Parte I de II: La Sexta y el capitalismo.
En junio de 2005 se publicó la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El apartado III es una exposición de la concepción zapatista de la organización social contemporánea del mundo y nos brinda una mirada a la ideología del zapatismo chiapaneco.
“Ahora vamos a explicarles – comienza la Sexta- cómo es que vemos nosotros los zapatistas lo que pasa en el mundo” (§1). Se identifica al capitalismo como la organización social dominante: “Pues vemos que el capitalismo es el que está más fuerte ahorita.” (§1). Pero más adelante se caracteriza inexactamente al capitalismo como “un sistema social, o sea una forma como en una sociedad están organizadas las cosas y las personas” (§1), pues una organización social no es una organización de las cosas; el valor, el precio, y las demás categorías económicas no emanan de la naturaleza física de los objetos, sino de las relaciones entre quienes las producen. Dicha concepción de la economía como relación entre cosas fue denunciada en su tiempo por Marx como el “fetichismo de la mercancía”. Esta concepción en la Sexta conduce a afirmar que: “En el capitalismo hay unos que tienen dinero, o sea capital y fábricas y tiendas y campos y muchas cosas, y hay otros que no tienen nada, sino que sólo tienen su fuerza y su conocimiento para trabajar; y en el capitalismo mandan los que tienen el dinero y las cosas, y obedecen los que nomás tienen su capacidad de trabajo.” (§1) Es decir, se asigna a las cosas un poder sobre los hombres que emana de una fuerza oculta y misteriosa al entendimiento. Se separa capital, fábricas y demás como formas del “dinero”, siendo que el mismo dinero y las “cosas” no son sino otras tantas formas del capital, éste último, en tanto que magnitud social, como relación social objetiva, se encuentra representado por determinadas cantidades de mercancías, cuyos precios se expresan en “dinero”. Es decir, de trabajo humano “materializado”. Es la posesión de determinada cantidad de capital la que determina “quién manda” y “quién obedece”, no porque las cosas por sí mismas lo determinen, sino porque el capital es una relación social jerárquica.
Afirma en sentido semejante el EZLN: “el capitalismo quiere decir que hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que se encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos” (§2) Aquí se ve con claridad lo dicho anteriormente, ¿acaso los tesoros, las herencias y los premios tienen sentido fuera de una sociedad basada en la explotación? Lo tendrían si “la riqueza” (el valor) emanara, por decirlo así, de los propios objetos y no de determinadas relaciones en las que tales objetos adquieren significado o valor.
Esta concepción fetichista de la explotación lleva al EZLN a caracterizarla como “injusta” (§2): “el capitalismo se basa en la explotación de los trabajadores (...) Esto se hace con injusticias porque al trabajador no le pagan cabal lo que es su trabajo, sino que apenas le dan un salario para que coma un poco y se descanse un tantito, y al otro día vuelta a trabajar en el explotadero, que sea en el campo o en la ciudad” (§2). En realidad, el salario es la justicia en el capitalismo y, por tanto, ya el salario pagado en lo justo, “cabalmente”, representa explotación, pues nunca incluye el valor completo del trabajo, sino sólo de la fuerza de trabajo, sin explotación asalariada no se puede hablar de capitalismo ya que no se podría hablar de ganancia capitalista y por tanto, de orden capitalista.
Esto constituye una concepción moralista y romántica de la organización capitalista: “Y también el capitalismo hace su riqueza con despojo, o sea con robo (...) es un sistema donde los robadores están libres y son admirados y puestos como ejemplo” (§3). Pero se pasa por alto que, en primer lugar, la dominación de los capitalistas también se expresa en el plano jurídico-político de la sociedad, y que por tanto, la posesión de riquezas condiciona un marco jurídico al servicio de la clase capitalista, un marco que busca adecuarse para favorecer el aumento de la ganancia y el mantenimiento de la explotación capitalista. En otras palabras, lo que para unos es “despojo”, para otros es “progreso”. Claro, se dirá, el “robo”, el “despojo”, tipificados como tales por la propia ley se emplean, sistemáticamente en muchos casos, para aumentar el capital; pero ha de responderse que esto incrementa la explotación, no la crea, puede decirse que incluso el capitalismo más honrado es expoliador de la fuerza de trabajo y de la naturaleza.
El fetichismo de la mercancía y la concepción romántica de las relaciones sociales capitalistas y de su jurisprudencia llevan al EZLN a afirmar que: “Y, además de explotar y despojar, el capitalismo reprime porque encarcela y mata a los que se rebelan contra la injusticia” (§4). Más bien, debiera decirse: el capitalismo reprime a los que se oponen a la propiedad burguesa, o sea, a aquella forma de propiedad que priva a las mayorías hasta de lo indispensable para que unos pocos sean ricos.
Dice el EZ: “Al capitalismo lo que más le interesa son las mercancías, porque cuando se compran y se venden dan ganancias”(§5). Y más adelante: “el capitalismo todo lo convierte en mercancías (...) todo se tiene que poder comprar y vender” (§5), pero hace falta indicar con claridad que es la producción de mercancías la que ha creado al capitalismo, primero ha sido el huevo (la mercancía) y luego la gallina (el capitalismo) y no al revés, como pudiera creerse si no se lee con cuidado lo que dice el EZLN. El capitalismo no es un agente externo que llega de las alturas a trastocar el idílico mundo campesino, es, por el contrario, el producto del desarrollo de la sociedad en un momento dado, concretamente hablando, es, en México la culminación de todo un periodo histórico de destrucción de las comunidades agrícolas heredadas de la época prehispánica y que arranca con la invasión española. El EZLN saca una conclusión acertada: “Y todo lo esconde (el capitalismo) detrás de las mercancías para que no veamos la explotación que hace” (§5) y después: “las mercancías se compran y se venden en un mercado. Y resulta que el mercado, además de servir para comprar y vender, también sirve para esconder la explotación de los trabajadores” (§5). Siempre que se conciba dicha explotación como una relación social objetiva e históricamente determinada, la conclusión es justa, y de hecho constituye una denuncia muy didáctica de la concepción fetichista de las mercancías.
Acomete entonces el EZLN la explicación de la expansión propia del capitalismo. Dice: “O sea que en el mercado vemos mercancías, pero no vemos la explotación con la que se hicieron. Y entonces el capitalismo necesita muchos mercados... o un mercado muy grande, un mercado mundial.” (§6). Una y otra cosa son ciertas, pero el EZLN no acierta a dar el paso final y decir entonces que la explotación engendra explotación incrementada, que la búsqueda de ganancias nunca se detiene pues el estancamiento del progreso capitalista es peligroso y se hace necesaria una expansión agresiva y a gran escala de las relaciones de producción capitalistas así como la sujeción de sistemas de producción no capitalistas a lo largo y ancho del planeta. El fetichismo de la mercancía no es un afán de simulación, sino el producto de una dinámica acelerada de acumulación de capitales.
Pero el EZLN parece concebir al capitalismo como un ente ajeno al desarrollo histórico del mundo, o por lo menos como algo fortuito. Afirma: “Y entonces resulta que el capitalismo de ahora no es igual que antes, que están los ricos contentos explotando a los trabajadores en sus países, sino que ahora está en un paso que se llama Globalización Neoliberal. Esta globalización quiere decir que ya no sólo en un país dominan a los trabajadores o en varios, sino que los capitalistas tratan de dominar todo en todo el mundo. Y entonces al mundo, o sea al planeta Tierra, también se le dice que es el ‘el globo terráqueo’ y por eso se dice ‘globalización’ o sea todo el mundo.” (§7) Lo cual es inexacto, el carácter expansivo del capitalismo subyace en sus mismos orígenes y continúa a la fecha solo que ha pasado por diferentes etapas; su expansión inicial corrió por cuenta de un mínimo de inversiones y un gran intercambio de mercancías, predominaban los productores individuales y los precios se determinaban por el precio de producción y por el precio de mercado, pero los capitalistas sólo estaban “contentos explotando en sus países” por cuanto sus medios les impedían llegar más lejos. En cuanto se constituyeron gigantescos consorcios monopolistas, gracias a la centralización y a la concentración de capitales antes dispersos, hacia los años 1870-1900, se impuso el precio de monopolio, la explotación de unos capitalistas sobre otros. El ascenso de los imperios capitalistas, EU, Inglaterra, Francia y Alemania y el Japón, se dio por la competencia de los grandes monopolios nacionales por las áreas de influencia geopolítica, las fuentes de materias primas y los mercados coloniales. Esta etapa, continuación necesaria, objetiva, de la anterior, se denomina internacionalización del capital, expansión imperialista del capital, o simplemente, imperialismo. El EZLN retoma de los economistas vulgares el término de “Globalización Neoliberal”, que nada nos dice del dominio del capital monopolista sobre el conjunto de la economía mundial, ni del carácter predominantemente imperialista de dicha economía, es decir, de la dominación y explotación de la mayor parte del planeta por unos países “avanzados”. Hablar de “globalización” induce a pensar en una expansión uniforme de las relaciones capitalistas en toda la Tierra, cuando el proceso en realidad es una expansión a tirones, desigual y desproporcionada, guiada por la lucha entre monopolios y entre las distintas fracciones de las clases capitalistas de los diferentes países. La desigualdad o desproporcionalidad de la producción es también una característica del capitalismo desde sus albores, y no es privativa de esta época, como a veces se aduce. En cuanto a lo de “neoliberal”, dice el EZLN: “Y el neoliberalismo pues es la idea de que el capitalismo está libre para dominar todo el mundo y ni modos, pues hay que resignarse y conformarse y no hacer bulla, o sea no rebelarse. O sea que el neoliberalismo es como la teoría, el plan pues de la globalización capitalista. Y el neoliberalismo tiene sus planes económicos, militares y culturales. En todos esos planes de lo que se trata es de dominar a todos, y el que no obedece pues lo reprimen o lo apartan para que no pase sus ideas de rebelión a otros.” (§8). Pero la realidad es que no existe tal plan de dominación, sino muchos planes, muchas veces opuestos entre sí y que poco o nada tienen que ver con el pensamiento liberal y todo que ver con la lógica del imperialismo. La viejísima fábula izquierdista del lobo liberal que corrompió a la pequeña producción hace culpables del surgimiento del capitalismo en el siglo XIX a las teorías de Smith y Ricardo, cuando ellos únicamente descubrieron algunas leyes de su funcionamiento, Smith apologizó el orden naciente, Ricardo avanzó en su conversión en objeto de estudio de la ciencia, nada menos... y nada más. El orden imperialista es de hecho la negación del liberalismo, por cuando subordina al mercado a una estructura de monopolios que expolian al conjunto de la sociedad por medio de una estructura jerarquizada de precios monopólicos.
Afirma el EZLN: “Entonces, en la globalización neoliberal, los grandes capitalistas que viven en los países que son poderosos, como Estados Unidos, quieren que todo el mundo se hace como una gran empresa donde se producen mercancías y como un gran mercado. Un mercado mundial, un mercado para comprar y vender todo lo del mundo y para esconder toda la explotación de todo el mundo. Entonces los capitalistas globalizados se meten a todos lados, o sea a todos los países, para hacer sus grandes negocios o sea sus grandes explotaciones. Y entonces no respetan nada y se meten como quiera. O sea que como que hacen una conquista de otros países. Por eso los zapatistas decimos que la globalización neoliberal es una guerra de conquista de todo el mundo, una guerra mundial, una guerra que hace el capitalismo para dominar mundialmente. Y entonces esa conquista a veces es con ejércitos que invaden un país y a la fuerza lo conquistan. Pero a veces es con la economía, o sea que los grandes capitalistas meten su dinero en otro país o le prestan dinero, pero con la condición de que obedezca lo que ellos dicen. Y también se meten con sus ideas, o sea con la cultura capitalista que es la cultura de la mercancía, de la ganancia, del mercado.” (§9) Y aquí queda claro que por “neoliberalismo” debe entenderse una “guerra de conquista de los países poderosos”, claramente se advierte cómo los conceptos de globalización y neoliberalismo castran este párrafo pues impiden ver que los países poderosos no sólo hacen la guerra a los explotados, sino que pelean entre sí por el botín, que tal sojuzgamiento del mundo procede de muchos centros antagónicos entre sí y que por tanto se da en medio de una lucha cruenta y/o incruenta pero siempre sin cuartel entre naciones; que, a fin de cuentas, es una lucha entre poderosos grupos capitalistas monopolistas.
La concepción romántica del EZ del proceso de acumulación del capital trasmina toda la concepción del proceso de expansión del capitalismo en extensión, pero también sobre el proceso de expansión en intensidad, esto es, la incorporación de nuevos procesos productivos y de nuevas capas de población a la dinámica de la explotación capitalista en países que ya son capitalistas. Esto se trasluce claramente cuando el EZLN afirma: “el capitalismo hace como quiere, o sea que destruye y cambia lo que no le gusta y elimina lo que le estorba. Por ejemplo, le estorban los que no producen ni compran ni venden las mercancías de la modernidad, o los que se rebelan a este orden. Y a esos que no le sirven, pues los desprecia.” (§10). ¿En qué consiste ese desprecio?, “el capitalismo neoliberal también quita las leyes que no lo dejan hacer muchas explotaciones y tener muchas ganancias. Por ejemplo, imponen que todo se pueda comprar y vender, y como el capitalismo tiene todo el dinero, pues lo compra todo. Entonces como que el capitalismo destruye a los países que conquista con la globalización neoliberal, pero también como que quiere volver a acomodar todo o hacerlo de nuevo pero a su modo, o sea de modo que lo beneficie y sin lo que le estorba.”(§10). Esto es fundamentalmente exacto, pero omite una cuestión al menos, ¿qué son esas mercancías de la modernidad según el EZLN?, ¿teléfonos celulares y computadoras?, los productos de la agricultura también son mercancías, y las mercancías sólo se diferencian, en términos económicos, por su precio, es decir, por la posibilidad de intercambiarse unas por otras en determinadas proporciones, su valor de uso o utilidad las hace objetos del consumo y hace necesario el intercambio, pero no crea categorías diferentes de mercancías en términos de la economía política como no sea en la distinción entre consumo productivo (máquinas, materias primas) y consumo no productivo (bienes de consumo), que nada tienen que ver con algo llamado “modernidad”.
Por ejemplo, un teléfono celular tiene un uso diferente que doscientos kilos de grano de maíz, pero suponiendo que se ha invertido la misma cantidad de trabajo en producirlos, entonces un acaparador de maíz podrá intercambiar esos doscientos kilos por el teléfono celular y ¿de dónde obtuvo el acaparador el maíz? Pues de un determinado número de agricultores proletarios o semiproletarios que le han incorporado el valor a ese maíz. El hecho es que en la categoría de mercancías no se reconoce tal concepto de “mercancías de la modernidad”, desde el pequeño agricultor hasta el más poderoso banquero o industrial se encuentran ya inmersos en el sistema de relaciones capitalistas en la medida en que recurren al mercado de mercancías y de trabajo para satisfacer sus necesidades, dondequiera que tenga lugar el uso de dinero, dondequiera se establezca la compraventa de trabajo asalariado se dice que el capitalismo es generado.
La diferencia tiene lugar en la cuestión de la división internacional del trabajo, en la que los países imperialistas se reservan la producción más rentable, pues tienen grandes empresas con un gran nivel tecnológico, que pueden fabricar productos y dar servicios que nadie más puede proveer, lo que les permite obtener grandes ganancias. Pero necesariamente estos productos y servicios tienen que intercambiarse por los productos de los países coloniales y semicoloniales, de lo contrario ni cabe hablar de un mercado mundial.
Por ello, para el capitalismo no hay realmente despreciables, siempre se puede explotar algo a cualquiera, incluso la masa de desocupados son útiles como reserva de brazos y cerebros y un medio para mantener bajos los salarios (y altas las ganancias) por la competencia entre trabajadores; el “desprecio” no es otra cosa que un efecto concomitante de la explotación.
El problema es que el EZLN ve al capitalismo como un fenómeno espurio y ajeno a las capas campesinas y/o indígenas y a los países sojuzgados por el imperialismo, lo cual constituye un error. El capitalismo se ha desarrollado ya en el seno de estos grupos y países alrededor del mundo. Aduciré en apoyo de esta hipótesis el hecho, por todo el mundo aceptado y que considero no requiere mayor comprobación de la ingente migración hacia las ciudades y hacia los países capitalistas imperialistas. En México, el proceso es patente, desde el campo hacia la ciudad migran no solo mestizos sino indígenas, y también lo hacen con dirección a los EU. Es decir, el campo mexicano ha sufrido, a raíz de la reforma agraria, un potente proceso de diferenciación de los campesinos en burguesía por un lado y proletariado por otro. Este proceso sería el origen de la pobreza rural (y urbana también), que es otra forma de decir el origen de un mercado rural, o igualmente, del capitalismo en el campo. El punto es, entonces, que el capitalismo ha surgido en el campo como en la ciudad y no por obra de los neoliberalistas; que tal destrucción “ de la cultura, del idioma, del sistema económico”, etc., viene desde dentro mismo del país, aunque se ha acelerado por factores externos, y es, contra lo que piensa el EZLN, un proceso que viene de lejos, pues prácticamente comienza con la invasión española, pero incluso hunde sus raíces en el pasado prehispánico en que se conformaron los actuales pueblos y localidades mexicanos.
