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sábado, 15 de junio de 2013

La planificación de la sociedad




El lenguaje de la sociedad actual es el dinero.  Prácticamente no hay actividad humana que no pase por intercambios de dinero. Por ello se dice que la sociedad actual se rige por el intercambio, por el cambio de mercancías. 

Esto no quiere decir que todo en la sociedad pueda reducirse a una mercancía, pues el ser humano nunca podrá ser reducido a un aspecto de su vida social.  Pero la mercancía es particularmente invasiva y tiende por fuerza a abarcar cada cosa que hace el ser humano.

¿A qué se debe esta peculiaridad?

Fundamentalmente a la naturaleza anárquica de la misma sociedad.  Toda sociedad vive de lo que produce: comida, agua, vestido, energía, diversión, etc.  Por tanto, tiene que organizar de alguna manera la forma de producir todo esto.  Se crean las fábricas y los talleres, se construyen los caminos, se excavan las minas, se aran los campos, etc.  Los seres humanos se agrupan en torno a estas actividades y entran en determinadas relaciones entre ellos, a partir de determinado momento histórico, estas relaciones se van haciendo más y más complejas y surge la división del trabajo, pues los seres humanos dejan de hacer los diferentes tipos de trabajos y se van especializando en unos pocos e incluso en uno solo.

De esta manera la riqueza de la sociedad crece, pero determinadas actividades van cobrando primacía sobre las demás: la guerra, el sacerdocio, la administración se van concentrando en grupos de individuos que se apoderan así de la riqueza que la sociedad produce en su conjunto.  La sociedad actual incorporó además a los comerciantes y fabricantes,  a los banqueros y a los terratenientes, que se encumbraron gracias al poder que ejercían en el proceso de la producción y el intercambio de productos.   Esta nueva clase se denominó capitalista y a ellos se debe la actual conformación de la sociedad, una sociedad basada en la producción y el cambio de mercancías.

Esta producción y cambio de mercancías son procesos anárquicos, es decir, nadie sabe realmente si venderá lo que va a producir, o si le faltarán productos para satisfacer el mercado.  De manera que los fabricantes y comerciantes se lanzan al mercado a ciegas y luchan con sus competidores para vender primero sus productos.  El precio de perder en esta lucha es la pérdida de su capital y, con ello, perder la posición en la escala social. 

Lo que ocurre con las mercancías que se produjeron en exceso es que se tornan en fuentes de distorsiones en la economía de la sociedad, o sea, causan altibajos en los precios y llevan a los capitalistas a toda clase de maniobras para aprovecharse de ello, escondiendo los productos o sacándo al mercado más de los necesarios, con lo que crean abundancia y escasez artificiales que sólo les aprovechan a ellos.

El resultado social a gran escala es que una cantidad enorme de trabajo que la sociedad invirtió en producir, simplemente va a parar a las arcas de unos pocos propietarios que no retribuyen en absoluto a esa sociedad.  Los propietarios se tornan en parásitos de la sociedad.  Cabe aclarar que la riqueza misma del propietario tiene su origen en salario no pagado del que se han apoderado, pues al contratar a sus trabajadores sólo retribuyen el valor de la fuerza de trabajo pero nunca retribuyen el valor mismo que produce esa fuerza de trabajo.  Así, el propietario gana por todos lados y sólo teme a la competencia de otros propietarios como él.

La economía del capital es una economía desigual y desleal en la que cada capitalista aprovecha cualquier descalabro ajeno para sacar ventaja propia.  El del capital es el reino de la competencia y de la anarquía.  En el capitalismo nadie tiene certeza del destino de su trabajo, de si obtendrá la retribución de sus esfuerzos, o incluso de si sobrevivirá a los ciclos de la economía. 

Frente a esto, los capitalistas buscan, como grupo de la sociedad, asegurarse que la anarquía que ellos mismos provocan no los alcance.  Y ensayan diferentes medidas. En primer lugar, buscan controlar los precios, y los salarios, aumentando los primeros y reduciendo los segundos, así el poco dinero que ganan los trabajadores acaba regresando a los capitalistas que los contratan.  O sea, se valen de la pobreza de la población para salir de los problemas que ellos mismos crean.  Esta maniobra no es nueva, prácticamente desde que se constituyó la clase de los capitalistas se viene recurriendo a ella, particularmente en los momentos de crisis, cuando la baja de los precios generalizada amenaza las ganancias de los burgueses.  Así, el capitalista busca siempre poner a salvo sus ganancias así se hunda el mundo entero.

Otra medida a la que recurre el capital para intentar ponerse a salvo es de mayor interés para esta breve exposición.  Se trata de la lucha contra la anarquía económica a través de la planificación.

La planificación de la economía no es otra cosa que la programación de la producción de toda la sociedad.  A través de la planificación se pretende estimar las necesidades de la sociedad de cada producto y así se evitaría producir más mercancías o menos de las que realmente se necesitan.
Esto es en principio plausible, pues ningún caso tiene producir algo que acabará pudriéndose en una bodega, con todo el desperdicio que eso implica. La planificación evitaría los enormes gastos en publicidad, el abuso de conservadores en alimentos, el derroche del petróleo y el gas, el derroche en empaques y la creación de innumerables puntos de venta de los mismos productos así como la creación de necesidades artificiales, y junto con el desarrollo de nuevas tecnologías podría llegarse a una mejoría más que notable del bienestar de toda la población.

Pero la planificación de la economía en la sociedad capitalista presenta serios obstáculos.  Por principio de cuentas, no hay una organización centralizada que sea capaz de meter en cintura a los productores, pues cada cual ve por su beneficio y aprovecha cualquier ventaja para perjudicar a sus competidores, sin importarle los daños que causa a la sociedad. Aún así, frente a las dificultades que se van creando en la economía y con ella en la vida de millones de personas, los Estados se ven obligados a intervenir; pero tratándose  de Estados al servicio de los propios capitalistas, sus esfuerzos no son fructíferos. De esta manera llegaron a crearse y se crean toda clase de organizaciones, secretarías e instituciones dedicadas al “ordenamiento” de la economía (en la actualidad ya no se emplea realmente la palabra planificación, pero se trata de lo mismo).  A la planificación se dedican los esfuerzos de un ejército de especialistas académicos y gubernamentales e incluso empresariales que elaboran tomos enteros de estudios y sugerencias para ordenar la sociedad, la producción, el consumo, la compra y la venta. 

No puede decirse que todos estos esfuerzos carezcan de cierto valor, por cuanto entre los especialistas llega a haber elementos honestos, que trabajan creyendo en la posibilidad de planificar u “ordenar” la economía bajo el capitalismo.  Sin embargo, la realidad es muy diferente de lo que creen estos especialistas bienintencionados.  La sociedad capitalista sólo puede planificar dentro de los estrechos límites de la empresa individual, ahí cada capitalista (individual o colectivo) es el rey y puede determinar lo que va a producir y cuánto va a producir, para ello se vale de estudios de mercado más o menos concienzudos pero nunca cien por ciento certeros. Si alguien intenta imponerle un aumento o una disminución de su producción o indicarle que debe producir otra cosa, entonces el capitalista se rebela y llega de plano deja de producir y esconde su capital en bancos y servicios financieros. Más aún un capitalista poderoso busca siempre imponerle a los otros su propia planificación, sometiéndolos siempre que puede a sus dictados, esto es lo que ocurre en muchos monopolios que no pertenecen a un solo dueño y que se organizan a partir de varias empresas preexistentes.

El capitalista comprende la necesidad de planificar la economía, pero lo comprende desde su estrecho punto de vista de poseedor individual y no desde un punto de vista social y colectivo.  Para el la planificación es otro campo de batalla en la lucha contra sus competidores y por la disminución de los salarios de los trabajadores.  Para él la planificación sólo vale en la medida en que favorece a sus intereses.

Pero en lo que respecta a la sociedad en su conjunto, la planificación de la producción sociales una necesidad indiscutible, significaría el fin de los monstruosos derroches de recursos naturales y fuerza de trabajo que acarrea la competencia entre los capitalistas, así como la posibilidad de aprovechar tecnologías nuevas que hoy simplemente se ocultan para que los capitalistas sigan vendiendo artefactos obsoletos.

El freno que evita que esto se convierta en realidad es el interés de un puñado de poseedores de capital, los capitalistas que tienen en sus manos el poder del Estado y del gobierno y lo emplean para defender sus propios intereses en detrimento de todos los habitantes del país y del mundo. Los intereses de este pequeño grupo se oponen diametralmente a los de toda la sociedad, pero el gran poder que tienen al controlar los medios de comunicación les permite difundir la mentira de que sus intereses son los mismos que los de toda la sociedad.

Otro  escollo a la propaganda de la planificación es la concepción tan difundida cuan falsa de que planificar la economía significaría terminar con la libertad de los individuos, o sea que ya no existiría la opción de obtener los productos que se desean, y que la planificación eliminaría muchas necesidades.  Pero esto es falso, el mismo día de hoy, en este preciso instante, miles de millones de seres humanos tienen la libertad de morir de hambre, mientras toneladas de comida se echan a perder en bodegas y silos sólo para que no bajen los precios.  Por otra parte, la variedad de productos tiende a disminuir bajo el régimen anárquico del capital, en realidad tenemos el mismo producto en una infinidad de varientes que hacen lo mismo y básicamente con la misma calidad.  Sólo se diferencian en los empaques, aditivos y presentaciones.  La planificación no terminaría con la variedad de productos, pues de hecho comenzaría con las cuestiones de la energía, la maquinaria, la agricultura y las finanzas, así como el comercio a gran escala y los transportes. 

Nadie puede decir que escasearían los problemas, pues se trataría de una empresa histórica y como empresa histórica enfrentaría la oposición de los principales perjudicados, los capitalistas, que intentarían defender sus posiciones ahí donde las conservaran o recuperar las que hubiesen perdido.

Pero aún así, la planificación es el camino para que el bienestar llega a todos.  La planificación no requiere a los capitalistas, ni depende de ellos, es también falso que la sociedad sea incapaz de organizarse por sí misma, sin amos ni capataces, sin el temor a quedar sin sustento; aún en países atrasados como el nuestro se cuenta con cuadros técnicos competentes que pueden organizar la producción y los servicios respondiendo únicamente a los intereses y necesidades de los trabajadores.

La respuesta a los grandes problemas actuales, es la planificación centralizada de la economía social.  La difamación y la confusión en torno a ella sólo tiene su origen en la defensa ideológica del régimen actual por los grandes empresarios y sus sicarios en la academia y los medios de comunicación.

martes, 4 de octubre de 2011

La lucha política y el izquierdismo involuntario

“...en el seno de nuestro pueblo existía extraordinaria energía y extraordinaria fuerza, pero no lo sabíamos, o no nos habían dejado reunirlas y organizarlas. Y por eso las minorías privilegiadas y preparadas pudieron más, con la ayuda de los intereses foráneos, de lo que había podido nuestro pueblo, con la tremenda fuerza que encerraba en su seno,” F. Castro, Discurso 1 de mayo, 1960.



Las cuestiones que rodean a la práctica política son siempre complejas, más aún cuando se trata de construir una política de izquierda marxista.

Y es así por cuanto no se trata de una materia puramente técnica, meramente cuantitativa, sino que se trata de construir sobre bases distintas que las de la política circundante, y al mismo tiempo en permanente contacto con esa política circundante. No se puede suprimir el hecho de que existe toda una forma de hacer la política que no se corresponde con la idea marxista de lo que debe ser. La política burguesa es la emanación directa de la economía burguesa, su carácter dominante proviene de este hecho, y no de voluntades aisladas.

