La archisabida divisa romana divide et impera o “divide y vencerás”, cobra un particular sentido en la sociedad capitalista.
Las clases sociales, en la teoría, se presentan como totalidades, o sea, como sistemas relativamente uniformes, determinados por una serie de características identificables con unas determinadas condiciones de existencia, una ideología, una determinada organización (o desorganización) política, etc., de manera que una clase no resulta idéntica a la suma simple de los individuos que la componen, sino que es esa suma en su contexto y desarrollo históricos, en el tiempo.
La clase capitalista, aquella que posee el capital, suele ser identificada con ciertas prácticas de consumo, o sea, con el derroche y el lujo, pero esto no es más que la apariencia exterior de la clase. La clase capitalista se caracteriza por ocupar un lugar jerárquico en la sociedad, lugar determinado por su capacidad de valorizar su capital, por su capacidad de obtener ganancias. A mayor capital, más alto el lugar en la jerarquía social. Ello impulsa espontáneamente a cada capitalista individual a buscar la mayor ganancia en cada negocio en que se involucra, sin importar demasiado la naturaleza del negocio y quien resulte perjudicado. El negocio armamentista es un ejemplo extremo, pues se produce capacidad de destrucción para obtener ganancias.
El otro extremo de la sociedad lo integran los productores directos de las mercancías, es decir, los asalariados, trabajadores que a resultas de las revoluciones anti-feudales fueron despojados de los medios para obtener su sustento, y de esta manera obligados a buscar un salario pagado por los dueños del capital, a cambio del cual tienen que entregar trabajo extra no pagado que se convierte en la ganancia de los capitalistas.
Por otra parte, en una sociedad concreta, las clases presentan una gran variedad de aspectos, de manera que una clase concreta no se limita a describirse por medio de su posición frente a la producción, sino que puede también distinguirse por cuestiones nacionales, étnicas, religiosas, etc. Por ejemplo, en un país como México, las clases también se distinguen por su origen étnico y por su identificación nacional, entre otras características. Esto hace que la lucha de clases concreta se desarrolle siempre como un conflicto que termina por involucrar cuestiones nacionales, religiosas, de género, etc. Más aún, de hecho, en México y Latinoamérica los conflictos de clase se presentan como conflictos de etnia, religiosos, o nacionales antes que como tales conflictos de clase.
Una clase tiene que realizar al mismo tiempo dos grandes luchas, una para aglutinarse a sí misma, y otra para dividir a la clase opuesta, los grupos más dinámicos y poderosos al interior de cada clase son los que reúnen en sí mismos la capacidad y los recursos para conquistar el liderazgo de la clase, desplazando a los elementos indisciplinados o susceptibles de pasarse al lado contrario, evitando así que las divisiones internas predominen sobre la necesidad de coaligarse contra la clase antagónica.
Por otra parte, la división de la clase antagónica es una pieza fundamental de lucha de clases, para ello se procede a crear una base entre aquellos grupos que manifiestan afinidad a la ideología de la propia clase, o bien que aunque tengan condiciones de vida idénticos a los del resto de la clase, manifiesten inconformidad con su situación dentro de esta, percibiendo una contradicción entre sus aspiraciones de ascenso y las formas de la competencia dentro del capitalismo.
La gran burguesía monopolista, fracción dominante dentro de la clase capitalista, ha afinado cuidadosamente los instrumentos políticos e ideológicos con que libra su lucha de clases contra los asalariados, buscando siempre evitar que se constituyan plenamente en clase proletaria en todos los sentidos, o sea, en una clase militante con reivindicaciones propias. A este fin, la burguesía monopolista fomenta activamente la división étnica, o sea, el racismo, el nacionalismo burgués, la religión (“opio del pueblo”) y la opresión de la mujer (formación de un sub-proletariado no reconocido), a fin de contar con grupos de asalariados en qué apoyarse cuando alguna fracción del proletariado intenta luchar contra la opresión de manera aislada. Los capitalistas lanzan entonces a una fracción del proletariado contra otra, instrumentan el esquirolaje económico como el político y el ideológico.
El esquirolaje económico es plenamente identificable, los esquiroles económicos no son otra cosa que los rompe-huelgas, más sutiles son los esquiroles políticos e ideológicos, pero son igualmente dañinos. En el terreno ideológico podemos hallar grupos de trabajadores que luchan abiertamente por la defensa de los prejuicios capitalistas, es el caso de muchas organizaciones sindicales que le han dado la espalda al socialismo, y que defienden a ultranza el “derecho al trabajo” burgués, pretendiendo que atacando al monopolismo desde un punto de vista “liberal” se combate la opresión de los trabajadores.
Además, no pocos grupos de trabajadores defienden y defenderán los exclusivismos religiosos y nacionales, sacrificando la unidad obrera. La lucha en este terreno, como en el político, sin embargo, tiene, gracias a la crisis del capitalismo, visos de solución pues en el marco de la crisis, el sistema capitalista es cada vez más incapaz de realizar las expectativas, no ya de las masas trabajadoras, sino incluso de los mismos capitalistas, que arrecian la competencia y ahondan en la división de su propia clase, circunstancia que el proletariado puede y debe aprovechar para aplastar el esquirolaje ideológico, como paso previo a la emergencia política del proletariado revolucionario.