“O sea que queda destruido todo lo que hace que un país sea un país” (§10). No, lo que queda destruido son los viejos ordenes capitalistas poco desarrollados o precapitalistas, lo que hace la internacionalización de capitales es subordinar este proceso a los intereses de grupos monopolistas extranjeros, pero el proceso ya existiría incluso sin su concurso.
La “globalización neoliberal quiere destruir a las naciones del mundo y que solo queda una sola nación o país, o sea el país del dinero, del capital.”(§11) Clama el EZLN. Y sigue: “Y el capitalismo quiere entonces que todo sea como él quiere, o sea según su modo, y lo que es diferente pues no le gusta, y lo ataca, o lo aparta en un rincón y hace como que no existe.” (§11). Pero no es así, lo que se ve amenazado son las formas inferiores del capitalismo y las subsistencias precapitalistas, a saber, la producción artesana, la explotación campesina y el pequeño comercio. Es decir, el pequeño capitalista confunde su propio hundimiento con el hundimiento de la sociedad toda y protesta, como lo hace aquí el EZLN contra la gran producción que lo amenaza. Así lo hicieron en su momento los economistas románticos contra la expansión de la gran industria en la Europa continental a principios del siglo XIX, predicando contra “el mal ejemplo de Inglaterra”, también elevaron su indignación los populistas rusos a fines del mismo siglo contra “el mal ejemplo de Europa Occidental” y así claman hoy los populistas mexicanos contra “la invasión del neoliberalismo”. Y todos, unánimemente, culpan a Smith y a Ricardo de la debacle de la pequeña producción. No se atina a reconocer el hecho fundamental de que el progreso del capitalismo no tiene por qué corresponderse con el bienestar y progreso de todas las clases y capas de la sociedad capitalista, sino más bien al contrario, mercado = pobreza de la mayoría = enriquecimiento de la minoría.
Al igual que las anteriores corrientes de pensamiento populista, la crítica que hace el EZLN de las contradicciones del capitalismo es del todo justa: “Entonces, como quien dice que resumiendo, el capitalismo de la globalización neoliberal se basa en la explotación, el despojo, el desprecio y la represión a los que no se dejan. O sea igual que antes, pero ahora globalizado, mundial.” (§12) Lo es también su reconocimiento del valor de la lucha coaligada de todos los explotados: “los explotados de cada país pues no se conforman... sino que se rebelan y no se dejan ser eliminados... y no solo en un país, sino que donde quiera abundan, o sea que, así como hay una globalización neoliberal, hay una globalización de la rebeldía” (§13). Este mismo reconocimiento coexiste con la visión apocalíptica propia del pequeño burgués que mira con horror la destrucción de su pequeño mundo por la gran producción mecanizada: “nos produce gran asombro por ver la estupidez de los neoliberalistas que quieren destruir toda la humanidad con sus guerras y explotaciones, pero también nos produce gran contento ver que donde quiera salen resistencias y rebeldías...” (§16).
¿Qué propone exactamente el EZLN? ¿La “salvación” de la pequeña producción o, por el contrario, quebrar el dominio imperialista? Ambos planteamientos se encuadran igualmente en el “anticapitalismo”. Esta cuestión aún demanda una respuesta concreta.
jueves, 7 de enero de 2010
lunes, 28 de diciembre de 2009
La revolución de 1910 en Chiapas y el materialismo histórico
En 1985 unos nueve años antes del alzamiento zapatista en los Altos chiapanecos, se publicó un libro acerca de la Revolución de 1910 en ese Estado, titulado Resistencia y utopía t.2. El autor, Antonio García de León describe minuciosamente las luchas de los finqueros y hacendados para evitar que la revolución afecte su status en la sociedad semi-esclavista chiapaneca. Finalmente, la revolución llega a Chiapas con los ejércitos carrancistas, teniendo lugar una de las mayores paradojas de la época, en la cual, los hacendados se levantaron en armas contra la revolución, y se hicieron llamar ¡villistas!
Finalmente, los hacendados doblegaron a los carrancistas en 1920 mediante una componenda con el Gral. Obregón que estaba sublevado contra Carranza. Pero los recuerdos de la Revolución quedaron latentes en suelo chiapaneco. Dice García de León:
“(…)en los santorales y mitologías, en el renovado acontecer de los oráculos, las pugnas de la revolución se integraron lenta y naturalmente entonces al bestiario de animales protectores y protegidos. Los mapaches [rebeldes anticarrancistas] se asumían como tales, los zapatistas se integraban al folklore de los zoques al mismo nivel que los seres sobrenaturales, generalmente antropófagos, que poblaban sus húmedos bosques desde el florecer milenario de la cultura olmeca. La tibia reforma agraria proclamada por Carranza se asumió entonces como la ayuda providencial de una fuerza externa que permitía disminuir, aunque sólo lo fuera en espacios muy delimitados, el poder opresivo de los finqueros y caciques ladinos [mestizos e indios hispanizados]. Así, los mitos sacralizaron de nuevo la historia e hicieron eterno el agradecimiento de los indios por ese pequeño espacio de poder que les fue cedido por los soldados del lejano norte.
“Aparecen entonces los ancianos tzeltales de Sivacá invocando el origen de las ratas domésticas, y explicando el por qué éstas se pasean libres por campos, silos y habitaciones, como ‘animales consentidos o domésticos’ (alak’il), mascotas del hombre:
“‘Es que antes no había ratas –recuerda uno de ellos-, no había más que una sola clase de ratas rojas de campo. Se cuenta que en tiempos de revolución vino el tiempo de las muertes sin sentido, y que las gentes se mataban mucho entre sí, o eran muertas por los rebeldes o los soldados. De una parte eran los rebeldes y de la otra los carranzas, y entre ellos también se mataban. Pero los carranzas eran buenos y protegían a los habitantes de los pueblos, mientras que los rebeldes eran malos y no respetaban a nadie, a ellos se les llamó entonces mapaches. Cuando la guerra terminó, cuando ya no hubo más la discordia, la sangre de los carranzas muertos dio lugar al nacimiento y origen de las ratas domésticas. Su sangre se transformó en rata y se les llamó «ratas carranza». Es por todo esto que hoy nos siguen y nos corren suplicantes alrededor; y nosotros las cuidamos, porque los carranza regaron su sangre para darnos la libertad, porque querían sacudirnos el poder de la finca y no pudieron. Por eso cuidamos esas ratas (…)’”
En suma, esta obra nos muestra, obviamente sin pretenderlo, las raíces del futuro alzamiento zapatista de 1994 en los triunfos de los finqueros ganaderos y cafetaleros sobre los revolucionarios carrancistas, cardenistas, agraristas y comunistas entre 1910 y 1940.
Finalmente, los hacendados doblegaron a los carrancistas en 1920 mediante una componenda con el Gral. Obregón que estaba sublevado contra Carranza. Pero los recuerdos de la Revolución quedaron latentes en suelo chiapaneco. Dice García de León:
“(…)en los santorales y mitologías, en el renovado acontecer de los oráculos, las pugnas de la revolución se integraron lenta y naturalmente entonces al bestiario de animales protectores y protegidos. Los mapaches [rebeldes anticarrancistas] se asumían como tales, los zapatistas se integraban al folklore de los zoques al mismo nivel que los seres sobrenaturales, generalmente antropófagos, que poblaban sus húmedos bosques desde el florecer milenario de la cultura olmeca. La tibia reforma agraria proclamada por Carranza se asumió entonces como la ayuda providencial de una fuerza externa que permitía disminuir, aunque sólo lo fuera en espacios muy delimitados, el poder opresivo de los finqueros y caciques ladinos [mestizos e indios hispanizados]. Así, los mitos sacralizaron de nuevo la historia e hicieron eterno el agradecimiento de los indios por ese pequeño espacio de poder que les fue cedido por los soldados del lejano norte.
“Aparecen entonces los ancianos tzeltales de Sivacá invocando el origen de las ratas domésticas, y explicando el por qué éstas se pasean libres por campos, silos y habitaciones, como ‘animales consentidos o domésticos’ (alak’il), mascotas del hombre:
“‘Es que antes no había ratas –recuerda uno de ellos-, no había más que una sola clase de ratas rojas de campo. Se cuenta que en tiempos de revolución vino el tiempo de las muertes sin sentido, y que las gentes se mataban mucho entre sí, o eran muertas por los rebeldes o los soldados. De una parte eran los rebeldes y de la otra los carranzas, y entre ellos también se mataban. Pero los carranzas eran buenos y protegían a los habitantes de los pueblos, mientras que los rebeldes eran malos y no respetaban a nadie, a ellos se les llamó entonces mapaches. Cuando la guerra terminó, cuando ya no hubo más la discordia, la sangre de los carranzas muertos dio lugar al nacimiento y origen de las ratas domésticas. Su sangre se transformó en rata y se les llamó «ratas carranza». Es por todo esto que hoy nos siguen y nos corren suplicantes alrededor; y nosotros las cuidamos, porque los carranza regaron su sangre para darnos la libertad, porque querían sacudirnos el poder de la finca y no pudieron. Por eso cuidamos esas ratas (…)’”
En suma, esta obra nos muestra, obviamente sin pretenderlo, las raíces del futuro alzamiento zapatista de 1994 en los triunfos de los finqueros ganaderos y cafetaleros sobre los revolucionarios carrancistas, cardenistas, agraristas y comunistas entre 1910 y 1940.
jueves, 17 de diciembre de 2009
La “reforma” política gubernamental
Intempestivamente, el Gobierno ha propuesto un grupo de iniciativas de ley para modificar partes sensibles del entramado institucional del Estado mexicano.
En lo esencial, tales iniciativas contemplan establecer la segunda vuelta en la elección presidencial, la reelección por cuatro periodos consecutivos para alcaldes y diputados. Además, la reducción de los escaños en la Cámara de Diputados a 400, y los senadores a 96. Incluye la posibilidad de tener candidaturas independientes e iniciativas ciudadanas y de la Suprema Corte. Los partidos requerirán un 4 por ciento de los votos para obtener su registro, en vez del 2 por ciento actual. Por si fuera poco, el Gobierno se arroga la facultad de presentar al inicio de cada legislatura dos iniciativas de ley que se considerarían aprobadas en caso de que el Congreso no las dictamine, y si no hay acuerdo entre el Gobierno y el Congreso, se haría un referéndum.
Queda aún un gran tramo para que estas iniciativas sean discutidas en el Congreso, y está en el aire su aprobación, que puede ser parcial o incluso puede denegarse, dado que el Gobierno las lanzó sin acuerdos previos en un acto más bien efectista. Pero esta maniobra es muy reveladora de lo que pretende el Gobierno frente a la crisis política que se desató en 2006 y que no ha concluido.
La segunda vuelta, las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas habrían tenido un alcance revolucionario… hace 6 años; ahora, cuando actores locales, a sueldo de las grandes empresas. amenazan con promover sus agendas desde candidaturas sin base social, el panorama que aparece es el de una descomposición acelerada. La reelección sólo apunta a la consolidación de los grupos de poder locales, que hoy ostentan las siglas del PRI y que ya no abandonarían las posiciones que lograron en la elección de 2009.
El conjunto de las iniciativas del Gobierno tienden, pues, al reforzamiento de los grupos locales y de los monopolios económicos y financieros, que son los que pueden aprovecharse de una “apertura” del Estado, mientras que los “ciudadanos” tendrían que seguir mirando cómo se reparte el poder a su costa.
Los partidos de izquierda legales también tienen su parte, pues el aumento del mínimo legal a 4 por ciento sacaría de la jugada al PT y a Convergencia, además que la Cámara de Diputados reduciría los escaños y haría éstos menos asequibles para los partidos pequeños; tramposamente, se reducen las diputaciones electivas al parejo que las plurinominales, lo que implica que aumenta el número de electores que se requieren por distrito, pero se mantienen las cuotas de los partidos con mayor presencia en los órganos legislativos.
Mal hará la izquierda si continúa haciendo cuentas alegres acerca de la elección de 2012, como si el triunfo estuviera a la vuelta de la esquina, el Gobierno, los grupos locales y los oligopolios trabajan con ahínco para impedir que la izquierda legal tenga posibilidades de alcanzar la presidencia en 2012 o en cualquier otra fecha.
Y, sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre, pues la izquierda se ocupa de evitar que las masas asciendan por su propia iniciativa, por temor a ser rebasados por esas mismas masas. Con todo, la respuesta que dé la izquierda legal a la maniobra del Gobierno será muy reveladora de lo que la izquierda legal entiende por cambio democrático en México.
En lo esencial, tales iniciativas contemplan establecer la segunda vuelta en la elección presidencial, la reelección por cuatro periodos consecutivos para alcaldes y diputados. Además, la reducción de los escaños en la Cámara de Diputados a 400, y los senadores a 96. Incluye la posibilidad de tener candidaturas independientes e iniciativas ciudadanas y de la Suprema Corte. Los partidos requerirán un 4 por ciento de los votos para obtener su registro, en vez del 2 por ciento actual. Por si fuera poco, el Gobierno se arroga la facultad de presentar al inicio de cada legislatura dos iniciativas de ley que se considerarían aprobadas en caso de que el Congreso no las dictamine, y si no hay acuerdo entre el Gobierno y el Congreso, se haría un referéndum.
Queda aún un gran tramo para que estas iniciativas sean discutidas en el Congreso, y está en el aire su aprobación, que puede ser parcial o incluso puede denegarse, dado que el Gobierno las lanzó sin acuerdos previos en un acto más bien efectista. Pero esta maniobra es muy reveladora de lo que pretende el Gobierno frente a la crisis política que se desató en 2006 y que no ha concluido.
La segunda vuelta, las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas habrían tenido un alcance revolucionario… hace 6 años; ahora, cuando actores locales, a sueldo de las grandes empresas. amenazan con promover sus agendas desde candidaturas sin base social, el panorama que aparece es el de una descomposición acelerada. La reelección sólo apunta a la consolidación de los grupos de poder locales, que hoy ostentan las siglas del PRI y que ya no abandonarían las posiciones que lograron en la elección de 2009.
El conjunto de las iniciativas del Gobierno tienden, pues, al reforzamiento de los grupos locales y de los monopolios económicos y financieros, que son los que pueden aprovecharse de una “apertura” del Estado, mientras que los “ciudadanos” tendrían que seguir mirando cómo se reparte el poder a su costa.
Los partidos de izquierda legales también tienen su parte, pues el aumento del mínimo legal a 4 por ciento sacaría de la jugada al PT y a Convergencia, además que la Cámara de Diputados reduciría los escaños y haría éstos menos asequibles para los partidos pequeños; tramposamente, se reducen las diputaciones electivas al parejo que las plurinominales, lo que implica que aumenta el número de electores que se requieren por distrito, pero se mantienen las cuotas de los partidos con mayor presencia en los órganos legislativos.
Mal hará la izquierda si continúa haciendo cuentas alegres acerca de la elección de 2012, como si el triunfo estuviera a la vuelta de la esquina, el Gobierno, los grupos locales y los oligopolios trabajan con ahínco para impedir que la izquierda legal tenga posibilidades de alcanzar la presidencia en 2012 o en cualquier otra fecha.
Y, sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre, pues la izquierda se ocupa de evitar que las masas asciendan por su propia iniciativa, por temor a ser rebasados por esas mismas masas. Con todo, la respuesta que dé la izquierda legal a la maniobra del Gobierno será muy reveladora de lo que la izquierda legal entiende por cambio democrático en México.
martes, 3 de noviembre de 2009
Los retos políticos de la izquierda mexicana
La organización económica de un país es la fuente última de las distintas corrientes e ideologías que luchan por el poder. México no es la excepción.
La organización económica de México se caracteriza por la existencia de dos polos sociales antagónicos, separados por la propiedad de la riqueza, del capital, que se acumula en una minoría de privilegiados, mientras que la mayoría de la población tiene que conformarse con la menor parte del ingreso nacional.
Entre aquella parte de la sociedad que nada tiene, y aquella que se apodera de todo, hay una inmensa variedad de grupos que tienen alguna propiedad.
Los poseedores, o sea, los capitalistas, que son los grandes industriales, comerciantes, banqueros y financieros, deciden cuanto y como se produce, contratan a quien quieren, y en virtud de esto se hacen con las ganancias que deja la producción de mercancías. El grupo de los desposeídos tiene que vender su fuerza de trabajo a los propietarios, al precio que fije el mercado y cuando lo determinen los patrones; y a cambio de ese trabajo, el asalariado recibe una remuneración que le alcanza para malvivir. Las clases medias se integran con una masa de pequeños industriales, comerciantes, agiotistas y agricultores, obtienen ganancias pero trabajan como los asalariados, su situación es intermedia: tienen propiedad, ganan, pero tienen que trabajar.
A cada gran grupo social le corresponde un determinado tipo de expresión política:
-A los capitalistas les corresponde el Partido Conservador, con sus vertientes liberal y militarista.
-A los asalariados les corresponde el Partido Proletario, en sus vertientes socialista y comunista.
-Las capas intermedias tienen expresiones menos definidas, como corresponde a su situación en la sociedad, y van de la socialdemocracia y el populismo al anarquismo, pasando por toda clase de mixturas como el comunalismo agrarista o el fascismo.
La unión del Partido Proletario y de las capas intermedias conforma el Partido Popular.
Con frecuencia, el Partido Popular no es capaz de desarrollar sus propios programas políticos, y se ve fuertemente influido por el liberalismo, al grado que llega a convertirse en aprendiz del Partido Conservador, del Partido del gran capital.