Esto no excluye el quehacer político de una izquierda marxista, al contrario lo hace más necesario, pues el objetivo de la política burguesa dominante es la exclusión y opresión de las masas trabajadoras, se mantiene de su pobreza y de su ignorancia, y las reproduce al mismo tiempo. Contra esto se alza la necesidad de que existan una teoría y una práctica marxistas de la política.

Una teoría política marxista tiene que tener por base al materialismo histórico, debe basarse en el hecho de la transición de fases históricas, en la lucha de clases y en la teoría del partido político.

La cuestión de la práctica política es mucho más compleja, como es de suponerse, pues si un principio lógico puede llegar a tener la aceptación general, no ocurre lo mismo con una determinada acción práctica. Esto ocurre por una serie de razones, en primer lugar, la celeridad y variedad de los cambios políticos, que ocurren a gran velocidad incluso ahí donde se presenta un estancamiento general. La política no se detiene. Puede experimentar estancamientos, pero nunca inmovilidad absoluta.

Una segunda razón es la de que determinadas iniciativas pueden arrojar resultados radicalmente diferentes y aún opuestos, esto dependerá de las circunstancias, de los momentos, de las correlaciones de fuerzas presentes.

Otra razón radica en la misma capacidad de las fuerzas marxistas para enfrentar los cambios y resolver las tareas con las herramientas adecuadas, o sea en su capacidad de ver las contradicciones a tiempo y aprovecharlas lo mejor posible. Este punto se refiere al arte de la política.

Su dominio sólo puede efectuarse en la misma práctica, nunca al nivel de la teoría, que sólo puede ser su guía a cambio de una atención señalada a los detalles concretos.

La práctica política constituye la verdadera prueba de toda organización política marxista, en ello no se distingue de cualquier organización burguesa. El marxismo no exime de pasar por los estadios evolutivos de la política. “Tener las mejores herramientas no significa saber usarlas bien.”

Sin embargo no es extraño encontrar camaradas que pretenden saltarse este camino evolutivo y pasar directamente a la construcción de una poderosa organización marxista que no dependa sino en lo más mínimo de la política burguesa. ¿Qué sería más deseable que un partido obrero revolucionario autónomo y capaz de lidiar batallas de clase contra la clase burguesa? Todo marxista verdadero aspira a esto. Pero de la misma manera todo marxista verdadero reconoce que la constitución de tal partido es el punto culminante de una serie de procesos y tareas que es imposible eludir.

La escuela de la política burguesa es una de ellas, sin conocer cómo se hace la política burguesa es una quimera pensar en combatirla, sin este fogueo ningún cuadro marxista puede salir avante de los mil trucos que le reservan los politicastros burgueses. El desprecio que la política burguesa puede inspirar nunca debe convertirse en menosprecio, menos aún en una autosuficiencia. Un cuadro marxista que se siente por encima de todo esto sin haberlo valorado se engaña a sí mismo. Ha construido un castillo de cristal en su entorno y más pronto que tarde no querrá salir de él.

Las masas siguen espontáneamente a los políticos burgueses pues éstos representan lo establecido, las instituciones, arrancarlas de esta nociva influencia sólo puede hacerse desde el propio movimiento de las masas incluso cuando éste se encuadra en la política burguesa. Por movimiento sólo debe entenderse, naturalmente el que se halla a la izquierda, pues se trata de liberar a las masas, no de colaborar en su cautividad. Por ello no se puede extender la acción a todo tipo de organización.

Una organización marxista coexistirá permanentemente con la política burguesa y aún con la politiquería, simplemente no puede evitarse, se verá impelida a realizar tareas que no guardan relación directa con los objetivos marxistas. Esto significa que habrá de tener contacto con elementos organizados y desorganizados cuyos objetivos distan mucho de ser la liberación del proletariado.

Esta situación puede conducir a diferentes reacciones al seno de la organización marxista. Una es el completo rechazo a la política burguesa, que buscará aislarse de todo contacto con ella. Otra es la asimilación de las formas y contenidos burgueses; una tercera es aquella que busca el acercamiento con las masas que están bajo la férula de la burguesía, aceptando un compromiso con las formas burguesas sin aceptar el contenido burgués.

La primera forma constituye una clara tendencia izquierdista, por cuanto pretende aislarse no sólo de las burocracias burguesas, sino de las masas bajo la influencia de éstas, y el resultado sólo puede ser uno: la conformación de una burocracia “marxista” que administra el pequeño entorno de la organización, sin más aspiraciones que extender de manera marginal su influencia entre aquellos que ya están convencidos. Esta política no es otra cosa que la liquidación de la organización a plazos. Es el reconocimiento de la incapacidad de lidiar con las cuestiones políticas y de aprovecharlas para crecer. La conversión de tal organización en una secta “aislada” es sólo cuestión de tiempo.

La segunda forma constituye una tendencia derechista, en la cual los marxistas han sido incapaces de sobreponerse al peso de la política burguesa, y han claudicado aceptando tanto las formas como el contenido, poco a poco el discurso marxista se va convirtiendo en una justificación de los más increíbles virajes y zigzagueos. La organización marxista se va convirtiendo en un apéndice del último vagón del carro de la burocracia.

La tercera vía es, naturalmente la más compleja, pues en todo momento es necesario medir cuando tal o cual compromiso se puede asumir y cuando no. Cuándo se incide realmente y cuándo se sigue a la burocracia. Estas cuestiones sólo se pueden dirimir en el terreno concreto de la lucha política. La cuestión central de esta vía reside en los objetivos y cómo se plantean éstos de antemano, y cuáles modificaciones se van planteando de acuerdo al cambio de las situaciones.
Los objetivos de la intervención tienen que ser planteados a diferentes niveles, dada la circunstancia de la heterogeneidad de las organizaciones de masas y de la relación que éstas guardan con sus direcciones burocráticas. Ganar influencia, canalizar personas convencidas y hacer circular materiales de estudio sólo puede lograrse mediante un trabajo continuo y sostenido, participando directamente en las acciones políticas cotidianas, y no pretendiendo sentar cátedra desde fuera sobre las bondades de una supuesta política diferente.

No pocas veces, aquella organización marxista que ha resuelto llevar a cabo una política de acercamiento al trabajo de masas, puede experimentar una situación particular en la que se acepta de palabra la intervención en las organizaciones de masas y, sin embargo no se aceptan las condiciones de esa intervención, pretendiendo limitarla a una mera presencia testimonial, circunstancial, sin compromiso con el quehacer cotidiano, que es lo que realmente garantiza la presencia de la organización marxista. Sea por miedo a la inmersión de la organización marxista en las redes de la política burguesa o por otras circunstancias, se llega al extremo de no saber distinguir entre el compromiso con las formas y el compromiso con los contenidos. Cuando se carece de esta capacidad de distinguir, entonces comienza a surgir una tendencia a fijar toda suerte de controles burocráticos a la participación en las organizaciones de masas, buscando normativizar hasta lo más esencial y básico, constituyendo en los hechos lo que se pretende evitar en el papel, o sea, la formación de una capa burocratizada al interior de la propia organización marxista. Se trata de un izquierdismo involuntario, no meditado, sino surgido de las condiciones prácticas de la lucha política.

Nadie puede decir que una organización que reivindica el centralismo democrático no requiere controles y un seguimiento constante de toda iniciativa, más aún en cuestiones tan delicadas como es la relación con organizaciones de masas. Esto, sin embargo nunca puede conducir al rebajamiento del trabajo y de los medios de acción.

La acción política nunca será tersa ni estará exenta de riesgos, y un control burocrático nunca será una vacuna contra éstos, peor aún, resulta en aquello que se pretende evitar. Hay que ser claros al respecto, rebajar la práctica política a la política de círculo, a la política estudiantil, incluso a la gremial significa sacrificarlas a todas, junto con las aspiraciones a una verdadera política de masas. Es un paso que sólo desde una gran inconsciencia se puede defender.

La lucha contra los politicastros burgueses no es cosa de un único lance heroico que convenza a las masas de su inutilidad. Sólo un trabajo concienzudo de contraste puede llevar a las masas a orientarse a la izquierda del movimiento.

En el contexto particular del momento político actual es realmente inconsciente plantear que se puede prescindir de la participación en los partidos burgueses de izquierda, aún cuando éstos se hallen inmersos en la red de la burocracia liquidadora, la cual pretende reducirlos a su mínima expresión en tanto movimientos de masas, estrategia de la cuál no podemos participar ni por omisión. Pero es igualmente inconsciente hacer como que se participa en la política partidaria, mientras se la rechaza en los hechos, el izquierdismo no se puede disfrazar con nada, es evidente para todo el mundo, menos para quien lo profesa. Peor que un izquierdista voluntario sólo puede haber un izquierdista involuntario, pues el segundo suma a la equivocación, la arrogancia; la arrogancia de quien cree ser el único que tiene razón.

Que existen riesgos es algo que nadie puede ignorar, es el ABC, pero la única manera de evitar caer en las trampas de la política es aprendiendo en la marcha, ningún sesudo análisis provee lo que provee la práctica constante y sostenida, guiada por la teoría del materialismo histórico; se cometerán errores, ni dudarlo, pero los marxistas no tememos cometer errores, sino no saber sacar de ellos las conclusiones apropiadas y obrar en consecuencia, a fin de alcanzar los grandes objetivos que nos hemos trazado.

viernes, 3 de junio de 2011

El lugar de La Guerra Civil en Francia en la obra histórica de Karl Marx

El conjunto de la obra de Marx cubre un periodo de cuatro décadas, aproximadamente de 1843 a 1883, año de su muerte. Marx fue, desde el comienzo un revolucionario preocupado por dar sentido y coherencia a las ideas revolucionarias de su época; pero al mismo tiempo fue un científico, un observador implacable de la sociedad y de los grupos que la componían.

Así lo plasmó en sus obras propiamente históricas: “La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850”, “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, “Revolución y contrarrevolución” y “La Guerra Civil en Francia”.

Estas obras deben verse como un trabajo unificado en el que se desarrollan las tesis del materialismo histórico en el caso concreto del devenir del Segundo Imperio Napoleónico, cuyo origen se halla en la derrota de la Revolución de 1848 y cuyo fin se halla en la Comuna de París.

Como Marx expresó, la historia de Francia presentaba una gran oportunidad para ensayar los principios-métodos del materialismo histórico, pues en aquel país las contradicciones políticas se resolvían hasta el final. Pero hay algo más, Francia, con su tradición revolucionaria y su particular posición en la política internacional, era un país del máximo interés para Marx y Engels, pues los sectores democráticos franceses estaban entonces a la cabeza del movimiento europeo; sólo con la derrota de la Comuna la estafeta pasa al centro de Europa, a Alemania, cuyo gobierno era la cabeza de la reacción continental. Tras la derrota de la Comuna, Alemania se “infecta” del virus revolucionario.

La historiografía de Marx es, pues, la historia del auge y ocaso del movimiento revolucionario en Europa occidental, y su paso a nuevas tareas y formas de organización que se pondrán en marcha, a partir de la derrota de la Comuna, en la construcción del Partido Obrero alemán. Corresponderá a Lenin historiar el auge y ocaso de este nuevo movimiento, él testimoniará su bancarrota en la Guerra imperialista mundial y el paso del frente revolucionario al oriente a la Rusia zarista.

Las obras de Lenin, sobre todo “El renegado Kautsky y la Revolución Proletaria”, si bien no son propiamente historiográficas, pueden considerarse la continuación de la obra histórica de Marx.

Marx como historiador se esmera en presentar un cuadro exacto de los conflictos presentes y latentes en la escena política europea, que él concebía como la expresión más visible de la lucha de clases mundial entre el proletariado y la burguesía.

