugares remotos, pero en ningún caso se trató de un comercio vital para la sociedad en su conjunto, sino sólo de una empresa de personas opulentas que se apoderaban de los excedentes de la producción, los cuales trasladaban a tierras extranjeras donde los cambiaban por otros productos.

En la actualidad, en cambio, se trata de una actividad de vida o muerte para naciones enteras; pueblos enteros dependen del intercambio de aquellos productos que generan en mayor cantidad y calidad. Así, una masa de productos son enviados a otras regiones y países pues en los propios no hallarían quien los adquiriese una vez que las necesidades locales quedan satisfechas.

Este comercio mundial comenzó con los cambios sociales que tuvieron lugar en Europa occidental a lo largo de la Edad Media, cuando se formó una casta de mercaderes que traficaban con los excedentes de las producciones locales. Esto alentó la división del trabajo en aldeas y ciudades y comenzó a separar el trabajo agrícola del industrial, surgiendo la producción manufacturera, que remplazó a los gremios artesanos medievales. Las manufacturas tomaron para sí la técnica de la producción medieval, pero dejaron atrás toda restricción a los límites de la producción y se dedicaron a producir para obtener ganancias en metálico, dejando como meros anacronismos las retribuciones morales o estamentales.

Las ganancias de las manufacturas se reinvertían en la misma producción, sustituyendo y superando aquellos productos que producían los gremios y los artesanos de las aldeas. Los primeros productos así elaborados fueron los textiles, muebles, armas y herramientas, etc. El nivel tecnológico era bajo, las herramientas sencillas y todo el sistema dependía del trabajo humano así como de la tracción animal (molinos, carretas); sin embargo, la organización del trabajo había cambiado notablemente, pues se estableció la cooperación de los trabajadores en el taller centralizado, lo que acortó los tiempos de elaboración del producto, además, la unificación del taller permitió una administración centralizada, el racionamiento de la materia prima y los instrumentos de producción, etc., lo que le concedió a la manufactura capitalista notables ventajas sobre sus rivales gremiales y artesanales.

El artesano producía un artículo tras otro, luego se dedicaba a buscar donde colocarlo. La manufactura, en cambio, dejaba a los trabajadores y sus capataces a cargo de la elaboración del producto y el dueño, el capitalista, se dedicaba a buscar mercado para ellos. Esto representaba otras ventajas, pues el capitalista podía disponer de cantidades mayores de mercancías en cualquier momento, así como dinero, lo que le permitía sortear las dificultades de una demanda azarosa, malos caminos, escasez de materia prima, que son los riesgos que padece el comercio, y que el mercader del Medievo tenía que sortear sin el soporte amortiguador que significa poseer una producción propia.

Esta nueva organización del trabajo, a su vez, ahondó la división del trabajo, que pronto alcanzó a la propia manufactura, surgió la línea de producción rudimentaria en la que cada trabajador sólo hacía una parte del producto, lo que aceleró notablemente el ritmo de la producción.

Las manufacturas como producción en serie y empresas capitalistas pronto se convirtieron en el sector más vigoroso de la economía del Medievo tardío. El comercio de la época, basado en las necesidades de las élites, estaba volcado a los intercambios con Asia y África del Norte, de donde se obtenían objetos suntuarios y exóticos que rendían grandes beneficios. En cambio, el comercio dentro de la propia Europa era limitado e irregular, se hacía en ferias y mercados trashumantes, si se exceptúan las pocas rutas continentales existentes, como la Hansa (norte de Europa).

Los amos de este comercio eran los navieros y banqueros italianos y holandeses, todos ellos capitalistas inmersos en la sociedad feudal, a esa exigua clase se sumaron los manufactureros, que pugnaban por un mercado interior en la propia Europa, lo que los llevó a pronunciarse por la unidad comercial, sin trabas ni aduanas locales, con caminos mejores y más seguros.