En México el Partido Conservador es claramente visible, se integra con el PAN, el PRI, las cámaras empresariales, el SNTE, el sindicato de petroleros, las compañías de televisión, radio y los periódicos, las mayores escuelas superiores privadas (sus escuelas de cuadros)y otras organizaciones.
El Partido Conservador mexicano pertenece a la vertiente liberal, pero cada vez se desplaza más a una vertiente despótico-militar. A esta singular composición se le ha denominado “neoliberalismo”.
Este neoliberalismo es fundamentalmente una ideología pro-imperialista que poco tiene que ver con los tópicos del librecambismo y mucho con los intereses de los monopolios.
El Partido Proletario carece en México de expresiones masivas, y sólo se compone de algunas organizaciones marginales.
El Partido Popular mexicano, de por sí heterogéneo, dada la variedad de aspiraciones y reivindicaciones que se expresan en él, se ve inmerso en una crisis que se prolonga por más de una década.
Esta crisis se ha manifestado como una tendencia al fraccionalismo, al sectarismo y al colaboracionismo con el Estado y con el Partido Conservador.
Mucho se ha discutido sobre lo nefasta que es esta situación, pero se ha permanecido en la superficie, sin indagar por qué lo único que ha logrado unir a la izquierda, al Partido Popular, ha sido una oposición en bloque al Partido Conservador; unión que no ha pasado de lo coyuntural, y que por carecer de un programa a largo plazo, ha terminado en agrios enfrentamientos de fracciones.
No se ha debatido sobre la necesidad de la unidad programática de la izquierda, no se ha producido una discusión seria sobre los principios políticos y económicos que tienen que animar la acción de la izquierda; y no se ha discutido, creemos, por el temor, sin fundamento, a que surjan enfrentamientos y rupturas; pero la realidad es que esos enfrentamientos y rupturas se producen de todos modos, y cuestan graves derrotas, pues suelen ocurrir en los peores momentos.
La realidad es que la izquierda no tiene una idea propia de lo que es el progreso social, y no hace sino regurgitar los lugares comunes de los conservadores.
La izquierda ha sido colonizada ideológicamente por la derecha, se ha convertido en su complemento o, más bien, en su comparsa.
Pero eso no es lo peor, lo peor es que la izquierda cree que no necesita elaborar con pulcritud su programa, y que las divisiones y derrotas son producto exclusivo de factores personales, y que todo lo que se necesita para superar la crisis es una labor de componendas y maniobras de corto plazo.
No puede haber postura más errónea en lo teórico, ni más peligrosa en lo práctico. Sólo un debate en serio puede ser el punto de partida de la recomposición de la izquierda, y mientras se le siga posponiendo, la crisis continuará.
La organización económica de México se caracteriza por la existencia de dos polos sociales antagónicos, separados por la propiedad de la riqueza, del capital, que se acumula en una minoría de privilegiados, mientras que la mayoría de la población tiene que conformarse con la menor parte del ingreso nacional.
Entre aquella parte de la sociedad que nada tiene, y aquella que se apodera de todo, hay una inmensa variedad de grupos que tienen alguna propiedad.
Los poseedores, o sea, los capitalistas, que son los grandes industriales, comerciantes, banqueros y financieros, deciden cuanto y como se produce, contratan a quien quieren, y en virtud de esto se hacen con las ganancias que deja la producción de mercancías. El grupo de los desposeídos tiene que vender su fuerza de trabajo a los propietarios, al precio que fije el mercado y cuando lo determinen los patrones; y a cambio de ese trabajo, el asalariado recibe una remuneración que le alcanza para malvivir. Las clases medias se integran con una masa de pequeños industriales, comerciantes, agiotistas y agricultores, obtienen ganancias pero trabajan como los asalariados, su situación es intermedia: tienen propiedad, ganan, pero tienen que trabajar.
A cada gran grupo social le corresponde un determinado tipo de expresión política:
-A los capitalistas les corresponde el Partido Conservador, con sus vertientes liberal y militarista.
-A los asalariados les corresponde el Partido Proletario, en sus vertientes socialista y comunista.
-Las capas intermedias tienen expresiones menos definidas, como corresponde a su situación en la sociedad, y van de la socialdemocracia y el populismo al anarquismo, pasando por toda clase de mixturas como el comunalismo agrarista o el fascismo.
La unión del Partido Proletario y de las capas intermedias conforma el Partido Popular.
Con frecuencia, el Partido Popular no es capaz de desarrollar sus propios programas políticos, y se ve fuertemente influido por el liberalismo, al grado que llega a convertirse en aprendiz del Partido Conservador, del Partido del gran capital.
En México el Partido Conservador es claramente visible, se integra con el PAN, el PRI, las cámaras empresariales, el SNTE, el sindicato de petroleros, las compañías de televisión, radio y los periódicos, las mayores escuelas superiores privadas (sus escuelas de cuadros)y otras organizaciones.
El Partido Conservador mexicano pertenece a la vertiente liberal, pero cada vez se desplaza más a una vertiente despótico-militar. A esta singular composición se le ha denominado “neoliberalismo”.
Este neoliberalismo es fundamentalmente una ideología pro-imperialista que poco tiene que ver con los tópicos del librecambismo y mucho con los intereses de los monopolios.
El Partido Proletario carece en México de expresiones masivas, y sólo se compone de algunas organizaciones marginales.
El Partido Popular mexicano, de por sí heterogéneo, dada la variedad de aspiraciones y reivindicaciones que se expresan en él, se ve inmerso en una crisis que se prolonga por más de una década.
Esta crisis se ha manifestado como una tendencia al fraccionalismo, al sectarismo y al colaboracionismo con el Estado y con el Partido Conservador.
Mucho se ha discutido sobre lo nefasta que es esta situación, pero se ha permanecido en la superficie, sin indagar por qué lo único que ha logrado unir a la izquierda, al Partido Popular, ha sido una oposición en bloque al Partido Conservador; unión que no ha pasado de lo coyuntural, y que por carecer de un programa a largo plazo, ha terminado en agrios enfrentamientos de fracciones.
No se ha debatido sobre la necesidad de la unidad programática de la izquierda, no se ha producido una discusión seria sobre los principios políticos y económicos que tienen que animar la acción de la izquierda; y no se ha discutido, creemos, por el temor, sin fundamento, a que surjan enfrentamientos y rupturas; pero la realidad es que esos enfrentamientos y rupturas se producen de todos modos, y cuestan graves derrotas, pues suelen ocurrir en los peores momentos.
La realidad es que la izquierda no tiene una idea propia de lo que es el progreso social, y no hace sino regurgitar los lugares comunes de los conservadores.
La izquierda ha sido colonizada ideológicamente por la derecha, se ha convertido en su complemento o, más bien, en su comparsa.
Pero eso no es lo peor, lo peor es que la izquierda cree que no necesita elaborar con pulcritud su programa, y que las divisiones y derrotas son producto exclusivo de factores personales, y que todo lo que se necesita para superar la crisis es una labor de componendas y maniobras de corto plazo.
No puede haber postura más errónea en lo teórico, ni más peligrosa en lo práctico. Sólo un debate en serio puede ser el punto de partida de la recomposición de la izquierda, y mientras se le siga posponiendo, la crisis continuará.
El papel del programa político en el movimiento democrático popular.
La cuestión del partido político es la cuestión del poder. El poder en la sociedad moderna reside, como es bien sabido, en el Estado. El Estado se integra de un conjunto de instituciones destinadas a gobernar, o sea, a dirigir, organizar, la actividad cotidiana de la sociedad, pero también se integra con instrumentos de represión, que se crearon a raíz de que la antigua sociedad se dividió en grupos de poseedores y desposeídos, a saber, un ejército permanente, policías, cárceles y tribunales.
Las relaciones entre poseedores y desposeídos no son, sin embargo, estáticas; en determinados momentos, el descontento de las clases trabajadoras aumenta y se transforma en una rebelión social contra la dominación de una minoría; entonces el aparato estatal entra en acción, evitando que la rebelión triunfe y con ello quite el poder a la minoría que se enriquece a costa del trabajo ajeno.
En el marco de esta vocación defensiva del statu quo, no dejan de existir luchas parciales por el poder entre distintos grupos, lo que da origen a distintas organizaciones políticas destinadas a hacerse de posiciones en el gobierno, y en los parlamentos en caso de que existan; estas organizaciones son los partidos políticos.
Los partidos políticos son otros tantos instrumentos que se da la sociedad para canalizar la lucha entre grupos y clases de manera que se garantice un reparto relativamente pacífico de los beneficios derivados de los cargos públicos y de la corrupción del Estado.
Los grupos progubernamentales siempre esperan que la lucha política se mantenga alejada de las reivindicaciones populares, para lo cual buscan evitar que el debate público aborde las cuestiones del reparto del producto social, de las condiciones laborales, de la democracia popular, etc.; y así la política se trastoca en politiquería que encubre la lucha subterránea que los grupos de poder libran entre sí y contra los trabajadores.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos desplegados por los grupos de poder, las pugnas sociales acaban por emerger en la política, a través de algunos movimientos orientados hacia la izquierda del espectro político.
Estos movimientos políticos de izquierda se organizan, de mejor o peor manera, dependiendo de la experiencia que dispongan, la capacidad y honradez de sus cuadros dirigentes y de su habilidad para aprovechar las circunstancias, en fin, de la justeza y oportunidad de su programa político.
La cuestión del programa político es de particular importancia para las organizaciones de izquierda, por cuanto las clases trabajadoras por lo general se hallan alejadas del poder, y tienen que plantearse explícitamente los objetivos que buscarían al ascender al poder; por el contrario, las organizaciones de derecha, en tanto que sirven a las clases que ocupan el Estado, su programa es realmente sencillo y se limita a la conservación del poder, para lo cual tienen que valerse de los medios apropiados para limitar la participación popular en las instituciones, para reprimir selectivamente a los elementos radicales y enriquecerse con la corrupción del gobierno a fin de asegurar sólidas relaciones de complicidad que mantengan unidos a los miembros del grupo dominante por los beneficios así obtenidos.
El programa de la izquierda juega el papel de articulador de la estrategia y las tácticas que se sigan, y por ello su elaboración no constituye un ejercicio académico o de mera redacción, sino que pasa necesariamente por una discusión abierta entre grupos e individuos, discusión en la que se aborden prácticamente todas las cuestiones de estrategia y táctica en el marco de un análisis de la realidad social elaborado en términos de la situación social y económica de las clases que la integran.
La enorme influencia que la política derechista tiene y ha tenido al interior de la propia izquierda ha llevado a que se posponga indefinidamente la elaboración de un programa propio de la izquierda mexicana, la cual se ha contentado con copiar consignas, frases e ideas sueltas de otras clases y de otros países, por lo cual se han adoptado estrategias y tácticas desacordes al momento, lo que ha derivado en grandes derrotas para el movimiento democrático mexicano.
Desde luego que es correcto aprender de las experiencias de otros países, pero esto no se logra tomando cualquier cosa que parece plausible, sino precisamente a través de la elaboración y práctica de un programa propio.
La izquierda ha de defender el programa que ha elaborado, y eso se hace mediante un proceso de constante debate acerca del mismo, y nunca erigiéndolo en dogma. Así, y sólo así, puede la izquierda comenzar a cumplir las tareas que la historia plantea frente a ella.
México posee una larga historia de planes políticos en los cuales se esbozó la idea de un programa político de acción que articulara a la oposición de izquierda y que constituyen un antecedente a la labor que en nuestra época es ya impostergable: la elaboración de un programa político de la izquierda mexicana.
Únicamente cuando se tenga un programa surgido de un gran debate, podrá hablarse de un auténtico partido de izquierda y ya no de meras organizaciones calcadas o copiadas de los partidos de derecha, y que por ello mismo son incapaces de servir a los intereses de los trabajadores, limitándose a servir, en el mejor de los casos, de cajas de resonancia de las aspiraciones más superficiales de las masas trabajadoras. Estos partidos de “izquierda”, aunque pueden servir en un momento dado de vehículos de los trabajadores, en los momentos cruciales, su falta de unidad los conduce indefectiblemente a impedir que la oposición de izquierda alcance sus objetivos cruciales, con lo cual estos partidos de “izquierda” acaban por parecerse al Estado como dos gotas de agua, en cuanto al objetivo último que persiguen, que es el de evitar la explosión de una lucha abierta entre las clases sociales que favorezca a las clases oprimidas.
La necesidad de un programa político propio de la izquierda es imprescriptible.
Las relaciones entre poseedores y desposeídos no son, sin embargo, estáticas; en determinados momentos, el descontento de las clases trabajadoras aumenta y se transforma en una rebelión social contra la dominación de una minoría; entonces el aparato estatal entra en acción, evitando que la rebelión triunfe y con ello quite el poder a la minoría que se enriquece a costa del trabajo ajeno.
En el marco de esta vocación defensiva del statu quo, no dejan de existir luchas parciales por el poder entre distintos grupos, lo que da origen a distintas organizaciones políticas destinadas a hacerse de posiciones en el gobierno, y en los parlamentos en caso de que existan; estas organizaciones son los partidos políticos.
Los partidos políticos son otros tantos instrumentos que se da la sociedad para canalizar la lucha entre grupos y clases de manera que se garantice un reparto relativamente pacífico de los beneficios derivados de los cargos públicos y de la corrupción del Estado.
Los grupos progubernamentales siempre esperan que la lucha política se mantenga alejada de las reivindicaciones populares, para lo cual buscan evitar que el debate público aborde las cuestiones del reparto del producto social, de las condiciones laborales, de la democracia popular, etc.; y así la política se trastoca en politiquería que encubre la lucha subterránea que los grupos de poder libran entre sí y contra los trabajadores.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos desplegados por los grupos de poder, las pugnas sociales acaban por emerger en la política, a través de algunos movimientos orientados hacia la izquierda del espectro político.
Estos movimientos políticos de izquierda se organizan, de mejor o peor manera, dependiendo de la experiencia que dispongan, la capacidad y honradez de sus cuadros dirigentes y de su habilidad para aprovechar las circunstancias, en fin, de la justeza y oportunidad de su programa político.
La cuestión del programa político es de particular importancia para las organizaciones de izquierda, por cuanto las clases trabajadoras por lo general se hallan alejadas del poder, y tienen que plantearse explícitamente los objetivos que buscarían al ascender al poder; por el contrario, las organizaciones de derecha, en tanto que sirven a las clases que ocupan el Estado, su programa es realmente sencillo y se limita a la conservación del poder, para lo cual tienen que valerse de los medios apropiados para limitar la participación popular en las instituciones, para reprimir selectivamente a los elementos radicales y enriquecerse con la corrupción del gobierno a fin de asegurar sólidas relaciones de complicidad que mantengan unidos a los miembros del grupo dominante por los beneficios así obtenidos.
El programa de la izquierda juega el papel de articulador de la estrategia y las tácticas que se sigan, y por ello su elaboración no constituye un ejercicio académico o de mera redacción, sino que pasa necesariamente por una discusión abierta entre grupos e individuos, discusión en la que se aborden prácticamente todas las cuestiones de estrategia y táctica en el marco de un análisis de la realidad social elaborado en términos de la situación social y económica de las clases que la integran.
La enorme influencia que la política derechista tiene y ha tenido al interior de la propia izquierda ha llevado a que se posponga indefinidamente la elaboración de un programa propio de la izquierda mexicana, la cual se ha contentado con copiar consignas, frases e ideas sueltas de otras clases y de otros países, por lo cual se han adoptado estrategias y tácticas desacordes al momento, lo que ha derivado en grandes derrotas para el movimiento democrático mexicano.
Desde luego que es correcto aprender de las experiencias de otros países, pero esto no se logra tomando cualquier cosa que parece plausible, sino precisamente a través de la elaboración y práctica de un programa propio.
La izquierda ha de defender el programa que ha elaborado, y eso se hace mediante un proceso de constante debate acerca del mismo, y nunca erigiéndolo en dogma. Así, y sólo así, puede la izquierda comenzar a cumplir las tareas que la historia plantea frente a ella.
México posee una larga historia de planes políticos en los cuales se esbozó la idea de un programa político de acción que articulara a la oposición de izquierda y que constituyen un antecedente a la labor que en nuestra época es ya impostergable: la elaboración de un programa político de la izquierda mexicana.
Únicamente cuando se tenga un programa surgido de un gran debate, podrá hablarse de un auténtico partido de izquierda y ya no de meras organizaciones calcadas o copiadas de los partidos de derecha, y que por ello mismo son incapaces de servir a los intereses de los trabajadores, limitándose a servir, en el mejor de los casos, de cajas de resonancia de las aspiraciones más superficiales de las masas trabajadoras. Estos partidos de “izquierda”, aunque pueden servir en un momento dado de vehículos de los trabajadores, en los momentos cruciales, su falta de unidad los conduce indefectiblemente a impedir que la oposición de izquierda alcance sus objetivos cruciales, con lo cual estos partidos de “izquierda” acaban por parecerse al Estado como dos gotas de agua, en cuanto al objetivo último que persiguen, que es el de evitar la explosión de una lucha abierta entre las clases sociales que favorezca a las clases oprimidas.
La necesidad de un programa político propio de la izquierda es imprescriptible.
lunes, 26 de octubre de 2009
El origen de la crisis económica
Desde fines de 2008 se declaró en crisis la economía mundial, incluyendo la mexicana.