Para Marx la historia nunca se redujo a un mero recuento y registro de los hechos “históricos”, siempre pensó en términos de un estudio dialéctico de la causalidad histórica, con miras a la elaboración de la estrategia revolucionaria; algo diametralmente opuesto a la concepción libresca de los profesores burgueses. “La Guerra Civil…” ocupa por tanto un lugar particular en la obra de Marx, como epitafio del bonapartismo y de Luis Bonaparte (de quien Marx sentía la más viva antipatía), y como exaltación del mayor logro del proletariado en el siglo XIX: la Comuna, forma de gobierno inédita que estuvo realmente al servicio de las masas trabajadoras, así fuese por un brevísimo periodo.

La Comuna es el punto final del camino burgués de desarrollo social, dice Marx, así en Francia como en Europa y en el mundo entero, conclusión que se perfila desde el “18 Brumario”, obra en la que se esfuerza por explicar científicamente (y no sólo “racionalmente”) el ascenso de un grupo desclasado al poder en una sociedad de clases que se torna ingobernable, pero que se mantiene fiel a su base económica burguesa, y cuyo derrumbe abre paso a la Comuna.

El Marx de “La Guerra Civil…” es el Marx que se halla al final de un proceso que ha rastreado por veinte años, desde los prolegómenos de 1848; y que ahora ve cómo sus previsiones se materializan no como la acción de grupos aislados sino como la acción de las masas sublevadas.

“La Guerra Civil…” es un paso más allá del 18 Brumario, se pule el método al extremo, aparece incluso la previsión de la Guerra imperialista de 1914-1918: “coalición de las razas eslavas y latinas…” contra Alemania, a raíz de las anexiones territoriales hechas tras la guerra franco-prusiana y el aplastamiento de la Comuna. Esta obra ocupa en la historiografía marxista el lugar que ocupa El Capital en la economía política. No en balde es la guía programática a la que se remiten los bolcheviques en la Gran Revolución Socialista de Octubre.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La migración humana en la historia

Frecuentemente se tiene la idea de las sociedades antiguas como casi inmóviles, aisladas y autárquicas, sólo sacudidas por las guerras o los desastres naturales.

Sin embargo, las investigaciones históricas y arqueológicas nos brindan un cuadro muy diferente de la antigüedad. Los contactos y los consecuentes intercambios entre las sociedades pasadas han sido mucho más constantes de lo que se creía anteriormente.

Las diferentes sociedades, todas escindidas de un único tronco biológico humano, han comerciado y guerreado sucesivamente, luchando por territorios, recursos y hegemonía política, religiosa y étnica. Para esto, los desplazamientos a través de distancias a veces muy grandes han sido indispensables. Desplazamientos de individuos, grupos, ejércitos y aún poblaciones se han producido por milenios a lo largo de todo el orbe, hasta los rincones más apartados e inhóspitos, siempre a la búsqueda de los medios de existencia indispensables para perpetuarse.

Los contactos entre los diferentes grupos han tenido un impacto diferenciado, a veces han llevado a la extinción de un grupo debido a su absorción por otro o por su eliminación violenta. Pero también han llevado a una nueva época de progreso, por ejemplo, mediante la difusión de conocimientos y tecnologías. Se sabe que la domesticación del trigo, la metalurgia del hierro y la escritura alfabética fueron realizadas en el área comprendida entre Palestina e Irán, y que desde ahí se difundieron hasta el occidente de Europa, pasando por toda la cuenca mediterránea y quizá al oriente de Asia, pasando por el Asia central. El maíz se habría difundido igualmente desde una región en el México central hacia el norte y el sur, alcanzando tierras tan lejanas como el Perú. Tal difusión nunca constituyó un acto único, sino que requirió un largo tiempo, y se efectuó a través de muchos pueblos. Los francos del siglo VIII estaban lejos de suponer que las letras latinas que ellos perfeccionaron las debían a los ancestros de los árabes que los invadieron desde España, pero los griegos reconocían el origen semita de su escritura, llamándole “escritura fenicia”.

Los intercambios culturales más notables de la antigüedad tuvieron lugar en la cuenca del Mediterráneo, sobre todo en la parte oriental; ahí, egipcios, semitas, iranios, griegos, anatolios y turanios, convivieron por milenios, influyéndose recíprocamente. La guerra y el comercio fueron los vehículos de grandes avances tecnológicos y de profundas transformaciones sociales. Los griegos y fenicios, navegantes, piratas y comerciantes jugaron un papel relevante en estos procesos, fundando sus colonias mercantiles a lo largo del litoral, fueron los enlaces entre los pueblos del Mediterráneo, el Mar Negro y aún del lejano océano Índico. De los fenicios se considera que pudieron alcanzar el occidente de África y la Gran Bretaña, aunque no se establecieron en estos territorios. El surgimiento de Roma empujó al ocaso al Próximo oriente, al menos por un tiempo, pero este nuevo imperio pronto estableció comunicaciones regulares con tierras lejanas, sobre todo la India, Nubia, y el norte de Europa. Pronto se estableció una ruta de comercio casi legendaria, la “ruta de la seda”. De alguna manera no esclarecida, los romanos accedieron a la seda, entonces sólo producida en la remota China, esta tela, se comenzó a importar a través de varios intermediarios, trasladándola por tierra a través del Asia central hasta Siria, donde se preparaba una tela con diseño al gusto romano a partir de la fibra cruda o de la tela con dibujos orientales, que era destejida hilo por hilo y vuelta a tejer, para ser luego embarcada a Roma donde la adquirían los romanos ricos que pagaban en oro. La ruta de la seda fue un importante puente cultural, pues llevó el cristianismo al Asia central, así como la escritura alfabética (alfabetos uigur y mongol).

La caída del imperio romano no frenó estos contactos, salvo quizá en Europa, en proceso de feudalización, pero más allá, en el Asia, el empuje de los musulmanes arrojó a los decadentes bizantinos de Próximo Oriente y enlazó todo el norte de África con Asia y más tarde con Asia oriental a través del Asia central y de Insulindia. Los árabes, como es ampliamente reconocido, trasladaron conocimientos desde los antiguos centros de cultura de Oriente hasta la península ibérica, invadida por ellos en 711, así, los números arábigos, más bien indios, y la caña de azúcar, que tanta importancia tendrá en la historia de América, llegaron a Europa. Los árabes instalaron negocios en los puertos de China, se extendieron por la costa swahili en el África oriental, donde inauguraron un boyante comercio de esclavos, que eran llevados a Asia. Tras la batalla de Talas (Asia central) los musulmanes se apoderaron de expertos chinos en la fabricación de papel, que acabó por desplazar al pergamino. Con los árabes, la ruta de la seda alcanzó sus mayores cotas.

Es significativo, debido al atraso de los medios de transporte, que relativamente pocos árabes “de cepa” se desplazaran en las campañas de conquista, salvo en los primeros tiempos; las sucesivas oleadas musulmanas se integraron con nativos, beréberes en África del norte y persas en Asia, luego con turcos centroasiáticos, los musulmanes, sobre todo militares, pero luego funcionarios y letrados arabizados e islamizados se movilizaron en número de varios miles para conquistar nuevos territorios que fueron integrados a la cultura y religión islámicas.

La migración de pueblos, grupos y aún individuos ha tenido, pues, un efecto nivelador en el terreno de la cultura, llevando y trayendo conocimientos e ideas; las migraciones, aunque suelen acompañarse de violencia y aún aniquilamientos, también pueden sembrar las semillas de transiciones revolucionarias en los lugares donde se efectúan, como fue el caso de la invasión musulmana en España, que llevó un gran caudal de conocimientos a Europa, o la invasión de América por los europeos a partir del siglo XVI, que si bien significó una enorme destrucción y una catástrofe demográfica para los pueblos nativos, también implicó un impulso decisivo a la formación de las relaciones de producción capitalistas en medio del decadente mundo feudal, pues en las tierras americanas se hallaron reservas cuantiosas de metales preciosos (oro y plata) indispensables para reforzar la circulación monetaria, y además, las tierras eran suficientemente buenas para la explotación de un producto tan valioso como el azúcar de caña, que se realizaba con trabajo de esclavos africanos (cuyo tráfico era otro gran negocio colonial). Todo un entramado colonial sostenido en las espaldas de los pueblos indígenas, reducidos prácticamente a una esclavitud de apariencia servil.

Con el correr del tiempo, las migraciones humanas no sólo no han cesado, sino que aún tienden a incrementarse; después de la invasión de América, millones de europeos se desplazaron al “nuevo” continente, al sur de África, a Australia, etc. Después de 1900 el signo comienza a invertirse, y la migración se produce desde los países colonizados por los europeos y estadunidenses con dirección a Europa y los EU, pero no se trata como antaño de una migración de naciones o viajeros aislados, sino de una combinación de ambas, pues se trata de cientos de miles de desplazados que se mueven individualmente o en pequeños grupos gracias a los modernos medios de transporte. Estos migrantes no buscan recrear su nación, sino asimilarse a la nación a la que llegan, aunque con frecuencia se enfrentan a la xenofobia de los locales.

La migración moderna, pues, es un producto neto del estado de las relaciones capitalistas de producción bajo el imperialismo neocolonial, y corresponden a la tendencia inmanente a la nivelación mundial de los salarios y los precios, misma que es constantemente socavada por la acción de los monopolios de Estado, que ante todo buscan apropiarse de la fuerza de trabajo en las mejores condiciones para ellos, o sea, a los precios más bajos posibles, por lo cual alientan la migración ilegal, a fin de que los trabajadores migrantes vivan en un ambiente hostil que los obligue a vender barata su fuerza de trabajo, sin capacidad de apelar a la solidaridad de clase de los trabajadores nativos, teniendo lugar una división al interior de la clase obrera que beneficia directamente a los capitalistas.

La naturaleza decadente del capitalismo se manifiesta también en el hecho de que las relaciones de producción vigentes se oponen directamente a la acción niveladora de la migración de los pueblos, buscando manipularla en su propio beneficio, sin embargo, pese a esto, la rueda de la historia continúa su marcha, y puede decirse que la migración y los intercambios entre los pueblos son otros tantos engranes de esa rueda.

jueves, 7 de octubre de 2010

El capital y la división del proletariado

La archisabida divisa romana divide et impera o “divide y vencerás”, cobra un particular sentido en la sociedad capitalista.

Las clases sociales, en la teoría, se presentan como totalidades, o sea, como sistemas relativamente uniformes, determinados por una serie de características identificables con unas determinadas condiciones de existencia, una ideología, una determinada organización (o desorganización) política, etc., de manera que una clase no resulta idéntica a la suma simple de los individuos que la componen, sino que es esa suma en su contexto y desarrollo históricos, en el tiempo.

La clase capitalista, aquella que posee el capital, suele ser identificada con ciertas prácticas de consumo, o sea, con el derroche y el lujo, pero esto no es más que la apariencia exterior de la clase. La clase capitalista se caracteriza por ocupar un lugar jerárquico en la sociedad, lugar determinado por su capacidad de valorizar su capital, por su capacidad de obtener ganancias. A mayor capital, más alto el lugar en la jerarquía social. Ello impulsa espontáneamente a cada capitalista individual a buscar la mayor ganancia en cada negocio en que se involucra, sin importar demasiado la naturaleza del negocio y quien resulte perjudicado. El negocio armamentista es un ejemplo extremo, pues se produce capacidad de destrucción para obtener ganancias.

El otro extremo de la sociedad lo integran los productores directos de las mercancías, es decir, los asalariados, trabajadores que a resultas de las revoluciones anti-feudales fueron despojados de los medios para obtener su sustento, y de esta manera obligados a buscar un salario pagado por los dueños del capital, a cambio del cual tienen que entregar trabajo extra no pagado que se convierte en la ganancia de los capitalistas.

