Es frecuente escuchar en algunos medios de comunicación afines a las posiciones del Gobierno la tesis de que la violencia delincuencial que sacude al país no tiene diferencias fundamentales con la de antaño, sólo que como ahora el Gobierno se ha empeñado en una lucha frontal contra ella, entonces esta se ha recrudecido ya que los grupos criminales se baten en retirada.
Pero poca evidencia puede aducirse a favor de una tesis tan simple. Ciertamente México ha padecido la violencia de los grupos delincuenciales desde mucho tiempo atrás, por no ir muy lejos, desde los 1970s hacia acá, los narcotraficantes han sembrado el terror en muchas poblaciones rurales, y en los asentamientos marginales de las ciudades, los grandes capos de las drogas han sido, desde los 1980s verdaderos “señores de la guerra” en varias regiones del país, sobre todo en Sinaloa, Ciudad Juárez, Tijuana y Tamaulipas; al capo se le asocia siempre a un grupo armado, lo sicarios, encargados de proteger los cargamentos de drogas, al capo y a su familia, así como de luchar en las calles para defender o conquistar las rutas del trasiego.
Desde hace tiempo, el capo y el sicario han sido parte del abanico del crimen por lucro en el país, junto a otros como los secuestradores y ladrones. El Gobierno, presionado por los EU ha perseguido el narcotráfico desde los 1940s, pero con intensidad creciente desde fines de los 1970s, combate en el que se han comprometido no sólo las policías federales (PJF, DIPD, DFS, AFI, PFP, PF), sino las corporaciones estatales y aún el Ejército. Los resultados de esta lucha han sido poco halagüeños, miles y miles de agentes de seguridad han sido corrompidos con el dinero de los cárteles, los cuales se extendieron por el país conforme se incrementaba la demanda de drogas de los EU, muchos capos y sicarios resultaron muertos o cayeron presos, pero fueron remplazados y los cárteles siguieron operando.
Hacia 2005-2006, cuando llegó al poder la segunda administración panista, la violencia criminal se había tornado incontrolable, las operaciones “México Seguro” habían fracasado, y el Ejército estaba involucrado en la seguridad de varias ciudades. El nuevo Gobierno se empeñó en una “guerra al narcotráfico” cuya motivación se ha debatido ampliamente. Con esta consigna se desplegaron miles de soldados en las calles de las ciudades más golpeadas por la violencia callejera. El anuncio fue hecho por el presidente de la República, que lo hizo enfundado en una casaca militar y con una gorra con cinco estrellas bordadas en un gesto altamente simbólico, en el que el poder civil se asimilaba al militar, buscando crear la impresión de unidad nacional en torno al Gobierno.
Para desgracia del bloque dominante, el Gobierno no acompañó la aparatosa “ofensiva” con medidas realmente efectivas de combate al narcotráfico, sobre todo en el área de las finanzas, en el de atención a la salud, en la educación y el combate a la pobreza, de manera que la “guerra” acabó limitándose al despliegue de militares en las avenidas principales de varias ciudades del norte y occidente del país, y que resultaron muy poco efectivas para detener tan sólo la violencia callejera.
Más aún, la militarización de la lucha con el narcotráfico tuvo como efecto la paramilitarización de los grupos delincuenciales. Numerosos grupos de policías y soldados se unieron a los cárteles, incluso sin abandonar sus corporaciones, altos mandos de la PF y del Ejército han sido acusados de tener tratos con narcotraficantes, y no han sido pocos los casos en que corporaciones estatales y municipales han quedado divididas por la afiliación de sus integrantes a distintos cárteles.
De hecho, en los últimos cuatro años, la violencia se ha recrudecido, y ha tomado un cariz nunca visto antes al menos en las zonas urbanas, pues los enfrentamientos se han tornado en verdaderas batallas que se prolongan por horas, en los que se emplean armas pesadas, explosivos y hasta cohetes portátiles. Incluso estas batallas se han producido a plena luz del día, en lugares concurridos, lo que ha generado pánico en muchas ciudades, sobre todo del norte y occidente del país. Convoyes de policías y soldados han sido emboscados en carretera, y en poblaciones pequeñas los edificios públicos han sido arrasados, como ha sido el caso en Tamaulipas, concretamente en municipios como Mier, cuyos habitantes en su totalidad tuvieron que refugiarse en poblaciones vecinas.
El estado de Tamaulipas ha registrado los episodios más álgidos de esta guerra, a mediados de 2010 comenzaron a registrarse una serie de alarmas en los foros informáticos referentes a un incremento de la violencia, estas versiones fueron descalificadas en la televisión como campañas de rumores alarmistas o de plano como manipulaciones de los grupos delincuenciales. Pero pronto, gracias a muchos ciudadanos tamaulipecos que se arriesgaron a grabar videos y a publicar versiones en red, se supo lo que estaba ocurriendo en el estado. El Cártel del Golfo (CDG) había comenzado una verdadera campaña bélica contra el cártel de los “Zetas”, con el fin de expulsarlos de Tamaulipas, donde ambas organizaciones convivían.
Cabe hacer un apunte sobre el origen de los “Zetas”, pues es el indicador más saliente de la naturaleza de la “guerra”. Los Zetas fueron en su origen la guardia personal del capo Osiel Cárdenas, jefe del CDG, y que se dice desconfiaba profundamente de sus lugartenientes, por lo cual reclutó a varios desertores del Ejército, de los nuevos grupos de élite GAFE (Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales); los llamados Zetas comenzaron a ganar influencia dentro del cártel del Golfo, que controla la ruta de trasiego que va del Caribe al sur de Texas. Incluso cuando Cárdenas fue detenido y extraditado a los EU, donde permanece, los Zetas continuaron en ascenso, continuamente reforzados por militares mexicanos y centroamericanos.
Para 2005-2006, los Zetas ya podían considerarse un cártel independiente del CDG, con sus propias rutas y plazas fuertes, y con su líder Heriberto Lazcano, convertido en un capo, hombro con hombro con los “barones” de la droga.
Los Zetas se hicieron odiosos al CDG, que lanzó una campaña de propaganda llamando a la erradicación de los “fuereños” (los del CDG son tamaulipecos en su mayoría o así lo afirman, y los Zetas son de otros lados, sobre todo de Hidalgo). La oleada de 2010 fue liderada por el CDG, pero consta que recibió ayuda de otros cárteles, incluso rivales, sobre todo el de Sinaloa, y la Familia Michoacana, que enviaron sicarios en gran número a Tamaulipas a combatir a los Zetas. Según testigos y registros gráficos, las calles de las ciudades comenzaron a ser patrulladas por convoyes de camionetas tipo van con rótulos que decían “CDG”, o sea, Cártel del Golfo”, a manera de identificación; estos grupos armados se movilizaban impunemente, a la búsqueda de células de los Zetas, tomando carreteras, calles y poblados completos, participando en cruentos enfrentamientos, sin que las fuerzas de seguridad locales o federales actuaran en su contra, lo que hizo pensar que había un acuerdo para eliminar a los Zetas, quienes fueron diezmados, pero lograron refugiarse en Nuevo León, en la zona de Monterrey, y pronto comenzaron a contraatacar, logrando recuperar sus posiciones, y restableciendo al menos en parte su lugar en las rutas del Golfo.
Los Zetas significaron un salto cualitativo en la estructura de los cárteles, pues no en balde están integrados por soldados. Conforman un grupo paramilitar, organizado según ordenanzas y sumamente disciplinado, como demuestra la resistencia que manifestaron a la oleada del CDG de 2010, lucha que en muchas partes de Tamaulipas aún continúa. Además, los Zetas han sido constantemente denunciados por sus rivales por participar en toda clase de delitos para financiarse, y particularmente en secuestros, sobre todo de migrantes, como hizo patente el caso de la masacre de San Fernando, donde presuntos Zetas sacrificaron a 72 migrantes centro y sudamericanos. El CDG llamó significativamente a regresar al “negocio de ellos”, o sea, el trasiego de drogas, y dejar los delitos contra la ciudadanía, algo semejante a lo que proclama La Familia, creada a su vez por los Zetas en Michoacán, y luego enfrentada a ellos.
Esta evolución de los cárteles en grupos paramilitares se corresponde con la situación general de crisis del capitalismo, pues el cambio en las rutas de tráfico y el incremento del consumo de estupefacientes en EU y Europa ha exacerbado la competencia entre los proveedores, que por ser negociantes al margen de la ley sólo pueden dirimir sus conflictos por medio de las armas, con las rutas de trasiego como campo de batalla. Nuestro país es atravesado por tres rutas principales: la del Golfo, que va de Quintana Roo a la frontera tamaulipeca; la central, que va de la Ciudad de México a Ciudad Juárez; y la del Pacífico, que va de Chiapas a Tijuana. Hay además otras ramas de importancia, principalmente la ruta Acapulco-DF; la Veracruz-DF; la Sinaloa-Ciudad Juárez; la Manzanillo-Guadalajara; la Monterrey-Reynosa; entre otras.
Estas rutas son materia de disputas constantes entre los cárteles, tanto más conforme las sumas de dinero se incrementaron, pero este mismo dinero atrajo a otros, sobre todo a policías, soldados y funcionarios, que se incorporaron individualmente o en grupos a las organizaciones criminales; y esto resultó en que las poblaciones rurales y urbanas a lo largo de las rutas de trasiego se convirtieron en posiciones en disputa. Más que nunca, resultó indispensable para un cártel controlar a policías y funcionarios locales para poder llevar a cabo su actividad, las plazas se compraron y vendieron como mercancías, o sea, se hizo participar del negocio a una cantidad mucho mayor de “socios”: funcionarios y agentes de seguridad, de lo que resultó que a veces se “vendía” una misma plaza a varios cárteles lo que hacía sobrevenir una oleada de venganzas y asesinatos contra policías, funcionarios y traficantes rivales. Esto motivó la búsqueda de rutas alternas, pero pronto se presentó de nuevo la disputa, y así la violencia acabó por extenderse a lugares que nunca antes se habían visto involucrados.
Un signo que anunció estos cambios fue la creciente cantidad de fusiles de asalto estadunidenses que aparecían en manos de sicarios, pues durante mucho tiempo el arma predominante fue el fusil AK-47, popularmente conocido como “cuerno de chivo” por su cargador curvado. Pero ahora se veía con abundancia el fusil AR-15, internado ilegalmente por la frontera norte; y con el llegaron armas mucho más temibles, como bazucas, lanzagranadas y fusiles antiaéreos Barret, que han tomado parte en feroces combates a lo largo de las rutas de la droga.
Y si estas armas han podido ser empleadas es que en buena medida los sicarios de hoy son policías y soldados desertores, en retiro o incluso en activo. Los Zetas incluso han contado con centros de entrenamiento para sus “reclutas” en ranchos de Tamaulipas y Nuevo León; en uno de estos centros se decomisaron gran número y tipo de armas, así como uniformes y mochilas con el emblema del grupo delictivo.
El fenómeno de la violencia delincuencial en México tiene un claro origen en la corrupción del Estado, que abrió las puertas de par en par de los cuerpos de seguridad a los grupos criminales, mismos que se sirvieron de ellos en la disputa por las rutas de trasiego, y acabaron por desmoralizarlos. El incremento del consumo en EU y Europa, pero también en México, ha inundado nuestro país de dólares que ingresan como una renta, como un capital que no puede invertirse en actividades productivas sin antes “lavarse”, o sea, hacerse pasar por dinero lícito a través del sistema financiero, mismo que participa felizmente del ciclo de la corrupción, y se convierte en parte de la esfera de criminalidad, a cambio de un dividendo considerable.
Significativamente, el Gobierno no ha dirigido sus esfuerzos punitivos contra el sector financiero, como si la cuestión del narcotráfico se limitase a bandas de sicarios con sombreros y camionetas de lujo que se pasean por las calles de ciudades del norte. Pero ¿es inocente de todo lo que ocurre el circuito financiero mexicano? Es de dudarse si se tiene en cuenta la cantidad de dinero que manejan los cárteles, y sobre todo el carácter cada vez más internacional de sus contactos y operaciones, si bien es cierto que buena parte de sus transacciones se realizan en efectivo, llegando a movilizar cantidades enormes de billetes (dólares), como lo han mostrado casos como el de Zhenli Ye Gon, presunto traficante de precursores de metanfetaminas, a quien se le decomisaron 205 millones de dólares en efectivo, que escondía en su casa, entre otros casos semejantes; también es conocido que muchos billetes son embarcados con destino a Sudamérica, para ser intercambiados por droga a los cárteles colombianos.
Y tampoco se ha hecho gran cosa en torno a los círculos políticos, salvo las detenciones, espectaculares, de alcaldes michoacanos, de un precandidato perredista, etc., que acabaron en un estruendoso fracaso, pues casi todos los reos fueron liberados por órdenes de tribunales. Es vox populi, sin embargo, que los círculos políticos están decisivamente confabulados con los narcotraficantes, revistas como Proceso han publicado señalamientos de vínculos de decenas de personajes de las administraciones locales y aún la federal con conocidos capos, sin que ello genere siquiera una respuesta. Más aún, el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, y que era el contendiente favorito fue asesinado violentamente en una emboscada durante su campaña. El ex gobernador de Colima fue también asesinado violentamente, 15 alcaldes han caído muertos con violencia, también diputados locales y aún federales, un diputado del PT de Tamaulipas difundió una denuncia sobre el narcotráfico y fue asesinado junto con sus acompañantes, escolta incluida.