En nuestro país, la propaganda gubernamental ha sido insistente en afirmar que la crisis “llegó de fuera”, o sea, que ni el Gobierno ni la organización económica del país son responsables de la debacle; que la crisis era inevitable, y que, por lo tanto, el Gobierno está haciendo esfuerzos extraordinarios para que el país remonte la situación que, se afirma, es pasajera, de manera que todo el orden económico vuelva a donde estaba antes de la crisis.
La cuestión es muy diferente en el terreno de los hechos. Los signos de la crisis no comenzaron a aparecer a fines de 2008, sino mucho antes, sólo que los financistas y banqueros los disimularon mediante una serie de especulaciones con divisas y con materias primas que inflaron los mercados financieros, o sea, ocurrió que grandes masas de dinero en poder de los bancos, agencias de seguros y empresas financieras que usualmente se destinan a todo tipo de inversiones, comenzaron a usarse a niveles extraordinarios para jugar apuestas sobre los precios de inmuebles y materias primas estratégicas, como el petróleo y los granos comestibles, cuyos precios se dispararon para luego derrumbarse cuando se desató la crisis.
La crisis llevó a la quiebra a empresas como Bear Stearns, Lehman Bros., Ford, GM, Chrysler, entre otras, y destapó los fraudes multillonarios de Madoff y Stanford, todo lo cual hizo de la crisis un fenómeno mundial.
Estas quiebras originaron un pánico financiero que llevó a las caídas en las bolsas de valores, al retiro de dinero de la circulación y, en general, al colapso de los intercambios financieros mundiales; entonces comenzaron a aparecer noticias de los efectos sociales de la crisis: despidos en masa de trabajadores. Los Gobiernos de EU y Europa comenzaron a aplicar con fuerza una política de rescates financieros otorgando millones de millones de dólares (EU ha invertido en recates más de dos millones de millones de dólares) a los bancos y empresas financieras para evitar su quiebra. GM, Ford y Chrysler se salvaron por poco.
Pero, a diferencia de lo que creen los personeros del Gobierno y los economistas, la raíz de la crisis no se halla en estos hechos. Los economistas creen que las crisis son procesos que ocurren al nivel de los intercambios financieros y comerciales. Para los economistas la esfera de la producción carece de problemas fundamentales.
La raíz de las crisis, contrariamente a las especulaciones de los economistas, se halla en la misma producción, los problemas en la esfera de la circulación son efectos de las contradicciones que existen al nivel de la producción. Cuando los economistas plantean que los malos manejos financieros de algunos zorros capitalistas aislados causaron la debacle, no proceden a explicar por qué esos zorros pudieron hacerse de tantos recursos y evadir las normas de los Gobiernos (muy laxas después de la desregulación); no explican cómo es que había tantos recursos disponibles para la especulación.
Los economistas consideran a la producción sólo desde el punto de vista técnico. O sea, como acción del hombre sobre la naturaleza, y no como un proceso social, como un conjunto de relaciones sociales. La producción tiene que verse desde ambas perspectivas, pero en lo que respecta a la crisis económica, el punto de vista “social” es el más importante.
Desde la perspectiva social, la producción capitalista es un proceso de obtención de ganancias por los poseedores del capital, y esas ganancias se obtienen mediante la explotación de trabajo no pagado; los trabajadores asalariados laboran toda una jornada para un patrón, pero sólo reciben a cambio lo mínimo necesario para su sobrevivencia y la de su descendencia, reciben por su trabajo objetos de consumo, pero no capital; los trabajadores no se enriquecen con su trabajo. La diferencia entre lo producido y lo retribuido a los asalariados es la ganancia, y toda esa diferencia va a los bolsillos de los patrones, que se la reparten conforme a sus propias reglas, y una parte va al Estado, a fin de que éste cuente con recursos para funcionar.
La esfera de la circulación es la del reparto del dinero obtenido del trabajo no pagado.
Conforme los capitales se van haciendo más grandes, la competencia entre los capitalistas por las materias primas, los mercados y la fuerza de trabajo arrecia, los precios de los insumos aumentan, y la presión por bajarlos aumenta, lo que implica que tengan que disminuir las ganancias y los salarios.
Cuando las ganancias disminuyen o tienden a disminuir, los capitalistas retiran su dinero de los negocios menos rentables e intentan llevarlos a los relativamente más rentables, se produce un desplazamiento del capital. Este desplazamiento puede realizarse hasta que las distintas ramas de la economía se saturan de capital y faltos de mercados solventes. La alternativa a esta situación sería una baja general de los precios, pero eso significaría sacrificar voluntariamente las ganancias de los capitalistas, quienes únicamente se interesan por la demanda solvente, no por la demanda social.
Es entonces cuando los capitalistas llevan sus capitales a los mercados financieros, a los mercados de capital, donde se corren apuestas sobre los precios de diferentes productos y se ganan o se pierden grandes sumas de dinero sin producir nada. Hacia 2008, la masa de capital en los centros financieros llegó a ser tan grande (del orden de millones de millones de dólares) que ya no se apoyaba en un equivalente de mercancías, el crédito al consumo y a la vivienda en los EU servía para sacar a flote este Titanic financiero virtualmente quebrado, pero cuando los deudores yanquis ya no pudieron pagar, sobrevino la bancarrota de los mercados financieros. Muchos financistas sólo jugaban con cifras y promesas de pago imposibles de cumplir, por lo que los precios de los bienes raíces, materias primas y divisas estaban muy por encima de su valor, y cuando comenzaron a ajustarse los precios, surgió la amenaza de que cayeran por debajo de su valor, por lo que siguió una huida en masa de los mercados de capital, un “pánico financiero”, en que los financistas corrieron a comprar bonos del Gobierno yanqui sobrevaluados.
Pero el origen de la crisis, la competencia entre los diferentes capitales, ha quedado en la penumbra.
Ya en sus primeros coletazos, la crisis misma va resolviendo las contradicciones de la competencia capitalista: derrumba los precios de las materias primas, máquinas e insumos, lo que permitirá reaprovisionar a la industria y al comercio; además, y más importante, alivia la competencia por la fuerza de trabajo, derrumbando los salarios y aumentando el desempleo, lo que crea un inmenso ejército de desempleados dispuestos a recontratarse por mucho menos salario y peores condiciones de trabajo y de retiro.
Conclusiones:
-La crisis es la solución capitalista a las contradicciones creadas por la competencia entre los propios capitalistas.
-La crisis sienta nuevas bases, más opresivas para los trabajadores, para obtener ganancias aumentadas.
-La crisis es también un proceso de selección de los capitalistas, los más ricos, los más hábiles, sobreviven y se hacen más ricos, los demás perecen y son expropiados por sus competidores.
-La crisis, en suma, es un proceso de depuración del capitalismo a costa de los trabajadores, del medio ambiente, y del conjunto de la sociedad, depuración que sólo sirve al conjunto de la clase capitalista y que prepara las nuevas crisis por venir.
En nuestro país, la propaganda gubernamental ha sido insistente en afirmar que la crisis “llegó de fuera”, o sea, que ni el Gobierno ni la organización económica del país son responsables de la debacle; que la crisis era inevitable, y que, por lo tanto, el Gobierno está haciendo esfuerzos extraordinarios para que el país remonte la situación que, se afirma, es pasajera, de manera que todo el orden económico vuelva a donde estaba antes de la crisis.
La cuestión es muy diferente en el terreno de los hechos. Los signos de la crisis no comenzaron a aparecer a fines de 2008, sino mucho antes, sólo que los financistas y banqueros los disimularon mediante una serie de especulaciones con divisas y con materias primas que inflaron los mercados financieros, o sea, ocurrió que grandes masas de dinero en poder de los bancos, agencias de seguros y empresas financieras que usualmente se destinan a todo tipo de inversiones, comenzaron a usarse a niveles extraordinarios para jugar apuestas sobre los precios de inmuebles y materias primas estratégicas, como el petróleo y los granos comestibles, cuyos precios se dispararon para luego derrumbarse cuando se desató la crisis.
La crisis llevó a la quiebra a empresas como Bear Stearns, Lehman Bros., Ford, GM, Chrysler, entre otras, y destapó los fraudes multillonarios de Madoff y Stanford, todo lo cual hizo de la crisis un fenómeno mundial.
Estas quiebras originaron un pánico financiero que llevó a las caídas en las bolsas de valores, al retiro de dinero de la circulación y, en general, al colapso de los intercambios financieros mundiales; entonces comenzaron a aparecer noticias de los efectos sociales de la crisis: despidos en masa de trabajadores. Los Gobiernos de EU y Europa comenzaron a aplicar con fuerza una política de rescates financieros otorgando millones de millones de dólares (EU ha invertido en recates más de dos millones de millones de dólares) a los bancos y empresas financieras para evitar su quiebra. GM, Ford y Chrysler se salvaron por poco.
Pero, a diferencia de lo que creen los personeros del Gobierno y los economistas, la raíz de la crisis no se halla en estos hechos. Los economistas creen que las crisis son procesos que ocurren al nivel de los intercambios financieros y comerciales. Para los economistas la esfera de la producción carece de problemas fundamentales.
La raíz de las crisis, contrariamente a las especulaciones de los economistas, se halla en la misma producción, los problemas en la esfera de la circulación son efectos de las contradicciones que existen al nivel de la producción. Cuando los economistas plantean que los malos manejos financieros de algunos zorros capitalistas aislados causaron la debacle, no proceden a explicar por qué esos zorros pudieron hacerse de tantos recursos y evadir las normas de los Gobiernos (muy laxas después de la desregulación); no explican cómo es que había tantos recursos disponibles para la especulación.
Los economistas consideran a la producción sólo desde el punto de vista técnico. O sea, como acción del hombre sobre la naturaleza, y no como un proceso social, como un conjunto de relaciones sociales. La producción tiene que verse desde ambas perspectivas, pero en lo que respecta a la crisis económica, el punto de vista “social” es el más importante.
Desde la perspectiva social, la producción capitalista es un proceso de obtención de ganancias por los poseedores del capital, y esas ganancias se obtienen mediante la explotación de trabajo no pagado; los trabajadores asalariados laboran toda una jornada para un patrón, pero sólo reciben a cambio lo mínimo necesario para su sobrevivencia y la de su descendencia, reciben por su trabajo objetos de consumo, pero no capital; los trabajadores no se enriquecen con su trabajo. La diferencia entre lo producido y lo retribuido a los asalariados es la ganancia, y toda esa diferencia va a los bolsillos de los patrones, que se la reparten conforme a sus propias reglas, y una parte va al Estado, a fin de que éste cuente con recursos para funcionar.
La esfera de la circulación es la del reparto del dinero obtenido del trabajo no pagado.
Conforme los capitales se van haciendo más grandes, la competencia entre los capitalistas por las materias primas, los mercados y la fuerza de trabajo arrecia, los precios de los insumos aumentan, y la presión por bajarlos aumenta, lo que implica que tengan que disminuir las ganancias y los salarios.
Cuando las ganancias disminuyen o tienden a disminuir, los capitalistas retiran su dinero de los negocios menos rentables e intentan llevarlos a los relativamente más rentables, se produce un desplazamiento del capital. Este desplazamiento puede realizarse hasta que las distintas ramas de la economía se saturan de capital y faltos de mercados solventes. La alternativa a esta situación sería una baja general de los precios, pero eso significaría sacrificar voluntariamente las ganancias de los capitalistas, quienes únicamente se interesan por la demanda solvente, no por la demanda social.
Es entonces cuando los capitalistas llevan sus capitales a los mercados financieros, a los mercados de capital, donde se corren apuestas sobre los precios de diferentes productos y se ganan o se pierden grandes sumas de dinero sin producir nada. Hacia 2008, la masa de capital en los centros financieros llegó a ser tan grande (del orden de millones de millones de dólares) que ya no se apoyaba en un equivalente de mercancías, el crédito al consumo y a la vivienda en los EU servía para sacar a flote este Titanic financiero virtualmente quebrado, pero cuando los deudores yanquis ya no pudieron pagar, sobrevino la bancarrota de los mercados financieros. Muchos financistas sólo jugaban con cifras y promesas de pago imposibles de cumplir, por lo que los precios de los bienes raíces, materias primas y divisas estaban muy por encima de su valor, y cuando comenzaron a ajustarse los precios, surgió la amenaza de que cayeran por debajo de su valor, por lo que siguió una huida en masa de los mercados de capital, un “pánico financiero”, en que los financistas corrieron a comprar bonos del Gobierno yanqui sobrevaluados.
Pero el origen de la crisis, la competencia entre los diferentes capitales, ha quedado en la penumbra.
Ya en sus primeros coletazos, la crisis misma va resolviendo las contradicciones de la competencia capitalista: derrumba los precios de las materias primas, máquinas e insumos, lo que permitirá reaprovisionar a la industria y al comercio; además, y más importante, alivia la competencia por la fuerza de trabajo, derrumbando los salarios y aumentando el desempleo, lo que crea un inmenso ejército de desempleados dispuestos a recontratarse por mucho menos salario y peores condiciones de trabajo y de retiro.
Conclusiones:
-La crisis es la solución capitalista a las contradicciones creadas por la competencia entre los propios capitalistas.
-La crisis sienta nuevas bases, más opresivas para los trabajadores, para obtener ganancias aumentadas.
-La crisis es también un proceso de selección de los capitalistas, los más ricos, los más hábiles, sobreviven y se hacen más ricos, los demás perecen y son expropiados por sus competidores.
-La crisis, en suma, es un proceso de depuración del capitalismo a costa de los trabajadores, del medio ambiente, y del conjunto de la sociedad, depuración que sólo sirve al conjunto de la clase capitalista y que prepara las nuevas crisis por venir.
lunes, 28 de septiembre de 2009
México, América Latina y el imperialismo.
- La región latinoamericana bajo el imperialismo.
Los países del área son una reserva del imperialismo, apenas cabe dudarlo, proveen a EU y a Europa occidental de ingentes cantidades de petróleo, plata, cobre, alimentos (soya, plátanos, café, azúcar, etc.), drogas (cocaína, mariguana, opio), y fuerza suplementaria de trabajo.
Esto, y un mercado de más de 200 millones de seres son un territorio a defender.
No puede esperarse que los EU cedan terreno sin luchar, de ahí la cantidad récord de invasiones militares directas e indirectas, las presiones financieras, diplomáticas y la constante intervención en cuestiones políticas e ideológicas que han padecido estos países.
Pero para que esto haya sido posible, ha sido necesario un estado determinado de la lucha de clases al interior de cada país latinoamericano y de los propios EU.
La circunstancia concreta ha sido el predominio de las oligarquías burguesas a lo largo y ancho del subcontinente. Oligarquías que han pactado con el imperialismo para proteger sus intereses contra los de las masas asalariadas y subordinadas.
Las oligarquías temen más a las masas que al imperialismo.
Las masas tienen frente a sí tanto a un enemigo interno como a uno externo. Este doble frente ha conseguido la victoria durante largo tiempo.
Incluso marxistas cabales han cometido el error de considerar a las burguesías “nacionales” como eventuales aliados de las luchas antiimperialistas, cuando en la realidad de los hechos, éstas siempre o casi siempre se han alineado con los extranjeros, y sólo pueden tolerar un movimiento de liberación nacional cuando la fuerza de éste ha sido tal que las ha obligado a ello.
Conviene, por tanto, dejar de lado toda esperanza de contar o llegar a contar con una burguesía antiimperialista en América Latina.
El proletariado y el campesinado han sido, en cambio, casi siempre antiimperialistas; sus luchas los han enfrentado desde épocas ya remotas al capital extranjero, y por ello su conciencia espontánea es instintivamente contraria a la intervención extranjera.
En México baste recordar los sucesos de Cananea, sin hablar de la larga historia de las invasiones, mal llamadas “intervenciones”.
En otros países de América Latina también podemos hallar a cada momento los rostros de la acción de las potencias extranjeras detrás de muchos sucesos históricos.
Inglaterra y los EU, pero también Francia, Alemania y Japón, aunque en menor grado, han sido los países que más han contribuido a configurar la región latinoamericana después de España y Portugal en los primeros siglos de la invasión europea.
Contrario a lo ocurrido en otros países, en América Latina, el avance del capitalismo no ha significado unificación nacional, sino escisión nacional; las capas oligárquicas han terminado por constituirse en un grupo cuasi-nacional por su cuenta.
El auge y el declive del separatismo por capas sociales o por territorios ha sido constante a lo largo de su historia.
Y aunque en el momento presente este separatismo burgués-terrateniente se encuentra más lejano que en otras épocas, sucesos como los de Bolivia o Venezuela lo hacen salir a la luz retrotrayéndonos a la época de la disgregación de la Gran Colombia o del “Imperio” Mexicano de Iturbide.
México, la Gran Colombia, Bolivia y Argentina han pasado, en cambio por las anexiones y auténticos despedazamientos territoriales detrás de los cuales pocas veces ha faltado la mano imperial.
De todos los casos, el más evidente ha sido el de México, donde las fuerzas imperiales actuaron tempranamente y de manera directa: más de la mitad del territorio nacional pasó a posesión de los EU, y el país fue invadido dos veces más en el siglo XX; además, Francia, Inglaterra y España trajeron tropas en una acción ventajosa en la cual el país acabó ocupado por Francia.