Por otra parte, en una sociedad concreta, las clases presentan una gran variedad de aspectos, de manera que una clase concreta no se limita a describirse por medio de su posición frente a la producción, sino que puede también distinguirse por cuestiones nacionales, étnicas, religiosas, etc. Por ejemplo, en un país como México, las clases también se distinguen por su origen étnico y por su identificación nacional, entre otras características. Esto hace que la lucha de clases concreta se desarrolle siempre como un conflicto que termina por involucrar cuestiones nacionales, religiosas, de género, etc. Más aún, de hecho, en México y Latinoamérica los conflictos de clase se presentan como conflictos de etnia, religiosos, o nacionales antes que como tales conflictos de clase.

Una clase tiene que realizar al mismo tiempo dos grandes luchas, una para aglutinarse a sí misma, y otra para dividir a la clase opuesta, los grupos más dinámicos y poderosos al interior de cada clase son los que reúnen en sí mismos la capacidad y los recursos para conquistar el liderazgo de la clase, desplazando a los elementos indisciplinados o susceptibles de pasarse al lado contrario, evitando así que las divisiones internas predominen sobre la necesidad de coaligarse contra la clase antagónica.

Por otra parte, la división de la clase antagónica es una pieza fundamental de lucha de clases, para ello se procede a crear una base entre aquellos grupos que manifiestan afinidad a la ideología de la propia clase, o bien que aunque tengan condiciones de vida idénticos a los del resto de la clase, manifiesten inconformidad con su situación dentro de esta, percibiendo una contradicción entre sus aspiraciones de ascenso y las formas de la competencia dentro del capitalismo.

La gran burguesía monopolista, fracción dominante dentro de la clase capitalista, ha afinado cuidadosamente los instrumentos políticos e ideológicos con que libra su lucha de clases contra los asalariados, buscando siempre evitar que se constituyan plenamente en clase proletaria en todos los sentidos, o sea, en una clase militante con reivindicaciones propias. A este fin, la burguesía monopolista fomenta activamente la división étnica, o sea, el racismo, el nacionalismo burgués, la religión (“opio del pueblo”) y la opresión de la mujer (formación de un sub-proletariado no reconocido), a fin de contar con grupos de asalariados en qué apoyarse cuando alguna fracción del proletariado intenta luchar contra la opresión de manera aislada. Los capitalistas lanzan entonces a una fracción del proletariado contra otra, instrumentan el esquirolaje económico como el político y el ideológico.

El esquirolaje económico es plenamente identificable, los esquiroles económicos no son otra cosa que los rompe-huelgas, más sutiles son los esquiroles políticos e ideológicos, pero son igualmente dañinos. En el terreno ideológico podemos hallar grupos de trabajadores que luchan abiertamente por la defensa de los prejuicios capitalistas, es el caso de muchas organizaciones sindicales que le han dado la espalda al socialismo, y que defienden a ultranza el “derecho al trabajo” burgués, pretendiendo que atacando al monopolismo desde un punto de vista “liberal” se combate la opresión de los trabajadores.

Además, no pocos grupos de trabajadores defienden y defenderán los exclusivismos religiosos y nacionales, sacrificando la unidad obrera. La lucha en este terreno, como en el político, sin embargo, tiene, gracias a la crisis del capitalismo, visos de solución pues en el marco de la crisis, el sistema capitalista es cada vez más incapaz de realizar las expectativas, no ya de las masas trabajadoras, sino incluso de los mismos capitalistas, que arrecian la competencia y ahondan en la división de su propia clase, circunstancia que el proletariado puede y debe aprovechar para aplastar el esquirolaje ideológico, como paso previo a la emergencia política del proletariado revolucionario.

Así, el capitalismo crea diferencias salariales y en oportunidades de empleo, con base en diferencias étnicas, de edad, de género. El capitalismo, en tanto que modo de producción busca siempre asegurar las condiciones de reproducción de las relaciones de producción que le son características: dedica esfuerzos monumentales al aseguramiento de las materias primas y a la reposición de máquinas y equipos, pero, paradójicamente, la reproducción de las relaciones de dominación, de la esclavitud asalariada, está fuera de la esfera de la producción de mercancías, compete al Estado, a la familia, la iglesia, a los medios de comunicación, que tienen que asegurar que los asalariados se presenten al trabajo. La división del proletariado es un factor esencial en el proceso de reproducción de las relaciones de dominación propias de la sociedad capitalista, pues lo aleja de la posibilidad de convertirse plenamente en clase proletaria, capaz de asumir sus propias reivindicaciones y de formar sus propias organizaciones, de desarrollar la capacidad de guiar a toda la sociedad a una reorganización del trabajo que ponga por delante las necesidades del ser humano, dejando en los museos la historia de la explotación.

martes, 13 de julio de 2010

El papel del ala izquierda en las organizaciones de masas

Los movimientos de masas populares de todo tipo están, por regla general, divididos en alas opuestas, que comúnmente se denominan de izquierda y de derecha, más una agrupación difusa que oscila entre ambas y que puede llamarse centrista.

Ambas alas se hallan en un constante enfrentamiento por la dirección del movimiento, pues representan tendencias políticas directamente opuestas; la derecha se orienta a la contemporización con el Estado y con las clases dominantes, mientras que la izquierda busca organizar y representar a las masas trabajadoras.

La derecha se apoya en los grupos más vacilantes y más controlados por la ideología burguesa, mientras que la izquierda se apoya en los sectores más cercanos a las doctrinas de emancipación clasista.

Lo que une a izquierda y derecha, es la mutua oposición a la correlación de fuerzas políticas en el entorno nacional, pero incluso dentro de esta identidad de intereses, la diferencia entre los métodos de ambas alas del movimiento popular es notoria; la derecha cree que la forma de “lucha” primordial es la que se realiza en torno a acuerdos parlamentarios, y lo demás es mero “radicalismo”; la izquierda, en cambio, persigue la mejor educación y organización de las masas como un medio de formar verdaderos ejércitos de la lucha de clases, sin descartar la necesidad de acuerdos, pues la correlación de fuerzas en la política suele orillar a ello, pero definitivamente lo que separa a izquierda y derecha es la vocación por las masas de la primera, y la vocación por las componendas de la segunda.

En periodos de retroceso de las masas, que usualmente siguen a las derrotas, la izquierda tiene frente a sí la situación más difícil y que reclama más cautela, pues la correlación interna del movimiento se corre a la derecha, que puede tomar para sí la dirección del movimiento en su conjunto. Y esto no depende tanto, como se cree, de tal o cual maniobra tramposa o deshonesta de las camarillas derechistas, sino de la posibilidad de que tales maniobras pasen sin una oposición real de la izquierda.

La izquierda tiene frente a ella dos opciones: la defección o el retroceso en orden. Ambas opciones plantean cuestiones importantes.

Lo que tiene que plantearse en primer lugar son los objetivos generales que persigue el ala izquierda, o sea, aquello que constituye su programa. El ala derecha tiene un programa bien establecido: contemporizar con el Estado y las fuerzas conservadoras a cambio de reformas mínimas que le permitan levantar cara frente a los explotados. Los grupos dirigentes persiguen cargos partidistas y parlamentarios y de ser posible, cargos de elección. No hay más. El ala derecha es una extensión del Estado al interior del movimiento popular y actúa en consecuencia.

El ala izquierda tiene como fin la constitución de un poder popular verdaderamente democrático, para lo cual requiere que las masas participen directamente de la gestión del Estado, y el movimiento no sólo debe ser el vehículo para ello, sino la escuela de democracia popular. En momentos de auge del movimiento espontáneo de las masas, surge la necesidad de que el ala izquierda luche por asumir la dirección del movimiento, por medio de sus cuadros más destacados, que encausen la energía de las masas hacia objetivos concretos. En tiempos de reflujo de las masas, la situación se torna visiblemente más compleja, pues los cuadros del ala izquierda, sin ceder sus posiciones a la derecha sí tienen que evitar convalidar las maniobras derechistas que vayan dirigidas a socavar los intereses populares. Tienen que aprovechar toda oportunidad para desenmascarar las componendas derechistas y educar políticamente a las masas con el ejemplo, dejando claro quien representa a las masas y quien representa únicamente sus propias ambiciones personales.

jueves, 8 de julio de 2010

Las relaciones de producción en América Latina.

Al mediar el siglo XX, surgió una polémica en torno a la naturaleza del desenvolvimiento del modo de producción en América Latina, polémica estimulada en gran medida por los procesos de liberación nacional que sacudieron la región. La discusión tuvo un giro importante a partir de la obra de André Gunder Frank, quien habló del “desarrollo del subdesarrollo” y empató el proceso colonial de América Latina con el proceso de acumulación originaria del capital(1).

La coordenada principal del estudio de Frank era la importancia primordial que concedía a la formación de lazos económicos entre las metrópolis y las colonias latinoamericanas. Para Frank, las contradicciones internas eran secundarias, sobredeterminadas por el conflicto con el imperialismo.

Tales tesis presuponían que el cariz del modo de producción latinoamericano era, si no abiertamente capitalista, sí de un tipo intermedio con predominancia de relaciones mercantiles o capitalistas inmaduras en rápido tránsito al capitalismo. De otro modo no podía sostenerse la tesis de una dominación externa capitalista o en vías de serlo, no cabía hablar de relaciones de corte esclavista o feudal.

No tardó en sobrevenir el choque con los materialistas ortodoxos, para los cuales la sucesión de modos de producción no podía saltarse el modo feudal. En apoyo de sus posiciones vino un caudal de hechos obviados o subestimados por los teóricos “subdesarrollistas” a lo Gunder Frank. En la historia de la invasión española y portuguesa, y en el periodo colonial, el trabajo indio y negro fue siempre de carácter forzado, arrancado por medio de la violencia a los pueblos nativos y a los africanos secuestrados y traídos a América. Es decir, los trabajadores en América Latina fueron o esclavos o semi-siervos. Los ortodoxos apuntaron acertadamente que lo primordial en la investigación de los modos de producción tiene que residir en la investigación de la naturaleza de las relaciones de producción concretas, siguiendo la metodología implantada por Marx, y que era inadecuado plantearse esquemas abstractos tomando como base la naturaleza del intercambio entre países. Un exponente de este grupo ortodoxo es Heinz Dieterich(2), quien realizó una refutación directa de Gunder Frank, haciendo énfasis en la abundante evidencia histórica de la existencia de regímenes de trabajo esclavo y servil en el Perú colonial, y aportando evidencia de la existencia del modo de producción asiático en el Perú antiguo.

Pero algunas cosas se echan de menos en ambas posturas teóricas, y se trata de una tesis esencial de la teoría materialista de los modos de producción aportada por los autores clásicos. Es una tesis muy sencilla: que una formación social concreta históricamente determinada nunca es un modo de producción puro; sino que por el contrario, siempre es una mezcla abigarrada de rasgos, de relaciones de producción que corresponden a diferentes modos de producción; mezcla en la cual un tipo de relaciones predomina sobre las demás, de manera que se puede decir que se trata de una formación social “capitalista”, “feudal”, etc., cuando los rasgos capitalistas, feudales, etc., predominan sobre los demás.

La dificultad de determinar cuáles son las relaciones predominantes, su abigarramiento, su mutua deformación y condicionamiento es grande y requiere muchos estudios regionales previos. Pero se pueden adelantar algunas tesis, basándose en la teoría materialista.

¿Cuáles eran las relaciones presentes en América Latina en el periodo colonial?

A) relaciones comunitarias primitivas,
B) relaciones esclavistas,
C) relaciones serviles,
D) relaciones mercantiles simples y
E) relaciones capitalistas poco desarrolladas.

Los incisos A al D corresponden a relaciones de tipo precapitalista.