La crisis general del capitalismo se ha manifestado en México cómo una crisis de múltiples aspectos en donde el narcotráfico aparece como un factor concurrente, producto y causante de la corrupción del Estado, tanto en el nivel político como en el financiero y a nivel de las fuerzas de seguridad. Esta crisis se ha traducido en la conversión de la economía de producción y reinversión de plusvalor a una economía de canalización de rentas, en la cual una renta como la de la droga no se convierte en un capital productivo, sino que se destina al goce de unos pocos, que adquieren productos de importación y contratan servicios que a su vez se realizan con bienes importados. Por ejemplo, los capos y sicarios, que poseen la renta de la droga, compran, entre otros bienes de lujo, como grandes mansiones, que son construidas con materiales muy costosos, y cuya construcción requiere contratar muchos trabajadores especializados, los materiales de construcción y el trabajo especializado que se invirtieron en la casa del capo equivale a una gran masa de capital que deja de invertirse en fábricas y campos de cultivo, etc., esto es, que queda fuera de la circulación mercantil. Los capos y sicarios también gastan grandes sumas de dinero en vehículos y armas (sus “medios de trabajo”), que son o importados o producidos por empresas extranjeras. El dinero de la droga, como el del petróleo sólo sirve para sostener el poder de una minoría a costa del bienestar de las mayorías empobrecidas, que además ven su entorno vital sustraído a la tranquilidad por la constante violencia de los grupos criminales, lo que también significa un costo en la salud y en la marcha normal de los negocios. Este ha sido el caso de Monterrey, cuya fama de lugar próspero e industrializado se vino abajo cuando las bandas criminales fueron capaces de aislar la zona urbana movilizando a cientos de lúmpen para bloquear las principales carreteras que comunican la ciudad con el resto del país, luego bloquearon esas carreteras con vehículos, logrando idéntico resultado. El colmo fue que en los bloqueos participaran policías en activo al servicio de los cárteles.
Conclusión:
La “guerra” al narcotráfico, contrariamente a lo manifestado por el Gobierno, ha redundado en la paramilitarización de las bandas criminales, que se conducen como pequeños ejércitos privados bien disciplinados. Este proceso se ha traducido en una regresión para el conjunto del país, tanto en el aspecto político, como en el económico, en beneficio de una minoría de capos, capitalistas, políticos, jefes policiacos y militares, significando para las masas trabajadoras un atentado al bienestar y a la paz a las que aspiran genuinamente desde siempre.
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lunes, 6 de diciembre de 2010
lunes, 29 de noviembre de 2010
La descomposición política de la izquierda
Después de la gran derrota de la izquierda en las elecciones de 2009 se abrió un periodo de espera de cara a la organización de los procesos electorales de 2010. 2011 y 2012, sin embargo, a diferencia de otras coyunturas semejantes, en la presente, la dirigencia nacional del PRD reservaba una maniobra que no por anunciada resultó menos sorpresiva.
Esa maniobra fue el proceso de alianzas con el PAN para las elecciones de 2010 y 2011, alianzas que habrían “triunfado” según sus defensores, al haber ganado las gubernaturas de Sinaloa, Oaxaca y Puebla, con lo cual, siempre según sus impulsores, el PRI tendría minado el camino a la presidencia de la República en 2012.
Olvidan, sin embargo, los aliancistas, que el PAN en el momento presente difícilmente puede presentarse como un partido político autónomo, pues el Gobierno federal lo ha reducido a un apéndice suyo gracias a la presencia de funcionarios federales en las principales posiciones partidarias, de manera que las “alianzas” con el PAN sólo pueden ser alianzas con el Gobierno federal que según el propio PRD es producto de un fraude electoral.
Por otro lado, esta situación sólo puede tener efectos negativos para la izquierda aglutinada en el PRD, pues ha alimentado la división que ya existía entre las corrientes burocráticas y aquellas más identificadas con las masas. Esta división, en realidad muy antigua y que se remonta al viejo PCM, se ha expresado ahora en la pugna AMLO-NI, pugna que tuvo su punto más álgido en torno a la elección de la dirigencia nacional del partido y que significó la ruptura de ambas alas. A partir de entonces, el enfrentamiento ha ido escalando, y la dirigencia, controlada por NI ha obrado tal y como podía, acudiendo al Gobierno, al cual debía su imposición a través del TEPJF, entablando lo que se ha conocido como las “alianzas” con el PAN.
La división al interior del PRD y entre el PRD y el conjunto de la izquierda ha permitido al Gobierno gozar de un margen de maniobra que de otra manera no hubiera tenido, de manera que no ha tenido problema alguno en la aprobación de los presupuestos federales, y toda una serie de medidas draconianas en materia de seguridad, así como evadir su responsabilidad en los casos de negligencia que han llevado a la muerte a decenas de niños, ciudadanos y trabajadores. Por si fuera poco, el Gobierno lleva adelante una guerra contra los derechos de los trabajadores sin que ésta se traduzca en una contestación política por parte de la izquierda que supuestamente defiende los intereses de las clases trabajadoras. El partido de la izquierda ha quedado así paralizado, imposibilitado de emprender una campaña seria que lo posicione en el espectro político como un verdadero factor de poder, pues ha quedado aislado de la única fuente de poder a la que puede y debe apelar un partido que se dice de izquierda, o sea, a las masas trabajadoras.
En estas circunstancias, las luchas al interior del partido van tomando un cariz cada vez más oportunista, cada vez más carentes de un trasfondo político de largo alcance y resultan por ello más odiosas para las masas que suelen simpatizar con la izquierda. Resulta singular, por cierto, que para algunos cuadros de NI y de sus aliados de ADN esta situación no sólo sea inevitable, sino incluso deseable, lo que revela en buena medida las aspiraciones de estos cuadros a convertirse en meros apéndices del Estado, apenas disimulados con un discurso demagógico “de izquierda”.
Estos cuadros, cuyas tradiciones y aspiraciones no surgieron ayer, pero que hoy se manifiestan con toda su claridad, se han puesto en toda la línea de parte del Gobierno, la izquierda sólo puede esperar de ellos una conducta de sumisión con el poder oligárquico.
Del lado del lopezobradorismo, la situación de descomposición también ha alcanzado niveles críticos, el Gobierno Legítimo ha sido un rotundo fracaso, pues no ha logrado constituirse en un frente cívico-político, mucho menos en una organización capaz de remplazar al PRD en un plazo corto, pese a que se ha intentado lograr esto durante tres años, y encima de todo se ha descuidado el trabajo al interior del propio PRD, dejando a NI-ADN el campo libre para sus tropelías. Y ahora se pretende que el Gobierno Legítimo dé un salto organizativo en unos pocos meses cuando no ha podido hacerlo en tres años, creando una estructura para-electoral llamada “los protagonistas del cambio verdadero”, adherentes del movimiento que sean capaces de atraer votos para AMLO en 2012 y que permitan vigilar las votaciones en ese año. Pero para esto se recurre a las mismas tácticas que ya se han ensayado y que ya han fallado previamente, concretamente, solicitar casa por casa la adhesión al movimiento, creando listas de estos “protagonistas del cambio”, listas que harán las delicias de las oficinas de campaña del PRI y del Gobierno federal.
La dirigencia lopezobradorista apuesta ingenuamente a que la descomposición del Estado y del Gobierno hagan caer el poder en sus manos como una fruta madura, y esta perspectiva le ha hecho ignorar que el proceso de descomposición del Estado mexicano también está acarreando la propia descomposición de la izquierda, pues ésta no ha sido capaz de desarrollar un proceso de recomposición programática que permita aislar a los elementos nocivos de aquellos que resueltamente luchan para defender los intereses populares de los embates de la clase capitalista.
Esta ignorancia puede ser funesta para el conjunto de la izquierda. No puede dejarse pasar.
Contrariamente a las falacias propaladas por la dirección nacional, la izquierda tiene frente a sí la posibilidad de crecer y ganar influencia entre las masas y sobre todo en las organizaciones civiles, pues la crisis ha violentado los ánimos de la población frente al Gobierno y los partidos de derecha, pero al mismo tiempo esas masas rechazan las divisiones dentro del PRD y las maniobras y componendas liquidadoras de NI-ADN, y entonces se muestran reacias a incorporarse a una iniciativa de izquierda, caen en la apatía y se desmovilizan, lo que genera un círculo vicioso en elcual los dirigentes liquidadores justifican su colaboracionismo pretextando el alejamiento de las masas, y las masas se alejan en señal de repudio a ese colaboracionismo con el Gobierno. Es, por lo tanto, una tarea urgente salir de este círculo y restablecer la agenda verdadera de la izquierda,a fin de que se entable una lucha real por la democracia en nuestro país.
Esa maniobra fue el proceso de alianzas con el PAN para las elecciones de 2010 y 2011, alianzas que habrían “triunfado” según sus defensores, al haber ganado las gubernaturas de Sinaloa, Oaxaca y Puebla, con lo cual, siempre según sus impulsores, el PRI tendría minado el camino a la presidencia de la República en 2012.
Olvidan, sin embargo, los aliancistas, que el PAN en el momento presente difícilmente puede presentarse como un partido político autónomo, pues el Gobierno federal lo ha reducido a un apéndice suyo gracias a la presencia de funcionarios federales en las principales posiciones partidarias, de manera que las “alianzas” con el PAN sólo pueden ser alianzas con el Gobierno federal que según el propio PRD es producto de un fraude electoral.
Por otro lado, esta situación sólo puede tener efectos negativos para la izquierda aglutinada en el PRD, pues ha alimentado la división que ya existía entre las corrientes burocráticas y aquellas más identificadas con las masas. Esta división, en realidad muy antigua y que se remonta al viejo PCM, se ha expresado ahora en la pugna AMLO-NI, pugna que tuvo su punto más álgido en torno a la elección de la dirigencia nacional del partido y que significó la ruptura de ambas alas. A partir de entonces, el enfrentamiento ha ido escalando, y la dirigencia, controlada por NI ha obrado tal y como podía, acudiendo al Gobierno, al cual debía su imposición a través del TEPJF, entablando lo que se ha conocido como las “alianzas” con el PAN.
La división al interior del PRD y entre el PRD y el conjunto de la izquierda ha permitido al Gobierno gozar de un margen de maniobra que de otra manera no hubiera tenido, de manera que no ha tenido problema alguno en la aprobación de los presupuestos federales, y toda una serie de medidas draconianas en materia de seguridad, así como evadir su responsabilidad en los casos de negligencia que han llevado a la muerte a decenas de niños, ciudadanos y trabajadores. Por si fuera poco, el Gobierno lleva adelante una guerra contra los derechos de los trabajadores sin que ésta se traduzca en una contestación política por parte de la izquierda que supuestamente defiende los intereses de las clases trabajadoras. El partido de la izquierda ha quedado así paralizado, imposibilitado de emprender una campaña seria que lo posicione en el espectro político como un verdadero factor de poder, pues ha quedado aislado de la única fuente de poder a la que puede y debe apelar un partido que se dice de izquierda, o sea, a las masas trabajadoras.
En estas circunstancias, las luchas al interior del partido van tomando un cariz cada vez más oportunista, cada vez más carentes de un trasfondo político de largo alcance y resultan por ello más odiosas para las masas que suelen simpatizar con la izquierda. Resulta singular, por cierto, que para algunos cuadros de NI y de sus aliados de ADN esta situación no sólo sea inevitable, sino incluso deseable, lo que revela en buena medida las aspiraciones de estos cuadros a convertirse en meros apéndices del Estado, apenas disimulados con un discurso demagógico “de izquierda”.
Estos cuadros, cuyas tradiciones y aspiraciones no surgieron ayer, pero que hoy se manifiestan con toda su claridad, se han puesto en toda la línea de parte del Gobierno, la izquierda sólo puede esperar de ellos una conducta de sumisión con el poder oligárquico.
Del lado del lopezobradorismo, la situación de descomposición también ha alcanzado niveles críticos, el Gobierno Legítimo ha sido un rotundo fracaso, pues no ha logrado constituirse en un frente cívico-político, mucho menos en una organización capaz de remplazar al PRD en un plazo corto, pese a que se ha intentado lograr esto durante tres años, y encima de todo se ha descuidado el trabajo al interior del propio PRD, dejando a NI-ADN el campo libre para sus tropelías. Y ahora se pretende que el Gobierno Legítimo dé un salto organizativo en unos pocos meses cuando no ha podido hacerlo en tres años, creando una estructura para-electoral llamada “los protagonistas del cambio verdadero”, adherentes del movimiento que sean capaces de atraer votos para AMLO en 2012 y que permitan vigilar las votaciones en ese año. Pero para esto se recurre a las mismas tácticas que ya se han ensayado y que ya han fallado previamente, concretamente, solicitar casa por casa la adhesión al movimiento, creando listas de estos “protagonistas del cambio”, listas que harán las delicias de las oficinas de campaña del PRI y del Gobierno federal.
La dirigencia lopezobradorista apuesta ingenuamente a que la descomposición del Estado y del Gobierno hagan caer el poder en sus manos como una fruta madura, y esta perspectiva le ha hecho ignorar que el proceso de descomposición del Estado mexicano también está acarreando la propia descomposición de la izquierda, pues ésta no ha sido capaz de desarrollar un proceso de recomposición programática que permita aislar a los elementos nocivos de aquellos que resueltamente luchan para defender los intereses populares de los embates de la clase capitalista.
Esta ignorancia puede ser funesta para el conjunto de la izquierda. No puede dejarse pasar.
Contrariamente a las falacias propaladas por la dirección nacional, la izquierda tiene frente a sí la posibilidad de crecer y ganar influencia entre las masas y sobre todo en las organizaciones civiles, pues la crisis ha violentado los ánimos de la población frente al Gobierno y los partidos de derecha, pero al mismo tiempo esas masas rechazan las divisiones dentro del PRD y las maniobras y componendas liquidadoras de NI-ADN, y entonces se muestran reacias a incorporarse a una iniciativa de izquierda, caen en la apatía y se desmovilizan, lo que genera un círculo vicioso en elcual los dirigentes liquidadores justifican su colaboracionismo pretextando el alejamiento de las masas, y las masas se alejan en señal de repudio a ese colaboracionismo con el Gobierno. Es, por lo tanto, una tarea urgente salir de este círculo y restablecer la agenda verdadera de la izquierda,a fin de que se entable una lucha real por la democracia en nuestro país.
lunes, 28 de diciembre de 2009
La revolución de 1910 en Chiapas y el materialismo histórico
En 1985 unos nueve años antes del alzamiento zapatista en los Altos chiapanecos, se publicó un libro acerca de la Revolución de 1910 en ese Estado, titulado Resistencia y utopía t.2. El autor, Antonio García de León describe minuciosamente las luchas de los finqueros y hacendados para evitar que la revolución afecte su status en la sociedad semi-esclavista chiapaneca. Finalmente, la revolución llega a Chiapas con los ejércitos carrancistas, teniendo lugar una de las mayores paradojas de la época, en la cual, los hacendados se levantaron en armas contra la revolución, y se hicieron llamar ¡villistas!