Así, el capitalismo crea diferencias salariales y en oportunidades de empleo, con base en diferencias étnicas, de edad, de género. El capitalismo, en tanto que modo de producción busca siempre asegurar las condiciones de reproducción de las relaciones de producción que le son características: dedica esfuerzos monumentales al aseguramiento de las materias primas y a la reposición de máquinas y equipos, pero, paradójicamente, la reproducción de las relaciones de dominación, de la esclavitud asalariada, está fuera de la esfera de la producción de mercancías, compete al Estado, a la familia, la iglesia, a los medios de comunicación, que tienen que asegurar que los asalariados se presenten al trabajo. La división del proletariado es un factor esencial en el proceso de reproducción de las relaciones de dominación propias de la sociedad capitalista, pues lo aleja de la posibilidad de convertirse plenamente en clase proletaria, capaz de asumir sus propias reivindicaciones y de formar sus propias organizaciones, de desarrollar la capacidad de guiar a toda la sociedad a una reorganización del trabajo que ponga por delante las necesidades del ser humano, dejando en los museos la historia de la explotación.
jueves, 7 de octubre de 2010
martes, 13 de julio de 2010
El papel del ala izquierda en las organizaciones de masas
Los movimientos de masas populares de todo tipo están, por regla general, divididos en alas opuestas, que comúnmente se denominan de izquierda y de derecha, más una agrupación difusa que oscila entre ambas y que puede llamarse centrista.
Ambas alas se hallan en un constante enfrentamiento por la dirección del movimiento, pues representan tendencias políticas directamente opuestas; la derecha se orienta a la contemporización con el Estado y con las clases dominantes, mientras que la izquierda busca organizar y representar a las masas trabajadoras.
La derecha se apoya en los grupos más vacilantes y más controlados por la ideología burguesa, mientras que la izquierda se apoya en los sectores más cercanos a las doctrinas de emancipación clasista.
Lo que une a izquierda y derecha, es la mutua oposición a la correlación de fuerzas políticas en el entorno nacional, pero incluso dentro de esta identidad de intereses, la diferencia entre los métodos de ambas alas del movimiento popular es notoria; la derecha cree que la forma de “lucha” primordial es la que se realiza en torno a acuerdos parlamentarios, y lo demás es mero “radicalismo”; la izquierda, en cambio, persigue la mejor educación y organización de las masas como un medio de formar verdaderos ejércitos de la lucha de clases, sin descartar la necesidad de acuerdos, pues la correlación de fuerzas en la política suele orillar a ello, pero definitivamente lo que separa a izquierda y derecha es la vocación por las masas de la primera, y la vocación por las componendas de la segunda.
En periodos de retroceso de las masas, que usualmente siguen a las derrotas, la izquierda tiene frente a sí la situación más difícil y que reclama más cautela, pues la correlación interna del movimiento se corre a la derecha, que puede tomar para sí la dirección del movimiento en su conjunto. Y esto no depende tanto, como se cree, de tal o cual maniobra tramposa o deshonesta de las camarillas derechistas, sino de la posibilidad de que tales maniobras pasen sin una oposición real de la izquierda.
La izquierda tiene frente a ella dos opciones: la defección o el retroceso en orden. Ambas opciones plantean cuestiones importantes.
Lo que tiene que plantearse en primer lugar son los objetivos generales que persigue el ala izquierda, o sea, aquello que constituye su programa. El ala derecha tiene un programa bien establecido: contemporizar con el Estado y las fuerzas conservadoras a cambio de reformas mínimas que le permitan levantar cara frente a los explotados. Los grupos dirigentes persiguen cargos partidistas y parlamentarios y de ser posible, cargos de elección. No hay más. El ala derecha es una extensión del Estado al interior del movimiento popular y actúa en consecuencia.
El ala izquierda tiene como fin la constitución de un poder popular verdaderamente democrático, para lo cual requiere que las masas participen directamente de la gestión del Estado, y el movimiento no sólo debe ser el vehículo para ello, sino la escuela de democracia popular. En momentos de auge del movimiento espontáneo de las masas, surge la necesidad de que el ala izquierda luche por asumir la dirección del movimiento, por medio de sus cuadros más destacados, que encausen la energía de las masas hacia objetivos concretos. En tiempos de reflujo de las masas, la situación se torna visiblemente más compleja, pues los cuadros del ala izquierda, sin ceder sus posiciones a la derecha sí tienen que evitar convalidar las maniobras derechistas que vayan dirigidas a socavar los intereses populares. Tienen que aprovechar toda oportunidad para desenmascarar las componendas derechistas y educar políticamente a las masas con el ejemplo, dejando claro quien representa a las masas y quien representa únicamente sus propias ambiciones personales.
Ambas alas se hallan en un constante enfrentamiento por la dirección del movimiento, pues representan tendencias políticas directamente opuestas; la derecha se orienta a la contemporización con el Estado y con las clases dominantes, mientras que la izquierda busca organizar y representar a las masas trabajadoras.
La derecha se apoya en los grupos más vacilantes y más controlados por la ideología burguesa, mientras que la izquierda se apoya en los sectores más cercanos a las doctrinas de emancipación clasista.
Lo que une a izquierda y derecha, es la mutua oposición a la correlación de fuerzas políticas en el entorno nacional, pero incluso dentro de esta identidad de intereses, la diferencia entre los métodos de ambas alas del movimiento popular es notoria; la derecha cree que la forma de “lucha” primordial es la que se realiza en torno a acuerdos parlamentarios, y lo demás es mero “radicalismo”; la izquierda, en cambio, persigue la mejor educación y organización de las masas como un medio de formar verdaderos ejércitos de la lucha de clases, sin descartar la necesidad de acuerdos, pues la correlación de fuerzas en la política suele orillar a ello, pero definitivamente lo que separa a izquierda y derecha es la vocación por las masas de la primera, y la vocación por las componendas de la segunda.
En periodos de retroceso de las masas, que usualmente siguen a las derrotas, la izquierda tiene frente a sí la situación más difícil y que reclama más cautela, pues la correlación interna del movimiento se corre a la derecha, que puede tomar para sí la dirección del movimiento en su conjunto. Y esto no depende tanto, como se cree, de tal o cual maniobra tramposa o deshonesta de las camarillas derechistas, sino de la posibilidad de que tales maniobras pasen sin una oposición real de la izquierda.