De no haber cambiado la situación política del continente, los nuevos capitalistas habrían quedado rezagados y a expensas de los señores feudales, de los navieros y los banqueros, pero las revueltas dinásticas y populares que se desataron en Europa y particularmente en Inglaterra, Alemania, Holanda y Francia entre los siglos XVI y XVII golpearon el poder feudal que estorbaba la unidad nacional, y de estas luchas surgieron los Estados absolutistas, formas tardías del poder feudal regidos por monarcas que dependían tanto de la nobleza como de los banqueros y negociantes burgueses. Estas monarquías echaron abajo muchas trabas feudales al comercio y la manufactura y sentaron las bases para la unificación nacional de Inglaterra, Holanda, Francia e incluso Alemania, aunque esta última, como la de Italia, tuvo que esperar hasta el siglo XIX.

Por primera vez desde el imperio romano se establecía en Europa un mercado interior, complementado por el comercio con América, Asia y África. América en particular proporcionó a los invasores europeos un gran caudal de riqueza en forma de metales preciosos, oro y plata, que se transformaron en otros tantos medios monetarios que vinieron a superar la plata alemana. Esta “liquidez monetaria” permitió una mayor circulación mercantil, al sostener todo un sistema bancario de crédito con base en Inglaterra y Holanda que permitió financiar la actividad industrial y el comercio europeo.

Gracias a esto la producción industrial fue mejorando constantemente, aprovechando las invenciones y descubrimientos que culminaron hacia el siglo XVIII con la llamada Revolución Industrial, y que no fue otra cosa que la irrupción de la maquinaria en la producción industrial.

El empleo de maquinaria produjo un salto cualitativo en la industria, pues el trabajo en serie del obrero pasó a ser hecho por un mecanismo automático que realizaba una actividad uniforme, estandarizada, carente del “sello” de la mano humana. Había surgido la producción fabril, consecuencia directa y superación de la manufactura. La técnica heredada del feudalismo era finalmente superada.

Con la producción fabril culminó la separación del trabajador con respecto a sus medios para producir. A partir de entonces sólo podía ser un empleado asalariado de la empresa capitalista, pues aún en la manufactura tenía oportunidad de emanciparse y volver al taller artesanal. Ese tiempo llegaba a su fin; no es que los talleres artesanos hayan desaparecido por completo, sino que su carácter determinante de la producción social pasó a la manufactura y después a la fábrica.

La producción fabril se estableció primeramente en el ramo textil, pero con el paso del tiempo alcanzó prácticamente todas las ramas de la industria y aún la agricultura moderna es una empresa a gran escala que involucra maquinaria moderna y tecnología sofisticada.

Las empresas capitalistas crecieron con el paso del tiempo, sus actividades ganaron una influencia decisiva en la vida de los países. Con esto el comercio mundial sufrió cambios radicales, pues pasó de concentrarse en las exóticas especias de oriente a la exportación de los productos fabriles excedentarios y a la importación de materias primas y otros artículos destinados a una sociedad cada vez más vinculada al intercambio.

Este intercambio no transcurrió sin sobresaltos, no fue sencillo imponer productos foráneos a sociedades fundamentalmente autárquicas, muchas de las cuales ni siquiera tenían una economía monetaria. En estos casos se recurrió sin escrúpulo alguno a derribar las fronteras con cañones, opio, sobornos y misioneros. Desde la invasión de América hasta las guerras del opio, la guerra recorrió el mundo buscando reforzar, apuntalar al naciente sistema mundial capitalista.

Hacia los años 1870s, el capitalismo se había establecido firmemente en toda Europa occidental, Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania, Italia, Suiza, Dinamarca, Escandinavia y Bélgica. Los EU y Canadá habían avanzado también en este sentido y emprendían una violenta expansión en sus territorios recién adquiridos al oeste.

Pero aparte de estos países, en el resto del mundo apenas se desarrollaba una producción mercantil simple. Los europeos habían adquirido territorios en todos los continentes en su búsqueda de oro, plata, especias y esclavos, pero la mayoría de estos territorios mantenían sus estructuras socioeconómicas, excepto aquellos donde se asentaban colonos europeos, como Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda.