Los subdesarrollistas cometen un grave error al ignorar, obviar o pasar por alto la existencia de formas de explotación de corte esclavista y servil en la América colonial, lo que es algo bien documentado, como lo demuestra Dieterich. Algunos subdesarrollistas llegan al extremo de buscarle un carácter mercantil o hasta capitalista a explotaciones netamente esclavistas, lo que es un procedimiento negligente, falto de un rigor mínimo.

Los materialistas ortodoxos, a su vez, pasan por alto una cuestión fundamental para el tema que nos ocupa, el hecho, también ampliamente documentado de la naturaleza que revestían los productos del trabajo en la social colonial. Siendo producidos por semi-siervos, esclavos y unos pocos trabajadores libres, los productos coloniales eran, en buena parte, mercancías; carácter que distaba de corresponder, aparentemente, al tipo de relaciones de producción en que eran elaborados. Pero tal contradicción se verificaba en la realidad. Esclavos y semi-siervos no laboraban los campos y abrían las minas exclusivamente para una economía autárquica, sino para obtener mercancías que se venderían en Europa y Asia; se habla desde luego, del oro, la plata, el azúcar, café, etc. y aún otros productos para consumo colonial, como el cacao, el maíz y el algodón eran materia de intercambio. Tal situación nos remite al sur esclavista de los EUA antes de la guerra de secesión de 1861; en esa época, masas de esclavos negros producían algodón para alimentar las hilaturas de Inglaterra, en un intercambio mercantil simple que hacía a los señores hacendados del sur híbridos de empresarios mercantiles y esclavistas de tipo antiguo.

Otro tanto puede decirse de los colonizadores españoles y portugueses; algunos habrían sido señores de la tierra de corte feudal, otros esclavistas típicos, otros más, híbridos de los anteriores y de negociantes mercantiles, otros habrían sido mercaderes netos, algunos pocos, quizá muy pocos, auténticos capitalistas.

Es un error negar la existencia de un tipo de relaciones para apoyar esquemas preestablecidos. De lo que se trata no es de determinar cuáles relaciones existían, la evidencia aportada por ambas escuelas es contundente: todas las relaciones mencionadas existían en la maraña que era la formación total; de lo que se trata es de determinar qué tipo de relaciones era la que dominaba a las demás.

Al establecer las relaciones dominantes, no se debe proceder de manera simplista, buscando las relaciones que predominan en la mayor parte de las explotaciones, o que abarquen a la mayor cantidad de trabajadores, o de productos, etc., de lo que se trata es de buscar las relaciones que determinan la dinámica de la evolución de la formación social como totalidad, o sea, en visión retrospectiva, las relaciones que acabaron por predominar en términos absolutos y relativos al final del periodo colonial, y que luego redundaron en la moderna formación capitalista.

A nuestro parecer, las relaciones dominantes corresponderían a las mercantiles simples, en vías de convertirse en capitalistas durante el periodo de regímenes liberales.

A nuestro entender, la evidencia de esta afirmación radicaría en la naturaleza de la clase dominante: un tándem conformado por los comerciantes, los hacendados productores de mercancías, los mineros y las casas de contratación de la metrópoli, que unidos formarían una clase terrateniente-mercader volcada a una producción de mercancías basada en el trabajo esclavo y servil, en general, forzado, y sólo por excepción, libremente contratado.

El mundo colonial habría estado conformado pues, por formaciones sociales precapitalistas, ligadas primero indirectamente a los centros capitalistas (Inglaterra, Holanda) a través de España y Portugal, y luego de manera directa, en el periodo de las reformas borbónicas.

Notas

(1) Heinz Dieterich, Relaciones de producción en América Latina, 2ª, 1985, 336 pp.
(2) Ibíd.

lunes, 7 de junio de 2010

La descomposición del capitalismo

A partir del estallido de la primera guerra mundial, en 1914, el capitalismo, entendido como un régimen mundial o sistema, experimentó su última transición de largo alcance, configurándose en lo que se denomina Capitalismo Monopolista de Estado, o CME; el capitalismo en esta etapa de su desarrollo se integra con un grupo de grandes consorcios trasnacionales que se hallan en lo alto de la estructura económica; aunque esto no significa que las formas anteriores del capital hayan dejado o puedan dejar de existir, pues se observan aun en la actualidad formas tan atrasadas como el trabajo a domicilio o los pequeños negocios familiares, y en muchas partes del mundo perviven incluso formas precapitalistas de producción. Sin embargo, aun las formas más atrasadas de economía están bajo la tutela de las grandes corporaciones, que se sirven de ellas para vender sus productos y para amortiguar los golpes de las crisis.

En los medios cercanos al pensamiento liberal suele creerse que el modo capitalista se halla en una curva ascendente más o menos constante, y que las crisis son meros episodios debidos al manejo deficiente de algunos administradores ineptos o truhanes, que realizan maniobras financieras poco afortunadas. No hay rastro en este análisis de la crisis de largo alcance que el capitalismo manifiesta desde 1914-18, pues los nuevos productos, las recientes industrias y las ciudades nuevas de Asia, sobre todo de China, les parecen evidencia suficiente de que el capital mundial va en ascenso histórico.

Pero basta contraponer la realidad de miseria de millones alrededor del planeta, la devastación ambiental y las guerras presentes y las que se fraguan, para tener evidencias de la naturaleza de la crisis sistémica por la que atraviesa el sistema económico mundial desde hace casi cien años, y que es una crisis terminal.

Esto no quiere decir que el capitalismo está próximo a un “derrumbe” catastrófico, sino que sus contradicciones se van haciendo más acuciantes y reclaman más recursos para irse sobrellevando. O sea, que se requieren cada vez más sacrificios humanos para el Moloch del imperialismo como condición de sobrevivencia del régimen en su conjunto, lo que induce una creciente anarquía social a cambio del mantenimiento de un orden relativo al interior de la producción capitalista.

La riqueza acumulada en algunos lugares del planeta se paga con la miseria creciente de vastas regiones, haciendo que la lucha por la vida sea más desesperada; la abundancia capitalista no significa una abundancia real, esto significa que hay más mercancías, pero no significa que las necesidades de millones de seres humanos estén satisfechas.

El reto de las fuerzas democráticas del mundo consiste precisamente en dar paso a la construcción de un régimen socioeconómico que termine con la devastadora anarquía del capitalismo y la remplace por la cooperación de productores libremente asociados para producir aquello que sea realmente necesario.

lunes, 24 de mayo de 2010

Trotskismo y estalinismo

El trotskismo constituye una de las orientaciones más conocidas de la Revolución Soviética, su principal exponente ha sido Lev Trotsky, revolucionario que tomó parte en el Octubre Rojo y en la primera parte de la construcción del socialismo en la URSS.

Tras la muerte de Lenin, en 1924, el bloque gobernante en la URSS se fracturó y Trotsky fue proscrito, el nuevo bloque, liderado por Iosif Stalin dirigiría al país desde entonces hasta 1953.

Los puntos de desencuentro entre Trotsky y Stalin no podían ser menos importantes, divergían en torno a la cuestión de si la URSS en tanto factor central de la Revolución mundial tenía que adoptar una de dos alternativas: o bien se constituía en vanguardia del movimiento mundial, o bien se convertía en la retaguardia de ese movimiento. La primera opción era defendida por Trotsky, que sostenía que cada revolución nacional debía ser encauzada por la Internacional Comunista (IC), de manera que escalase hasta la revolución socialista en la medida que lo permitieran las circunstancias, la Unión Soviética tenía que adoptar un papel de primera línea en cada movimiento, a través de la IC, pero Trotsky no debió ignorar las implicaciones que tal política podía tener en un ámbito internacional dominado por el imperialismo, o sea, que la intervención de la URSS podía llevar a una gran guerra en su contra por parte de las potencias imperialistas, por ello, Trotsky se apresuraba a reponer que sin una revolución en al menos una de las potencias imperialistas, la Unión Soviética estaba condenada al exterminio, lo que implicaba que en el caso de revoluciones como la de Alemania en 1918 o en 1923, la Unión Soviética debió jugarse el todo por el todo, pues en la revolución alemana se jugaba también la revolución rusa, y que aunque se pudiese perder todo, bien valía el riesgo si había la posibilidad de que un país como Alemania se pasase al socialismo. De lo contrario, advertía, la degeneración burocrática de una URSS aislada era inminente.

El planteamiento estaliniano era el opuesto, ya que la URSS era débil, sería incapaz de resistir un embate conjunto del imperialismo, y era incapaz de mantener un frente revolucionario en un país como Alemania; consideraba un error craso equiparar la URSS a un movimiento revolucionario de la manera en que lo hacía Trotsky, pues la Unión Soviética era también un Estado, un Estado en un país con fuerzas políticas heterogéneas, que a duras penas eran mantenidas a raya por un PCUS cada vez más burocratizado, y que por todo esto, era necesario que la Unión Soviética se mantuviera a raya de los conflictos mundiales, sirviendo de retaguardia a los movimientos locales, y mostrando el ejemplo de la construcción del socialismo con logros prácticos en el terreno económico.

El crudo realismo de Stalin se impuso al voluntarismo de Trotsky, la crisis del movimiento comunista se ahondó y llevó a las purgas de la “vieja guardia” bolchevique, a fines de los 1930s y al asesinato del mismo Trotsky en 1940. La URSS se convirtió en una fortaleza, con todas las implicaciones que eso tenía para la democracia proletaria; la política de la Unión Soviética se guió de manera casi exclusiva por sus necesidades de defensa frente al imperialismo liderado por los EUA, cuyo poder militar y financiero iba en aumento. La retirada del movimiento comunista europeo después de la guerra civil rusa pasó su factura al movimiento ruso, llevando a la dirección soviética a adoptar un compromiso con las más antiguas fuerzas de la vieja Rusia: el nacionalismo gran ruso, el militarismo, la burocracia zarista, el catolicismo ortodoxo y el Islam.

Stalin fue la personificación de esta síntesis, encarnó el compromiso del movimiento obrero revolucionario ruso con las fuerzas nacionales rusas para constituir un frente contra el imperialismo, que era percibido como una amenaza en común.

Trotsky creyó, ingenuamente, quizá de buena fe, que el movimiento obrero era capaz de cargar, por sí mismo el peso, de una ofensiva contra el imperialismo aún en las condiciones de retroceso general del movimiento internacional.

Aún es pronto para decir cual de los dos, Trotsky o Stalin, tuvo la razón.

lunes, 1 de marzo de 2010

El ‘derrumbe’ del capitalismo

Entre las corrientes económicas de principios del siglo XX tuvo lugar el debate sobre un eventual ‘derrumbe’ del capitalismo como una posibilidad subyacente a las contradicciones de este régimen al alcanzar el estadio imperialista, esto es, se creía que la expansión del capitalismo encontraría un límite insalvable al agotar el territorio a repartir entre las grandes potencias, de manera que la caída libre de las ganancias desataría una crisis que acabaría con todo el entramado de las relaciones de producción capitalistas.

No obstante la agudeza de los argumentos a favor del “derrumbe”, tal situación límite es una mera abstracción de la realidad, por cuanto de hecho el capitalismo crea y supera constantemente sus límites económicos. La acumulación capitalista prosigue bajo la crisis, aun cuando lo haga en nuevas condiciones: las del monopolismo. Los grupos monopolistas tienen la capacidad de allegarse superganancias, que son la motivación última del régimen capitalista; aun cuando la demanda solvente de mercancías se mantuviera ligeramente rezagada, ésta se crea constantemente, dentro y fuera del país imperialista por medio de los gastos improductivos de los monopolios(2) que regeneran constantemente la pequeña producción y las llamadas “clases medias”, que son esenciales para la reproducción del capitalismo. A este fin sirve también el saqueo colonial, que provee recursos para subsanar los agujeros del sistema como un conjunto; a costa del bienestar de los pueblos dominados.