La izquierda tiene frente a ella dos opciones: la defección o el retroceso en orden. Ambas opciones plantean cuestiones importantes.
Lo que tiene que plantearse en primer lugar son los objetivos generales que persigue el ala izquierda, o sea, aquello que constituye su programa. El ala derecha tiene un programa bien establecido: contemporizar con el Estado y las fuerzas conservadoras a cambio de reformas mínimas que le permitan levantar cara frente a los explotados. Los grupos dirigentes persiguen cargos partidistas y parlamentarios y de ser posible, cargos de elección. No hay más. El ala derecha es una extensión del Estado al interior del movimiento popular y actúa en consecuencia.
El ala izquierda tiene como fin la constitución de un poder popular verdaderamente democrático, para lo cual requiere que las masas participen directamente de la gestión del Estado, y el movimiento no sólo debe ser el vehículo para ello, sino la escuela de democracia popular. En momentos de auge del movimiento espontáneo de las masas, surge la necesidad de que el ala izquierda luche por asumir la dirección del movimiento, por medio de sus cuadros más destacados, que encausen la energía de las masas hacia objetivos concretos. En tiempos de reflujo de las masas, la situación se torna visiblemente más compleja, pues los cuadros del ala izquierda, sin ceder sus posiciones a la derecha sí tienen que evitar convalidar las maniobras derechistas que vayan dirigidas a socavar los intereses populares. Tienen que aprovechar toda oportunidad para desenmascarar las componendas derechistas y educar políticamente a las masas con el ejemplo, dejando claro quien representa a las masas y quien representa únicamente sus propias ambiciones personales.
jueves, 8 de julio de 2010
Las relaciones de producción en América Latina.
Al mediar el siglo XX, surgió una polémica en torno a la naturaleza del desenvolvimiento del modo de producción en América Latina, polémica estimulada en gran medida por los procesos de liberación nacional que sacudieron la región. La discusión tuvo un giro importante a partir de la obra de André Gunder Frank, quien habló del “desarrollo del subdesarrollo” y empató el proceso colonial de América Latina con el proceso de acumulación originaria del capital(1).
La coordenada principal del estudio de Frank era la importancia primordial que concedía a la formación de lazos económicos entre las metrópolis y las colonias latinoamericanas. Para Frank, las contradicciones internas eran secundarias, sobredeterminadas por el conflicto con el imperialismo.
Tales tesis presuponían que el cariz del modo de producción latinoamericano era, si no abiertamente capitalista, sí de un tipo intermedio con predominancia de relaciones mercantiles o capitalistas inmaduras en rápido tránsito al capitalismo. De otro modo no podía sostenerse la tesis de una dominación externa capitalista o en vías de serlo, no cabía hablar de relaciones de corte esclavista o feudal.
No tardó en sobrevenir el choque con los materialistas ortodoxos, para los cuales la sucesión de modos de producción no podía saltarse el modo feudal. En apoyo de sus posiciones vino un caudal de hechos obviados o subestimados por los teóricos “subdesarrollistas” a lo Gunder Frank. En la historia de la invasión española y portuguesa, y en el periodo colonial, el trabajo indio y negro fue siempre de carácter forzado, arrancado por medio de la violencia a los pueblos nativos y a los africanos secuestrados y traídos a América. Es decir, los trabajadores en América Latina fueron o esclavos o semi-siervos. Los ortodoxos apuntaron acertadamente que lo primordial en la investigación de los modos de producción tiene que residir en la investigación de la naturaleza de las relaciones de producción concretas, siguiendo la metodología implantada por Marx, y que era inadecuado plantearse esquemas abstractos tomando como base la naturaleza del intercambio entre países. Un exponente de este grupo ortodoxo es Heinz Dieterich(2), quien realizó una refutación directa de Gunder Frank, haciendo énfasis en la abundante evidencia histórica de la existencia de regímenes de trabajo esclavo y servil en el Perú colonial, y aportando evidencia de la existencia del modo de producción asiático en el Perú antiguo.
Pero algunas cosas se echan de menos en ambas posturas teóricas, y se trata de una tesis esencial de la teoría materialista de los modos de producción aportada por los autores clásicos. Es una tesis muy sencilla: que una formación social concreta históricamente determinada nunca es un modo de producción puro; sino que por el contrario, siempre es una mezcla abigarrada de rasgos, de relaciones de producción que corresponden a diferentes modos de producción; mezcla en la cual un tipo de relaciones predomina sobre las demás, de manera que se puede decir que se trata de una formación social “capitalista”, “feudal”, etc., cuando los rasgos capitalistas, feudales, etc., predominan sobre los demás.
La dificultad de determinar cuáles son las relaciones predominantes, su abigarramiento, su mutua deformación y condicionamiento es grande y requiere muchos estudios regionales previos. Pero se pueden adelantar algunas tesis, basándose en la teoría materialista.
¿Cuáles eran las relaciones presentes en América Latina en el periodo colonial?
A) relaciones comunitarias primitivas,
B) relaciones esclavistas,
C) relaciones serviles,
D) relaciones mercantiles simples y
E) relaciones capitalistas poco desarrolladas.
Los incisos A al D corresponden a relaciones de tipo precapitalista.
Los subdesarrollistas cometen un grave error al ignorar, obviar o pasar por alto la existencia de formas de explotación de corte esclavista y servil en la América colonial, lo que es algo bien documentado, como lo demuestra Dieterich. Algunos subdesarrollistas llegan al extremo de buscarle un carácter mercantil o hasta capitalista a explotaciones netamente esclavistas, lo que es un procedimiento negligente, falto de un rigor mínimo.