Finalmente, los hacendados doblegaron a los carrancistas en 1920 mediante una componenda con el Gral. Obregón que estaba sublevado contra Carranza. Pero los recuerdos de la Revolución quedaron latentes en suelo chiapaneco. Dice García de León:
“(…)en los santorales y mitologías, en el renovado acontecer de los oráculos, las pugnas de la revolución se integraron lenta y naturalmente entonces al bestiario de animales protectores y protegidos. Los mapaches [rebeldes anticarrancistas] se asumían como tales, los zapatistas se integraban al folklore de los zoques al mismo nivel que los seres sobrenaturales, generalmente antropófagos, que poblaban sus húmedos bosques desde el florecer milenario de la cultura olmeca. La tibia reforma agraria proclamada por Carranza se asumió entonces como la ayuda providencial de una fuerza externa que permitía disminuir, aunque sólo lo fuera en espacios muy delimitados, el poder opresivo de los finqueros y caciques ladinos [mestizos e indios hispanizados]. Así, los mitos sacralizaron de nuevo la historia e hicieron eterno el agradecimiento de los indios por ese pequeño espacio de poder que les fue cedido por los soldados del lejano norte.
“Aparecen entonces los ancianos tzeltales de Sivacá invocando el origen de las ratas domésticas, y explicando el por qué éstas se pasean libres por campos, silos y habitaciones, como ‘animales consentidos o domésticos’ (alak’il), mascotas del hombre:
“‘Es que antes no había ratas –recuerda uno de ellos-, no había más que una sola clase de ratas rojas de campo. Se cuenta que en tiempos de revolución vino el tiempo de las muertes sin sentido, y que las gentes se mataban mucho entre sí, o eran muertas por los rebeldes o los soldados. De una parte eran los rebeldes y de la otra los carranzas, y entre ellos también se mataban. Pero los carranzas eran buenos y protegían a los habitantes de los pueblos, mientras que los rebeldes eran malos y no respetaban a nadie, a ellos se les llamó entonces mapaches. Cuando la guerra terminó, cuando ya no hubo más la discordia, la sangre de los carranzas muertos dio lugar al nacimiento y origen de las ratas domésticas. Su sangre se transformó en rata y se les llamó «ratas carranza». Es por todo esto que hoy nos siguen y nos corren suplicantes alrededor; y nosotros las cuidamos, porque los carranza regaron su sangre para darnos la libertad, porque querían sacudirnos el poder de la finca y no pudieron. Por eso cuidamos esas ratas (…)’”
En suma, esta obra nos muestra, obviamente sin pretenderlo, las raíces del futuro alzamiento zapatista de 1994 en los triunfos de los finqueros ganaderos y cafetaleros sobre los revolucionarios carrancistas, cardenistas, agraristas y comunistas entre 1910 y 1940.
Finalmente, los hacendados doblegaron a los carrancistas en 1920 mediante una componenda con el Gral. Obregón que estaba sublevado contra Carranza. Pero los recuerdos de la Revolución quedaron latentes en suelo chiapaneco. Dice García de León:
“(…)en los santorales y mitologías, en el renovado acontecer de los oráculos, las pugnas de la revolución se integraron lenta y naturalmente entonces al bestiario de animales protectores y protegidos. Los mapaches [rebeldes anticarrancistas] se asumían como tales, los zapatistas se integraban al folklore de los zoques al mismo nivel que los seres sobrenaturales, generalmente antropófagos, que poblaban sus húmedos bosques desde el florecer milenario de la cultura olmeca. La tibia reforma agraria proclamada por Carranza se asumió entonces como la ayuda providencial de una fuerza externa que permitía disminuir, aunque sólo lo fuera en espacios muy delimitados, el poder opresivo de los finqueros y caciques ladinos [mestizos e indios hispanizados]. Así, los mitos sacralizaron de nuevo la historia e hicieron eterno el agradecimiento de los indios por ese pequeño espacio de poder que les fue cedido por los soldados del lejano norte.
“Aparecen entonces los ancianos tzeltales de Sivacá invocando el origen de las ratas domésticas, y explicando el por qué éstas se pasean libres por campos, silos y habitaciones, como ‘animales consentidos o domésticos’ (alak’il), mascotas del hombre:
“‘Es que antes no había ratas –recuerda uno de ellos-, no había más que una sola clase de ratas rojas de campo. Se cuenta que en tiempos de revolución vino el tiempo de las muertes sin sentido, y que las gentes se mataban mucho entre sí, o eran muertas por los rebeldes o los soldados. De una parte eran los rebeldes y de la otra los carranzas, y entre ellos también se mataban. Pero los carranzas eran buenos y protegían a los habitantes de los pueblos, mientras que los rebeldes eran malos y no respetaban a nadie, a ellos se les llamó entonces mapaches. Cuando la guerra terminó, cuando ya no hubo más la discordia, la sangre de los carranzas muertos dio lugar al nacimiento y origen de las ratas domésticas. Su sangre se transformó en rata y se les llamó «ratas carranza». Es por todo esto que hoy nos siguen y nos corren suplicantes alrededor; y nosotros las cuidamos, porque los carranza regaron su sangre para darnos la libertad, porque querían sacudirnos el poder de la finca y no pudieron. Por eso cuidamos esas ratas (…)’”
En suma, esta obra nos muestra, obviamente sin pretenderlo, las raíces del futuro alzamiento zapatista de 1994 en los triunfos de los finqueros ganaderos y cafetaleros sobre los revolucionarios carrancistas, cardenistas, agraristas y comunistas entre 1910 y 1940.
lunes, 28 de septiembre de 2009
México, América Latina y el imperialismo.
- La región latinoamericana bajo el imperialismo.
Los países del área son una reserva del imperialismo, apenas cabe dudarlo, proveen a EU y a Europa occidental de ingentes cantidades de petróleo, plata, cobre, alimentos (soya, plátanos, café, azúcar, etc.), drogas (cocaína, mariguana, opio), y fuerza suplementaria de trabajo.
Esto, y un mercado de más de 200 millones de seres son un territorio a defender.
No puede esperarse que los EU cedan terreno sin luchar, de ahí la cantidad récord de invasiones militares directas e indirectas, las presiones financieras, diplomáticas y la constante intervención en cuestiones políticas e ideológicas que han padecido estos países.
Pero para que esto haya sido posible, ha sido necesario un estado determinado de la lucha de clases al interior de cada país latinoamericano y de los propios EU.
La circunstancia concreta ha sido el predominio de las oligarquías burguesas a lo largo y ancho del subcontinente. Oligarquías que han pactado con el imperialismo para proteger sus intereses contra los de las masas asalariadas y subordinadas.
Las oligarquías temen más a las masas que al imperialismo.
Las masas tienen frente a sí tanto a un enemigo interno como a uno externo. Este doble frente ha conseguido la victoria durante largo tiempo.
Incluso marxistas cabales han cometido el error de considerar a las burguesías “nacionales” como eventuales aliados de las luchas antiimperialistas, cuando en la realidad de los hechos, éstas siempre o casi siempre se han alineado con los extranjeros, y sólo pueden tolerar un movimiento de liberación nacional cuando la fuerza de éste ha sido tal que las ha obligado a ello.
Conviene, por tanto, dejar de lado toda esperanza de contar o llegar a contar con una burguesía antiimperialista en América Latina.
El proletariado y el campesinado han sido, en cambio, casi siempre antiimperialistas; sus luchas los han enfrentado desde épocas ya remotas al capital extranjero, y por ello su conciencia espontánea es instintivamente contraria a la intervención extranjera.
En México baste recordar los sucesos de Cananea, sin hablar de la larga historia de las invasiones, mal llamadas “intervenciones”.
En otros países de América Latina también podemos hallar a cada momento los rostros de la acción de las potencias extranjeras detrás de muchos sucesos históricos.
Inglaterra y los EU, pero también Francia, Alemania y Japón, aunque en menor grado, han sido los países que más han contribuido a configurar la región latinoamericana después de España y Portugal en los primeros siglos de la invasión europea.
Contrario a lo ocurrido en otros países, en América Latina, el avance del capitalismo no ha significado unificación nacional, sino escisión nacional; las capas oligárquicas han terminado por constituirse en un grupo cuasi-nacional por su cuenta.
El auge y el declive del separatismo por capas sociales o por territorios ha sido constante a lo largo de su historia.
Y aunque en el momento presente este separatismo burgués-terrateniente se encuentra más lejano que en otras épocas, sucesos como los de Bolivia o Venezuela lo hacen salir a la luz retrotrayéndonos a la época de la disgregación de la Gran Colombia o del “Imperio” Mexicano de Iturbide.
México, la Gran Colombia, Bolivia y Argentina han pasado, en cambio por las anexiones y auténticos despedazamientos territoriales detrás de los cuales pocas veces ha faltado la mano imperial.
De todos los casos, el más evidente ha sido el de México, donde las fuerzas imperiales actuaron tempranamente y de manera directa: más de la mitad del territorio nacional pasó a posesión de los EU, y el país fue invadido dos veces más en el siglo XX; además, Francia, Inglaterra y España trajeron tropas en una acción ventajosa en la cual el país acabó ocupado por Francia.
Las ocupaciones militares y las anexiones no dejaron de dar sus frutos a lo largo del siglo XX; a la acción militar siguieron las inversiones y los préstamos como nuevo programa de ocupación, comenzó la exportación de capitales.
La exportación de capital hacia América Latina significó que el grillete impuesto bajo el fuego de los cañones se ha cerrado.
Contrario a las vulgares tesis corrientes de los liberales e imperialistas latinoamericanos, el imperialismo ni siquiera en su carácter de exportador de capitales ha significado un factor de desarrollo económico para la región. Muy por el contrario, a la circunstancia concreta de la dominación extranjera ha de atribuirse el actual estado de postración y retraso relativo, la miseria de las masas y el atraso social en general; en suma, la dominación sólo engendra más dominación.
En este punto no cabe la menor concesión, de lo que se trata es de romper las cadenas de la dominación, en primer lugar las político-militares e ideológicas, luego las financieras junto con la dependencia comercial, y al parejo de todo sentar las bases para una eventual liberación de la dependencia tecnológica.
No se trata pues, de un salto único, de un proceso que se resolverá brillantemente en un solo acto; más bien se trata de toda una lucha sostenida por un largo periodo, que sólo encontrará su fin victorioso tras la ingente inversión de fuerzas sociales revolucionarias.
Más de uno ha vacilado al mirar la profundidad de la cuestión y lo agreste del terreno; por ello puede decirse que la libertad solo puede ser lograda ahí donde la cadena del imperialismo es más débil y donde el pueblo que quiere liberarse es más revolucionario.
América Latina tiene aún tareas que resolver y la dominación extranjera impide que sus fuerzas se desarrollen. Arrojar a los extranjeros de estas tierras es precondición de un verdadero desarrollo económico y social.
Ahora que el imperialismo estadunidense presiona con particular ímpetu a sus siervos latinoamericanos, se abre una grieta, una pequeña brecha para dar arranque a una lucha de largo aliento en pos de la liberación nacional.
El analfabetismo funcional, en lo respectivo al imperialismo, que existe tanto en Washington como en las capitales latinoamericanas les hace particularmente temerarios en sus acciones de expoliación, más cínicos en sus intervenciones y aumenta su desprecio por las masas.
Ello abre la brecha de la que hablamos.
Ahora la cuestión de la comprensión de las fuerzas revolucionarias acerca del imperialismo se vuelve crucial.
Ése es otro tema.
El imperio yanqui se halla empantanado en Irak, éste es ya un lugar común.
No lo es tanto el hecho de la emergencia de nuevos poderes incipientes en Eurasia: China, Rusia, India e Irán.
Asia está llena de poderes nucleares, más que Europa: Rusia, el más temible para los EU, también China, India, Pakistán, Israel y la interrogante de Norcorea.
Este poderío nuclear es inmanejable para los EU, ya que, salvo en el caso de Israel, se trata de naciones consolidadas desde hace siglos y aún milenios que poseen ejércitos convencionales magníficamente equipados, poseen también grandes recursos energéticos, tecnológicos y la mayor parte de la población mundial.
Todo aquello con lo que EU sólo cuenta en cantidades limitadas, tiene un gran poder nuclear y termonuclear, alta tecnología, y gran producción de alimentos, así como una cantidad adecuada de población, y por sobre todo eso, es el centro financiero del mundo, el dólar, su moneda, es la moneda de cambio mundial, y cuenta con América Latina como su territorio de repliegue exclusivo.
Pero los EU tienen en contra el creciente poder militar de Rusia y China, que se desarrolla a un costo mucho menor que el yanqui, la base educativa es débil, el dólar es presionado a la baja, como en la coyuntura de los años 1970, la población es cada vez menos apta para la milicia, varios países de América Latina están en franca rebeldía contra el dominio imperial; todo lo cual se conjuga en una actitud a la vez defensiva y agresiva no pocas veces errática, en un gasto desorbitado en armamento y una cínica propaganda que exalta lo peor de los prejuicios burgueses e incluso de épocas anteriores que se creían superados.
De este modo, el imperialismo se complementa con todo aquello que refuerce su poder a costa del ser humano, inclusive de sus propios ciudadanos.
Las fuerzas revolucionarias tienen, por lo tanto, que reforzar su ideología para hacer frente al embate de los poderosos medios de propaganda burgueses: la televisión, la radio, la cinematografía, la prensa, etc. pero también la internet.
Pero, no obstante, las posibilidades no son demasiado malas, la resistencia de la raza humana contra el capitalismo se recrudecerá en cuanto la propia existencia de aquella se vea amenazada, como ya ha ocurrido en épocas recientes, en las guerras mundiales.
Algo más debe advertirse, el declive del imperialismo estadunidense no significa el declive de todo imperialismo, sino únicamente su remplazo por otro más poderoso aún.
Contrariamente a las suposiciones de los optimistas incorregibles, quienes piensan que un naufragio significa el fin de la flota, la realidad es que la estafeta de potencia imperial sólo pasa de un contendiente a otro mientras el capitalismo monopolista continúe siendo el régimen social dominante en el mundo.