¿Juzgar que la teoría del derrumbe es fundamentalmente incorrecta implica afirmar que el capitalismo será eterno? En modo alguno. El desarrollo normal del capitalismo conlleva crisis de largo alcance que no se encuadran completamente en la esfera economía y que a la larga tienden a vulnerar al régimen capitalista, arrastrándolo a su desaparición, situación que tiene muy poco que ver con el “derrumbe” al que se referían los críticos de principios del siglo XX. Las contradicciones del capitalismo no son únicamente de tipo “económico”, sino histórico, en el sentido más amplio del término. Pero ciertamente la estructura económica de la sociedad capitalista es la fundamental de este modo de producción, y condiciona al conjunto de la estructura social, por ello, al hablar de crisis del capitalismo, siempre se habla de procesos en los que la cuestión económica es la raíz fundamental, pero no entendida ésta en la concepción habitual o restringida de la economía como un conjunto de relaciones técnicas, sino en su sentido histórico, como expresión de determinadas relaciones entre grupos sociales.

En primer lugar, este régimen sufre una aguda contradicción con su entorno ambiental: toma de la naturaleza más de lo que le restituye, arrojando desechos difíciles de descomponer o alterando los ciclos que le son propios. Sin embargo, en principio, el desarrollo tecnológico puede aliviar al menos algunos efectos directos de la contaminación en el hábitat humano; el “estrés medio-ambiental” puede ser determinado en el entorno ecológico con cierta precisión, lo que permite hacer valoraciones de las medidas a tomar. Pero, en cambio, el efecto a largo plazo es difícil de determinar.

Más relevante, para los efectos de este ensayo, es la tendencia del capitalismo a exacerbar los conflictos político-militares en una escala nunca antes vista.

Las contradicciones sociopolíticas de todo género hallan, en la competencia interimperialista (e intercapitalista en general), un combustible inapreciable.

El capitalismo impulsa los conflictos heredados de épocas pasadas en cuanto estos representan una oportunidad de obtener ganancias, los países poderosos y sus monopolios asociados apoyan a una facción o a otra con recursos financieros, tecnológicos, etc. con miras a recuperar lo invertido con creces.

Además, el capitalismo incrementa los armamentos a una escala gigantesca, en cantidad y poder destructivo. La cúspide de esta tendencia la constituyen los arsenales nucleares, termonucleares, etc., cuya cantidad y capacidad destructiva es mucho más que suficiente para arrasar por completo al planeta.

Y por si fuera poco, se ha llegado a la creación de industrias asociadas a la guerra: consultorías financieras, equipos de salvamento de infraestructura (petrolera p. ej.); ejércitos mercenarios, contratistas de todo género, etc., que atizan los conflictos por el mero afán de colocar sus productos al mejor precio.

La expansión del capitalismo

El desarrollo del capitalismo ha sido motivo de largos debates, particularmente desde que el capitalismo abandonó las fronteras de Europa, debates que se han enfocado fundamentalmente en las cuestiones, no menores por cierto, de la exportación de mercancías y de capitales, es decir, en el “problema de los mercados”.

El planteamiento del problema es más o menos el siguiente: Al irse estableciendo relaciones de producción capitalistas en un país, éstas se representan en una masa creciente de productos del trabajo que se hallan en manos de los capitalistas y cada vez menos en manos de los trabajadores, que por ello se ven obligados a trabajar para los capitalistas, por lo tanto, al irse ampliando esas relaciones se extiende la miseria a las masas trabajadoras, que son por lo tanto cada vez menos aptas para adquirir los productos que ellas mismas elaboran. Algunos teóricos han intentado demostrar que ese empobrecimiento de las masas trabajadoras que acompaña al capitalismo acabará por hacer imposible su permanencia, o sea, que el empobrecimiento reduce el mercado para las mercancías que “portan en sí” las relaciones sociales capitalistas; requiriéndose, por lo tanto, nuevos mercados donde las mercancías se puedan realizar, es decir, intercambiar por un valor equivalente expresado en dinero.

Pero esta operación puramente lógica no hace sino desplazar el problema de la realización al ‘mercado exterior’.

El problema del mercado exterior no tiene relación con el de la realización de las mercancías. El empobrecimiento mismo de las masas, su proletarización, su descomposición en burguesía y proletariado, generan el mercado; ya que, por un lado, obligan a los trabajadores a adquirir su menguado consumo en el mercado; y se crea, asimismo, un mercado de bienes de producción, mismo que crece incluso más rápido que el de bienes de consumo. Y este mercado de bienes productivos, de bienes para la producción, se convierte cada vez más en un monopolio de los capitalistas, es en donde ellos fincan su poder, pues van desplazando de él a los trabajadores, y, al hacerlo, éstos se ven obligados a vender su única mercancía: su fuerza de trabajo. Llega el momento en que la adquisición de medios de producción es prerrogativa exclusiva de los capitalistas, pues estos se vuelven los únicos miembros de la sociedad capaces de adquirir los costosos equipos y de contratar el personal para operarlos que son necesarios para producir con ganancia en las condiciones socialmente establecidas

En el marco del capitalismo anterior al monopolismo, la expansión del mercado se ve limitada por su escaso desarrollo, limitándose su actividad al intercambio de mercancías para el uso, pero en lo que respecta al ‘problema de los mercados’, el único cambio en la cuestión es que ahora el problema se ha extendido ya al mundo entero pues en cada lugar en que las relaciones mercantiles se van desarrollando, se va produciendo indefectiblemente la escisión de la sociedad en un grupo de grandes poseedores y una masa cada vez más desprovista de medios para producir, y al alcanzar este proceso una determinada medida, la necesidad de mercados exteriores vuelve a ser apremiante, pero no lo es porque las necesidades de la sociedad estén colmadas, sino porque el mercado está saturado, porque la demanda capitalista de mercancías está satisfecha, es decir, porque el grado de desarrollo de las relaciones capitalistas de producción e intercambio ha alcanzado el nivel indicado para que los capitalistas lucren al nivel máximo relativo. La necesidad de ‘mercados exteriores’ para el capitalismo es real, pero no atañe al problema de la realización, sino a la cuestión del mantenimiento de la tasa de ganancia de los capitalistas.

Los capitalistas buscan aumentar siempre sus ganancias, esto sólo se consigue desplazando a los competidores al incrementar la productividad del trabajo, para producir más barato y, por lo tanto, con mayor ganancia, y al disponer del mayor mercado posible.

La competencia intercapitalista hace solventes a los mercados externos, crea la necesidad de ellos para el capitalismo mundial.

Por otra parte, la aparición de esta solvencia hace también viables las guerras de partición y redivisión del mundo, por cuanto el aseguramiento de un mercado por tal o cual burguesía no puede efectuarse por medios puramente económicos, por una política de precios, etc., sino que requiere medios político-militares, pues involucra cuestiones estratégicas que complican notablemente la situación.

Esto se lleva a sus límites bajo el capitalismo imperialista, donde al capital-mercancía se suman el capital productivo y el capital financiero como formas concretas de la expansión de las relaciones capitalistas; habida la cuenta de que el capital-mercancía era insuficiente para ampliar los mercados a un ritmo adecuado a las necesidades de los magnates rentistas, que son quienes ahora predominan entre los capitalistas, se que hace necesario “dar un empujón” a la acumulación de capital en los países dependientes, posibilidad que descansa en el simple y llano hecho de que ahora se dispone de la masa de medios económicos y materiales para realizarlo.

La expansión del capitalismo en su fase imperialista consiste en la extensión de las relaciones de explotación capitalistas por encima, a pesar de, y, en ocasiones incluso con el servicio de, las fronteras nacionales; es la expansión de estas relaciones en el contexto de las separaciones de fase que representan las barreras nacionales, ideológicas y culturales que corresponden a los diferentes países. A las tácticas mercantilistas de antaño se suma la fuerza económica de los monopolios, expresada en la fuerza político-militar de los Estados en que se basan esos monopolios.

Si tal o cual frontera no cede a la expansión puramente económica del capital monopolista, lo hará frente a su expansión político-militar, tras la cual, los monopolios extranjeros acabarán por asentarse en condiciones más o menos beneficiosas; pero eso sí, con el aliciente de que habrán dejado fuera a la competencia, lo que por sí mismo puede ser crucial en el juego y rejuego de la lucha por las ganancias.

Políticas de precios, deudas de los Estados, invasiones coloniales, jugarretas jurídicas, guerras interimperialistas, conflictos de todo género; acaban todos por ser otros tantos medios con que se dirime cuál grupo de monopolistas habrá de llevarse la mayor tajada de ganancia.

lunes, 11 de enero de 2010

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona: ¿Una apología del capitalismo?

Parte II de II: La Sexta y México

El apartado IV de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona constituye un análisis de la situación contemporánea de México: “Ahora les platicamos lo que está pasando en nuestro México” (§1). El EZLN retoma algunos puntos ya planteados anteriormente y los centra en hechos de la historia reciente del país.

Afirma el EZLN: “lo que vemos es que nuestro país está gobernado por los neoliberalistas” (§1). Más propiamente, como hemos sostenido antes, debiera hablarse de “imperialistas”, o si se prefiere, de neoimperialistas. El EZLN nos alerta, “los gobernantes que tenemos están destruyendo lo que es nuestra nación, nuestra patria mexicana” (§1). Afirma acertadamente que “su trabajo de estos malos gobernantes no es mirar por el bienestar del pueblo, sino que sólo están pendientes del bienestar de los capitalistas” (§1) ¿Cómo “destruyen la nación”estos “malos gobernantes”? “Hacen leyes como las del TLC que pasan a dejar en la miseria a muchos mexicanos, tanto campesinos y pequeños productores, porque son comidos por las grandes empresas agroindustriales; tanto como los obreros y pequeños empresarios, porque no pueden competir con las grandes trasnacionales que se meten sin que nadie les diga nada y hasta les dan las gracias, y ponen sus bajos salarios y sus altos precios” (§1). Es decir, el EZLN identifica mecánicamente la ruina del pequeño productor y comerciante con la ruina de la “nación”. Pero, ¿sobre qué base el EZLN habla de que los obreros “compiten” con las trasnacionales junto a los pequeños empresarios? Las trasnacionales también contratan trabajadores nacionales, además, bajo el capitalismo predomina la competencia, tanto entre los propios capitalistas por ganancias como entre los trabajadores por los empleos. Esta es, por decirlo en términos coloquiales, la ley de la selva capitalista, sin embargo; debe hacerse el señalamiento puntual de que el predominio de la gran industria, en medio de sus profundas contradicciones, constituye la situación más ventajosa para los proletarios rurales y urbanos, hablando en términos históricos, por cuanto hace posible su organización en tanto clase social; situación muy diferente a la que tiene lugar bajo el predominio de la pequeña producción, donde dicha organización es incomparablemente más difícil de lograr pues no solo se enfrenta a la competencia entre trabajadores, sino a la dispersión geográfica y laboral de los mismos y a las actitudes paternalistas típicas del pequeño patrono.

La situación, pues, no puede reducirse a la cuestión de si los salarios y precios son altos o bajos, sino que debe comprenderse en términos de la lucha de clases.

En el mismo párrafo, en consonancia con la tergiversación arriba mostrada habla de “algunas de las bases económicas de nuestro México, que eran el campo y la industria y el comercio nacionales, están bien destruidos y apenas quedan unos pocos escombros que seguro también van a vender” (§1) ¿Cuáles son las otras “bases económicas de nuestro México” aparte del campo, la industria y el comercio? ¿Los servicios? ¿Y estos no están “destruidos”? El EZLN aduce todo lo anterior sin aportar cifra o referencia alguna, apelando quizá a la percepción subjetiva que propalan en los medios de comunicación, misma que se desprende de la constante ruina de la pequeña producción.