Los materialistas ortodoxos, a su vez, pasan por alto una cuestión fundamental para el tema que nos ocupa, el hecho, también ampliamente documentado de la naturaleza que revestían los productos del trabajo en la social colonial. Siendo producidos por semi-siervos, esclavos y unos pocos trabajadores libres, los productos coloniales eran, en buena parte, mercancías; carácter que distaba de corresponder, aparentemente, al tipo de relaciones de producción en que eran elaborados. Pero tal contradicción se verificaba en la realidad. Esclavos y semi-siervos no laboraban los campos y abrían las minas exclusivamente para una economía autárquica, sino para obtener mercancías que se venderían en Europa y Asia; se habla desde luego, del oro, la plata, el azúcar, café, etc. y aún otros productos para consumo colonial, como el cacao, el maíz y el algodón eran materia de intercambio. Tal situación nos remite al sur esclavista de los EUA antes de la guerra de secesión de 1861; en esa época, masas de esclavos negros producían algodón para alimentar las hilaturas de Inglaterra, en un intercambio mercantil simple que hacía a los señores hacendados del sur híbridos de empresarios mercantiles y esclavistas de tipo antiguo.
Otro tanto puede decirse de los colonizadores españoles y portugueses; algunos habrían sido señores de la tierra de corte feudal, otros esclavistas típicos, otros más, híbridos de los anteriores y de negociantes mercantiles, otros habrían sido mercaderes netos, algunos pocos, quizá muy pocos, auténticos capitalistas.
Es un error negar la existencia de un tipo de relaciones para apoyar esquemas preestablecidos. De lo que se trata no es de determinar cuáles relaciones existían, la evidencia aportada por ambas escuelas es contundente: todas las relaciones mencionadas existían en la maraña que era la formación total; de lo que se trata es de determinar qué tipo de relaciones era la que dominaba a las demás.
Al establecer las relaciones dominantes, no se debe proceder de manera simplista, buscando las relaciones que predominan en la mayor parte de las explotaciones, o que abarquen a la mayor cantidad de trabajadores, o de productos, etc., de lo que se trata es de buscar las relaciones que determinan la dinámica de la evolución de la formación social como totalidad, o sea, en visión retrospectiva, las relaciones que acabaron por predominar en términos absolutos y relativos al final del periodo colonial, y que luego redundaron en la moderna formación capitalista.
A nuestro parecer, las relaciones dominantes corresponderían a las mercantiles simples, en vías de convertirse en capitalistas durante el periodo de regímenes liberales.
A nuestro entender, la evidencia de esta afirmación radicaría en la naturaleza de la clase dominante: un tándem conformado por los comerciantes, los hacendados productores de mercancías, los mineros y las casas de contratación de la metrópoli, que unidos formarían una clase terrateniente-mercader volcada a una producción de mercancías basada en el trabajo esclavo y servil, en general, forzado, y sólo por excepción, libremente contratado.
El mundo colonial habría estado conformado pues, por formaciones sociales precapitalistas, ligadas primero indirectamente a los centros capitalistas (Inglaterra, Holanda) a través de España y Portugal, y luego de manera directa, en el periodo de las reformas borbónicas.
Notas
(1) Heinz Dieterich, Relaciones de producción en América Latina, 2ª, 1985, 336 pp.
(2) Ibíd.
La coordenada principal del estudio de Frank era la importancia primordial que concedía a la formación de lazos económicos entre las metrópolis y las colonias latinoamericanas. Para Frank, las contradicciones internas eran secundarias, sobredeterminadas por el conflicto con el imperialismo.
Tales tesis presuponían que el cariz del modo de producción latinoamericano era, si no abiertamente capitalista, sí de un tipo intermedio con predominancia de relaciones mercantiles o capitalistas inmaduras en rápido tránsito al capitalismo. De otro modo no podía sostenerse la tesis de una dominación externa capitalista o en vías de serlo, no cabía hablar de relaciones de corte esclavista o feudal.
No tardó en sobrevenir el choque con los materialistas ortodoxos, para los cuales la sucesión de modos de producción no podía saltarse el modo feudal. En apoyo de sus posiciones vino un caudal de hechos obviados o subestimados por los teóricos “subdesarrollistas” a lo Gunder Frank. En la historia de la invasión española y portuguesa, y en el periodo colonial, el trabajo indio y negro fue siempre de carácter forzado, arrancado por medio de la violencia a los pueblos nativos y a los africanos secuestrados y traídos a América. Es decir, los trabajadores en América Latina fueron o esclavos o semi-siervos. Los ortodoxos apuntaron acertadamente que lo primordial en la investigación de los modos de producción tiene que residir en la investigación de la naturaleza de las relaciones de producción concretas, siguiendo la metodología implantada por Marx, y que era inadecuado plantearse esquemas abstractos tomando como base la naturaleza del intercambio entre países. Un exponente de este grupo ortodoxo es Heinz Dieterich(2), quien realizó una refutación directa de Gunder Frank, haciendo énfasis en la abundante evidencia histórica de la existencia de regímenes de trabajo esclavo y servil en el Perú colonial, y aportando evidencia de la existencia del modo de producción asiático en el Perú antiguo.
Pero algunas cosas se echan de menos en ambas posturas teóricas, y se trata de una tesis esencial de la teoría materialista de los modos de producción aportada por los autores clásicos. Es una tesis muy sencilla: que una formación social concreta históricamente determinada nunca es un modo de producción puro; sino que por el contrario, siempre es una mezcla abigarrada de rasgos, de relaciones de producción que corresponden a diferentes modos de producción; mezcla en la cual un tipo de relaciones predomina sobre las demás, de manera que se puede decir que se trata de una formación social “capitalista”, “feudal”, etc., cuando los rasgos capitalistas, feudales, etc., predominan sobre los demás.
La dificultad de determinar cuáles son las relaciones predominantes, su abigarramiento, su mutua deformación y condicionamiento es grande y requiere muchos estudios regionales previos. Pero se pueden adelantar algunas tesis, basándose en la teoría materialista.