Las ocupaciones militares y las anexiones no dejaron de dar sus frutos a lo largo del siglo XX; a la acción militar siguieron las inversiones y los préstamos como nuevo programa de ocupación, comenzó la exportación de capitales.
La exportación de capital hacia América Latina significó que el grillete impuesto bajo el fuego de los cañones se ha cerrado.
Contrario a las vulgares tesis corrientes de los liberales e imperialistas latinoamericanos, el imperialismo ni siquiera en su carácter de exportador de capitales ha significado un factor de desarrollo económico para la región. Muy por el contrario, a la circunstancia concreta de la dominación extranjera ha de atribuirse el actual estado de postración y retraso relativo, la miseria de las masas y el atraso social en general; en suma, la dominación sólo engendra más dominación.
En este punto no cabe la menor concesión, de lo que se trata es de romper las cadenas de la dominación, en primer lugar las político-militares e ideológicas, luego las financieras junto con la dependencia comercial, y al parejo de todo sentar las bases para una eventual liberación de la dependencia tecnológica.
No se trata pues, de un salto único, de un proceso que se resolverá brillantemente en un solo acto; más bien se trata de toda una lucha sostenida por un largo periodo, que sólo encontrará su fin victorioso tras la ingente inversión de fuerzas sociales revolucionarias.
Más de uno ha vacilado al mirar la profundidad de la cuestión y lo agreste del terreno; por ello puede decirse que la libertad solo puede ser lograda ahí donde la cadena del imperialismo es más débil y donde el pueblo que quiere liberarse es más revolucionario.
América Latina tiene aún tareas que resolver y la dominación extranjera impide que sus fuerzas se desarrollen. Arrojar a los extranjeros de estas tierras es precondición de un verdadero desarrollo económico y social.
Ahora que el imperialismo estadunidense presiona con particular ímpetu a sus siervos latinoamericanos, se abre una grieta, una pequeña brecha para dar arranque a una lucha de largo aliento en pos de la liberación nacional.
El analfabetismo funcional, en lo respectivo al imperialismo, que existe tanto en Washington como en las capitales latinoamericanas les hace particularmente temerarios en sus acciones de expoliación, más cínicos en sus intervenciones y aumenta su desprecio por las masas.
Ello abre la brecha de la que hablamos.
Ahora la cuestión de la comprensión de las fuerzas revolucionarias acerca del imperialismo se vuelve crucial.
Ése es otro tema.
El imperio yanqui se halla empantanado en Irak, éste es ya un lugar común.
No lo es tanto el hecho de la emergencia de nuevos poderes incipientes en Eurasia: China, Rusia, India e Irán.
Asia está llena de poderes nucleares, más que Europa: Rusia, el más temible para los EU, también China, India, Pakistán, Israel y la interrogante de Norcorea.
Este poderío nuclear es inmanejable para los EU, ya que, salvo en el caso de Israel, se trata de naciones consolidadas desde hace siglos y aún milenios que poseen ejércitos convencionales magníficamente equipados, poseen también grandes recursos energéticos, tecnológicos y la mayor parte de la población mundial.
Todo aquello con lo que EU sólo cuenta en cantidades limitadas, tiene un gran poder nuclear y termonuclear, alta tecnología, y gran producción de alimentos, así como una cantidad adecuada de población, y por sobre todo eso, es el centro financiero del mundo, el dólar, su moneda, es la moneda de cambio mundial, y cuenta con América Latina como su territorio de repliegue exclusivo.
Pero los EU tienen en contra el creciente poder militar de Rusia y China, que se desarrolla a un costo mucho menor que el yanqui, la base educativa es débil, el dólar es presionado a la baja, como en la coyuntura de los años 1970, la población es cada vez menos apta para la milicia, varios países de América Latina están en franca rebeldía contra el dominio imperial; todo lo cual se conjuga en una actitud a la vez defensiva y agresiva no pocas veces errática, en un gasto desorbitado en armamento y una cínica propaganda que exalta lo peor de los prejuicios burgueses e incluso de épocas anteriores que se creían superados.
De este modo, el imperialismo se complementa con todo aquello que refuerce su poder a costa del ser humano, inclusive de sus propios ciudadanos.
Las fuerzas revolucionarias tienen, por lo tanto, que reforzar su ideología para hacer frente al embate de los poderosos medios de propaganda burgueses: la televisión, la radio, la cinematografía, la prensa, etc. pero también la internet.
Pero, no obstante, las posibilidades no son demasiado malas, la resistencia de la raza humana contra el capitalismo se recrudecerá en cuanto la propia existencia de aquella se vea amenazada, como ya ha ocurrido en épocas recientes, en las guerras mundiales.
Algo más debe advertirse, el declive del imperialismo estadunidense no significa el declive de todo imperialismo, sino únicamente su remplazo por otro más poderoso aún.
Contrariamente a las suposiciones de los optimistas incorregibles, quienes piensan que un naufragio significa el fin de la flota, la realidad es que la estafeta de potencia imperial sólo pasa de un contendiente a otro mientras el capitalismo monopolista continúe siendo el régimen social dominante en el mundo.
Y es aquí donde se llega a la cuestión de la revitalización de la teoría leninista del imperialismo: la necesidad de la supresión revolucionaria del capitalismo monopolista como única vía para acabar con todo género de explotación en el mundo.
De lo contrario, se corre el riesgo de moverse en círculos, derrocando imperio tras imperio, sólo para terminar dándole paso a uno nuevo y más poderoso, que explote aún con más ferocidad, tal como ha ocurrido en la historia, cuando el imperialismo inglés fue derrocado de su trono por los EU, Alemania y Japón, y cuando los EU se impusieron a sus competidores alemanes y japoneses y a su rival socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Sólo que hasta el momento, ninguno de los competidores de los EU han sido capaces de desarrollar la capacidad efectiva de sustituir a aquél país en la posición de potencia dominante, por lo que ello implica en cuanto al control de las finanzas mundiales, capacidad tecnológica y la capacidad de exportar esos capitales y esa tecnología para apoderarse efectivamente de la economía de otros países.
No significa que no se marche en esa dirección. Todo lo contrario, sólo que todavía se trata de un proceso en curso. Lo que hay es una guerra de capitales que buscan trasladar el centro del mundo desde los EU hacia otro país: a China, con otros países como “auxiliares” del cambio: Rusia, India y quizá Brasil.
La gran incógnita es si el proceso acabará por desatar una guerra termonuclear y cuando lo haría.
No se trata de una cuestión de ciencia ficción; la tensión político-militar derivada de la presión económica sobre los EU ya es enorme y se han producido escaladas militares que a las claras son reposicionamientos yanquis agresivamente anti-rusos y anti-chinos: la alianza con Georgia y Polonia, la “independencia” de Kosovo, la tolerancia a la ofensiva turca en Irak, la desestabilización de Pakistán, las ofensivas israelíes en Palestina y Líbano, la desestabilización de Myanmar y del Tibet, la ofensiva en todos los frentes contra Irán, la expansión de la OTAN hacia el este de Europa, el movimiento secesionista en Bolivia y la cruzada anti-chavista en Venezuela, así como el aseguramiento del petróleo mexicano; todo eso y más sólo puede comprenderse en el marco de la defensa conciente que hacen los EU de su posición como potencia central del imperialismo mundial, dejando claro que la sangre derramada será poca siempre que los EU “prevalezcan” sobre sus enemigos y rivales.
Por ello no pueden ser tomados a la ligera. La guerra revolucionaria contra el terror imperialista solo puede conducirse con una estrategia apegada al rigor de los hechos y apoyada firmemente en la teoría leninista del imperialismo.
Esto significa que al remplazo de un imperialismo por otro, los pueblos del mundo han de oponer la guerra revolucionaria, a la menor oportunidad, con el fin de desplazar en definitiva a los grandes grupos imperialistas y así dar fin a las guerras de redivisión del planeta.
Caso contrario, la partición y repartición del mundo en áreas de influencia por parte de los grupos imperialistas seguirá su cauce natural, con el consabido costo para todos los trabajadores que se ha observado en estos ya más de 100 años de predominio monopolista: hambre, miseria, guerras, depredación ambiental, a cambio de las fortunas de una minúscula parte de la población humana.
Las masas necesitan tener presente, en todo momento, que sus intereses y los de la minoría que tiene el poder son incompatibles, y que su permanencia en tal posición entraña más riesgos que los de la lucha revolucionaria, por cuanto se trata de que a la larga el dispendio de recursos naturales y de fuerza de trabajo sólo pueden acarrear el riesgo de extinción de la propia especie humana.
Antes que tales presagios puedan materializarse, es de esperar que las masas reaccionarán con fuerza frente al imperialismo y serán capaces de entablar una serie de luchas que conduzcan, así sea en zigzag, a la supresión de las relaciones de producción capitalistas; lo cual es conditio sine qua non para el paso a la era de verdadera paz y prosperidad que ha prometido el gigantesco avance tecno-científico a la raza humana.
México y América Latina no pueden sustraerse de esta disyuntiva histórica y hacer como si eso fuera tarea de las grandes potencias, que es lo que sostienen los propagandistas del imperialismo en nuestros países. Taimadamente alegan que nosotros somos congénitamente incapaces de luchar por nuestra liberación y por emprender la tarea de empujar el progreso humano; según ellos, el destino de América Latina es ir a remolque del resto del mundo, del imperialismo, sea yanqui o europeo, y lo único que le queda a la región es irse acomodando lo mejor que pueda a tal situación dada.
Esto no puede aceptarse sin mayor trámite, pues eso significaría aceptar que la región no puede sobrevivir por cuenta propia, en suma, que la región carece de historia y de rumbo.
Pero los hechos son testarudos; tan sólo para sobrevivir, así sea miserablemente, la lucha de clases tiene que plantearse y resolverse continuamente, y ante esta certeza, la burguesía puede rabiar, desesperarse, pelear y vencer pírricamente y aumentar la descomposición social, todo lo cual ha venido realizando hasta ahora. Lo que no puede realizar es encabezar la renovación cultural y económica de estas naciones, pues su mismo origen colonial la ha baldado históricamente para tomar este rumbo.
Por tanto, no ha sido ni será la burguesía latinoamericana quien encabece la lucha de liberación nacional de la región, ni siquiera en los términos más burgueses, pues su sujeción al imperialismo es casi completa.
Serán, por lo tanto, las fuerzas de los propios trabajadores las que tendrán a su cuidado la labor de obtener nuevos lugares para América Latina en el concierto mundial de naciones. Ellas tendrán que luchar a brazo partido contra los ejércitos imperiales para lograr transformar la economía expulsando al capital extranjero, a fin de romper el dominio de los monopolios, logrando una mejor posición en la división internacional del trabajo.
Tareas nada simples, pero posibles, como lo demuestran las revoluciones del siglo XX, de donde emergieron varios grupos de naciones que actualmente disputan su lugar a las grandes potencias que dominan el mundo.
América Latina no puede quedar al margen de esta lucha, pues en ella también se juega su futuro.
La integración latinoamericana y el imperialismo.
La cuestión que no queda tan clara es la de las relaciones económicas y político-militares entre los propios países dominados.
Para nadie es desconocido que las naciones dominadas han entrado en conflictos de todo tipo, desde simples pugnas comerciales hasta guerras abiertas.
Ciertamente los intereses imperialistas han estado y estarán detrás, al lado y al frente de estas conflagraciones, pero eso no resuelve la cuestión, por cuanto hacen falta explicaciones más detalladas del por qué fue posible que el imperialismo lograra su objetivo de atizar las discordias.
Y eso no exime al imperialismo de su responsabilidad histórica.
Pero esta “explicación” es tanto más necesaria por cuanto se trata del propio estado de la lucha de clases en los países coloniales y dominados lo que se discute.
¿Qué estado de esa lucha de clases impulsó a Bolivia y a Paraguay a combatir a muerte por un territorio?
Se dirá que el patriotismo, etc. Pero eso no resuelve la cuestión.
La cuestión se amplía de hecho: ¿Por qué el “patriotismo” empujó a los pueblos a la guerra?, ¿a quién benefició ésta?
Incógnitas.
O no tan incógnitas, sabemos de los intereses de las oligarquías. En Bolivia, por ejemplo, se trataba de abrirse paso al mercado mundial a través del Mar del Plata, y a las potencias extranjeras debió interesarles mucho la cuestión de la ruta del estaño boliviano.
Y aquí sólo comienza la cuestión.
Esto viene a cuento por la traída y llevada cuestión de la unidad latinoamericana, a veces utopía populista, panacea revolucionaria antiimperialista, y las más de las veces, tema de discursos en cumbres regionales.
El tema no admite un abordaje simplista, se trata de una cuestión candente en la lucha de liberación de los pueblos de la región.
Mucho del problema consiste en ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por unidad latinoamericana.
Unión aduanal, frente político, libre comercio, integración nacional; no hay manera de sugerir una secuencia de fases o un límite a lo que se plantea.
Y a partir de ahí, se deshilvanan toda serie de ideas enrevesadas.
Unos optan por una cosa u otra, toleran otras, y algunos inclusive miran a la integración total como un fin último al final de la carrera.
¿Qué hay de firme en todo esto?
Lo cierto es que América Latina no puede enfrentar a los EU por separado, incluso en su declinación eventual, un bloque sólido de naciones, incluso con gobiernos de derecha, pues de lo que se trataría es de arrancar las mayores ventajas al imperialismo, y aquí no cabe atizar conflictos innecesarios.
El bloque de negociación, lo más incluyente posible, es algo que sí está en el centro de la cuestión en el momento actual, con la dominación estadunidense en su apogeo.
Mayores avances en este sentido son más que deseables, pero sólo perceptibles en el marco de avances revolucionarios en la lucha de clases.
Es decir, la integración, incluso total, es una legítima aspiración revolucionaria que, sin embargo, requiere mayores presupuestos para materializarse.
¿Qué puede hacer un movimiento revolucionario para avanzar en este sentido?
En principio analizar sistemáticamente la economía, la política y la historia de la región y su relación con el imperialismo, con miras a elaborar un programa realista y práctico de integración nacional.
Es el primer paso y es indispensable para abrir el debate en los medios revolucionarios y de esta manera entender la dialéctica de las relaciones entre los pueblos dominados.
Nunca debe descartarse la posibilidad de conflictos y enfrentamientos graves entre los mismos países dominados, este olvido ha sido y será funesto.
En segundo lugar, reconocer que la propia lucha revolucionaria impele a las naciones a aliarse así sea sólo para consolidar algún avance mínimo, como demuestran los procesos de Venezuela y Bolivia, cuya situación, literalmente los empuja a colaborar, a acercarse a Cuba e Irán.
La unidad, por lo tanto, subyace a la emergencia de las masas trabajadoras como responsables de su destino, como participantes de los procesos históricos; por lo que no cabe ya hablar de una mera ilusión o utopía anticuada, fraguada por los alebrestados de los años 1970.
Es necesario, por tanto, que cada proceso revolucionario ponga especial atención a la cuestión de la integración en cada momento de su lucha, h. e., que valore lo que la integración puede ofrecer de ventajoso y cómo saber hallar apoyos más allá de sus fronteras nacionales; pues de lo que se trata es que se rompa el aislacionismo y el patrioterismo, mirando la causa de América Latina como una sola causa.
Saber pedir ayuda y saber proporcionarla, ésa es la clave de la acción revolucionaria latinoamericana en la actualidad.
Naturalmente, eso va en contra del aislacionismo-excepcionalismo que la oligarquía ha montado sobre el patrioterismo y el nacionalismo burgués.
Tal ideología se formó como una corrupción del sentimiento patriótico levantado contra las invasiones; se ha fomentado la idea de que toda participación extranjera es una invasión, desde luego, toda intervención que no ayude a la burguesía. Ésta denuncia rabiosamente toda solidaridad foránea con los explotados como un atentado a la soberanía “nacional”, pero alaba la “ayuda” y la inversión extranjeras como “actos de buena voluntad”; toda una inversión de los conceptos, con la cual saturan sus medios de propaganda masiva hasta la náusea.
Así, el internacionalismo proletario tiene que volver al derecho la cuestión, plantear sin ambages que toda solidaridad auténtica con los explotados que venga del exterior es positiva, y que toda ayuda a los explotadores es nociva para el desarrollo del país.
Ésta debiera ser la consigna de la lucha por la liberación nacional y por el socialismo.
Los liberales sólo podrían poner reparos a tal consigna haciendo verdaderas piruetas mentales; esto es, por su rechazo a esta consigna se reconoce a los imperialistas emboscados.
Tal es la cuestión. Así se plantea.
Sólo basta reconocer que para los explotadores locales todo lo que los beneficia es bueno, noble, progresista, y todo lo que ayuda a los explotados significa la ruina de la nación.
Basta con poner la fórmula al derecho. Esto es tanto más necesario por cuanto se trata de la cuestión de cuál es la ideología que ha de primar en el campo de los trabajadores: la burguesa o la proletaria. Si es la primera, como ocurre actualmente, ¿qué esperanza queda de obtener la liberación?, y si es la segunda, ¿qué mejor forma de comenzar?
Porque, como dice Julio Hernández López, citando a un escribiente suyo, David Aguilar, “México ‘ha sido dividido por quienes detentan el poder’ y que ‘para aquel que se considera perteneciente al grupo selecto favorecido por el poder, todo el que disienta de su visión de país es naco, indio, jodido, gato, etcétera, y el que de forma abierta expresa descontento o inclusive ira es considerado un terrorista en potencia que merece ser castigado’...” (Astillero, La Jornada, 14 de mayo de 2008, pág. 4).