Y es aquí donde se llega a la cuestión de la revitalización de la teoría leninista del imperialismo: la necesidad de la supresión revolucionaria del capitalismo monopolista como única vía para acabar con todo género de explotación en el mundo.
De lo contrario, se corre el riesgo de moverse en círculos, derrocando imperio tras imperio, sólo para terminar dándole paso a uno nuevo y más poderoso, que explote aún con más ferocidad, tal como ha ocurrido en la historia, cuando el imperialismo inglés fue derrocado de su trono por los EU, Alemania y Japón, y cuando los EU se impusieron a sus competidores alemanes y japoneses y a su rival socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Sólo que hasta el momento, ninguno de los competidores de los EU han sido capaces de desarrollar la capacidad efectiva de sustituir a aquél país en la posición de potencia dominante, por lo que ello implica en cuanto al control de las finanzas mundiales, capacidad tecnológica y la capacidad de exportar esos capitales y esa tecnología para apoderarse efectivamente de la economía de otros países.
No significa que no se marche en esa dirección. Todo lo contrario, sólo que todavía se trata de un proceso en curso. Lo que hay es una guerra de capitales que buscan trasladar el centro del mundo desde los EU hacia otro país: a China, con otros países como “auxiliares” del cambio: Rusia, India y quizá Brasil.
La gran incógnita es si el proceso acabará por desatar una guerra termonuclear y cuando lo haría.
No se trata de una cuestión de ciencia ficción; la tensión político-militar derivada de la presión económica sobre los EU ya es enorme y se han producido escaladas militares que a las claras son reposicionamientos yanquis agresivamente anti-rusos y anti-chinos: la alianza con Georgia y Polonia, la “independencia” de Kosovo, la tolerancia a la ofensiva turca en Irak, la desestabilización de Pakistán, las ofensivas israelíes en Palestina y Líbano, la desestabilización de Myanmar y del Tibet, la ofensiva en todos los frentes contra Irán, la expansión de la OTAN hacia el este de Europa, el movimiento secesionista en Bolivia y la cruzada anti-chavista en Venezuela, así como el aseguramiento del petróleo mexicano; todo eso y más sólo puede comprenderse en el marco de la defensa conciente que hacen los EU de su posición como potencia central del imperialismo mundial, dejando claro que la sangre derramada será poca siempre que los EU “prevalezcan” sobre sus enemigos y rivales.
Por ello no pueden ser tomados a la ligera. La guerra revolucionaria contra el terror imperialista solo puede conducirse con una estrategia apegada al rigor de los hechos y apoyada firmemente en la teoría leninista del imperialismo.
Esto significa que al remplazo de un imperialismo por otro, los pueblos del mundo han de oponer la guerra revolucionaria, a la menor oportunidad, con el fin de desplazar en definitiva a los grandes grupos imperialistas y así dar fin a las guerras de redivisión del planeta.
Caso contrario, la partición y repartición del mundo en áreas de influencia por parte de los grupos imperialistas seguirá su cauce natural, con el consabido costo para todos los trabajadores que se ha observado en estos ya más de 100 años de predominio monopolista: hambre, miseria, guerras, depredación ambiental, a cambio de las fortunas de una minúscula parte de la población humana.
Las masas necesitan tener presente, en todo momento, que sus intereses y los de la minoría que tiene el poder son incompatibles, y que su permanencia en tal posición entraña más riesgos que los de la lucha revolucionaria, por cuanto se trata de que a la larga el dispendio de recursos naturales y de fuerza de trabajo sólo pueden acarrear el riesgo de extinción de la propia especie humana.
Antes que tales presagios puedan materializarse, es de esperar que las masas reaccionarán con fuerza frente al imperialismo y serán capaces de entablar una serie de luchas que conduzcan, así sea en zigzag, a la supresión de las relaciones de producción capitalistas; lo cual es conditio sine qua non para el paso a la era de verdadera paz y prosperidad que ha prometido el gigantesco avance tecno-científico a la raza humana.
México y América Latina no pueden sustraerse de esta disyuntiva histórica y hacer como si eso fuera tarea de las grandes potencias, que es lo que sostienen los propagandistas del imperialismo en nuestros países. Taimadamente alegan que nosotros somos congénitamente incapaces de luchar por nuestra liberación y por emprender la tarea de empujar el progreso humano; según ellos, el destino de América Latina es ir a remolque del resto del mundo, del imperialismo, sea yanqui o europeo, y lo único que le queda a la región es irse acomodando lo mejor que pueda a tal situación dada.
Esto no puede aceptarse sin mayor trámite, pues eso significaría aceptar que la región no puede sobrevivir por cuenta propia, en suma, que la región carece de historia y de rumbo.
Pero los hechos son testarudos; tan sólo para sobrevivir, así sea miserablemente, la lucha de clases tiene que plantearse y resolverse continuamente, y ante esta certeza, la burguesía puede rabiar, desesperarse, pelear y vencer pírricamente y aumentar la descomposición social, todo lo cual ha venido realizando hasta ahora. Lo que no puede realizar es encabezar la renovación cultural y económica de estas naciones, pues su mismo origen colonial la ha baldado históricamente para tomar este rumbo.
Por tanto, no ha sido ni será la burguesía latinoamericana quien encabece la lucha de liberación nacional de la región, ni siquiera en los términos más burgueses, pues su sujeción al imperialismo es casi completa.
Serán, por lo tanto, las fuerzas de los propios trabajadores las que tendrán a su cuidado la labor de obtener nuevos lugares para América Latina en el concierto mundial de naciones. Ellas tendrán que luchar a brazo partido contra los ejércitos imperiales para lograr transformar la economía expulsando al capital extranjero, a fin de romper el dominio de los monopolios, logrando una mejor posición en la división internacional del trabajo.
Tareas nada simples, pero posibles, como lo demuestran las revoluciones del siglo XX, de donde emergieron varios grupos de naciones que actualmente disputan su lugar a las grandes potencias que dominan el mundo.
América Latina no puede quedar al margen de esta lucha, pues en ella también se juega su futuro.
La integración latinoamericana y el imperialismo.
La cuestión que no queda tan clara es la de las relaciones económicas y político-militares entre los propios países dominados.
Para nadie es desconocido que las naciones dominadas han entrado en conflictos de todo tipo, desde simples pugnas comerciales hasta guerras abiertas.
Ciertamente los intereses imperialistas han estado y estarán detrás, al lado y al frente de estas conflagraciones, pero eso no resuelve la cuestión, por cuanto hacen falta explicaciones más detalladas del por qué fue posible que el imperialismo lograra su objetivo de atizar las discordias.
Y eso no exime al imperialismo de su responsabilidad histórica.
Pero esta “explicación” es tanto más necesaria por cuanto se trata del propio estado de la lucha de clases en los países coloniales y dominados lo que se discute.
¿Qué estado de esa lucha de clases impulsó a Bolivia y a Paraguay a combatir a muerte por un territorio?
Se dirá que el patriotismo, etc. Pero eso no resuelve la cuestión.
La cuestión se amplía de hecho: ¿Por qué el “patriotismo” empujó a los pueblos a la guerra?, ¿a quién benefició ésta?
Incógnitas.
O no tan incógnitas, sabemos de los intereses de las oligarquías. En Bolivia, por ejemplo, se trataba de abrirse paso al mercado mundial a través del Mar del Plata, y a las potencias extranjeras debió interesarles mucho la cuestión de la ruta del estaño boliviano.
Y aquí sólo comienza la cuestión.
Esto viene a cuento por la traída y llevada cuestión de la unidad latinoamericana, a veces utopía populista, panacea revolucionaria antiimperialista, y las más de las veces, tema de discursos en cumbres regionales.
El tema no admite un abordaje simplista, se trata de una cuestión candente en la lucha de liberación de los pueblos de la región.
Mucho del problema consiste en ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por unidad latinoamericana.
Unión aduanal, frente político, libre comercio, integración nacional; no hay manera de sugerir una secuencia de fases o un límite a lo que se plantea.
Y a partir de ahí, se deshilvanan toda serie de ideas enrevesadas.
Unos optan por una cosa u otra, toleran otras, y algunos inclusive miran a la integración total como un fin último al final de la carrera.
¿Qué hay de firme en todo esto?
Lo cierto es que América Latina no puede enfrentar a los EU por separado, incluso en su declinación eventual, un bloque sólido de naciones, incluso con gobiernos de derecha, pues de lo que se trataría es de arrancar las mayores ventajas al imperialismo, y aquí no cabe atizar conflictos innecesarios.
El bloque de negociación, lo más incluyente posible, es algo que sí está en el centro de la cuestión en el momento actual, con la dominación estadunidense en su apogeo.
Mayores avances en este sentido son más que deseables, pero sólo perceptibles en el marco de avances revolucionarios en la lucha de clases.
Es decir, la integración, incluso total, es una legítima aspiración revolucionaria que, sin embargo, requiere mayores presupuestos para materializarse.
¿Qué puede hacer un movimiento revolucionario para avanzar en este sentido?
En principio analizar sistemáticamente la economía, la política y la historia de la región y su relación con el imperialismo, con miras a elaborar un programa realista y práctico de integración nacional.
Es el primer paso y es indispensable para abrir el debate en los medios revolucionarios y de esta manera entender la dialéctica de las relaciones entre los pueblos dominados.
Nunca debe descartarse la posibilidad de conflictos y enfrentamientos graves entre los mismos países dominados, este olvido ha sido y será funesto.
En segundo lugar, reconocer que la propia lucha revolucionaria impele a las naciones a aliarse así sea sólo para consolidar algún avance mínimo, como demuestran los procesos de Venezuela y Bolivia, cuya situación, literalmente los empuja a colaborar, a acercarse a Cuba e Irán.
La unidad, por lo tanto, subyace a la emergencia de las masas trabajadoras como responsables de su destino, como participantes de los procesos históricos; por lo que no cabe ya hablar de una mera ilusión o utopía anticuada, fraguada por los alebrestados de los años 1970.
Es necesario, por tanto, que cada proceso revolucionario ponga especial atención a la cuestión de la integración en cada momento de su lucha, h. e., que valore lo que la integración puede ofrecer de ventajoso y cómo saber hallar apoyos más allá de sus fronteras nacionales; pues de lo que se trata es que se rompa el aislacionismo y el patrioterismo, mirando la causa de América Latina como una sola causa.
Saber pedir ayuda y saber proporcionarla, ésa es la clave de la acción revolucionaria latinoamericana en la actualidad.
Naturalmente, eso va en contra del aislacionismo-excepcionalismo que la oligarquía ha montado sobre el patrioterismo y el nacionalismo burgués.
Tal ideología se formó como una corrupción del sentimiento patriótico levantado contra las invasiones; se ha fomentado la idea de que toda participación extranjera es una invasión, desde luego, toda intervención que no ayude a la burguesía. Ésta denuncia rabiosamente toda solidaridad foránea con los explotados como un atentado a la soberanía “nacional”, pero alaba la “ayuda” y la inversión extranjeras como “actos de buena voluntad”; toda una inversión de los conceptos, con la cual saturan sus medios de propaganda masiva hasta la náusea.
Así, el internacionalismo proletario tiene que volver al derecho la cuestión, plantear sin ambages que toda solidaridad auténtica con los explotados que venga del exterior es positiva, y que toda ayuda a los explotadores es nociva para el desarrollo del país.
Ésta debiera ser la consigna de la lucha por la liberación nacional y por el socialismo.
Los liberales sólo podrían poner reparos a tal consigna haciendo verdaderas piruetas mentales; esto es, por su rechazo a esta consigna se reconoce a los imperialistas emboscados.
Tal es la cuestión. Así se plantea.
Sólo basta reconocer que para los explotadores locales todo lo que los beneficia es bueno, noble, progresista, y todo lo que ayuda a los explotados significa la ruina de la nación.
Basta con poner la fórmula al derecho. Esto es tanto más necesario por cuanto se trata de la cuestión de cuál es la ideología que ha de primar en el campo de los trabajadores: la burguesa o la proletaria. Si es la primera, como ocurre actualmente, ¿qué esperanza queda de obtener la liberación?, y si es la segunda, ¿qué mejor forma de comenzar?
Porque, como dice Julio Hernández López, citando a un escribiente suyo, David Aguilar, “México ‘ha sido dividido por quienes detentan el poder’ y que ‘para aquel que se considera perteneciente al grupo selecto favorecido por el poder, todo el que disienta de su visión de país es naco, indio, jodido, gato, etcétera, y el que de forma abierta expresa descontento o inclusive ira es considerado un terrorista en potencia que merece ser castigado’...” (Astillero, La Jornada, 14 de mayo de 2008, pág. 4).
Las clases explotadas del subcontinente necesitan tener claro, en todo momento que sus intereses jamás serán los mismos que los de sus explotadores.
Tal confusión ha sido funesta en muchas ocasiones a lo largo de la historia; por ello los movimientos revolucionarios de esta época tienen que empezar precisamente por ese punto, sin dar respiro ni tregua a la infiltración ideológica burguesa en el pensamiento de los explotados.
Entonces, lo que se plantea, a la par de la lucha política y económica, es una ofensiva cultural a gran escala, no sólo de propaganda, sino de verdadera educación de las masas sobre bases nuevas, a través de la literatura y el arte, pero sin dejar de pugnar por la toma de los medios masivos: televisión y radio, cuya importancia no puede ser obviada en nuestra época. La revolución bolivariana, la insurrección oaxaqueña de la APPO y, antes que ellas, la revolución cubana, lograron un avance gigantesco en ese sentido, tomando para sí los medios masivos a su alcance para difundir su palabra y su imagen; el logro que tuvieron ha sido enorme y sus consecuencias a mediano y largo plazo serán aún mayores.
Los movimientos revolucionarios, por naturaleza, sólo pueden apostar por la gente explotada; todo aquel militante que vacile ante acciones como las de la APPO en su lucha de 2006, corre el riesgo de caer en las trampas de la ideología burguesa corriente y de ser un estorbo más que una ayuda al propio movimiento.