¿Cuáles eran las relaciones presentes en América Latina en el periodo colonial?
A) relaciones comunitarias primitivas,
B) relaciones esclavistas,
C) relaciones serviles,
D) relaciones mercantiles simples y
E) relaciones capitalistas poco desarrolladas.
Los incisos A al D corresponden a relaciones de tipo precapitalista.
Los subdesarrollistas cometen un grave error al ignorar, obviar o pasar por alto la existencia de formas de explotación de corte esclavista y servil en la América colonial, lo que es algo bien documentado, como lo demuestra Dieterich. Algunos subdesarrollistas llegan al extremo de buscarle un carácter mercantil o hasta capitalista a explotaciones netamente esclavistas, lo que es un procedimiento negligente, falto de un rigor mínimo.
Los materialistas ortodoxos, a su vez, pasan por alto una cuestión fundamental para el tema que nos ocupa, el hecho, también ampliamente documentado de la naturaleza que revestían los productos del trabajo en la social colonial. Siendo producidos por semi-siervos, esclavos y unos pocos trabajadores libres, los productos coloniales eran, en buena parte, mercancías; carácter que distaba de corresponder, aparentemente, al tipo de relaciones de producción en que eran elaborados. Pero tal contradicción se verificaba en la realidad. Esclavos y semi-siervos no laboraban los campos y abrían las minas exclusivamente para una economía autárquica, sino para obtener mercancías que se venderían en Europa y Asia; se habla desde luego, del oro, la plata, el azúcar, café, etc. y aún otros productos para consumo colonial, como el cacao, el maíz y el algodón eran materia de intercambio. Tal situación nos remite al sur esclavista de los EUA antes de la guerra de secesión de 1861; en esa época, masas de esclavos negros producían algodón para alimentar las hilaturas de Inglaterra, en un intercambio mercantil simple que hacía a los señores hacendados del sur híbridos de empresarios mercantiles y esclavistas de tipo antiguo.
Otro tanto puede decirse de los colonizadores españoles y portugueses; algunos habrían sido señores de la tierra de corte feudal, otros esclavistas típicos, otros más, híbridos de los anteriores y de negociantes mercantiles, otros habrían sido mercaderes netos, algunos pocos, quizá muy pocos, auténticos capitalistas.
Es un error negar la existencia de un tipo de relaciones para apoyar esquemas preestablecidos. De lo que se trata no es de determinar cuáles relaciones existían, la evidencia aportada por ambas escuelas es contundente: todas las relaciones mencionadas existían en la maraña que era la formación total; de lo que se trata es de determinar qué tipo de relaciones era la que dominaba a las demás.
Al establecer las relaciones dominantes, no se debe proceder de manera simplista, buscando las relaciones que predominan en la mayor parte de las explotaciones, o que abarquen a la mayor cantidad de trabajadores, o de productos, etc., de lo que se trata es de buscar las relaciones que determinan la dinámica de la evolución de la formación social como totalidad, o sea, en visión retrospectiva, las relaciones que acabaron por predominar en términos absolutos y relativos al final del periodo colonial, y que luego redundaron en la moderna formación capitalista.
A nuestro parecer, las relaciones dominantes corresponderían a las mercantiles simples, en vías de convertirse en capitalistas durante el periodo de regímenes liberales.
A nuestro entender, la evidencia de esta afirmación radicaría en la naturaleza de la clase dominante: un tándem conformado por los comerciantes, los hacendados productores de mercancías, los mineros y las casas de contratación de la metrópoli, que unidos formarían una clase terrateniente-mercader volcada a una producción de mercancías basada en el trabajo esclavo y servil, en general, forzado, y sólo por excepción, libremente contratado.
El mundo colonial habría estado conformado pues, por formaciones sociales precapitalistas, ligadas primero indirectamente a los centros capitalistas (Inglaterra, Holanda) a través de España y Portugal, y luego de manera directa, en el periodo de las reformas borbónicas.
Notas
(1) Heinz Dieterich, Relaciones de producción en América Latina, 2ª, 1985, 336 pp.
(2) Ibíd.
lunes, 7 de junio de 2010
La descomposición del capitalismo
A partir del estallido de la primera guerra mundial, en 1914, el capitalismo, entendido como un régimen mundial o sistema, experimentó su última transición de largo alcance, configurándose en lo que se denomina Capitalismo Monopolista de Estado, o CME; el capitalismo en esta etapa de su desarrollo se integra con un grupo de grandes consorcios trasnacionales que se hallan en lo alto de la estructura económica; aunque esto no significa que las formas anteriores del capital hayan dejado o puedan dejar de existir, pues se observan aun en la actualidad formas tan atrasadas como el trabajo a domicilio o los pequeños negocios familiares, y en muchas partes del mundo perviven incluso formas precapitalistas de producción. Sin embargo, aun las formas más atrasadas de economía están bajo la tutela de las grandes corporaciones, que se sirven de ellas para vender sus productos y para amortiguar los golpes de las crisis.
En los medios cercanos al pensamiento liberal suele creerse que el modo capitalista se halla en una curva ascendente más o menos constante, y que las crisis son meros episodios debidos al manejo deficiente de algunos administradores ineptos o truhanes, que realizan maniobras financieras poco afortunadas. No hay rastro en este análisis de la crisis de largo alcance que el capitalismo manifiesta desde 1914-18, pues los nuevos productos, las recientes industrias y las ciudades nuevas de Asia, sobre todo de China, les parecen evidencia suficiente de que el capital mundial va en ascenso histórico.
Pero basta contraponer la realidad de miseria de millones alrededor del planeta, la devastación ambiental y las guerras presentes y las que se fraguan, para tener evidencias de la naturaleza de la crisis sistémica por la que atraviesa el sistema económico mundial desde hace casi cien años, y que es una crisis terminal.