Las clases explotadas del subcontinente necesitan tener claro, en todo momento que sus intereses jamás serán los mismos que los de sus explotadores.
Tal confusión ha sido funesta en muchas ocasiones a lo largo de la historia; por ello los movimientos revolucionarios de esta época tienen que empezar precisamente por ese punto, sin dar respiro ni tregua a la infiltración ideológica burguesa en el pensamiento de los explotados.
Entonces, lo que se plantea, a la par de la lucha política y económica, es una ofensiva cultural a gran escala, no sólo de propaganda, sino de verdadera educación de las masas sobre bases nuevas, a través de la literatura y el arte, pero sin dejar de pugnar por la toma de los medios masivos: televisión y radio, cuya importancia no puede ser obviada en nuestra época. La revolución bolivariana, la insurrección oaxaqueña de la APPO y, antes que ellas, la revolución cubana, lograron un avance gigantesco en ese sentido, tomando para sí los medios masivos a su alcance para difundir su palabra y su imagen; el logro que tuvieron ha sido enorme y sus consecuencias a mediano y largo plazo serán aún mayores.
Los movimientos revolucionarios, por naturaleza, sólo pueden apostar por la gente explotada; todo aquel militante que vacile ante acciones como las de la APPO en su lucha de 2006, corre el riesgo de caer en las trampas de la ideología burguesa corriente y de ser un estorbo más que una ayuda al propio movimiento.
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En suma, América Latina se enfrenta a un conjunto de tareas de muy diversa índole: establecimiento de la democracia burguesa, liquidación de la propiedad terrateniente, liberación nacional, afirmación nacional bajo la égida proletaria, apropiación efectiva de los recursos naturales y humanos; todo ello encaminado al fin último: la supresión de la propiedad privada capitalista con el remplazo de este orden social por el socialismo, sin descartar un estadio de transición dictatorial en un régimen económico de capitalismo de Estado parecido a la NEP soviética de los años 1920.
No se puede rebajar este camino de transformación sin arriesgarse a volver a repetir fases superadas; quienes pretenden que la liberación del subcontinente puede lograrse bajo el capitalismo, simple y llanamente ignoran al imperialismo y no tienen la mínima conciencia acerca de lo que significa el desarrollo desigual, y que la dominación imperialista implica un estado de atraso económico y social que tiende a hacerse crónico, por lo cual, periódicamente vuelve a ponerse en el centro del debate político la insurrección de las masas, es decir, la lucha de clases abierta y sin subterfugios.
Otro tanto ocurre con las vías intermedias; sólo constituyen transacciones con el liberalismo y con el imperialismo; constituyen otras tantas puertas falsas que la ideología oficial abre para desviar al movimiento proletario de su cauce.
Algo semejante ocurre con el populismo en sus variantes; de tanto arraigo en América Latina, dada la base campesina de la economía y que a pesar del declive de la masa campesina en número y fuerza y su paso a las filas proletarias, continúa vigente en la orientación de muchos círculos intelectuales urbanos. Como movimiento político, el populismo tiene poco que aportar para desmadejar la hebra de la cuestión imperialista, sobre todo en la medida en que tiende a confundirse cada vez más con el liberalismo.
Las farsas que implican las variantes de liberalismo y populismo han de ser combatidas sin tregua, por cuanto llevan en sí la semilla de la derrota de las masas frente a sus enemigos de clase y, por tanto, frete al imperialismo.
Todo compromiso con la política liberal implica un reconocimiento tácito al imperialismo; no es ya esta época la de la libre competencia, y no puede ya hablarse de un capitalismo progresista salvo que se refiera a determinadas regiones y momentos específicos, mientras que el mundo como un todo es imperialista y reaccionario.
Las componendas con el populismo implican la aceptación más o menos encubierta de la viabilidad de reformas “campesinistas” como avances hacia un socialismo, como “pasos intermedios” en la lucha por la supresión gradual de la explotación.
Uno y otro tipo de arreglos son inaceptables para lograr los grandes objetivos de las masas trabajadoras, incluso de aquellas que las defienden. Por ello, el fin del imperialismo, la unidad latinoamericana y el socialismo no son sino capítulos de una misma obra: la lucha de clases en la región, y en ella participamos todos de una manera u otra, por lo que conviene poner en esta lucha el esfuerzo teórico y la lucha práctica sobre bases leninistas, siempre con miras a su actualización permanente.
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El comercio y la deuda son los mecanismos de que se vale el imperialismo para explotar directamente a América Latina, detrás de ambos se encuentra la fuerza militar de los EU, como lo ha demostrado la historia reciente.
Tenemos todo un inventario de invasiones extranjeras en América Latina, sobre todo de los EU, pero también de Inglaterra, Francia, España y Alemania. Intereses financieros y comerciales han provocado estas intervenciones.
El asunto del comercio y la deuda delatan el verdadero contenido económico de todo movimiento político-militar. Aquellos movimientos que se oponen sólo de palabra al comercio desigual y al pago de la deuda externa o “interna”, pero en realidad contemporizan con estos, sólo constituyen agentes apaciguadores de las masas.
En México, el grueso de las organizaciones de “izquierda”, ni siquiera se atreven a mencionar estas cuestiones o solamente lo hacen de pasada, procurando no inquietar al gran capital internacional. Así demuestran su vena reaccionaria.
Por ello, el programa de la unidad latinoamericana también pasa por establecer una posición común respecto al comercio y la deuda como auténticos ejes del discurso económico de la revolución. En otras palabras, las cuestiones del comercio y la deuda representan la revolución en el terreno económico.
Sólo unos pocos países como Cuba plantean con toda la dureza el problema de la deuda y el comercio mundial. México ha llegado hasta el extremo de pactar un tratado de libre(sic) comercio (el TLCAN) con los EU y Canadá. Otros países oscilan entre el reconocimiento de la problemática y la sumisión a los EU y a Europa occidental. Pero lo cierto es que a pesar de organismos como el MERCOSUR, la región sigue con el grillete de la deuda y el papel de productora de materias primas apenas elaboradas.
¿Cuál sería el objetivo de la revolución latinoamericana?
En el extremo, cancelar el pago de la deuda sin reparaciones de ninguna clase, y en lo referente al comercio, el inicio de una industrialización masiva que hiciera de la región una zona altamente tecnificada, capaz de desplazar a otros países de su lugar en la división internacional del trabajo.
Se trata de tomar la delantera.
Se trata de luchar para retener el capital que el imperialismo se zampa y emplearlo para el desarrollo propio. No es cosa menor, puesto que el imperialismo disputa cada centavo de capital formado en cada región del mundo, y está más que presto a luchar para conservar esas presas.
América Latina tendrá que luchar por su capital, pero la burguesía prefiere cederle la tajada del león a la burguesía extranjera a luchar. Tienen que ser definitivamente los trabajadores los que luchen por el uso provechoso del producto de su labor cotidiana.
Y esto plantea la cuestión del poder, porque quienes tienen que luchar están fuera de él.
No hay mayor dilema teórico al respecto. El problema son los cómos y los cuándo.
Pero ése ya es otro cantar.
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El desarrollo socioeconómico no es, como suponen los liberales, un proceso puramente económico, sino que involucra al conjunto del entramado social, el legado cultural, la situación geográfica, el orden jurídico-político, etc. Involucra problemas que van más allá de la esfera económica y que demandan más que planteamientos de gestión administrativa pública, de los que tanto gustan los llamados ‘tecnócratas’, o más bien, burócratas financieros del Estado.
La renta nacional es materia de litigio en cuanto se la obtiene; pero es en el proceso de producción donde se determina que esto sea así; los burócratas financieros sólo miran la cuestión de la renta, y eso de manera parcial, sesgada, y la producción de esa misma riqueza queda fuera de su radar; por ello la división de la sociedad en clases antagónicas que combaten entre sí, no es algo a considerar, o sólo lo es de manera limitada y deformada, desde el punto de vista de la clase burguesa, como algo que compete a la parte ‘política’ del aparato de Estado y a los partidos políticos. Ciertamente creen en la división del trabajo.
Pero el problema del desarrollo no se limita a la distribución de la renta, en todo caso es más importante el quién controla esa renta, pues de ello depende si se la emplea en el país o en el extranjero, si sus beneficios se quedan acumulados en el país de origen o si van a los bolsillos de los capitalistas imperialistas.
La acumulación de capital, la reinversión completa sumada a recursos adicionales es un factor más importante que la simple división de la renta nacional.
La acumulación de capital acarrea y es producto, a la vez, de procesos más básicos: de la creciente diferenciación de la sociedad en capitalistas y proletarios, de la necesidad de mejorar la producción para mantener el margen de ganancias. En suma, es causa y consecuencia del nacimiento, desarrollo y maduración de las relaciones de producción capitalista, de su extensión al conjunto social, de su creciente dominio de este por el cual se accede al desarrollo económico en el sentido estricto del término, entendiendo por desarrollo económico el desarrollo capitalista.
Porque en ningún momento se ha hablado de otro orden económico que el capitalista, valga la advertencia para quien considere que rebasamos a la realidad “por la izquierda”.
Los burócratas financieros tienen razón cuando miran el desarrollo como acumulación de capital, pero no saben en realidad qué es acumular capital en términos sociales; pues este proceso no se refiere sólo a la acumulación de maquinaria, materias primas, instalaciones, vehículos, etc., ni siquiera a la formación de “capital humano”, la formación de especialistas industriales, etc., se refiere a desarrollar las medidas necesarias para concentrar el capital en cada vez menos poseedores, a centralizar el capital ya existente y a impedir que los trabajadores dejen de laborar en las condiciones apropiadas para la valorización del capital, esto es, que los trabajadores no dejen de ser apéndices de la gran producción mecanizada trabajen en ella o no.
No es gratuito tal olvido, pues la gestión de los asuntos burgueses cercena todo pensamiento independiente en estos profesionales, y los limita al estrecho ámbito del pensamiento burgués.
La gestión económica capitalista se contenta con los procesos parciales al interior de la fábrica, de la rama industrial, incluso del país o del mundo, pero siempre separando la infraestructura (relaciones de producción) de la superestructura (Estado, leyes, instituciones), deshaciendo así el todo social sin volverlo a reconstruir.
El logro de reconocer el todo social y desarrollar las herramientas para su comprensión teórica corresponde al marxismo.
Por ello, esta teoría-método tiene que implantarse sólidamente en América Latina con mayor fuerza que en épocas pasadas, al grado que constituya un elemento inseparable del análisis de la correlación de fuerzas en los movimientos revolucionarios.
El análisis marxista de la economía política es el indicado para la teoría de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, pues es el único que los arma para afrontar la cuestión del desarrollo económico sobre bases científicas frente a los alegatos ideológicos de los liberales, los populistas, los anarquistas y los burócratas financieros.
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La cuestión agraria en América Latina aún cuenta con un peso considerable, no sólo en la economía, sino también en la política y en general en la lucha de clases.
Por principio, es una actividad que emplea una masa importante de trabajadores, sobre todo en las unidades menos productivas; lo cual tiene un impacto particular porque un mínimo aumento en la productividad arroja decenas de miles y aún cientos de miles de trabajadores rurales a las ciudades o al extranjero, proceso que impacta a un país en sólo en términos demográficos y culturales, sino que exacerba la lucha de clases, fortalece a la burguesía y llena al contingente proletario de elementos inestables que sólo con el tiempo se vuelven auténticos elementos de la clase.
Por la parte de la producción, la agricultura es un rubro de primordial importancia pues ciertos productos agrícola llegan incluso a ser los únicos productos que el mercado internacional acepta de América Latina, v. gr., el café, el plátano, el azúcar, la marihuana, la cocaína, el opio, la soya, las hortalizas, etc.; de manera que el imperialismo depara que este tipo de cultivos se fortalezcan en detrimento de otros cultivos y aún de productos industriales, volcando las energías del campo en productos que no reportan beneficios al país, lo que ayuda a perpetuar la dependencia y la desigualdad.
El esquema agrícola está configurad de tal manera que la actividad productiva no sirve realmente a los intereses, necesidades y gustos del país, sino a las necesidades del mercado mundial, esto es, a la burguesía imperialista.
La alimentación se torna cuestión estratégica por cuanto la producción de alimentos no es prioritaria, los países de América Latina se han convertido en importadores de alimentos, sobre todo granos, lo que los pone a merced de los especuladores a escala internacional, quienes siempre buscan el máximo beneficio; lo que determina una “división de la explotación”: los productores agrícolas no producen alimentos, sino, por ejemplo, café, explotan a sus trabajadores para obtener café y les pagan su salario, pero no les proveen de alimentos, por lo que los trabajadores los compran en el mercado, que está en manos de los acaparadores extranjeros, quienes pueden aumentar los precios. De esta manera, los campesinos sirven a dos amos, a quienes les proporcionan trabajo y a quienes los proveen de alimentos, sin contar todo lo demás que compran y que no producen ellos mismos.
La estructura agraria latinoamericana genera y regenera la dominación imperialista en el subcontinente tal como lo hace el resto de la estructura social.
Por ello, entre todas las cuestiones que atañen al movimiento revolucionario de la región, en lo que respecta al campo el punto principal es la determinación exacta del estado que guarda la lucha de clases.
Tarea nada fácil pero indispensable, para lo cual se necesita determinar cómo se distribuye la población en las distintas unidades de producción, determinando cuáles trabajadores son jornaleros, cuáles obreros agrícolas, cuáles pequeños burgueses, grandes burgueses, terratenientes, etc.
Este trabajo indicará cuál es la fuerza revolucionaria en el campo, cuál será el apoyo que el campo proporcionará a la eventual insurrección de la sociedad urbana.
El problema no admite soluciones de principio; no puede descartarse que algunos sectores que pasarían por reaccionarios acabasen transformándose en revolucionarios leales, pues debe recordarse que la situación rural posee una determinación singular en la cuestión de la producción: ahí se dirime en gran medida la cuestión de la posesión de la tierra.
La tierra, como se sabe, constituye un monopolio sobre un bien finito; y su paso de unas manos a otras no se produce con tanta facilidad, incluso en el capitalismo más avanzado, cuando la tierra se transforma en mercancía. Por ello, la posesión de la tierra se torna en una cuestión directamente imbricada en la lucha de clases, pues la pelea por la tierra que se da entre los pequeños y los grandes propietarios es una pelea por los medios de producción; una lucha por la propiedad, esta propiedad hace revolucionario al campesino, con todo lo que eso implica en cuanto a las limitaciones de ese revolucionarismo en la práctica.
Si este revolucionarismo llega más lejos que la reivindicación de la tierra ya es otra cuestión. A este respecto los proletarios urbano-industriales tienen una ventaja, a saber, que su lucha sólo puede ser en común, necesariamente, pues común es su trabajo cotidiano y en común han de arrancar la propiedad a los capitalistas. Mientras que el campesino que lograse obtener su tierra podría cultivarla él solo con su familia, separándose de la continuación de la revolución, e incluso atrincherándose contra la colectivización del trabajo agrícola, lo cual acabaría por impedir la mejora de la producción, estancándola y poniendo en jaque a la ciudad socialista al privarla de los alimentos y materias primas necesarios para su desarrollo y del mercado para sus productos.
Se plantea la disyuntiva de una nueva revolución agraria, con o contra los campesinos, para hacer de ellos productores colectivos, poseedores en común de la tierra junto con todos los demás trabajadores del país, que también tienen derecho a los productos del campo. Posesión, desde luego, que ha de garantizar el Estado de los trabajadores, el Estado socialista.
El camino para lograr esto es una interrogante, la URSS con Stalin emprendió esta segunda revolución por la fuerza, colectivizando a los campesinos en granjas colectivas llamadas sovjoses y koljoses como medio de hacer frente a la crisis de la producción agrícola. El resultado de esto aún es, y seguirá siendo, discutido. Pero es claro que la dirección soviética de entonces comprendía perfectamente la cuestión.
China siguió con la vía capitalista en el campo tras varios intentos de empujar la colectivización socialista de los campesinos. El país constituye una formación social donde se ensamblan diferentes modos de producción con la preeminencia del sector socialista. Pero en lo que respecta al campo, da la impresión de que es la vía capitalista la que impera incontestablemente pues la dirigencia china intenta de esta manera diferenciar al campesinado, aún inmenso, y a la par seguir contando con los productos y el mercado rural. Un poco de la NEP soviética, pero mucho más relajada en lo que respecta a la industria urbana, llegando al extremo de que los “Nepman” chinos han cobrado un gran poder que ignoramos en qué grado influye en las decisiones del PC chino.
América Latina tiene que poner especial atención tanto a las experiencias soviética y china como a la cubana, más cercana aunque no demasiado a las del resto del subcontinente. En Cuba, el monocultivo planteó y plantea todo un reto a la capacidad del país para obtener la gama de artículos que necesita, Cuba era, y aún es en gran medida, una economía cercenada, era un apéndice de la economía de los EU. Al socialismo cubano le benefició la relativa homogeneidad del país y su carácter insular, pero le planteó el reto del abasto de muchos productos y el menudo problema de orientar al campo a la obtención de una producción más variada sin soltar las riendas de los campesinos, de la tierra. El país se ha visto obligado a adquirir alimentos a los mismos EU, a favorecer el turismo, a buscar petróleo en aguas ultraprofundas, en fin, a luchar por obtener divisas para concurrir en el mercado mundial lo menos desventajosamente posible.