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En suma, América Latina se enfrenta a un conjunto de tareas de muy diversa índole: establecimiento de la democracia burguesa, liquidación de la propiedad terrateniente, liberación nacional, afirmación nacional bajo la égida proletaria, apropiación efectiva de los recursos naturales y humanos; todo ello encaminado al fin último: la supresión de la propiedad privada capitalista con el remplazo de este orden social por el socialismo, sin descartar un estadio de transición dictatorial en un régimen económico de capitalismo de Estado parecido a la NEP soviética de los años 1920.
No se puede rebajar este camino de transformación sin arriesgarse a volver a repetir fases superadas; quienes pretenden que la liberación del subcontinente puede lograrse bajo el capitalismo, simple y llanamente ignoran al imperialismo y no tienen la mínima conciencia acerca de lo que significa el desarrollo desigual, y que la dominación imperialista implica un estado de atraso económico y social que tiende a hacerse crónico, por lo cual, periódicamente vuelve a ponerse en el centro del debate político la insurrección de las masas, es decir, la lucha de clases abierta y sin subterfugios.
Otro tanto ocurre con las vías intermedias; sólo constituyen transacciones con el liberalismo y con el imperialismo; constituyen otras tantas puertas falsas que la ideología oficial abre para desviar al movimiento proletario de su cauce.
Algo semejante ocurre con el populismo en sus variantes; de tanto arraigo en América Latina, dada la base campesina de la economía y que a pesar del declive de la masa campesina en número y fuerza y su paso a las filas proletarias, continúa vigente en la orientación de muchos círculos intelectuales urbanos. Como movimiento político, el populismo tiene poco que aportar para desmadejar la hebra de la cuestión imperialista, sobre todo en la medida en que tiende a confundirse cada vez más con el liberalismo.
Las farsas que implican las variantes de liberalismo y populismo han de ser combatidas sin tregua, por cuanto llevan en sí la semilla de la derrota de las masas frente a sus enemigos de clase y, por tanto, frete al imperialismo.
Todo compromiso con la política liberal implica un reconocimiento tácito al imperialismo; no es ya esta época la de la libre competencia, y no puede ya hablarse de un capitalismo progresista salvo que se refiera a determinadas regiones y momentos específicos, mientras que el mundo como un todo es imperialista y reaccionario.
Las componendas con el populismo implican la aceptación más o menos encubierta de la viabilidad de reformas “campesinistas” como avances hacia un socialismo, como “pasos intermedios” en la lucha por la supresión gradual de la explotación.
Uno y otro tipo de arreglos son inaceptables para lograr los grandes objetivos de las masas trabajadoras, incluso de aquellas que las defienden. Por ello, el fin del imperialismo, la unidad latinoamericana y el socialismo no son sino capítulos de una misma obra: la lucha de clases en la región, y en ella participamos todos de una manera u otra, por lo que conviene poner en esta lucha el esfuerzo teórico y la lucha práctica sobre bases leninistas, siempre con miras a su actualización permanente.
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El comercio y la deuda son los mecanismos de que se vale el imperialismo para explotar directamente a América Latina, detrás de ambos se encuentra la fuerza militar de los EU, como lo ha demostrado la historia reciente.
Tenemos todo un inventario de invasiones extranjeras en América Latina, sobre todo de los EU, pero también de Inglaterra, Francia, España y Alemania. Intereses financieros y comerciales han provocado estas intervenciones.
El asunto del comercio y la deuda delatan el verdadero contenido económico de todo movimiento político-militar. Aquellos movimientos que se oponen sólo de palabra al comercio desigual y al pago de la deuda externa o “interna”, pero en realidad contemporizan con estos, sólo constituyen agentes apaciguadores de las masas.
En México, el grueso de las organizaciones de “izquierda”, ni siquiera se atreven a mencionar estas cuestiones o solamente lo hacen de pasada, procurando no inquietar al gran capital internacional. Así demuestran su vena reaccionaria.
Por ello, el programa de la unidad latinoamericana también pasa por establecer una posición común respecto al comercio y la deuda como auténticos ejes del discurso económico de la revolución. En otras palabras, las cuestiones del comercio y la deuda representan la revolución en el terreno económico.
Sólo unos pocos países como Cuba plantean con toda la dureza el problema de la deuda y el comercio mundial. México ha llegado hasta el extremo de pactar un tratado de libre(sic) comercio (el TLCAN) con los EU y Canadá. Otros países oscilan entre el reconocimiento de la problemática y la sumisión a los EU y a Europa occidental. Pero lo cierto es que a pesar de organismos como el MERCOSUR, la región sigue con el grillete de la deuda y el papel de productora de materias primas apenas elaboradas.
¿Cuál sería el objetivo de la revolución latinoamericana?
En el extremo, cancelar el pago de la deuda sin reparaciones de ninguna clase, y en lo referente al comercio, el inicio de una industrialización masiva que hiciera de la región una zona altamente tecnificada, capaz de desplazar a otros países de su lugar en la división internacional del trabajo.
Se trata de tomar la delantera.
Se trata de luchar para retener el capital que el imperialismo se zampa y emplearlo para el desarrollo propio. No es cosa menor, puesto que el imperialismo disputa cada centavo de capital formado en cada región del mundo, y está más que presto a luchar para conservar esas presas.
América Latina tendrá que luchar por su capital, pero la burguesía prefiere cederle la tajada del león a la burguesía extranjera a luchar. Tienen que ser definitivamente los trabajadores los que luchen por el uso provechoso del producto de su labor cotidiana.
Y esto plantea la cuestión del poder, porque quienes tienen que luchar están fuera de él.
No hay mayor dilema teórico al respecto. El problema son los cómos y los cuándo.
Pero ése ya es otro cantar.
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El desarrollo socioeconómico no es, como suponen los liberales, un proceso puramente económico, sino que involucra al conjunto del entramado social, el legado cultural, la situación geográfica, el orden jurídico-político, etc. Involucra problemas que van más allá de la esfera económica y que demandan más que planteamientos de gestión administrativa pública, de los que tanto gustan los llamados ‘tecnócratas’, o más bien, burócratas financieros del Estado.
La renta nacional es materia de litigio en cuanto se la obtiene; pero es en el proceso de producción donde se determina que esto sea así; los burócratas financieros sólo miran la cuestión de la renta, y eso de manera parcial, sesgada, y la producción de esa misma riqueza queda fuera de su radar; por ello la división de la sociedad en clases antagónicas que combaten entre sí, no es algo a considerar, o sólo lo es de manera limitada y deformada, desde el punto de vista de la clase burguesa, como algo que compete a la parte ‘política’ del aparato de Estado y a los partidos políticos. Ciertamente creen en la división del trabajo.
Pero el problema del desarrollo no se limita a la distribución de la renta, en todo caso es más importante el quién controla esa renta, pues de ello depende si se la emplea en el país o en el extranjero, si sus beneficios se quedan acumulados en el país de origen o si van a los bolsillos de los capitalistas imperialistas.
La acumulación de capital, la reinversión completa sumada a recursos adicionales es un factor más importante que la simple división de la renta nacional.
La acumulación de capital acarrea y es producto, a la vez, de procesos más básicos: de la creciente diferenciación de la sociedad en capitalistas y proletarios, de la necesidad de mejorar la producción para mantener el margen de ganancias. En suma, es causa y consecuencia del nacimiento, desarrollo y maduración de las relaciones de producción capitalista, de su extensión al conjunto social, de su creciente dominio de este por el cual se accede al desarrollo económico en el sentido estricto del término, entendiendo por desarrollo económico el desarrollo capitalista.
Porque en ningún momento se ha hablado de otro orden económico que el capitalista, valga la advertencia para quien considere que rebasamos a la realidad “por la izquierda”.
Los burócratas financieros tienen razón cuando miran el desarrollo como acumulación de capital, pero no saben en realidad qué es acumular capital en términos sociales; pues este proceso no se refiere sólo a la acumulación de maquinaria, materias primas, instalaciones, vehículos, etc., ni siquiera a la formación de “capital humano”, la formación de especialistas industriales, etc., se refiere a desarrollar las medidas necesarias para concentrar el capital en cada vez menos poseedores, a centralizar el capital ya existente y a impedir que los trabajadores dejen de laborar en las condiciones apropiadas para la valorización del capital, esto es, que los trabajadores no dejen de ser apéndices de la gran producción mecanizada trabajen en ella o no.
No es gratuito tal olvido, pues la gestión de los asuntos burgueses cercena todo pensamiento independiente en estos profesionales, y los limita al estrecho ámbito del pensamiento burgués.
La gestión económica capitalista se contenta con los procesos parciales al interior de la fábrica, de la rama industrial, incluso del país o del mundo, pero siempre separando la infraestructura (relaciones de producción) de la superestructura (Estado, leyes, instituciones), deshaciendo así el todo social sin volverlo a reconstruir.
El logro de reconocer el todo social y desarrollar las herramientas para su comprensión teórica corresponde al marxismo.
Por ello, esta teoría-método tiene que implantarse sólidamente en América Latina con mayor fuerza que en épocas pasadas, al grado que constituya un elemento inseparable del análisis de la correlación de fuerzas en los movimientos revolucionarios.
El análisis marxista de la economía política es el indicado para la teoría de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, pues es el único que los arma para afrontar la cuestión del desarrollo económico sobre bases científicas frente a los alegatos ideológicos de los liberales, los populistas, los anarquistas y los burócratas financieros.
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La cuestión agraria en América Latina aún cuenta con un peso considerable, no sólo en la economía, sino también en la política y en general en la lucha de clases.
Por principio, es una actividad que emplea una masa importante de trabajadores, sobre todo en las unidades menos productivas; lo cual tiene un impacto particular porque un mínimo aumento en la productividad arroja decenas de miles y aún cientos de miles de trabajadores rurales a las ciudades o al extranjero, proceso que impacta a un país en sólo en términos demográficos y culturales, sino que exacerba la lucha de clases, fortalece a la burguesía y llena al contingente proletario de elementos inestables que sólo con el tiempo se vuelven auténticos elementos de la clase.
Por la parte de la producción, la agricultura es un rubro de primordial importancia pues ciertos productos agrícola llegan incluso a ser los únicos productos que el mercado internacional acepta de América Latina, v. gr., el café, el plátano, el azúcar, la marihuana, la cocaína, el opio, la soya, las hortalizas, etc.; de manera que el imperialismo depara que este tipo de cultivos se fortalezcan en detrimento de otros cultivos y aún de productos industriales, volcando las energías del campo en productos que no reportan beneficios al país, lo que ayuda a perpetuar la dependencia y la desigualdad.
El esquema agrícola está configurad de tal manera que la actividad productiva no sirve realmente a los intereses, necesidades y gustos del país, sino a las necesidades del mercado mundial, esto es, a la burguesía imperialista.
La alimentación se torna cuestión estratégica por cuanto la producción de alimentos no es prioritaria, los países de América Latina se han convertido en importadores de alimentos, sobre todo granos, lo que los pone a merced de los especuladores a escala internacional, quienes siempre buscan el máximo beneficio; lo que determina una “división de la explotación”: los productores agrícolas no producen alimentos, sino, por ejemplo, café, explotan a sus trabajadores para obtener café y les pagan su salario, pero no les proveen de alimentos, por lo que los trabajadores los compran en el mercado, que está en manos de los acaparadores extranjeros, quienes pueden aumentar los precios. De esta manera, los campesinos sirven a dos amos, a quienes les proporcionan trabajo y a quienes los proveen de alimentos, sin contar todo lo demás que compran y que no producen ellos mismos.
La estructura agraria latinoamericana genera y regenera la dominación imperialista en el subcontinente tal como lo hace el resto de la estructura social.
Por ello, entre todas las cuestiones que atañen al movimiento revolucionario de la región, en lo que respecta al campo el punto principal es la determinación exacta del estado que guarda la lucha de clases.
Tarea nada fácil pero indispensable, para lo cual se necesita determinar cómo se distribuye la población en las distintas unidades de producción, determinando cuáles trabajadores son jornaleros, cuáles obreros agrícolas, cuáles pequeños burgueses, grandes burgueses, terratenientes, etc.
Este trabajo indicará cuál es la fuerza revolucionaria en el campo, cuál será el apoyo que el campo proporcionará a la eventual insurrección de la sociedad urbana.
El problema no admite soluciones de principio; no puede descartarse que algunos sectores que pasarían por reaccionarios acabasen transformándose en revolucionarios leales, pues debe recordarse que la situación rural posee una determinación singular en la cuestión de la producción: ahí se dirime en gran medida la cuestión de la posesión de la tierra.
La tierra, como se sabe, constituye un monopolio sobre un bien finito; y su paso de unas manos a otras no se produce con tanta facilidad, incluso en el capitalismo más avanzado, cuando la tierra se transforma en mercancía. Por ello, la posesión de la tierra se torna en una cuestión directamente imbricada en la lucha de clases, pues la pelea por la tierra que se da entre los pequeños y los grandes propietarios es una pelea por los medios de producción; una lucha por la propiedad, esta propiedad hace revolucionario al campesino, con todo lo que eso implica en cuanto a las limitaciones de ese revolucionarismo en la práctica.
Si este revolucionarismo llega más lejos que la reivindicación de la tierra ya es otra cuestión. A este respecto los proletarios urbano-industriales tienen una ventaja, a saber, que su lucha sólo puede ser en común, necesariamente, pues común es su trabajo cotidiano y en común han de arrancar la propiedad a los capitalistas. Mientras que el campesino que lograse obtener su tierra podría cultivarla él solo con su familia, separándose de la continuación de la revolución, e incluso atrincherándose contra la colectivización del trabajo agrícola, lo cual acabaría por impedir la mejora de la producción, estancándola y poniendo en jaque a la ciudad socialista al privarla de los alimentos y materias primas necesarios para su desarrollo y del mercado para sus productos.
Se plantea la disyuntiva de una nueva revolución agraria, con o contra los campesinos, para hacer de ellos productores colectivos, poseedores en común de la tierra junto con todos los demás trabajadores del país, que también tienen derecho a los productos del campo. Posesión, desde luego, que ha de garantizar el Estado de los trabajadores, el Estado socialista.
El camino para lograr esto es una interrogante, la URSS con Stalin emprendió esta segunda revolución por la fuerza, colectivizando a los campesinos en granjas colectivas llamadas sovjoses y koljoses como medio de hacer frente a la crisis de la producción agrícola. El resultado de esto aún es, y seguirá siendo, discutido. Pero es claro que la dirección soviética de entonces comprendía perfectamente la cuestión.