El EZ confunde la destrucción de la pequeña producción con el avance de la gran producción capitalista, lo que le conduce indefectiblemente a ilusiones sobre supuestas ventajas de la pequeña producción frente a la grande. Dice el EZLN “y estas son grandes desgracias para nuestra patria. Porque pues en el campo ya no se producen los alimentos, sino sólo lo que venden los grandes capitalistas, y las buenas tierras son robadas con mañas y con el apoyo de los políticos” (§2), pasa por alto el EZ el hecho de que el país forma parte de la división internacional del trabajo y que, por lo tanto, la búsqueda de ganancias capitalistas orienta la producción, por ejemplo, si el grano extranjero es más barato, se deja de producir en el país y se aumenta la producción de otros bienes agropecuarios con mayor demanda, como hortalizas y fibras textiles. Avanza la tecnificación del campo, se fortalece la diferenciación del campesinado en burguesía y proletariado y con ello la posibilidad de sustituir las viejas formas precapitalistas y capitalistas poco desarrolladas que aún agobian la vida rural, se ha olvidado ya la siniestra lacra de los acaparadores, pero estos no son preferibles a la gran empresa agropecuaria, que representa, al menos, la posibilidad de la organización de masas en el medio rural.

Es de dudarse que el EZLN manifieste algún tipo de nostalgia por acaparadores, usureros, finqueros y demás sanguijuelas del campo, por lo cual resulta extraño esta añoranza por la producción campesina, esta idealización del atraso rural que ha sido el fermento tradicional de las formas más brutales de explotación a lo largo de la historia de América Latina y de buena parte del planeta. Dice el EZ: “que en el campo está pasando igual que cuando el porfirismo, nomás que, en lugar de hacendados, ahora son unas empresas extranjeras las que tienen al campesino bien jodido. Y donde antes había créditos y precios de protección, ahora sólo hay limosnas... y a veces ni eso” (§2), pero la diferencia entre estas épocas históricas no se trata solamente de una sustitución de un patrón por otro, en principio no olvidemos que bajo el porfirismo la concentración de la tierra y la ruina del campesinado se efectuaron todavía por medio de la fuerza, mientras que en la actualidad se hace por medio del dinero, lo que implica una base económica distinta para un caso y para otro. Por otro lado, el sólo hecho de la migración en masa que se registra y la diversificación y aumento de los cultivos nos hablan de una transformación profunda de las relaciones de producción rurales, transformación que comenzó precisamente con los Gobiernos liberales del siglo XIX, Juárez, Lerdo y Díaz. Se cometen errores graves cuando no se distingue lo que diferencia una época de otra y se idealizan ciertas épocas pasadas, como aquellas en que se concedían “créditos y precios de protección” mismos que a fin de cuentas sirvieron para empujar fuertemente el desarrollo del campo en el sentido capitalista y apuntalar la diferenciación de clases que ahora se lamenta, todo lo cual siempre se hizo en beneficio de los más ricos y no en el de los explotados.

No se crea que pasamos por alto las duras e incluso trágicas condiciones en que se realiza el paso a formas capitalistas de explotación en el campo: los despojos, el desarraigo, la ruina en masa, el hambre, etc., agravados especialmente por el despotismo político, fruto histórico del escaso desarrollo organizativo y teórico de los explotados en países como el nuestro, que constituye una especie de círculo vicioso; pero ha de tomarse en cuenta que el estancamiento del campo en formas de explotación atrasadas sólo puede generar condiciones mucho más dolorosas y sin salida para los explotados. En otras palabras, los trabajadores del campo deben comprender que su única esperanza de libertad se vislumbrará en el avance del capitalismo hasta sus últimas consecuencias, en la exacerbación de sus contradicciones internas, pues sólo de esta manera los explotados podrán ver claramente los límites de la explotación y podrán vislumbrar los caminos de su superación.

¿Se quiere decir con esto que los trabajadores del campo deben renunciar a sus reivindicaciones inmediatas y que debe cesar toda resistencia al Estado y al capital? De ninguna manera, sino al contrario. En condiciones de atraso, en igual medida es necesaria la organización de los explotados en asociaciones de producción, de consumo, de defensa de la ecología, organizaciones políticas, etc. Pero debe advertirse sin ambages que esto no frena el avance del capital, sino que incluso lo acelera, debe decirse sin subterfugios que la ruina crónica de la pequeña producción es ineludible. No debiera alimentarse en el “campesinado” una fe en el futuro de la pequeña producción, pues esta carece de sustento y solamente le convertiría en reserva política del gran capital, que paradójicamente es lo que se quiere evitar, pues no hay mejor forma de sabotear la organización de masas de los trabajadores rurales que fomentar el apego a la parcela, o sea, a la propiedad privada. La defensa de la pequeña explotación sólo sirve a los intereses del gran capitalista.

“En su lado el trabajador de la ciudad – continúa el EZLN – pues las fábricas cierran y se quedan sin trabajo, o se abren las que se llaman maquiladoras, que son del extranjero y que pagan una miseria por muchas horas de trabajo. Y entonces no importa el precio de los productos que necesita el pueblo porque, aunque está caro o barato pues no hay la paga” (§3) Se produce de esta manera una mezcla de definiciones confusas que es preciso esclarecer, al menos de forma sumarísima. En primer lugar, no es necesario que una “fábrica” cierre para desemplear trabajadores, se olvidan los despidos, o el menor ritmo de contratación con respecto al aumento de la población, ambos procesos tienen lugar. El nivel de empleo depende, en última instancia, del nivel de la tasa de ganancia capitalista: tanto gano, tanto exploto.

En segundo lugar, se diferencia sin mayor precisión entre “fábricas” y “maquiladoras”, sólo se indica que estas últimas “son del extranjero”. ¿Acaso las maquiladoras no son fábricas? ¿Acaso los extranjeros no son dueños también de bancos, comercios y “fábricas”? Conviene hacer una breve puntualización sobre estos términos, introduciendo algunas definiciones.

La producción capitalista toma históricamente como punto de partida en la industria al pequeño taller artesano que desplaza al taller gremial del monopolio de la industria. Conforme progresa la organización del taller, éste eventualmente se transforma en manufactura, un gran taller que reúne un mayor número de trabajadores asalariados, que pueden o bien fabricar un mismo producto final o bien repartirse los distintos procesos para obtenerlo, desarrollando la división del trabajo al interior del centro de trabajo. La introducción de la máquina-herramienta acelera la división del trabajo y va diluyendo la especialización del trabajador, de modo que este va quedando apartado de los medios de producción, lo cual se logra en definitiva con la introducción de una fuente de poder central, el molino de agua, el de viento, la máquina de vapor, de combustión interna, eléctrica, etc. Se establece así la fábrica propiamente dicha. Las fábricas también se especializan y con el progreso de la división del trabajo nacional y luego internacional, los distintos pasos de las cadenas de producción se reparten en distintas fábricas o manufacturas repartidas a lo largo y ancho del país o entre muchos países. Las “maquiladoras” no son sino fábricas y manufacturas que realizan determinados procesos fraccionarios en la producción de artículos en cadenas de producción internacionales. Algunas maquiladoras son extranjeras, otras son nacionales, lo que ha llamado la atención sobre ellas es el hecho de que se encuentran fuertemente ligadas al capital imperial-monopolista y de que por lo tanto poseen una gran movilidad, trasladando sus operaciones ahí donde encuentran condiciones propicias: bajos salarios, regulaciones laxas, protección del Estado, etc. No tiene sentido entonces oponer las “fábricas” a las “maquiladoras”, pues unas y otras son eslabones de la misma cadena: la división internacional del trabajo. El esquema maquilador es el producto necesario del desenvolvimiento de la industria bajo el capitalismo imperialista contemporáneo.

Es incorrecto también, por lo tanto, suponer que tal profundización de la división del trabajo por sí sola supone que se “pague una miseria por muchas horas de trabajo” y que ya no importen los precios “pues no hay la paga”. La lucha por el salario es un factor más de la ecuación, pues el salario tiene dos límites móviles, a saber: un límite fisiológico y uno histórico-cultural, el primero comprende la cantidad de bienes necesarios para restituir la fuerza de trabajo del obrero y para su reproducción, es decir para el sostenimiento de una familia trabajadora, el segundo límite consiste de los bienes necesarios para satisfacer las necesidades espirituales (diversión, estudio, etc.) que los trabajadores han arrancado a los capitalistas en la lucha de clases. Y estos límites valen tanto para el sistema maquilador como para la fábrica que burdamente llamaremos “tradicional”. Por otro lado, las empresas del sistema “tradicional” también migran en circunstancias desfavorables, sólo que lo hacen con menos facilidad que las maquiladoras. Estas constituyen una organización del trabajo propia de la forma actual de la internacionalización del capital.

¿Sobre qué base el EZLN opone una “industria nacional” a la trasnacional en lo que respecta al asalariado? Dice: “Y si alguien se trabajaba en una pequeña o mediana empresa, pues ya no porque se cerró y la compró una gran trasnacional. Y si alguien tenía un pequeño negocio, pues también se desapareció o se puso a trabajar clandestinamente para las grandes empresas que los explotan una barbaridad, y hasta ponen a trabajar a los niños y niñas. Y si el trabajador estaba en un sindicato para demandar sus derechos legalmente, pues no, que ahora el mismo sindicato le dice que hay que apechugar que bajan el salario o la jornada de trabajo o quitan prestaciones, porque si no pues la empresa cierra y se va para otro país” (§3).

¿Sobre qué base el EZLN correlaciona “empresa nacional” con bienestar y derechos de los trabajadores? Su carácter “nacional” jamás le impidió al capitalismo mexicano explotar sin tregua y por todos los medios a su alcance al proletariado rural y urbano y a otras capas subordinadas. No debieran olvidarse las represiones masivas, la cacería de “subversivos”, los sindicatos blancos, los asesinatos de dirigentes y militantes sindicales, todo aquello que marcó el despotismo capitalista desde el porfirismo. ¿Considera el EZLN que la burguesía “nacional” era o es ajena a lo anterior? El aplastamiento de los trabajadores no es algo nuevo en México, el EZLN apela a los lugares comunes del pequeño productor que disfrutó de cierto bienestar y progreso material en las décadas posteriores a la reforma agraria cardenista, misma que entró en crisis hacia los años 1970s, cuando comenzó un proceso de restructuración del capitalismo a escala mundial, pero omite resaltar que el peso de este progreso capitalista siempre recayó sobre el proletariado rural y urbano y ciertas capas “campesinas” en vías de proletarización y que, por lo tanto, es un error colocar en el mismo grupo a estas clases con los grandes capitalistas, beneficiarios casi exclusivos de ese progreso. Las ventajas, mínimas, logradas por los trabajadores en esa época fueron arrancadas en la lucha, no pocas veces sangrienta, contra la ganancia capitalista. La pérdida de derechos y la baja de salarios que efectivamente se han producido dudosamente pueden atribuirse en exclusiva a una supuesta “destrucción económica” que es en realidad una restructuración de la división del trabajo bajo condiciones capitalistas, sino que conviene valorar el efecto del retroceso político y organizativo, al estancamiento y desmoralización del movimiento sindical, vinculados a dicha restructuración.

Extrae de todo esto el EZLN una conclusión inexacta muy propia del populismo, que ya hemos visto con anterioridad, “que, como la economía del pueblo está bien jodida tanto en el campo como en la ciudad, pues muchos mexicanos y mexicanas tienen que dejar su patria... e irse a buscar trabajo en otro país que es Estados Unidos, y ahí no los tratan bien, sino que los explotan, los persiguen y los desprecian y hasta los matan”(§4), conclusión que se empata muy bien con todo lo anterior.