Esto no quiere decir que el capitalismo está próximo a un “derrumbe” catastrófico, sino que sus contradicciones se van haciendo más acuciantes y reclaman más recursos para irse sobrellevando. O sea, que se requieren cada vez más sacrificios humanos para el Moloch del imperialismo como condición de sobrevivencia del régimen en su conjunto, lo que induce una creciente anarquía social a cambio del mantenimiento de un orden relativo al interior de la producción capitalista.
La riqueza acumulada en algunos lugares del planeta se paga con la miseria creciente de vastas regiones, haciendo que la lucha por la vida sea más desesperada; la abundancia capitalista no significa una abundancia real, esto significa que hay más mercancías, pero no significa que las necesidades de millones de seres humanos estén satisfechas.
El reto de las fuerzas democráticas del mundo consiste precisamente en dar paso a la construcción de un régimen socioeconómico que termine con la devastadora anarquía del capitalismo y la remplace por la cooperación de productores libremente asociados para producir aquello que sea realmente necesario.
En los medios cercanos al pensamiento liberal suele creerse que el modo capitalista se halla en una curva ascendente más o menos constante, y que las crisis son meros episodios debidos al manejo deficiente de algunos administradores ineptos o truhanes, que realizan maniobras financieras poco afortunadas. No hay rastro en este análisis de la crisis de largo alcance que el capitalismo manifiesta desde 1914-18, pues los nuevos productos, las recientes industrias y las ciudades nuevas de Asia, sobre todo de China, les parecen evidencia suficiente de que el capital mundial va en ascenso histórico.
Pero basta contraponer la realidad de miseria de millones alrededor del planeta, la devastación ambiental y las guerras presentes y las que se fraguan, para tener evidencias de la naturaleza de la crisis sistémica por la que atraviesa el sistema económico mundial desde hace casi cien años, y que es una crisis terminal.
Esto no quiere decir que el capitalismo está próximo a un “derrumbe” catastrófico, sino que sus contradicciones se van haciendo más acuciantes y reclaman más recursos para irse sobrellevando. O sea, que se requieren cada vez más sacrificios humanos para el Moloch del imperialismo como condición de sobrevivencia del régimen en su conjunto, lo que induce una creciente anarquía social a cambio del mantenimiento de un orden relativo al interior de la producción capitalista.
La riqueza acumulada en algunos lugares del planeta se paga con la miseria creciente de vastas regiones, haciendo que la lucha por la vida sea más desesperada; la abundancia capitalista no significa una abundancia real, esto significa que hay más mercancías, pero no significa que las necesidades de millones de seres humanos estén satisfechas.
El reto de las fuerzas democráticas del mundo consiste precisamente en dar paso a la construcción de un régimen socioeconómico que termine con la devastadora anarquía del capitalismo y la remplace por la cooperación de productores libremente asociados para producir aquello que sea realmente necesario.
martes, 25 de mayo de 2010
La vocación imperialista y la soberanía nacional
Afirma Lorenzo Meyer que la visita de F. Calderón al cementerio de Arlington ha sido lo más rescatable de la gira del Ejecutivo a EU (MVS Noticias, 24 de mayo de 2010). Según han reportado las crónicas periodísticas, en ese lugar se hayan enterrados los cadáveres o se encuentran las lápidas que corresponden a los soldados estadunidenses caídos en combate, incluyendo aquellos que murieron en las invasiones de los EU a México.
Más allá de las anécdotas, y de la manera vergonzante en que el Ejecutivo rindió el homenaje (sin discursos, en cosa de minutos), lo que resalta es la posición de un historiador tan reconocido como Meyer, especialista en las relaciones México-EU, que no puede ignorar la importancia de los símbolos de cara a la historia, pues sólo tomando en serio las frases (que sólo son frases) acerca de la “relación bilateral”, “nuestros socios americanos”, etc., puede tener algún sentido una valoración positiva del acto.
¿Es que Meyer está a favor de una “alianza” de México no “con los EU”, sino con el imperialismo estadunidense? ¿Es que puede haber tal “alianza” entre el amo y el lacayo?
¿Es que México tiene que convalidar, así sea simbólicamente las invasiones estadunidenses a países soberanos a lo largo de la historia, incluyendo las devastaciones de Irak y Afganistán, de las que hemos sido testigos? ¿O es que el Ejecutivo mexicano visitará pronto Irak y Afganistán para rendir homenaje a los combatientes de la Resistencia?
Meyer habla de reciprocidad, que los presidentes estadunidenses han rendido homenaje a los Niños Héroes en sus visitas a México. Pero, Dr. Meyer, al fin y al cabo, un protocolo nunca ha atado las manos de un imperio, pero sí que ha desprestigiado a un país débil. Unas ceremonias de las que muy pocos se acuerdan no lavan la ignominia que el Estado estadunidense y los grandes capitalistas y racistas de ese país se esfuerzan por refrendar día a día con el trato que dan a los migrantes mexicanos en los EU, con sus atropellos financieros y comerciales, y con el habitual desprecio a la soberanía de nuestro país, ¿O sí basta con una ceremonia y unos ramos de flores, Dr. Meyer?
Sólo el recíproco respeto a la soberanía nacional puede ser la base de una buena convivencia regional en América del Norte, como en cualquier otra parte, entre los países que tienen por fuerza que ser vecinos: México, los EU, Canadá y Cuba.
Más allá de las anécdotas, y de la manera vergonzante en que el Ejecutivo rindió el homenaje (sin discursos, en cosa de minutos), lo que resalta es la posición de un historiador tan reconocido como Meyer, especialista en las relaciones México-EU, que no puede ignorar la importancia de los símbolos de cara a la historia, pues sólo tomando en serio las frases (que sólo son frases) acerca de la “relación bilateral”, “nuestros socios americanos”, etc., puede tener algún sentido una valoración positiva del acto.