El intercambio mercantil en esta época se daba entre metrópoli y colonia, y era muy limitado. La colonia aportaba materias primas indispensables para la industria metropolitana y la metrópoli aportaba productos elaborados y algunos productos suntuarios a quien pudiera pagarlos. La ocupación militar de la colonia era indispensable, los ocupantes se hacían cargo de la escasa industria, el comercio, la administración, la impartición de “justicia”, las comunicaciones; o sea de la economía y del Estado colonial.

Después de los 1870s, la situación se modificó sensiblemente, las empresas capitalistas se habían diferenciado profundamente desde la época de la Revolución Industrial; unas pocas habían alcanzado un alto nivel técnico y grandes volúmenes de producción, al grado que habían desplazado a sus competidores y se habían hecho con el mercado de ramas completas de la industria, el comercio y los servicios. Estas empresas o grupos de empresas se convirtieron en monopolios, que rápidamente se fusionaron con los bancos para constituir una forma superior del capital: el capital monopolista.

El capital monopolista es aquel que se concentra en estas grandes empresas, y que al estar fuertemente concentrado y centralizado puede invertir grandes sumas para ampliar la producción, realizar investigaciones para mejorar los productos o crear nuevos y para incrementar la organización de la producción, etc., todo ello encaminado a aumentar su control sobre la producción social, desbancando a los competidores. Tras un periodo de lucha sólo quedan unas pocas empresas gigantescas que dominan la producción y alguna cantidad de productores “independientes” con una parte ínfima del mercado.

Pero pronto estos monopolios tienen la apremiante necesidad de expandirse para mantener altos sus precios, y de esta manera garantizar ganancias por encima de las ganancias promedio, por ello necesitan asegurarse mercados cautivos y materias primas baratas. Esta expansión lleva a los monopolios a las colonias y a otros países desarrollados, pero en las colonias se hallan las condiciones más propicias por lo que estas se tornan en auténticas “zonas de influencia” junto con países débiles que quedan dentro de esta área.

Pero como en otras naciones capitalistas desarrolladas también se van formando monopolios, comienza la lucha entre grupos de monopolios nacionales para arrebatarse los mercados y las zonas de influencia, y cuando no queda más que repartir la pugna termina por desembocar en guerras de rapiña, las guerras comerciales (dumping, etc.) desembocan en conflictos bélicos de país contra país. Guerras como las de la triple alianza y la guerra de los bóers fueron las primeras conflagraciones de este tipo, pero ciertamente no las últimas. La extrema exacerbación de esta rivalidad llevó a la formación de dos bloques de naciones imperialistas, el anglo-francés y el austro-alemán, que se enfrentaron en la primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918 y en la réplica de 1939-1945: la segunda Guerra Mundial.

Este periodo se denomina justamente imperialismo, en él se hace incontestable el predominio de los monopolios, cuyo comercio ya no se limita al de las mercancías habituales. Así como en la Edad Media las mercancías se hallaron frenadas por las aduanas, ahora que los capitales mismos buscan pasar de un país a otro, con el fin de obtener beneficios extra o simplemente para impedir que un grupo rival se apodere de cualquier beneficio, se toparon con las fronteras nacionales de los Estados que otrora auspiciaron. Esto planteó una serie de contradicciones nuevas para el capitalismo a escala planetaria.

Esta exportación de capitales tuvo como primer objetivo las colonias y zonas de influencia, ahí donde estuviera a salvo de los grupos rivales, y se destinó al desarrollo de las fuentes de materias primas.

El comercio de materias primas sin embargo, siguió pautas semejantes a las de antes del imperialismo, aunque de manera aún más contradictoria: materias primas para la industria metropolitana, productos terminados para las colonias. Este esquema hubo de contar ahora con que la exportación de capitales implicó la creación de una cierta base material en las colonias, así fuera solamente para mejorar la producción de materias primas y la distribución de los productos metropolitanos, y esta base abrió el paso al surgimiento de un capitalismo local subordinado en las colonias.