China siguió con la vía capitalista en el campo tras varios intentos de empujar la colectivización socialista de los campesinos. El país constituye una formación social donde se ensamblan diferentes modos de producción con la preeminencia del sector socialista. Pero en lo que respecta al campo, da la impresión de que es la vía capitalista la que impera incontestablemente pues la dirigencia china intenta de esta manera diferenciar al campesinado, aún inmenso, y a la par seguir contando con los productos y el mercado rural. Un poco de la NEP soviética, pero mucho más relajada en lo que respecta a la industria urbana, llegando al extremo de que los “Nepman” chinos han cobrado un gran poder que ignoramos en qué grado influye en las decisiones del PC chino.
América Latina tiene que poner especial atención tanto a las experiencias soviética y china como a la cubana, más cercana aunque no demasiado a las del resto del subcontinente. En Cuba, el monocultivo planteó y plantea todo un reto a la capacidad del país para obtener la gama de artículos que necesita, Cuba era, y aún es en gran medida, una economía cercenada, era un apéndice de la economía de los EU. Al socialismo cubano le benefició la relativa homogeneidad del país y su carácter insular, pero le planteó el reto del abasto de muchos productos y el menudo problema de orientar al campo a la obtención de una producción más variada sin soltar las riendas de los campesinos, de la tierra. El país se ha visto obligado a adquirir alimentos a los mismos EU, a favorecer el turismo, a buscar petróleo en aguas ultraprofundas, en fin, a luchar por obtener divisas para concurrir en el mercado mundial lo menos desventajosamente posible.
Esto no deja de producir deformaciones considerables. Se corre el riesgo de que el campo pase de ser fortaleza a ser debilidad, que en vez de abastecedor y mercado se convierta en productor de descontentos que pongan en jaque al socialismo. Ni siquiera el mejor con el mercado mundial imperialista puede subsanar el déficit agrario pues siempre harán falta divisas.
Ninguno de los retos que se plantean a las masas revolucionarias tiene una solución obvia, por cuanto las sociedades acarrean una larga historia que las determina.
Y la cuestión agraria es, de suyo, una de las más complejas conforme nos alejamos de los países industrializados, hacia la “periferia” capitalista.
Donde los campesinos o pequeños propietarios en general tienen mayor peso demográfico , la cuestión adquiere tintes más dramáticos y se constituye en el eje central de la lucha de clases nacional.
Pero también en países con mayor peso de la población urbana, como México, la cuestión agraria es crucial por lo que respecta tanto a las masas de pequeños productores inmersos en un brutal proceso de diferenciación social que arroja una cantidad descomunal de trabajadores a las ciudades y al extranjero, desplazando fuerza de trabajo que queda mal remunerada o parada y va a engrosar las filas de la miseria urbana, el ejército de reserva del capital.
Los países del área son una reserva del imperialismo, apenas cabe dudarlo, proveen a EU y a Europa occidental de ingentes cantidades de petróleo, plata, cobre, alimentos (soya, plátanos, café, azúcar, etc.), drogas (cocaína, mariguana, opio), y fuerza suplementaria de trabajo.
Esto, y un mercado de más de 200 millones de seres son un territorio a defender.
No puede esperarse que los EU cedan terreno sin luchar, de ahí la cantidad récord de invasiones militares directas e indirectas, las presiones financieras, diplomáticas y la constante intervención en cuestiones políticas e ideológicas que han padecido estos países.
Pero para que esto haya sido posible, ha sido necesario un estado determinado de la lucha de clases al interior de cada país latinoamericano y de los propios EU.
La circunstancia concreta ha sido el predominio de las oligarquías burguesas a lo largo y ancho del subcontinente. Oligarquías que han pactado con el imperialismo para proteger sus intereses contra los de las masas asalariadas y subordinadas.
Las oligarquías temen más a las masas que al imperialismo.
Las masas tienen frente a sí tanto a un enemigo interno como a uno externo. Este doble frente ha conseguido la victoria durante largo tiempo.
Incluso marxistas cabales han cometido el error de considerar a las burguesías “nacionales” como eventuales aliados de las luchas antiimperialistas, cuando en la realidad de los hechos, éstas siempre o casi siempre se han alineado con los extranjeros, y sólo pueden tolerar un movimiento de liberación nacional cuando la fuerza de éste ha sido tal que las ha obligado a ello.
Conviene, por tanto, dejar de lado toda esperanza de contar o llegar a contar con una burguesía antiimperialista en América Latina.
El proletariado y el campesinado han sido, en cambio, casi siempre antiimperialistas; sus luchas los han enfrentado desde épocas ya remotas al capital extranjero, y por ello su conciencia espontánea es instintivamente contraria a la intervención extranjera.
En México baste recordar los sucesos de Cananea, sin hablar de la larga historia de las invasiones, mal llamadas “intervenciones”.
En otros países de América Latina también podemos hallar a cada momento los rostros de la acción de las potencias extranjeras detrás de muchos sucesos históricos.
Inglaterra y los EU, pero también Francia, Alemania y Japón, aunque en menor grado, han sido los países que más han contribuido a configurar la región latinoamericana después de España y Portugal en los primeros siglos de la invasión europea.
Contrario a lo ocurrido en otros países, en América Latina, el avance del capitalismo no ha significado unificación nacional, sino escisión nacional; las capas oligárquicas han terminado por constituirse en un grupo cuasi-nacional por su cuenta.
El auge y el declive del separatismo por capas sociales o por territorios ha sido constante a lo largo de su historia.
Y aunque en el momento presente este separatismo burgués-terrateniente se encuentra más lejano que en otras épocas, sucesos como los de Bolivia o Venezuela lo hacen salir a la luz retrotrayéndonos a la época de la disgregación de la Gran Colombia o del “Imperio” Mexicano de Iturbide.
México, la Gran Colombia, Bolivia y Argentina han pasado, en cambio por las anexiones y auténticos despedazamientos territoriales detrás de los cuales pocas veces ha faltado la mano imperial.
De todos los casos, el más evidente ha sido el de México, donde las fuerzas imperiales actuaron tempranamente y de manera directa: más de la mitad del territorio nacional pasó a posesión de los EU, y el país fue invadido dos veces más en el siglo XX; además, Francia, Inglaterra y España trajeron tropas en una acción ventajosa en la cual el país acabó ocupado por Francia.
Las ocupaciones militares y las anexiones no dejaron de dar sus frutos a lo largo del siglo XX; a la acción militar siguieron las inversiones y los préstamos como nuevo programa de ocupación, comenzó la exportación de capitales.
La exportación de capital hacia América Latina significó que el grillete impuesto bajo el fuego de los cañones se ha cerrado.
Contrario a las vulgares tesis corrientes de los liberales e imperialistas latinoamericanos, el imperialismo ni siquiera en su carácter de exportador de capitales ha significado un factor de desarrollo económico para la región. Muy por el contrario, a la circunstancia concreta de la dominación extranjera ha de atribuirse el actual estado de postración y retraso relativo, la miseria de las masas y el atraso social en general; en suma, la dominación sólo engendra más dominación.
En este punto no cabe la menor concesión, de lo que se trata es de romper las cadenas de la dominación, en primer lugar las político-militares e ideológicas, luego las financieras junto con la dependencia comercial, y al parejo de todo sentar las bases para una eventual liberación de la dependencia tecnológica.
No se trata pues, de un salto único, de un proceso que se resolverá brillantemente en un solo acto; más bien se trata de toda una lucha sostenida por un largo periodo, que sólo encontrará su fin victorioso tras la ingente inversión de fuerzas sociales revolucionarias.
Más de uno ha vacilado al mirar la profundidad de la cuestión y lo agreste del terreno; por ello puede decirse que la libertad solo puede ser lograda ahí donde la cadena del imperialismo es más débil y donde el pueblo que quiere liberarse es más revolucionario.
América Latina tiene aún tareas que resolver y la dominación extranjera impide que sus fuerzas se desarrollen. Arrojar a los extranjeros de estas tierras es precondición de un verdadero desarrollo económico y social.
Ahora que el imperialismo estadunidense presiona con particular ímpetu a sus siervos latinoamericanos, se abre una grieta, una pequeña brecha para dar arranque a una lucha de largo aliento en pos de la liberación nacional.
El analfabetismo funcional, en lo respectivo al imperialismo, que existe tanto en Washington como en las capitales latinoamericanas les hace particularmente temerarios en sus acciones de expoliación, más cínicos en sus intervenciones y aumenta su desprecio por las masas.
Ello abre la brecha de la que hablamos.
Ahora la cuestión de la comprensión de las fuerzas revolucionarias acerca del imperialismo se vuelve crucial.
Ése es otro tema.
El imperio yanqui se halla empantanado en Irak, éste es ya un lugar común.
No lo es tanto el hecho de la emergencia de nuevos poderes incipientes en Eurasia: China, Rusia, India e Irán.
Asia está llena de poderes nucleares, más que Europa: Rusia, el más temible para los EU, también China, India, Pakistán, Israel y la interrogante de Norcorea.
Este poderío nuclear es inmanejable para los EU, ya que, salvo en el caso de Israel, se trata de naciones consolidadas desde hace siglos y aún milenios que poseen ejércitos convencionales magníficamente equipados, poseen también grandes recursos energéticos, tecnológicos y la mayor parte de la población mundial.
Todo aquello con lo que EU sólo cuenta en cantidades limitadas, tiene un gran poder nuclear y termonuclear, alta tecnología, y gran producción de alimentos, así como una cantidad adecuada de población, y por sobre todo eso, es el centro financiero del mundo, el dólar, su moneda, es la moneda de cambio mundial, y cuenta con América Latina como su territorio de repliegue exclusivo.
Pero los EU tienen en contra el creciente poder militar de Rusia y China, que se desarrolla a un costo mucho menor que el yanqui, la base educativa es débil, el dólar es presionado a la baja, como en la coyuntura de los años 1970, la población es cada vez menos apta para la milicia, varios países de América Latina están en franca rebeldía contra el dominio imperial; todo lo cual se conjuga en una actitud a la vez defensiva y agresiva no pocas veces errática, en un gasto desorbitado en armamento y una cínica propaganda que exalta lo peor de los prejuicios burgueses e incluso de épocas anteriores que se creían superados.
De este modo, el imperialismo se complementa con todo aquello que refuerce su poder a costa del ser humano, inclusive de sus propios ciudadanos.
Las fuerzas revolucionarias tienen, por lo tanto, que reforzar su ideología para hacer frente al embate de los poderosos medios de propaganda burgueses: la televisión, la radio, la cinematografía, la prensa, etc. pero también la internet.
Pero, no obstante, las posibilidades no son demasiado malas, la resistencia de la raza humana contra el capitalismo se recrudecerá en cuanto la propia existencia de aquella se vea amenazada, como ya ha ocurrido en épocas recientes, en las guerras mundiales.
Algo más debe advertirse, el declive del imperialismo estadunidense no significa el declive de todo imperialismo, sino únicamente su remplazo por otro más poderoso aún.
Contrariamente a las suposiciones de los optimistas incorregibles, quienes piensan que un naufragio significa el fin de la flota, la realidad es que la estafeta de potencia imperial sólo pasa de un contendiente a otro mientras el capitalismo monopolista continúe siendo el régimen social dominante en el mundo.
Y es aquí donde se llega a la cuestión de la revitalización de la teoría leninista del imperialismo: la necesidad de la supresión revolucionaria del capitalismo monopolista como única vía para acabar con todo género de explotación en el mundo.
De lo contrario, se corre el riesgo de moverse en círculos, derrocando imperio tras imperio, sólo para terminar dándole paso a uno nuevo y más poderoso, que explote aún con más ferocidad, tal como ha ocurrido en la historia, cuando el imperialismo inglés fue derrocado de su trono por los EU, Alemania y Japón, y cuando los EU se impusieron a sus competidores alemanes y japoneses y a su rival socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Sólo que hasta el momento, ninguno de los competidores de los EU han sido capaces de desarrollar la capacidad efectiva de sustituir a aquél país en la posición de potencia dominante, por lo que ello implica en cuanto al control de las finanzas mundiales, capacidad tecnológica y la capacidad de exportar esos capitales y esa tecnología para apoderarse efectivamente de la economía de otros países.
No significa que no se marche en esa dirección. Todo lo contrario, sólo que todavía se trata de un proceso en curso. Lo que hay es una guerra de capitales que buscan trasladar el centro del mundo desde los EU hacia otro país: a China, con otros países como “auxiliares” del cambio: Rusia, India y quizá Brasil.
La gran incógnita es si el proceso acabará por desatar una guerra termonuclear y cuando lo haría.
No se trata de una cuestión de ciencia ficción; la tensión político-militar derivada de la presión económica sobre los EU ya es enorme y se han producido escaladas militares que a las claras son reposicionamientos yanquis agresivamente anti-rusos y anti-chinos: la alianza con Georgia y Polonia, la “independencia” de Kosovo, la tolerancia a la ofensiva turca en Irak, la desestabilización de Pakistán, las ofensivas israelíes en Palestina y Líbano, la desestabilización de Myanmar y del Tibet, la ofensiva en todos los frentes contra Irán, la expansión de la OTAN hacia el este de Europa, el movimiento secesionista en Bolivia y la cruzada anti-chavista en Venezuela, así como el aseguramiento del petróleo mexicano; todo eso y más sólo puede comprenderse en el marco de la defensa conciente que hacen los EU de su posición como potencia central del imperialismo mundial, dejando claro que la sangre derramada será poca siempre que los EU “prevalezcan” sobre sus enemigos y rivales.
Por ello no pueden ser tomados a la ligera. La guerra revolucionaria contra el terror imperialista solo puede conducirse con una estrategia apegada al rigor de los hechos y apoyada firmemente en la teoría leninista del imperialismo.
Esto significa que al remplazo de un imperialismo por otro, los pueblos del mundo han de oponer la guerra revolucionaria, a la menor oportunidad, con el fin de desplazar en definitiva a los grandes grupos imperialistas y así dar fin a las guerras de redivisión del planeta.