¿Es que Meyer está a favor de una “alianza” de México no “con los EU”, sino con el imperialismo estadunidense? ¿Es que puede haber tal “alianza” entre el amo y el lacayo?
¿Es que México tiene que convalidar, así sea simbólicamente las invasiones estadunidenses a países soberanos a lo largo de la historia, incluyendo las devastaciones de Irak y Afganistán, de las que hemos sido testigos? ¿O es que el Ejecutivo mexicano visitará pronto Irak y Afganistán para rendir homenaje a los combatientes de la Resistencia?
Meyer habla de reciprocidad, que los presidentes estadunidenses han rendido homenaje a los Niños Héroes en sus visitas a México. Pero, Dr. Meyer, al fin y al cabo, un protocolo nunca ha atado las manos de un imperio, pero sí que ha desprestigiado a un país débil. Unas ceremonias de las que muy pocos se acuerdan no lavan la ignominia que el Estado estadunidense y los grandes capitalistas y racistas de ese país se esfuerzan por refrendar día a día con el trato que dan a los migrantes mexicanos en los EU, con sus atropellos financieros y comerciales, y con el habitual desprecio a la soberanía de nuestro país, ¿O sí basta con una ceremonia y unos ramos de flores, Dr. Meyer?
Sólo el recíproco respeto a la soberanía nacional puede ser la base de una buena convivencia regional en América del Norte, como en cualquier otra parte, entre los países que tienen por fuerza que ser vecinos: México, los EU, Canadá y Cuba.
lunes, 24 de mayo de 2010
Trotskismo y estalinismo
El trotskismo constituye una de las orientaciones más conocidas de la Revolución Soviética, su principal exponente ha sido Lev Trotsky, revolucionario que tomó parte en el Octubre Rojo y en la primera parte de la construcción del socialismo en la URSS.
Tras la muerte de Lenin, en 1924, el bloque gobernante en la URSS se fracturó y Trotsky fue proscrito, el nuevo bloque, liderado por Iosif Stalin dirigiría al país desde entonces hasta 1953.
Los puntos de desencuentro entre Trotsky y Stalin no podían ser menos importantes, divergían en torno a la cuestión de si la URSS en tanto factor central de la Revolución mundial tenía que adoptar una de dos alternativas: o bien se constituía en vanguardia del movimiento mundial, o bien se convertía en la retaguardia de ese movimiento. La primera opción era defendida por Trotsky, que sostenía que cada revolución nacional debía ser encauzada por la Internacional Comunista (IC), de manera que escalase hasta la revolución socialista en la medida que lo permitieran las circunstancias, la Unión Soviética tenía que adoptar un papel de primera línea en cada movimiento, a través de la IC, pero Trotsky no debió ignorar las implicaciones que tal política podía tener en un ámbito internacional dominado por el imperialismo, o sea, que la intervención de la URSS podía llevar a una gran guerra en su contra por parte de las potencias imperialistas, por ello, Trotsky se apresuraba a reponer que sin una revolución en al menos una de las potencias imperialistas, la Unión Soviética estaba condenada al exterminio, lo que implicaba que en el caso de revoluciones como la de Alemania en 1918 o en 1923, la Unión Soviética debió jugarse el todo por el todo, pues en la revolución alemana se jugaba también la revolución rusa, y que aunque se pudiese perder todo, bien valía el riesgo si había la posibilidad de que un país como Alemania se pasase al socialismo. De lo contrario, advertía, la degeneración burocrática de una URSS aislada era inminente.
El planteamiento estaliniano era el opuesto, ya que la URSS era débil, sería incapaz de resistir un embate conjunto del imperialismo, y era incapaz de mantener un frente revolucionario en un país como Alemania; consideraba un error craso equiparar la URSS a un movimiento revolucionario de la manera en que lo hacía Trotsky, pues la Unión Soviética era también un Estado, un Estado en un país con fuerzas políticas heterogéneas, que a duras penas eran mantenidas a raya por un PCUS cada vez más burocratizado, y que por todo esto, era necesario que la Unión Soviética se mantuviera a raya de los conflictos mundiales, sirviendo de retaguardia a los movimientos locales, y mostrando el ejemplo de la construcción del socialismo con logros prácticos en el terreno económico.
El crudo realismo de Stalin se impuso al voluntarismo de Trotsky, la crisis del movimiento comunista se ahondó y llevó a las purgas de la “vieja guardia” bolchevique, a fines de los 1930s y al asesinato del mismo Trotsky en 1940. La URSS se convirtió en una fortaleza, con todas las implicaciones que eso tenía para la democracia proletaria; la política de la Unión Soviética se guió de manera casi exclusiva por sus necesidades de defensa frente al imperialismo liderado por los EUA, cuyo poder militar y financiero iba en aumento. La retirada del movimiento comunista europeo después de la guerra civil rusa pasó su factura al movimiento ruso, llevando a la dirección soviética a adoptar un compromiso con las más antiguas fuerzas de la vieja Rusia: el nacionalismo gran ruso, el militarismo, la burocracia zarista, el catolicismo ortodoxo y el Islam.
Stalin fue la personificación de esta síntesis, encarnó el compromiso del movimiento obrero revolucionario ruso con las fuerzas nacionales rusas para constituir un frente contra el imperialismo, que era percibido como una amenaza en común.
Trotsky creyó, ingenuamente, quizá de buena fe, que el movimiento obrero era capaz de cargar, por sí mismo el peso, de una ofensiva contra el imperialismo aún en las condiciones de retroceso general del movimiento internacional.
Aún es pronto para decir cual de los dos, Trotsky o Stalin, tuvo la razón.