Esto no deja de producir deformaciones considerables. Se corre el riesgo de que el campo pase de ser fortaleza a ser debilidad, que en vez de abastecedor y mercado se convierta en productor de descontentos que pongan en jaque al socialismo. Ni siquiera el mejor con el mercado mundial imperialista puede subsanar el déficit agrario pues siempre harán falta divisas.
Ninguno de los retos que se plantean a las masas revolucionarias tiene una solución obvia, por cuanto las sociedades acarrean una larga historia que las determina.
Y la cuestión agraria es, de suyo, una de las más complejas conforme nos alejamos de los países industrializados, hacia la “periferia” capitalista.
Donde los campesinos o pequeños propietarios en general tienen mayor peso demográfico , la cuestión adquiere tintes más dramáticos y se constituye en el eje central de la lucha de clases nacional.
Pero también en países con mayor peso de la población urbana, como México, la cuestión agraria es crucial por lo que respecta tanto a las masas de pequeños productores inmersos en un brutal proceso de diferenciación social que arroja una cantidad descomunal de trabajadores a las ciudades y al extranjero, desplazando fuerza de trabajo que queda mal remunerada o parada y va a engrosar las filas de la miseria urbana, el ejército de reserva del capital.
Los países del área son una reserva del imperialismo, apenas cabe dudarlo, proveen a EU y a Europa occidental de ingentes cantidades de petróleo, plata, cobre, alimentos (soya, plátanos, café, azúcar, etc.), drogas (cocaína, mariguana, opio), y fuerza suplementaria de trabajo.
Esto, y un mercado de más de 200 millones de seres son un territorio a defender.
No puede esperarse que los EU cedan terreno sin luchar, de ahí la cantidad récord de invasiones militares directas e indirectas, las presiones financieras, diplomáticas y la constante intervención en cuestiones políticas e ideológicas que han padecido estos países.
Pero para que esto haya sido posible, ha sido necesario un estado determinado de la lucha de clases al interior de cada país latinoamericano y de los propios EU.
La circunstancia concreta ha sido el predominio de las oligarquías burguesas a lo largo y ancho del subcontinente. Oligarquías que han pactado con el imperialismo para proteger sus intereses contra los de las masas asalariadas y subordinadas.
Las oligarquías temen más a las masas que al imperialismo.
Las masas tienen frente a sí tanto a un enemigo interno como a uno externo. Este doble frente ha conseguido la victoria durante largo tiempo.
Incluso marxistas cabales han cometido el error de considerar a las burguesías “nacionales” como eventuales aliados de las luchas antiimperialistas, cuando en la realidad de los hechos, éstas siempre o casi siempre se han alineado con los extranjeros, y sólo pueden tolerar un movimiento de liberación nacional cuando la fuerza de éste ha sido tal que las ha obligado a ello.
Conviene, por tanto, dejar de lado toda esperanza de contar o llegar a contar con una burguesía antiimperialista en América Latina.
El proletariado y el campesinado han sido, en cambio, casi siempre antiimperialistas; sus luchas los han enfrentado desde épocas ya remotas al capital extranjero, y por ello su conciencia espontánea es instintivamente contraria a la intervención extranjera.
En México baste recordar los sucesos de Cananea, sin hablar de la larga historia de las invasiones, mal llamadas “intervenciones”.
En otros países de América Latina también podemos hallar a cada momento los rostros de la acción de las potencias extranjeras detrás de muchos sucesos históricos.
Inglaterra y los EU, pero también Francia, Alemania y Japón, aunque en menor grado, han sido los países que más han contribuido a configurar la región latinoamericana después de España y Portugal en los primeros siglos de la invasión europea.
Contrario a lo ocurrido en otros países, en América Latina, el avance del capitalismo no ha significado unificación nacional, sino escisión nacional; las capas oligárquicas han terminado por constituirse en un grupo cuasi-nacional por su cuenta.
El auge y el declive del separatismo por capas sociales o por territorios ha sido constante a lo largo de su historia.
Y aunque en el momento presente este separatismo burgués-terrateniente se encuentra más lejano que en otras épocas, sucesos como los de Bolivia o Venezuela lo hacen salir a la luz retrotrayéndonos a la época de la disgregación de la Gran Colombia o del “Imperio” Mexicano de Iturbide.
México, la Gran Colombia, Bolivia y Argentina han pasado, en cambio por las anexiones y auténticos despedazamientos territoriales detrás de los cuales pocas veces ha faltado la mano imperial.
De todos los casos, el más evidente ha sido el de México, donde las fuerzas imperiales actuaron tempranamente y de manera directa: más de la mitad del territorio nacional pasó a posesión de los EU, y el país fue invadido dos veces más en el siglo XX; además, Francia, Inglaterra y España trajeron tropas en una acción ventajosa en la cual el país acabó ocupado por Francia.
Las ocupaciones militares y las anexiones no dejaron de dar sus frutos a lo largo del siglo XX; a la acción militar siguieron las inversiones y los préstamos como nuevo programa de ocupación, comenzó la exportación de capitales.
La exportación de capital hacia América Latina significó que el grillete impuesto bajo el fuego de los cañones se ha cerrado.
Contrario a las vulgares tesis corrientes de los liberales e imperialistas latinoamericanos, el imperialismo ni siquiera en su carácter de exportador de capitales ha significado un factor de desarrollo económico para la región. Muy por el contrario, a la circunstancia concreta de la dominación extranjera ha de atribuirse el actual estado de postración y retraso relativo, la miseria de las masas y el atraso social en general; en suma, la dominación sólo engendra más dominación.
En este punto no cabe la menor concesión, de lo que se trata es de romper las cadenas de la dominación, en primer lugar las político-militares e ideológicas, luego las financieras junto con la dependencia comercial, y al parejo de todo sentar las bases para una eventual liberación de la dependencia tecnológica.
No se trata pues, de un salto único, de un proceso que se resolverá brillantemente en un solo acto; más bien se trata de toda una lucha sostenida por un largo periodo, que sólo encontrará su fin victorioso tras la ingente inversión de fuerzas sociales revolucionarias.
Más de uno ha vacilado al mirar la profundidad de la cuestión y lo agreste del terreno; por ello puede decirse que la libertad solo puede ser lograda ahí donde la cadena del imperialismo es más débil y donde el pueblo que quiere liberarse es más revolucionario.
América Latina tiene aún tareas que resolver y la dominación extranjera impide que sus fuerzas se desarrollen. Arrojar a los extranjeros de estas tierras es precondición de un verdadero desarrollo económico y social.
Ahora que el imperialismo estadunidense presiona con particular ímpetu a sus siervos latinoamericanos, se abre una grieta, una pequeña brecha para dar arranque a una lucha de largo aliento en pos de la liberación nacional.
El analfabetismo funcional, en lo respectivo al imperialismo, que existe tanto en Washington como en las capitales latinoamericanas les hace particularmente temerarios en sus acciones de expoliación, más cínicos en sus intervenciones y aumenta su desprecio por las masas.
Ello abre la brecha de la que hablamos.
Ahora la cuestión de la comprensión de las fuerzas revolucionarias acerca del imperialismo se vuelve crucial.
Ése es otro tema.
El imperio yanqui se halla empantanado en Irak, éste es ya un lugar común.
No lo es tanto el hecho de la emergencia de nuevos poderes incipientes en Eurasia: China, Rusia, India e Irán.
Asia está llena de poderes nucleares, más que Europa: Rusia, el más temible para los EU, también China, India, Pakistán, Israel y la interrogante de Norcorea.
Este poderío nuclear es inmanejable para los EU, ya que, salvo en el caso de Israel, se trata de naciones consolidadas desde hace siglos y aún milenios que poseen ejércitos convencionales magníficamente equipados, poseen también grandes recursos energéticos, tecnológicos y la mayor parte de la población mundial.
Todo aquello con lo que EU sólo cuenta en cantidades limitadas, tiene un gran poder nuclear y termonuclear, alta tecnología, y gran producción de alimentos, así como una cantidad adecuada de población, y por sobre todo eso, es el centro financiero del mundo, el dólar, su moneda, es la moneda de cambio mundial, y cuenta con América Latina como su territorio de repliegue exclusivo.
Pero los EU tienen en contra el creciente poder militar de Rusia y China, que se desarrolla a un costo mucho menor que el yanqui, la base educativa es débil, el dólar es presionado a la baja, como en la coyuntura de los años 1970, la población es cada vez menos apta para la milicia, varios países de América Latina están en franca rebeldía contra el dominio imperial; todo lo cual se conjuga en una actitud a la vez defensiva y agresiva no pocas veces errática, en un gasto desorbitado en armamento y una cínica propaganda que exalta lo peor de los prejuicios burgueses e incluso de épocas anteriores que se creían superados.
De este modo, el imperialismo se complementa con todo aquello que refuerce su poder a costa del ser humano, inclusive de sus propios ciudadanos.
Las fuerzas revolucionarias tienen, por lo tanto, que reforzar su ideología para hacer frente al embate de los poderosos medios de propaganda burgueses: la televisión, la radio, la cinematografía, la prensa, etc. pero también la internet.
Pero, no obstante, las posibilidades no son demasiado malas, la resistencia de la raza humana contra el capitalismo se recrudecerá en cuanto la propia existencia de aquella se vea amenazada, como ya ha ocurrido en épocas recientes, en las guerras mundiales.
Algo más debe advertirse, el declive del imperialismo estadunidense no significa el declive de todo imperialismo, sino únicamente su remplazo por otro más poderoso aún.
Contrariamente a las suposiciones de los optimistas incorregibles, quienes piensan que un naufragio significa el fin de la flota, la realidad es que la estafeta de potencia imperial sólo pasa de un contendiente a otro mientras el capitalismo monopolista continúe siendo el régimen social dominante en el mundo.
Y es aquí donde se llega a la cuestión de la revitalización de la teoría leninista del imperialismo: la necesidad de la supresión revolucionaria del capitalismo monopolista como única vía para acabar con todo género de explotación en el mundo.
De lo contrario, se corre el riesgo de moverse en círculos, derrocando imperio tras imperio, sólo para terminar dándole paso a uno nuevo y más poderoso, que explote aún con más ferocidad, tal como ha ocurrido en la historia, cuando el imperialismo inglés fue derrocado de su trono por los EU, Alemania y Japón, y cuando los EU se impusieron a sus competidores alemanes y japoneses y a su rival socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Sólo que hasta el momento, ninguno de los competidores de los EU han sido capaces de desarrollar la capacidad efectiva de sustituir a aquél país en la posición de potencia dominante, por lo que ello implica en cuanto al control de las finanzas mundiales, capacidad tecnológica y la capacidad de exportar esos capitales y esa tecnología para apoderarse efectivamente de la economía de otros países.
No significa que no se marche en esa dirección. Todo lo contrario, sólo que todavía se trata de un proceso en curso. Lo que hay es una guerra de capitales que buscan trasladar el centro del mundo desde los EU hacia otro país: a China, con otros países como “auxiliares” del cambio: Rusia, India y quizá Brasil.
La gran incógnita es si el proceso acabará por desatar una guerra termonuclear y cuando lo haría.
No se trata de una cuestión de ciencia ficción; la tensión político-militar derivada de la presión económica sobre los EU ya es enorme y se han producido escaladas militares que a las claras son reposicionamientos yanquis agresivamente anti-rusos y anti-chinos: la alianza con Georgia y Polonia, la “independencia” de Kosovo, la tolerancia a la ofensiva turca en Irak, la desestabilización de Pakistán, las ofensivas israelíes en Palestina y Líbano, la desestabilización de Myanmar y del Tibet, la ofensiva en todos los frentes contra Irán, la expansión de la OTAN hacia el este de Europa, el movimiento secesionista en Bolivia y la cruzada anti-chavista en Venezuela, así como el aseguramiento del petróleo mexicano; todo eso y más sólo puede comprenderse en el marco de la defensa conciente que hacen los EU de su posición como potencia central del imperialismo mundial, dejando claro que la sangre derramada será poca siempre que los EU “prevalezcan” sobre sus enemigos y rivales.
Por ello no pueden ser tomados a la ligera. La guerra revolucionaria contra el terror imperialista solo puede conducirse con una estrategia apegada al rigor de los hechos y apoyada firmemente en la teoría leninista del imperialismo.
Esto significa que al remplazo de un imperialismo por otro, los pueblos del mundo han de oponer la guerra revolucionaria, a la menor oportunidad, con el fin de desplazar en definitiva a los grandes grupos imperialistas y así dar fin a las guerras de redivisión del planeta.
Caso contrario, la partición y repartición del mundo en áreas de influencia por parte de los grupos imperialistas seguirá su cauce natural, con el consabido costo para todos los trabajadores que se ha observado en estos ya más de 100 años de predominio monopolista: hambre, miseria, guerras, depredación ambiental, a cambio de las fortunas de una minúscula parte de la población humana.
Las masas necesitan tener presente, en todo momento, que sus intereses y los de la minoría que tiene el poder son incompatibles, y que su permanencia en tal posición entraña más riesgos que los de la lucha revolucionaria, por cuanto se trata de que a la larga el dispendio de recursos naturales y de fuerza de trabajo sólo pueden acarrear el riesgo de extinción de la propia especie humana.
Antes que tales presagios puedan materializarse, es de esperar que las masas reaccionarán con fuerza frente al imperialismo y serán capaces de entablar una serie de luchas que conduzcan, así sea en zigzag, a la supresión de las relaciones de producción capitalistas; lo cual es conditio sine qua non para el paso a la era de verdadera paz y prosperidad que ha prometido el gigantesco avance tecno-científico a la raza humana.
México y América Latina no pueden sustraerse de esta disyuntiva histórica y hacer como si eso fuera tarea de las grandes potencias, que es lo que sostienen los propagandistas del imperialismo en nuestros países. Taimadamente alegan que nosotros somos congénitamente incapaces de luchar por nuestra liberación y por emprender la tarea de empujar el progreso humano; según ellos, el destino de América Latina es ir a remolque del resto del mundo, del imperialismo, sea yanqui o europeo, y lo único que le queda a la región es irse acomodando lo mejor que pueda a tal situación dada.
Esto no puede aceptarse sin mayor trámite, pues eso significaría aceptar que la región no puede sobrevivir por cuenta propia, en suma, que la región carece de historia y de rumbo.
Pero los hechos son testarudos; tan sólo para sobrevivir, así sea miserablemente, la lucha de clases tiene que plantearse y resolverse continuamente, y ante esta certeza, la burguesía puede rabiar, desesperarse, pelear y vencer pírricamente y aumentar la descomposición social, todo lo cual ha venido realizando hasta ahora. Lo que no puede realizar es encabezar la renovación cultural y económica de estas naciones, pues su mismo origen colonial la ha baldado históricamente para tomar este rumbo.
Por tanto, no ha sido ni será la burguesía latinoamericana quien encabece la lucha de liberación nacional de la región, ni siquiera en los términos más burgueses, pues su sujeción al imperialismo es casi completa.
Serán, por lo tanto, las fuerzas de los propios trabajadores las que tendrán a su cuidado la labor de obtener nuevos lugares para América Latina en el concierto mundial de naciones. Ellas tendrán que luchar a brazo partido contra los ejércitos imperiales para lograr transformar la economía expulsando al capital extranjero, a fin de romper el dominio de los monopolios, logrando una mejor posición en la división internacional del trabajo.
Tareas nada simples, pero posibles, como lo demuestran las revoluciones del siglo XX, de donde emergieron varios grupos de naciones que actualmente disputan su lugar a las grandes potencias que dominan el mundo.
América Latina no puede quedar al margen de esta lucha, pues en ella también se juega su futuro.
La integración latinoamericana y el imperialismo.
La cuestión que no queda tan clara es la de las relaciones económicas y político-militares entre los propios países dominados.
Para nadie es desconocido que las naciones dominadas han entrado en conflictos de todo tipo, desde simples pugnas comerciales hasta guerras abiertas.
Ciertamente los intereses imperialistas han estado y estarán detrás, al lado y al frente de estas conflagraciones, pero eso no resuelve la cuestión, por cuanto hacen falta explicaciones más detalladas del por qué fue posible que el imperialismo lograra su objetivo de atizar las discordias.
Y eso no exime al imperialismo de su responsabilidad histórica.
Pero esta “explicación” es tanto más necesaria por cuanto se trata del propio estado de la lucha de clases en los países coloniales y dominados lo que se discute.
¿Qué estado de esa lucha de clases impulsó a Bolivia y a Paraguay a combatir a muerte por un territorio?
Se dirá que el patriotismo, etc. Pero eso no resuelve la cuestión.
La cuestión se amplía de hecho: ¿Por qué el “patriotismo” empujó a los pueblos a la guerra?, ¿a quién benefició ésta?
Incógnitas.
O no tan incógnitas, sabemos de los intereses de las oligarquías. En Bolivia, por ejemplo, se trataba de abrirse paso al mercado mundial a través del Mar del Plata, y a las potencias extranjeras debió interesarles mucho la cuestión de la ruta del estaño boliviano.
Y aquí sólo comienza la cuestión.
Esto viene a cuento por la traída y llevada cuestión de la unidad latinoamericana, a veces utopía populista, panacea revolucionaria antiimperialista, y las más de las veces, tema de discursos en cumbres regionales.