Caso contrario, la partición y repartición del mundo en áreas de influencia por parte de los grupos imperialistas seguirá su cauce natural, con el consabido costo para todos los trabajadores que se ha observado en estos ya más de 100 años de predominio monopolista: hambre, miseria, guerras, depredación ambiental, a cambio de las fortunas de una minúscula parte de la población humana.
Las masas necesitan tener presente, en todo momento, que sus intereses y los de la minoría que tiene el poder son incompatibles, y que su permanencia en tal posición entraña más riesgos que los de la lucha revolucionaria, por cuanto se trata de que a la larga el dispendio de recursos naturales y de fuerza de trabajo sólo pueden acarrear el riesgo de extinción de la propia especie humana.
Antes que tales presagios puedan materializarse, es de esperar que las masas reaccionarán con fuerza frente al imperialismo y serán capaces de entablar una serie de luchas que conduzcan, así sea en zigzag, a la supresión de las relaciones de producción capitalistas; lo cual es conditio sine qua non para el paso a la era de verdadera paz y prosperidad que ha prometido el gigantesco avance tecno-científico a la raza humana.
México y América Latina no pueden sustraerse de esta disyuntiva histórica y hacer como si eso fuera tarea de las grandes potencias, que es lo que sostienen los propagandistas del imperialismo en nuestros países. Taimadamente alegan que nosotros somos congénitamente incapaces de luchar por nuestra liberación y por emprender la tarea de empujar el progreso humano; según ellos, el destino de América Latina es ir a remolque del resto del mundo, del imperialismo, sea yanqui o europeo, y lo único que le queda a la región es irse acomodando lo mejor que pueda a tal situación dada.
Esto no puede aceptarse sin mayor trámite, pues eso significaría aceptar que la región no puede sobrevivir por cuenta propia, en suma, que la región carece de historia y de rumbo.
Pero los hechos son testarudos; tan sólo para sobrevivir, así sea miserablemente, la lucha de clases tiene que plantearse y resolverse continuamente, y ante esta certeza, la burguesía puede rabiar, desesperarse, pelear y vencer pírricamente y aumentar la descomposición social, todo lo cual ha venido realizando hasta ahora. Lo que no puede realizar es encabezar la renovación cultural y económica de estas naciones, pues su mismo origen colonial la ha baldado históricamente para tomar este rumbo.
Por tanto, no ha sido ni será la burguesía latinoamericana quien encabece la lucha de liberación nacional de la región, ni siquiera en los términos más burgueses, pues su sujeción al imperialismo es casi completa.
Serán, por lo tanto, las fuerzas de los propios trabajadores las que tendrán a su cuidado la labor de obtener nuevos lugares para América Latina en el concierto mundial de naciones. Ellas tendrán que luchar a brazo partido contra los ejércitos imperiales para lograr transformar la economía expulsando al capital extranjero, a fin de romper el dominio de los monopolios, logrando una mejor posición en la división internacional del trabajo.
Tareas nada simples, pero posibles, como lo demuestran las revoluciones del siglo XX, de donde emergieron varios grupos de naciones que actualmente disputan su lugar a las grandes potencias que dominan el mundo.
América Latina no puede quedar al margen de esta lucha, pues en ella también se juega su futuro.
La integración latinoamericana y el imperialismo.
La cuestión que no queda tan clara es la de las relaciones económicas y político-militares entre los propios países dominados.
Para nadie es desconocido que las naciones dominadas han entrado en conflictos de todo tipo, desde simples pugnas comerciales hasta guerras abiertas.
Ciertamente los intereses imperialistas han estado y estarán detrás, al lado y al frente de estas conflagraciones, pero eso no resuelve la cuestión, por cuanto hacen falta explicaciones más detalladas del por qué fue posible que el imperialismo lograra su objetivo de atizar las discordias.
Y eso no exime al imperialismo de su responsabilidad histórica.
Pero esta “explicación” es tanto más necesaria por cuanto se trata del propio estado de la lucha de clases en los países coloniales y dominados lo que se discute.
¿Qué estado de esa lucha de clases impulsó a Bolivia y a Paraguay a combatir a muerte por un territorio?
Se dirá que el patriotismo, etc. Pero eso no resuelve la cuestión.
La cuestión se amplía de hecho: ¿Por qué el “patriotismo” empujó a los pueblos a la guerra?, ¿a quién benefició ésta?
Incógnitas.
O no tan incógnitas, sabemos de los intereses de las oligarquías. En Bolivia, por ejemplo, se trataba de abrirse paso al mercado mundial a través del Mar del Plata, y a las potencias extranjeras debió interesarles mucho la cuestión de la ruta del estaño boliviano.
Y aquí sólo comienza la cuestión.
Esto viene a cuento por la traída y llevada cuestión de la unidad latinoamericana, a veces utopía populista, panacea revolucionaria antiimperialista, y las más de las veces, tema de discursos en cumbres regionales.
El tema no admite un abordaje simplista, se trata de una cuestión candente en la lucha de liberación de los pueblos de la región.
Mucho del problema consiste en ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por unidad latinoamericana.
Unión aduanal, frente político, libre comercio, integración nacional; no hay manera de sugerir una secuencia de fases o un límite a lo que se plantea.
Y a partir de ahí, se deshilvanan toda serie de ideas enrevesadas.
Unos optan por una cosa u otra, toleran otras, y algunos inclusive miran a la integración total como un fin último al final de la carrera.
¿Qué hay de firme en todo esto?
Lo cierto es que América Latina no puede enfrentar a los EU por separado, incluso en su declinación eventual, un bloque sólido de naciones, incluso con gobiernos de derecha, pues de lo que se trataría es de arrancar las mayores ventajas al imperialismo, y aquí no cabe atizar conflictos innecesarios.
El bloque de negociación, lo más incluyente posible, es algo que sí está en el centro de la cuestión en el momento actual, con la dominación estadunidense en su apogeo.
Mayores avances en este sentido son más que deseables, pero sólo perceptibles en el marco de avances revolucionarios en la lucha de clases.
Es decir, la integración, incluso total, es una legítima aspiración revolucionaria que, sin embargo, requiere mayores presupuestos para materializarse.
¿Qué puede hacer un movimiento revolucionario para avanzar en este sentido?
En principio analizar sistemáticamente la economía, la política y la historia de la región y su relación con el imperialismo, con miras a elaborar un programa realista y práctico de integración nacional.
Es el primer paso y es indispensable para abrir el debate en los medios revolucionarios y de esta manera entender la dialéctica de las relaciones entre los pueblos dominados.
Nunca debe descartarse la posibilidad de conflictos y enfrentamientos graves entre los mismos países dominados, este olvido ha sido y será funesto.
En segundo lugar, reconocer que la propia lucha revolucionaria impele a las naciones a aliarse así sea sólo para consolidar algún avance mínimo, como demuestran los procesos de Venezuela y Bolivia, cuya situación, literalmente los empuja a colaborar, a acercarse a Cuba e Irán.
La unidad, por lo tanto, subyace a la emergencia de las masas trabajadoras como responsables de su destino, como participantes de los procesos históricos; por lo que no cabe ya hablar de una mera ilusión o utopía anticuada, fraguada por los alebrestados de los años 1970.
Es necesario, por tanto, que cada proceso revolucionario ponga especial atención a la cuestión de la integración en cada momento de su lucha, h. e., que valore lo que la integración puede ofrecer de ventajoso y cómo saber hallar apoyos más allá de sus fronteras nacionales; pues de lo que se trata es que se rompa el aislacionismo y el patrioterismo, mirando la causa de América Latina como una sola causa.
Saber pedir ayuda y saber proporcionarla, ésa es la clave de la acción revolucionaria latinoamericana en la actualidad.
Naturalmente, eso va en contra del aislacionismo-excepcionalismo que la oligarquía ha montado sobre el patrioterismo y el nacionalismo burgués.
Tal ideología se formó como una corrupción del sentimiento patriótico levantado contra las invasiones; se ha fomentado la idea de que toda participación extranjera es una invasión, desde luego, toda intervención que no ayude a la burguesía. Ésta denuncia rabiosamente toda solidaridad foránea con los explotados como un atentado a la soberanía “nacional”, pero alaba la “ayuda” y la inversión extranjeras como “actos de buena voluntad”; toda una inversión de los conceptos, con la cual saturan sus medios de propaganda masiva hasta la náusea.
Así, el internacionalismo proletario tiene que volver al derecho la cuestión, plantear sin ambages que toda solidaridad auténtica con los explotados que venga del exterior es positiva, y que toda ayuda a los explotadores es nociva para el desarrollo del país.
Ésta debiera ser la consigna de la lucha por la liberación nacional y por el socialismo.
Los liberales sólo podrían poner reparos a tal consigna haciendo verdaderas piruetas mentales; esto es, por su rechazo a esta consigna se reconoce a los imperialistas emboscados.
Tal es la cuestión. Así se plantea.
Sólo basta reconocer que para los explotadores locales todo lo que los beneficia es bueno, noble, progresista, y todo lo que ayuda a los explotados significa la ruina de la nación.
Basta con poner la fórmula al derecho. Esto es tanto más necesario por cuanto se trata de la cuestión de cuál es la ideología que ha de primar en el campo de los trabajadores: la burguesa o la proletaria. Si es la primera, como ocurre actualmente, ¿qué esperanza queda de obtener la liberación?, y si es la segunda, ¿qué mejor forma de comenzar?
Porque, como dice Julio Hernández López, citando a un escribiente suyo, David Aguilar, “México ‘ha sido dividido por quienes detentan el poder’ y que ‘para aquel que se considera perteneciente al grupo selecto favorecido por el poder, todo el que disienta de su visión de país es naco, indio, jodido, gato, etcétera, y el que de forma abierta expresa descontento o inclusive ira es considerado un terrorista en potencia que merece ser castigado’...” (Astillero, La Jornada, 14 de mayo de 2008, pág. 4).
Las clases explotadas del subcontinente necesitan tener claro, en todo momento que sus intereses jamás serán los mismos que los de sus explotadores.
Tal confusión ha sido funesta en muchas ocasiones a lo largo de la historia; por ello los movimientos revolucionarios de esta época tienen que empezar precisamente por ese punto, sin dar respiro ni tregua a la infiltración ideológica burguesa en el pensamiento de los explotados.
Entonces, lo que se plantea, a la par de la lucha política y económica, es una ofensiva cultural a gran escala, no sólo de propaganda, sino de verdadera educación de las masas sobre bases nuevas, a través de la literatura y el arte, pero sin dejar de pugnar por la toma de los medios masivos: televisión y radio, cuya importancia no puede ser obviada en nuestra época. La revolución bolivariana, la insurrección oaxaqueña de la APPO y, antes que ellas, la revolución cubana, lograron un avance gigantesco en ese sentido, tomando para sí los medios masivos a su alcance para difundir su palabra y su imagen; el logro que tuvieron ha sido enorme y sus consecuencias a mediano y largo plazo serán aún mayores.
Los movimientos revolucionarios, por naturaleza, sólo pueden apostar por la gente explotada; todo aquel militante que vacile ante acciones como las de la APPO en su lucha de 2006, corre el riesgo de caer en las trampas de la ideología burguesa corriente y de ser un estorbo más que una ayuda al propio movimiento.
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En suma, América Latina se enfrenta a un conjunto de tareas de muy diversa índole: establecimiento de la democracia burguesa, liquidación de la propiedad terrateniente, liberación nacional, afirmación nacional bajo la égida proletaria, apropiación efectiva de los recursos naturales y humanos; todo ello encaminado al fin último: la supresión de la propiedad privada capitalista con el remplazo de este orden social por el socialismo, sin descartar un estadio de transición dictatorial en un régimen económico de capitalismo de Estado parecido a la NEP soviética de los años 1920.
No se puede rebajar este camino de transformación sin arriesgarse a volver a repetir fases superadas; quienes pretenden que la liberación del subcontinente puede lograrse bajo el capitalismo, simple y llanamente ignoran al imperialismo y no tienen la mínima conciencia acerca de lo que significa el desarrollo desigual, y que la dominación imperialista implica un estado de atraso económico y social que tiende a hacerse crónico, por lo cual, periódicamente vuelve a ponerse en el centro del debate político la insurrección de las masas, es decir, la lucha de clases abierta y sin subterfugios.
Otro tanto ocurre con las vías intermedias; sólo constituyen transacciones con el liberalismo y con el imperialismo; constituyen otras tantas puertas falsas que la ideología oficial abre para desviar al movimiento proletario de su cauce.
Algo semejante ocurre con el populismo en sus variantes; de tanto arraigo en América Latina, dada la base campesina de la economía y que a pesar del declive de la masa campesina en número y fuerza y su paso a las filas proletarias, continúa vigente en la orientación de muchos círculos intelectuales urbanos. Como movimiento político, el populismo tiene poco que aportar para desmadejar la hebra de la cuestión imperialista, sobre todo en la medida en que tiende a confundirse cada vez más con el liberalismo.
Las farsas que implican las variantes de liberalismo y populismo han de ser combatidas sin tregua, por cuanto llevan en sí la semilla de la derrota de las masas frente a sus enemigos de clase y, por tanto, frete al imperialismo.
Todo compromiso con la política liberal implica un reconocimiento tácito al imperialismo; no es ya esta época la de la libre competencia, y no puede ya hablarse de un capitalismo progresista salvo que se refiera a determinadas regiones y momentos específicos, mientras que el mundo como un todo es imperialista y reaccionario.
Las componendas con el populismo implican la aceptación más o menos encubierta de la viabilidad de reformas “campesinistas” como avances hacia un socialismo, como “pasos intermedios” en la lucha por la supresión gradual de la explotación.
Uno y otro tipo de arreglos son inaceptables para lograr los grandes objetivos de las masas trabajadoras, incluso de aquellas que las defienden. Por ello, el fin del imperialismo, la unidad latinoamericana y el socialismo no son sino capítulos de una misma obra: la lucha de clases en la región, y en ella participamos todos de una manera u otra, por lo que conviene poner en esta lucha el esfuerzo teórico y la lucha práctica sobre bases leninistas, siempre con miras a su actualización permanente.
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El comercio y la deuda son los mecanismos de que se vale el imperialismo para explotar directamente a América Latina, detrás de ambos se encuentra la fuerza militar de los EU, como lo ha demostrado la historia reciente.