Tras la muerte de Lenin, en 1924, el bloque gobernante en la URSS se fracturó y Trotsky fue proscrito, el nuevo bloque, liderado por Iosif Stalin dirigiría al país desde entonces hasta 1953.
Los puntos de desencuentro entre Trotsky y Stalin no podían ser menos importantes, divergían en torno a la cuestión de si la URSS en tanto factor central de la Revolución mundial tenía que adoptar una de dos alternativas: o bien se constituía en vanguardia del movimiento mundial, o bien se convertía en la retaguardia de ese movimiento. La primera opción era defendida por Trotsky, que sostenía que cada revolución nacional debía ser encauzada por la Internacional Comunista (IC), de manera que escalase hasta la revolución socialista en la medida que lo permitieran las circunstancias, la Unión Soviética tenía que adoptar un papel de primera línea en cada movimiento, a través de la IC, pero Trotsky no debió ignorar las implicaciones que tal política podía tener en un ámbito internacional dominado por el imperialismo, o sea, que la intervención de la URSS podía llevar a una gran guerra en su contra por parte de las potencias imperialistas, por ello, Trotsky se apresuraba a reponer que sin una revolución en al menos una de las potencias imperialistas, la Unión Soviética estaba condenada al exterminio, lo que implicaba que en el caso de revoluciones como la de Alemania en 1918 o en 1923, la Unión Soviética debió jugarse el todo por el todo, pues en la revolución alemana se jugaba también la revolución rusa, y que aunque se pudiese perder todo, bien valía el riesgo si había la posibilidad de que un país como Alemania se pasase al socialismo. De lo contrario, advertía, la degeneración burocrática de una URSS aislada era inminente.
El planteamiento estaliniano era el opuesto, ya que la URSS era débil, sería incapaz de resistir un embate conjunto del imperialismo, y era incapaz de mantener un frente revolucionario en un país como Alemania; consideraba un error craso equiparar la URSS a un movimiento revolucionario de la manera en que lo hacía Trotsky, pues la Unión Soviética era también un Estado, un Estado en un país con fuerzas políticas heterogéneas, que a duras penas eran mantenidas a raya por un PCUS cada vez más burocratizado, y que por todo esto, era necesario que la Unión Soviética se mantuviera a raya de los conflictos mundiales, sirviendo de retaguardia a los movimientos locales, y mostrando el ejemplo de la construcción del socialismo con logros prácticos en el terreno económico.
El crudo realismo de Stalin se impuso al voluntarismo de Trotsky, la crisis del movimiento comunista se ahondó y llevó a las purgas de la “vieja guardia” bolchevique, a fines de los 1930s y al asesinato del mismo Trotsky en 1940. La URSS se convirtió en una fortaleza, con todas las implicaciones que eso tenía para la democracia proletaria; la política de la Unión Soviética se guió de manera casi exclusiva por sus necesidades de defensa frente al imperialismo liderado por los EUA, cuyo poder militar y financiero iba en aumento. La retirada del movimiento comunista europeo después de la guerra civil rusa pasó su factura al movimiento ruso, llevando a la dirección soviética a adoptar un compromiso con las más antiguas fuerzas de la vieja Rusia: el nacionalismo gran ruso, el militarismo, la burocracia zarista, el catolicismo ortodoxo y el Islam.
Stalin fue la personificación de esta síntesis, encarnó el compromiso del movimiento obrero revolucionario ruso con las fuerzas nacionales rusas para constituir un frente contra el imperialismo, que era percibido como una amenaza en común.
Trotsky creyó, ingenuamente, quizá de buena fe, que el movimiento obrero era capaz de cargar, por sí mismo el peso, de una ofensiva contra el imperialismo aún en las condiciones de retroceso general del movimiento internacional.
Aún es pronto para decir cual de los dos, Trotsky o Stalin, tuvo la razón.
jueves, 13 de mayo de 2010
El ajuste español
Las medidas de ajuste que implementa el Gobierno español pueden ser el campanazo que señale el fin del para-imperialismo español, que por sus aprietos financieros se verá obligado, entre otras cosas, a recortar los fondos de “ayuda” a los países pobres, en unos 600 millones de euros. El capitalismo español, capataz del capital europeo y del estadunidense, está mostrando la debilidad de todo el orden financiero imperialista.
Sin embargo, no esperemos que los cipayos de América Latina aprovechen el momento para sacudirse la lacra del capital español, como sería de esperarse en países que aspiran realmente a progresar. Es de temer que si el ajuste no es suficiente, comience un drenaje de recursos de las inversiones españolas en América Latina, con destino a las matrices en Europa, para salvarlas de la quiebra a costa de los trabajadores de Latinoamérica, que en los últimos años no sólo se matan trabajando para los capitalistas mexicanos y para los estadunidenses, sino también para los españoles, lo que arrecia la lucha por los ya escasos beneficios y desperdiga recursos vitales en pura especulación, o sea apuestas de casino financiero mundial. Quizá pronto veamos el resultado de esta cruenta lucha entre los capitalistas del “viejo mundo” y del “nuevo” continente.
Sin embargo, no esperemos que los cipayos de América Latina aprovechen el momento para sacudirse la lacra del capital español, como sería de esperarse en países que aspiran realmente a progresar. Es de temer que si el ajuste no es suficiente, comience un drenaje de recursos de las inversiones españolas en América Latina, con destino a las matrices en Europa, para salvarlas de la quiebra a costa de los trabajadores de Latinoamérica, que en los últimos años no sólo se matan trabajando para los capitalistas mexicanos y para los estadunidenses, sino también para los españoles, lo que arrecia la lucha por los ya escasos beneficios y desperdiga recursos vitales en pura especulación, o sea apuestas de casino financiero mundial. Quizá pronto veamos el resultado de esta cruenta lucha entre los capitalistas del “viejo mundo” y del “nuevo” continente.
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