Después de las guerras mundiales, sin embargo, el flujo de capital se redirigió hacia las propias potencias capitalistas, pues las debilitadas potencias europeas fueron invadidas por capitales estadunidenses. Otro tanto ocurrió con el Japón derrotado y ocupado militarmente por los EU. Y este flujo no cesaría en lo sucesivo, desplazando el comercio y la inversión en las colonias. Las interrelaciones entre los propios países imperialistas se volcaron a incrementar los nexos económicos entre ellos mismos, y el mundo colonial pasó a segundo plano. En este entorno comenzó la rebelión de las colonias y para los 1970s y 1980s la mayoría de ellas se habían separado de sus metrópolis.

A pesar de esto y del gran número de revoluciones que tuvieron lugar en esta época, logró consolidarse una nueva forma de dominación imperialista: la neocolonización, que consistió en la dominación de las ex colonias y países débiles por medio de la exportación de capitales, el endeudamiento, el comercio desigual y el fomento de las divisiones internas y regionales, y sólo en casos excepcionales por la intervención militar, no obstante, los mecanismos diplomáticos, financieros y comerciales han demostrado ser más sutiles y efectivos, pues con menos esfuerzos han producido grandes ganancias; en el caso del endeudamiento, países enteros han quedado encadenados a deudas impagables que absorben una parte considerable del gasto público y se ha llegado al extremo de que los países contraen nuevas deudas sólo para pagar los intereses de deudas anteriores.

El sistema neocolonial que se impuso a partir de los 1970s, unos 100 años después del surgimiento del imperialismo, ha resultado más eficaz que el viejo sistema colonial, el cual heredó las colonias conquistadas por los Estados absolutistas y por los primeros Estados capitalistas (premonopolistas), este sistema sucumbió con las guerras de liberación nacional del siglo XX y las revoluciones que marcaron esta época.

La nueva dominación se afirmó a través del comercio mundial, las finanzas y la diplomacia, en vez de las bayonetas y virreyes de antaño. Esta nueva dominación corresponde a una forma más acabada del imperialismo, o sea, al capitalismo monopolista de Estado (CME), de la misma manera que el viejo sistema colonial correspondía al capitalismo monopolista.

Las neocolonias se hallan hoy más excluidas del comercio, la cultura y las finanzas, las principales corrientes de intercambio mundial son las que existen entre los EU, Europa occidental, China, India y el Japón, países todos que determinan, en su colaboración y lucha, el sentido que adquirirán las contradicciones del mundo.

Como antes, existen zonas de influencia, pero a diferencia del antiguo sistema, no están tan claramente determinadas, pues el comercio y la inversión suele hacerse de manera conjunta, con una red de conexiones financieras y comerciales que entrelazan empresas de todos los países que se combinan en consorcios trasnacionales. Todo en pos de la ganancia. Pero esto no quiere decir que se avanza hacia un capitalismo unificado a escala planetaria, un monopolio mundial único, como pretendió el mito de la globalización; lo que hay es una cooperación que corre al parejo de una sorda lucha por la supremacía entre grupos monopolistas fusionados con sus respectivos Estados nacionales dentro de los cuales hay otros grupos y facciones que luchan unos contra otros a su vez por el control de los consorcios y conglomerados capitalistas. Y esa lucha es el “ruido de fondo” de las guerras que se han sucedido desde el fin de la segunda Guerra Mundial, que han sido otras tantas guerras imperialistas por el control del mercado mundial.

La separación entre la época del capitalismo monopolista y el CME no es, pues, metafísica, pues ambas formas comparten rasgos y tendencias, se entrelazan; el CME es el resultado necesario y directo de la evolución del capitalismo monopolista “privado”. Por ello se puede decir que el CME es la forma actual de la fase última del capitalismo, o sea, del imperialismo, y no una época diferente; es la expresión actual de la irremisible decadencia capitalista.