Tenemos todo un inventario de invasiones extranjeras en América Latina, sobre todo de los EU, pero también de Inglaterra, Francia, España y Alemania. Intereses financieros y comerciales han provocado estas intervenciones.
El asunto del comercio y la deuda delatan el verdadero contenido económico de todo movimiento político-militar. Aquellos movimientos que se oponen sólo de palabra al comercio desigual y al pago de la deuda externa o “interna”, pero en realidad contemporizan con estos, sólo constituyen agentes apaciguadores de las masas.
En México, el grueso de las organizaciones de “izquierda”, ni siquiera se atreven a mencionar estas cuestiones o solamente lo hacen de pasada, procurando no inquietar al gran capital internacional. Así demuestran su vena reaccionaria.
Por ello, el programa de la unidad latinoamericana también pasa por establecer una posición común respecto al comercio y la deuda como auténticos ejes del discurso económico de la revolución. En otras palabras, las cuestiones del comercio y la deuda representan la revolución en el terreno económico.
Sólo unos pocos países como Cuba plantean con toda la dureza el problema de la deuda y el comercio mundial. México ha llegado hasta el extremo de pactar un tratado de libre(sic) comercio (el TLCAN) con los EU y Canadá. Otros países oscilan entre el reconocimiento de la problemática y la sumisión a los EU y a Europa occidental. Pero lo cierto es que a pesar de organismos como el MERCOSUR, la región sigue con el grillete de la deuda y el papel de productora de materias primas apenas elaboradas.
¿Cuál sería el objetivo de la revolución latinoamericana?
En el extremo, cancelar el pago de la deuda sin reparaciones de ninguna clase, y en lo referente al comercio, el inicio de una industrialización masiva que hiciera de la región una zona altamente tecnificada, capaz de desplazar a otros países de su lugar en la división internacional del trabajo.
Se trata de tomar la delantera.
Se trata de luchar para retener el capital que el imperialismo se zampa y emplearlo para el desarrollo propio. No es cosa menor, puesto que el imperialismo disputa cada centavo de capital formado en cada región del mundo, y está más que presto a luchar para conservar esas presas.
América Latina tendrá que luchar por su capital, pero la burguesía prefiere cederle la tajada del león a la burguesía extranjera a luchar. Tienen que ser definitivamente los trabajadores los que luchen por el uso provechoso del producto de su labor cotidiana.
Y esto plantea la cuestión del poder, porque quienes tienen que luchar están fuera de él.
No hay mayor dilema teórico al respecto. El problema son los cómos y los cuándo.
Pero ése ya es otro cantar.
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El desarrollo socioeconómico no es, como suponen los liberales, un proceso puramente económico, sino que involucra al conjunto del entramado social, el legado cultural, la situación geográfica, el orden jurídico-político, etc. Involucra problemas que van más allá de la esfera económica y que demandan más que planteamientos de gestión administrativa pública, de los que tanto gustan los llamados ‘tecnócratas’, o más bien, burócratas financieros del Estado.
La renta nacional es materia de litigio en cuanto se la obtiene; pero es en el proceso de producción donde se determina que esto sea así; los burócratas financieros sólo miran la cuestión de la renta, y eso de manera parcial, sesgada, y la producción de esa misma riqueza queda fuera de su radar; por ello la división de la sociedad en clases antagónicas que combaten entre sí, no es algo a considerar, o sólo lo es de manera limitada y deformada, desde el punto de vista de la clase burguesa, como algo que compete a la parte ‘política’ del aparato de Estado y a los partidos políticos. Ciertamente creen en la división del trabajo.
Pero el problema del desarrollo no se limita a la distribución de la renta, en todo caso es más importante el quién controla esa renta, pues de ello depende si se la emplea en el país o en el extranjero, si sus beneficios se quedan acumulados en el país de origen o si van a los bolsillos de los capitalistas imperialistas.
La acumulación de capital, la reinversión completa sumada a recursos adicionales es un factor más importante que la simple división de la renta nacional.
La acumulación de capital acarrea y es producto, a la vez, de procesos más básicos: de la creciente diferenciación de la sociedad en capitalistas y proletarios, de la necesidad de mejorar la producción para mantener el margen de ganancias. En suma, es causa y consecuencia del nacimiento, desarrollo y maduración de las relaciones de producción capitalista, de su extensión al conjunto social, de su creciente dominio de este por el cual se accede al desarrollo económico en el sentido estricto del término, entendiendo por desarrollo económico el desarrollo capitalista.
Porque en ningún momento se ha hablado de otro orden económico que el capitalista, valga la advertencia para quien considere que rebasamos a la realidad “por la izquierda”.
Los burócratas financieros tienen razón cuando miran el desarrollo como acumulación de capital, pero no saben en realidad qué es acumular capital en términos sociales; pues este proceso no se refiere sólo a la acumulación de maquinaria, materias primas, instalaciones, vehículos, etc., ni siquiera a la formación de “capital humano”, la formación de especialistas industriales, etc., se refiere a desarrollar las medidas necesarias para concentrar el capital en cada vez menos poseedores, a centralizar el capital ya existente y a impedir que los trabajadores dejen de laborar en las condiciones apropiadas para la valorización del capital, esto es, que los trabajadores no dejen de ser apéndices de la gran producción mecanizada trabajen en ella o no.
No es gratuito tal olvido, pues la gestión de los asuntos burgueses cercena todo pensamiento independiente en estos profesionales, y los limita al estrecho ámbito del pensamiento burgués.
La gestión económica capitalista se contenta con los procesos parciales al interior de la fábrica, de la rama industrial, incluso del país o del mundo, pero siempre separando la infraestructura (relaciones de producción) de la superestructura (Estado, leyes, instituciones), deshaciendo así el todo social sin volverlo a reconstruir.
El logro de reconocer el todo social y desarrollar las herramientas para su comprensión teórica corresponde al marxismo.
Por ello, esta teoría-método tiene que implantarse sólidamente en América Latina con mayor fuerza que en épocas pasadas, al grado que constituya un elemento inseparable del análisis de la correlación de fuerzas en los movimientos revolucionarios.
El análisis marxista de la economía política es el indicado para la teoría de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, pues es el único que los arma para afrontar la cuestión del desarrollo económico sobre bases científicas frente a los alegatos ideológicos de los liberales, los populistas, los anarquistas y los burócratas financieros.
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La cuestión agraria en América Latina aún cuenta con un peso considerable, no sólo en la economía, sino también en la política y en general en la lucha de clases.
Por principio, es una actividad que emplea una masa importante de trabajadores, sobre todo en las unidades menos productivas; lo cual tiene un impacto particular porque un mínimo aumento en la productividad arroja decenas de miles y aún cientos de miles de trabajadores rurales a las ciudades o al extranjero, proceso que impacta a un país en sólo en términos demográficos y culturales, sino que exacerba la lucha de clases, fortalece a la burguesía y llena al contingente proletario de elementos inestables que sólo con el tiempo se vuelven auténticos elementos de la clase.
Por la parte de la producción, la agricultura es un rubro de primordial importancia pues ciertos productos agrícola llegan incluso a ser los únicos productos que el mercado internacional acepta de América Latina, v. gr., el café, el plátano, el azúcar, la marihuana, la cocaína, el opio, la soya, las hortalizas, etc.; de manera que el imperialismo depara que este tipo de cultivos se fortalezcan en detrimento de otros cultivos y aún de productos industriales, volcando las energías del campo en productos que no reportan beneficios al país, lo que ayuda a perpetuar la dependencia y la desigualdad.
El esquema agrícola está configurad de tal manera que la actividad productiva no sirve realmente a los intereses, necesidades y gustos del país, sino a las necesidades del mercado mundial, esto es, a la burguesía imperialista.
La alimentación se torna cuestión estratégica por cuanto la producción de alimentos no es prioritaria, los países de América Latina se han convertido en importadores de alimentos, sobre todo granos, lo que los pone a merced de los especuladores a escala internacional, quienes siempre buscan el máximo beneficio; lo que determina una “división de la explotación”: los productores agrícolas no producen alimentos, sino, por ejemplo, café, explotan a sus trabajadores para obtener café y les pagan su salario, pero no les proveen de alimentos, por lo que los trabajadores los compran en el mercado, que está en manos de los acaparadores extranjeros, quienes pueden aumentar los precios. De esta manera, los campesinos sirven a dos amos, a quienes les proporcionan trabajo y a quienes los proveen de alimentos, sin contar todo lo demás que compran y que no producen ellos mismos.
La estructura agraria latinoamericana genera y regenera la dominación imperialista en el subcontinente tal como lo hace el resto de la estructura social.
Por ello, entre todas las cuestiones que atañen al movimiento revolucionario de la región, en lo que respecta al campo el punto principal es la determinación exacta del estado que guarda la lucha de clases.
Tarea nada fácil pero indispensable, para lo cual se necesita determinar cómo se distribuye la población en las distintas unidades de producción, determinando cuáles trabajadores son jornaleros, cuáles obreros agrícolas, cuáles pequeños burgueses, grandes burgueses, terratenientes, etc.
Este trabajo indicará cuál es la fuerza revolucionaria en el campo, cuál será el apoyo que el campo proporcionará a la eventual insurrección de la sociedad urbana.
El problema no admite soluciones de principio; no puede descartarse que algunos sectores que pasarían por reaccionarios acabasen transformándose en revolucionarios leales, pues debe recordarse que la situación rural posee una determinación singular en la cuestión de la producción: ahí se dirime en gran medida la cuestión de la posesión de la tierra.
La tierra, como se sabe, constituye un monopolio sobre un bien finito; y su paso de unas manos a otras no se produce con tanta facilidad, incluso en el capitalismo más avanzado, cuando la tierra se transforma en mercancía. Por ello, la posesión de la tierra se torna en una cuestión directamente imbricada en la lucha de clases, pues la pelea por la tierra que se da entre los pequeños y los grandes propietarios es una pelea por los medios de producción; una lucha por la propiedad, esta propiedad hace revolucionario al campesino, con todo lo que eso implica en cuanto a las limitaciones de ese revolucionarismo en la práctica.
Si este revolucionarismo llega más lejos que la reivindicación de la tierra ya es otra cuestión. A este respecto los proletarios urbano-industriales tienen una ventaja, a saber, que su lucha sólo puede ser en común, necesariamente, pues común es su trabajo cotidiano y en común han de arrancar la propiedad a los capitalistas. Mientras que el campesino que lograse obtener su tierra podría cultivarla él solo con su familia, separándose de la continuación de la revolución, e incluso atrincherándose contra la colectivización del trabajo agrícola, lo cual acabaría por impedir la mejora de la producción, estancándola y poniendo en jaque a la ciudad socialista al privarla de los alimentos y materias primas necesarios para su desarrollo y del mercado para sus productos.
Se plantea la disyuntiva de una nueva revolución agraria, con o contra los campesinos, para hacer de ellos productores colectivos, poseedores en común de la tierra junto con todos los demás trabajadores del país, que también tienen derecho a los productos del campo. Posesión, desde luego, que ha de garantizar el Estado de los trabajadores, el Estado socialista.
El camino para lograr esto es una interrogante, la URSS con Stalin emprendió esta segunda revolución por la fuerza, colectivizando a los campesinos en granjas colectivas llamadas sovjoses y koljoses como medio de hacer frente a la crisis de la producción agrícola. El resultado de esto aún es, y seguirá siendo, discutido. Pero es claro que la dirección soviética de entonces comprendía perfectamente la cuestión.
China siguió con la vía capitalista en el campo tras varios intentos de empujar la colectivización socialista de los campesinos. El país constituye una formación social donde se ensamblan diferentes modos de producción con la preeminencia del sector socialista. Pero en lo que respecta al campo, da la impresión de que es la vía capitalista la que impera incontestablemente pues la dirigencia china intenta de esta manera diferenciar al campesinado, aún inmenso, y a la par seguir contando con los productos y el mercado rural. Un poco de la NEP soviética, pero mucho más relajada en lo que respecta a la industria urbana, llegando al extremo de que los “Nepman” chinos han cobrado un gran poder que ignoramos en qué grado influye en las decisiones del PC chino.
América Latina tiene que poner especial atención tanto a las experiencias soviética y china como a la cubana, más cercana aunque no demasiado a las del resto del subcontinente. En Cuba, el monocultivo planteó y plantea todo un reto a la capacidad del país para obtener la gama de artículos que necesita, Cuba era, y aún es en gran medida, una economía cercenada, era un apéndice de la economía de los EU. Al socialismo cubano le benefició la relativa homogeneidad del país y su carácter insular, pero le planteó el reto del abasto de muchos productos y el menudo problema de orientar al campo a la obtención de una producción más variada sin soltar las riendas de los campesinos, de la tierra. El país se ha visto obligado a adquirir alimentos a los mismos EU, a favorecer el turismo, a buscar petróleo en aguas ultraprofundas, en fin, a luchar por obtener divisas para concurrir en el mercado mundial lo menos desventajosamente posible.
Esto no deja de producir deformaciones considerables. Se corre el riesgo de que el campo pase de ser fortaleza a ser debilidad, que en vez de abastecedor y mercado se convierta en productor de descontentos que pongan en jaque al socialismo. Ni siquiera el mejor con el mercado mundial imperialista puede subsanar el déficit agrario pues siempre harán falta divisas.
Ninguno de los retos que se plantean a las masas revolucionarias tiene una solución obvia, por cuanto las sociedades acarrean una larga historia que las determina.
Y la cuestión agraria es, de suyo, una de las más complejas conforme nos alejamos de los países industrializados, hacia la “periferia” capitalista.
Donde los campesinos o pequeños propietarios en general tienen mayor peso demográfico , la cuestión adquiere tintes más dramáticos y se constituye en el eje central de la lucha de clases nacional.
Pero también en países con mayor peso de la población urbana, como México, la cuestión agraria es crucial por lo que respecta tanto a las masas de pequeños productores inmersos en un brutal proceso de diferenciación social que arroja una cantidad descomunal de trabajadores a las ciudades y al extranjero, desplazando fuerza de trabajo que queda mal remunerada o parada y va a engrosar las filas de la miseria urbana, el ejército de reserva del capital.
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