Se resucita aquí la mítica economía popular de los antiguos populistas en la forma de la “economía del pueblo”, como algo opuesto a la economía capitalista. Pero no existe tal economía del pueblo separada de la capitalista, el mercado de bienes y de fuerza de trabajo liga indisolublemente a los distintos actores sociales en una única organización socioeconómica. También extrae el EZ de esta concepción errónea otro elemento inexacto: que la ruina de esta “economía del pueblo” es la causa de la migración desde el país hacia el extranjero y omite citar la migración desde el campo mexicano a las ciudades mexicanas, proceso aún vigente. El capitalismo se ha asentado ya en el campo a raíz de la creciente división del trabajo y el correspondiente intercambio de mercancías que fueron propiciados de manera importante por la reforma agraria, y la migración del campo es un subproducto de este proceso, originado por la proletarización de una gran masa de campesinos que son arruinados por la concurrencia capitalista. Es pues, la restructuración de las relaciones sociales del campo en función de los intereses del capital la fuente de la migración, migración que es una de las pocas armas en manos del proletariado rural para atemperar la disparidad entre el campo y la ciudad. No es plausible pues, buscar el origen de la migración en la ruina de una supuesta “economía del pueblo”, a menos que tal término se refiera a los ingresos de los trabajadores, en cuyo caso sería mejor decirlo así, en vez de inventar algo llamado “economía popular”. Por lo que respecta a la migración de origen rural y urbano hacia los EU, sólo puede tener su origen en las disparidades de las condiciones de vida entre ambos países, de otro modo no se explica que muchos mexicanos continúen intentando migrar si “los explotan, los persiguen y los desprecian y hasta los matan” (§4) pues en México también se persigue, desprecia y mata, ¿aducirá el EZLN que los migrantes persiguen un espejismo?

El propio EZLN lo constata cuando afirma que: “el neoliberalismo que nos imponen los malos gobiernos pues no ha mejorado la economía, al contrario, el campo está muy necesitado y en las ciudades no hay trabajo” (§4). “Y lo que está pasando es que México se está convirtiendo nomás en donde nacen un rato, y otro rato se mueren, los que trabajan para la riqueza de los extranjeros, principalmente de los gringos ricos” (§4), así se llega a una conclusión exacta y que merecería mayor desarrollo: “Por eso decimos que México está dominado por Estados Unidos” (§4).

Más adelante, dice el EZ: “pero no sólo pasa esto, sino que también el neoliberalismo cambió a la clase política de México, o sea a los políticos, porque los hizo como que son empleados de una tienda, que tienen que hacer todo lo posible por vender todo y bien barato” (§5). En momento alguno la “clase política” en la historia reciente del país ha dejado de estar al servicio del orden capitalista (que no necesariamente a las órdenes de los capitalistas), si se quiere decir que el Estado en su orientación actual se encuentra más dominado por el imperialismo que en épocas pasadas, pues simplemente debiera decirse así, en vez de pretender que bajo los gobiernos priístas se estaba lejos de la órbita del dominio imperialista. México ha sido un país dependiente desde su independencia de España, primero del capital inglés y luego del estadounidense, las políticas de autodeterminación se han arrancado en el curso de la lucha de clases. Asimismo, la política de privatizaciones-estatizaciones siempre se ha realizado en función de los intereses del orden capitalista, pretender que un gobierno “progresista” estatiza a ultranza y uno “reaccionario” vende a rajatabla, es un juicio demasiado simplista de una situación compleja, lo que debiera juzgarse en todo caso es si la política implementada hace avanzar al capitalismo o lo retrasa, de si sirve a una fracción avanzada del capital o a una retrasada.

Bajo una óptica poco elaborada se evalúa la modificación del artículo 27 constitucional: “cambiaron las leyes... y se pudieran vender las tierras ejidales y comunales. Eso fue el Salinas de Gortari, y él y sus bandas dijeron que es por el bien del campo y del campesino, y que así va a prosperar y a vivir mejor” (§5) Y se pregunta ingenuamente el EZLN: “¿Acaso ha sido así?” Se olvida o ignora que la cuestión fundamental en lo que respecta a la posición del Estado y el gran capital frente a la reforma agraria. El reparto de tierras y la creación de ejidos, a pesar de la retórica del grupo gobernante, no se concibió como la solución de los problemas de los campesinos a largo plazo, sino como un medio de desactivar su potencial revolucionario y asegurar así la estabilidad política del capitalismo, darle una base socioeconómica para consolidar sus fundamentos económicos y sacar todo el provecho posible de la descomposición del semi-proletariado “ejidal”. Si como hace el EZLN, observamos la cuestión desde el punto de vista del bienestar material del “campesinado”, compartiremos la misma conclusión que formula: “El campo mexicano está peor que nunca y los campesinos más jodidos que cuando Porfirio Díaz” (§5). Suponer que estos procesos debieran haber supuesto una bonanza perpetua y creciente para el “campesinado” es poco más que una postura que no se encuadra en una comprensión razonada, sino un esquema ideológico de clase, de clase pequeño-productora. El contenido de estos procesos carecía de un carácter distinto al del capitalismo; la creación de ejidos, en principio inalienables, sólo dificultó el proceso de diferenciación del campesinado en burguesía y proletariado, pero no lo suprimió, como quería hacer creer la demagogia priísta. Como muestra F. Omar Lerda ya en el año de 1984 , la información correspondiente al año 1970 arrojaba los indicios de un avanzado proceso de descomposición de los agricultores, tanto al interior del “sector privado” como en el “sector ejidal”, con la presencia de una gran burguesía agrícola minoritaria y una masa inmensa de obreros con parcela y una serie de estratos intermedios que dependen en menor o mayor medida del goce de salarios, complementados con la explotación de pequeñas parcelas, propias, ejidales o arrendadas, es decir, hacia 1970 , 18 375 predios de propiedad “privada”, el 1.8 % del total de ese sector, concentró el 62.3% de la producción agrícola de ese sector, con 364 629 pesos por predio en promedio, en tanto que 606 839 predios, el 60.8% del total produjeron únicamente el 1.6% del total, es decir, en promedio 291 pesos por predio. Con respecto al sector de propiedad “ejidal”, 4 194 predios, es decir el 0.2% del total del sector generó el 7.4% de la producción, con un valor promedio por predio de 180 949 pesos, mientras 798 664 predios, el 43.2% generaron únicamente el 3.2% del valor de la producción con 409 pesos por predio. Creer, como lo hace el EZLN que la cuestión esencial del sector agrícola gira en torno al artículo 27 constitucional, sobre restringir o no la propiedad de la tierra es pasar por alto el quid del proceso en curso, que reside en la emancipación del proletariado rural y urbano. Como afirma Michel Gutelman : “la ilusión principal de los agraristas consiste en creer que la solución de los problemas agrarios está en otra modificación de las relaciones de propiedad y en otra distribución del ahorro nacional sin que sea necesario tocar a las relaciones de clase fundamentales ni al modo de producción capitalista en su conjunto y, muy en particular, a su manifestación más característica: el mercado”. El populismo mexicano nunca excedió ni ha excedido los límites teóricos y económicos del capitalismo. Es significativo que estas tendencias, que ya eran patentes desde hace más de 40 años, pasaran desapercibidas para el populismo en su formulación actual.

El EZLN, de manera harto significativa, equipara la liberación de las restricciones al comercio de la tierra ejidal con la privatización de las empresas estatales, que según él, las “tenía el Estado para apoyar el bienestar del pueblo” (§5). La industria estatal y paraestatal fue concebida y puesta en marcha a fin de brindar a la empresa capitalista insumos baratos, sobre todo energéticos y asumir el costo y el riesgo de la operación de ramas productivas poco rentables pero necesarias. La existencia de una industria operada por un Estado al servicio de la clase capitalista es una cuestión de la política y programa al interior de esa misma clase, como lo es también la cuestión del comercio con el exterior, abrir o no las fronteras, es decir, aplicar políticas proteccionistas o no, es un problema de la correlación de fuerzas al interior de la clase capitalista y de esta con la burguesía extranjera. Digan lo que digan los capitalistas, atenerse a su palabra es atenerse al dicho de un sector con su propio interés en la cuestión. O sea que la propiedad ejidal actuó como un sector paraestatal al servicio del desarrollo capitalista.

Identificar el viraje, en las políticas referentes a la industria estatal y al comercio exterior hacia una mayor participación de capital privado y extranjero, con una ruta hacia el desastre es un tanto melodramático, se oscurece de esta forma el hecho de que los costos y riesgos de las políticas económicas y sociales capitalistas siempre descansan en los hombros de los proletarios, lo mismo de la ciudad que del campo. Un movimiento que aspire a la supresión del capitalismo debe abogar, en principio, por el progreso del capitalismo, es decir, debe pronunciarse a favor de aquellas políticas que acercan al capitalismo a su fin, debe fortalecer la lucha independiente de todos los explotados por sus intereses y educarlos en la plena conciencia de la naturaleza de las contradicciones del capitalismo, alejando de ellos las fantasías populistas, por muy caras que les resulten. Un trabajo de tal magnitud es, ciertamente difícil, por múltiples motivos, de orden tanto teórico como práctico. Es ciertamente más cómodo hablar de que: “la Constitución ya está toda manoseada y cambiada. Ya no es la que tenía los derechos y las libertades del pueblo trabajador, sino que ahora están los derechos y las libertades de los neoliberalistas para tener sus grandes ganancias. Y los jueces están para servir a esos neoliberalistas, porque siempre dan su palabra a favor de ellos, y a los que no son ricos pues les tocan las injusticias, las cárceles, los cementerios”(§10).

Esto lleva al EZ al planteamiento ultra-revolucionario: “Y los partidos políticos electorales no nada más no defienden, sino que primero que nadie son los que se ponen al servicio de los extranjeros, principalmente de los de Estados Unidos, y son los que se encargan de engañarnos, haciéndonos que miramos para otro lado mientras venden todo y se quedan con la paga. Todos los partidos políticos electorales que hay ahorita, no nomás unos. Piensen ustedes si algo han hecho bien y verán que no, que puras robaderas y transas. Y vean cómo los políticos electorales siempre tienen sus buenas casas y sus buenos carros y sus lujos. Y todavía quieren que les damos las gracias y que otra vuelta votamos por ellos. Y es que de plano, como luego dicen, no tienen madre. Y no la tienen porque de por sí no tienen patria, sólo tienen cuentas bancarias” (§7), y, más adelante: “¿Estamos diciendo que la política no sirve? No, lo que queremos decir es que esa política no sirve.” etc. Planteamiento que olvida que la política no es una construcción arbitraria, sino producto del desarrollo de la lucha de clases, y que no puede hacerse como que puede ser barrida de un manotazo para empezar desde cero, una política verdaderamente de izquierda sería que a los políticos “izquierdistas” se les “tome la palabra” a sabiendas que no cumplirán, pero con la intención de exhibir sus contradicciones e inconsecuencias frente a las masas populares, cuyo retraso político es la fuente última de la sobrevivencia de la lacra política de la “izquierda” oportunista y colaboracionista. Aislar a la vanguardia del movimiento popular sólo sirve al partido conservador. Más útil es un deslinde teórico y programático como el que el EZ realiza con esta Sexta Declaración.

Conclusión.

El esfuerzo de esclarecimiento de sus puntos de vista teóricos que hace el EZLN es digno de reconocimiento, sobre todo en una época caracterizada por un tecno-burocratismo burgués tramposamente presentado por los aparatos ideológicos del Estado como “apolítico”, “ahistórico”, “sin ideología”, que en realidad ostenta la política e ideología burguesas-imperialistas al servicio de la clase capitalista en su desenvolvimiento histórico.

La historia, más que cualquier disquisición teórica confrontará al EZLN con las contradicciones que manifiesta, pues tal resolución se le presentará como una necesidad no sólo teórica o programática sino práctica e histórica.