El tema no admite un abordaje simplista, se trata de una cuestión candente en la lucha de liberación de los pueblos de la región.
Mucho del problema consiste en ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por unidad latinoamericana.
Unión aduanal, frente político, libre comercio, integración nacional; no hay manera de sugerir una secuencia de fases o un límite a lo que se plantea.
Y a partir de ahí, se deshilvanan toda serie de ideas enrevesadas.
Unos optan por una cosa u otra, toleran otras, y algunos inclusive miran a la integración total como un fin último al final de la carrera.
¿Qué hay de firme en todo esto?
Lo cierto es que América Latina no puede enfrentar a los EU por separado, incluso en su declinación eventual, un bloque sólido de naciones, incluso con gobiernos de derecha, pues de lo que se trataría es de arrancar las mayores ventajas al imperialismo, y aquí no cabe atizar conflictos innecesarios.
El bloque de negociación, lo más incluyente posible, es algo que sí está en el centro de la cuestión en el momento actual, con la dominación estadunidense en su apogeo.
Mayores avances en este sentido son más que deseables, pero sólo perceptibles en el marco de avances revolucionarios en la lucha de clases.
Es decir, la integración, incluso total, es una legítima aspiración revolucionaria que, sin embargo, requiere mayores presupuestos para materializarse.
¿Qué puede hacer un movimiento revolucionario para avanzar en este sentido?
En principio analizar sistemáticamente la economía, la política y la historia de la región y su relación con el imperialismo, con miras a elaborar un programa realista y práctico de integración nacional.
Es el primer paso y es indispensable para abrir el debate en los medios revolucionarios y de esta manera entender la dialéctica de las relaciones entre los pueblos dominados.
Nunca debe descartarse la posibilidad de conflictos y enfrentamientos graves entre los mismos países dominados, este olvido ha sido y será funesto.
En segundo lugar, reconocer que la propia lucha revolucionaria impele a las naciones a aliarse así sea sólo para consolidar algún avance mínimo, como demuestran los procesos de Venezuela y Bolivia, cuya situación, literalmente los empuja a colaborar, a acercarse a Cuba e Irán.
La unidad, por lo tanto, subyace a la emergencia de las masas trabajadoras como responsables de su destino, como participantes de los procesos históricos; por lo que no cabe ya hablar de una mera ilusión o utopía anticuada, fraguada por los alebrestados de los años 1970.
Es necesario, por tanto, que cada proceso revolucionario ponga especial atención a la cuestión de la integración en cada momento de su lucha, h. e., que valore lo que la integración puede ofrecer de ventajoso y cómo saber hallar apoyos más allá de sus fronteras nacionales; pues de lo que se trata es que se rompa el aislacionismo y el patrioterismo, mirando la causa de América Latina como una sola causa.
Saber pedir ayuda y saber proporcionarla, ésa es la clave de la acción revolucionaria latinoamericana en la actualidad.
Naturalmente, eso va en contra del aislacionismo-excepcionalismo que la oligarquía ha montado sobre el patrioterismo y el nacionalismo burgués.
Tal ideología se formó como una corrupción del sentimiento patriótico levantado contra las invasiones; se ha fomentado la idea de que toda participación extranjera es una invasión, desde luego, toda intervención que no ayude a la burguesía. Ésta denuncia rabiosamente toda solidaridad foránea con los explotados como un atentado a la soberanía “nacional”, pero alaba la “ayuda” y la inversión extranjeras como “actos de buena voluntad”; toda una inversión de los conceptos, con la cual saturan sus medios de propaganda masiva hasta la náusea.
Así, el internacionalismo proletario tiene que volver al derecho la cuestión, plantear sin ambages que toda solidaridad auténtica con los explotados que venga del exterior es positiva, y que toda ayuda a los explotadores es nociva para el desarrollo del país.
Ésta debiera ser la consigna de la lucha por la liberación nacional y por el socialismo.
Los liberales sólo podrían poner reparos a tal consigna haciendo verdaderas piruetas mentales; esto es, por su rechazo a esta consigna se reconoce a los imperialistas emboscados.
Tal es la cuestión. Así se plantea.
Sólo basta reconocer que para los explotadores locales todo lo que los beneficia es bueno, noble, progresista, y todo lo que ayuda a los explotados significa la ruina de la nación.
Basta con poner la fórmula al derecho. Esto es tanto más necesario por cuanto se trata de la cuestión de cuál es la ideología que ha de primar en el campo de los trabajadores: la burguesa o la proletaria. Si es la primera, como ocurre actualmente, ¿qué esperanza queda de obtener la liberación?, y si es la segunda, ¿qué mejor forma de comenzar?
Porque, como dice Julio Hernández López, citando a un escribiente suyo, David Aguilar, “México ‘ha sido dividido por quienes detentan el poder’ y que ‘para aquel que se considera perteneciente al grupo selecto favorecido por el poder, todo el que disienta de su visión de país es naco, indio, jodido, gato, etcétera, y el que de forma abierta expresa descontento o inclusive ira es considerado un terrorista en potencia que merece ser castigado’...” (Astillero, La Jornada, 14 de mayo de 2008, pág. 4).
Las clases explotadas del subcontinente necesitan tener claro, en todo momento que sus intereses jamás serán los mismos que los de sus explotadores.
Tal confusión ha sido funesta en muchas ocasiones a lo largo de la historia; por ello los movimientos revolucionarios de esta época tienen que empezar precisamente por ese punto, sin dar respiro ni tregua a la infiltración ideológica burguesa en el pensamiento de los explotados.
Entonces, lo que se plantea, a la par de la lucha política y económica, es una ofensiva cultural a gran escala, no sólo de propaganda, sino de verdadera educación de las masas sobre bases nuevas, a través de la literatura y el arte, pero sin dejar de pugnar por la toma de los medios masivos: televisión y radio, cuya importancia no puede ser obviada en nuestra época. La revolución bolivariana, la insurrección oaxaqueña de la APPO y, antes que ellas, la revolución cubana, lograron un avance gigantesco en ese sentido, tomando para sí los medios masivos a su alcance para difundir su palabra y su imagen; el logro que tuvieron ha sido enorme y sus consecuencias a mediano y largo plazo serán aún mayores.
Los movimientos revolucionarios, por naturaleza, sólo pueden apostar por la gente explotada; todo aquel militante que vacile ante acciones como las de la APPO en su lucha de 2006, corre el riesgo de caer en las trampas de la ideología burguesa corriente y de ser un estorbo más que una ayuda al propio movimiento.
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En suma, América Latina se enfrenta a un conjunto de tareas de muy diversa índole: establecimiento de la democracia burguesa, liquidación de la propiedad terrateniente, liberación nacional, afirmación nacional bajo la égida proletaria, apropiación efectiva de los recursos naturales y humanos; todo ello encaminado al fin último: la supresión de la propiedad privada capitalista con el remplazo de este orden social por el socialismo, sin descartar un estadio de transición dictatorial en un régimen económico de capitalismo de Estado parecido a la NEP soviética de los años 1920.
No se puede rebajar este camino de transformación sin arriesgarse a volver a repetir fases superadas; quienes pretenden que la liberación del subcontinente puede lograrse bajo el capitalismo, simple y llanamente ignoran al imperialismo y no tienen la mínima conciencia acerca de lo que significa el desarrollo desigual, y que la dominación imperialista implica un estado de atraso económico y social que tiende a hacerse crónico, por lo cual, periódicamente vuelve a ponerse en el centro del debate político la insurrección de las masas, es decir, la lucha de clases abierta y sin subterfugios.
Otro tanto ocurre con las vías intermedias; sólo constituyen transacciones con el liberalismo y con el imperialismo; constituyen otras tantas puertas falsas que la ideología oficial abre para desviar al movimiento proletario de su cauce.
Algo semejante ocurre con el populismo en sus variantes; de tanto arraigo en América Latina, dada la base campesina de la economía y que a pesar del declive de la masa campesina en número y fuerza y su paso a las filas proletarias, continúa vigente en la orientación de muchos círculos intelectuales urbanos. Como movimiento político, el populismo tiene poco que aportar para desmadejar la hebra de la cuestión imperialista, sobre todo en la medida en que tiende a confundirse cada vez más con el liberalismo.
Las farsas que implican las variantes de liberalismo y populismo han de ser combatidas sin tregua, por cuanto llevan en sí la semilla de la derrota de las masas frente a sus enemigos de clase y, por tanto, frete al imperialismo.
Todo compromiso con la política liberal implica un reconocimiento tácito al imperialismo; no es ya esta época la de la libre competencia, y no puede ya hablarse de un capitalismo progresista salvo que se refiera a determinadas regiones y momentos específicos, mientras que el mundo como un todo es imperialista y reaccionario.
Las componendas con el populismo implican la aceptación más o menos encubierta de la viabilidad de reformas “campesinistas” como avances hacia un socialismo, como “pasos intermedios” en la lucha por la supresión gradual de la explotación.
Uno y otro tipo de arreglos son inaceptables para lograr los grandes objetivos de las masas trabajadoras, incluso de aquellas que las defienden. Por ello, el fin del imperialismo, la unidad latinoamericana y el socialismo no son sino capítulos de una misma obra: la lucha de clases en la región, y en ella participamos todos de una manera u otra, por lo que conviene poner en esta lucha el esfuerzo teórico y la lucha práctica sobre bases leninistas, siempre con miras a su actualización permanente.
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El comercio y la deuda son los mecanismos de que se vale el imperialismo para explotar directamente a América Latina, detrás de ambos se encuentra la fuerza militar de los EU, como lo ha demostrado la historia reciente.
Tenemos todo un inventario de invasiones extranjeras en América Latina, sobre todo de los EU, pero también de Inglaterra, Francia, España y Alemania. Intereses financieros y comerciales han provocado estas intervenciones.
El asunto del comercio y la deuda delatan el verdadero contenido económico de todo movimiento político-militar. Aquellos movimientos que se oponen sólo de palabra al comercio desigual y al pago de la deuda externa o “interna”, pero en realidad contemporizan con estos, sólo constituyen agentes apaciguadores de las masas.
En México, el grueso de las organizaciones de “izquierda”, ni siquiera se atreven a mencionar estas cuestiones o solamente lo hacen de pasada, procurando no inquietar al gran capital internacional. Así demuestran su vena reaccionaria.
Por ello, el programa de la unidad latinoamericana también pasa por establecer una posición común respecto al comercio y la deuda como auténticos ejes del discurso económico de la revolución. En otras palabras, las cuestiones del comercio y la deuda representan la revolución en el terreno económico.
Sólo unos pocos países como Cuba plantean con toda la dureza el problema de la deuda y el comercio mundial. México ha llegado hasta el extremo de pactar un tratado de libre(sic) comercio (el TLCAN) con los EU y Canadá. Otros países oscilan entre el reconocimiento de la problemática y la sumisión a los EU y a Europa occidental. Pero lo cierto es que a pesar de organismos como el MERCOSUR, la región sigue con el grillete de la deuda y el papel de productora de materias primas apenas elaboradas.
¿Cuál sería el objetivo de la revolución latinoamericana?
En el extremo, cancelar el pago de la deuda sin reparaciones de ninguna clase, y en lo referente al comercio, el inicio de una industrialización masiva que hiciera de la región una zona altamente tecnificada, capaz de desplazar a otros países de su lugar en la división internacional del trabajo.
Se trata de tomar la delantera.
Se trata de luchar para retener el capital que el imperialismo se zampa y emplearlo para el desarrollo propio. No es cosa menor, puesto que el imperialismo disputa cada centavo de capital formado en cada región del mundo, y está más que presto a luchar para conservar esas presas.
América Latina tendrá que luchar por su capital, pero la burguesía prefiere cederle la tajada del león a la burguesía extranjera a luchar. Tienen que ser definitivamente los trabajadores los que luchen por el uso provechoso del producto de su labor cotidiana.
Y esto plantea la cuestión del poder, porque quienes tienen que luchar están fuera de él.
No hay mayor dilema teórico al respecto. El problema son los cómos y los cuándo.
Pero ése ya es otro cantar.
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El desarrollo socioeconómico no es, como suponen los liberales, un proceso puramente económico, sino que involucra al conjunto del entramado social, el legado cultural, la situación geográfica, el orden jurídico-político, etc. Involucra problemas que van más allá de la esfera económica y que demandan más que planteamientos de gestión administrativa pública, de los que tanto gustan los llamados ‘tecnócratas’, o más bien, burócratas financieros del Estado.
La renta nacional es materia de litigio en cuanto se la obtiene; pero es en el proceso de producción donde se determina que esto sea así; los burócratas financieros sólo miran la cuestión de la renta, y eso de manera parcial, sesgada, y la producción de esa misma riqueza queda fuera de su radar; por ello la división de la sociedad en clases antagónicas que combaten entre sí, no es algo a considerar, o sólo lo es de manera limitada y deformada, desde el punto de vista de la clase burguesa, como algo que compete a la parte ‘política’ del aparato de Estado y a los partidos políticos. Ciertamente creen en la división del trabajo.
Pero el problema del desarrollo no se limita a la distribución de la renta, en todo caso es más importante el quién controla esa renta, pues de ello depende si se la emplea en el país o en el extranjero, si sus beneficios se quedan acumulados en el país de origen o si van a los bolsillos de los capitalistas imperialistas.
La acumulación de capital, la reinversión completa sumada a recursos adicionales es un factor más importante que la simple división de la renta nacional.
La acumulación de capital acarrea y es producto, a la vez, de procesos más básicos: de la creciente diferenciación de la sociedad en capitalistas y proletarios, de la necesidad de mejorar la producción para mantener el margen de ganancias. En suma, es causa y consecuencia del nacimiento, desarrollo y maduración de las relaciones de producción capitalista, de su extensión al conjunto social, de su creciente dominio de este por el cual se accede al desarrollo económico en el sentido estricto del término, entendiendo por desarrollo económico el desarrollo capitalista.
Porque en ningún momento se ha hablado de otro orden económico que el capitalista, valga la advertencia para quien considere que rebasamos a la realidad “por la izquierda”.
Los burócratas financieros tienen razón cuando miran el desarrollo como acumulación de capital, pero no saben en realidad qué es acumular capital en términos sociales; pues este proceso no se refiere sólo a la acumulación de maquinaria, materias primas, instalaciones, vehículos, etc., ni siquiera a la formación de “capital humano”, la formación de especialistas industriales, etc., se refiere a desarrollar las medidas necesarias para concentrar el capital en cada vez menos poseedores, a centralizar el capital ya existente y a impedir que los trabajadores dejen de laborar en las condiciones apropiadas para la valorización del capital, esto es, que los trabajadores no dejen de ser apéndices de la gran producción mecanizada trabajen en ella o no.
No es gratuito tal olvido, pues la gestión de los asuntos burgueses cercena todo pensamiento independiente en estos profesionales, y los limita al estrecho ámbito del pensamiento burgués.
La gestión económica capitalista se contenta con los procesos parciales al interior de la fábrica, de la rama industrial, incluso del país o del mundo, pero siempre separando la infraestructura (relaciones de producción) de la superestructura (Estado, leyes, instituciones), deshaciendo así el todo social sin volverlo a reconstruir.
El logro de reconocer el todo social y desarrollar las herramientas para su comprensión teórica corresponde al marxismo.
Por ello, esta teoría-método tiene que implantarse sólidamente en América Latina con mayor fuerza que en épocas pasadas, al grado que constituya un elemento inseparable del análisis de la correlación de fuerzas en los movimientos revolucionarios.
El análisis marxista de la economía política es el indicado para la teoría de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, pues es el único que los arma para afrontar la cuestión del desarrollo económico sobre bases científicas frente a los alegatos ideológicos de los liberales, los populistas, los anarquistas y los burócratas financieros.
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La cuestión agraria en América Latina aún cuenta con un peso considerable, no sólo en la economía, sino también en la política y en general en la lucha de clases.
Por principio, es una actividad que emplea una masa importante de trabajadores, sobre todo en las unidades menos productivas; lo cual tiene un impacto particular porque un mínimo aumento en la productividad arroja decenas de miles y aún cientos de miles de trabajadores rurales a las ciudades o al extranjero, proceso que impacta a un país en sólo en términos demográficos y culturales, sino que exacerba la lucha de clases, fortalece a la burguesía y llena al contingente proletario de elementos inestables que sólo con el tiempo se vuelven auténticos elementos de la clase.
Por la parte de la producción, la agricultura es un rubro de primordial importancia pues ciertos productos agrícola llegan incluso a ser los únicos productos que el mercado internacional acepta de América Latina, v. gr., el café, el plátano, el azúcar, la marihuana, la cocaína, el opio, la soya, las hortalizas, etc.; de manera que el imperialismo depara que este tipo de cultivos se fortalezcan en detrimento de otros cultivos y aún de productos industriales, volcando las energías del campo en productos que no reportan beneficios al país, lo que ayuda a perpetuar la dependencia y la desigualdad.
El esquema agrícola está configurad de tal manera que la actividad productiva no sirve realmente a los intereses, necesidades y gustos del país, sino a las necesidades del mercado mundial, esto es, a la burguesía imperialista.
La alimentación se torna cuestión estratégica por cuanto la producción de alimentos no es prioritaria, los países de América Latina se han convertido en importadores de alimentos, sobre todo granos, lo que los pone a merced de los especuladores a escala internacional, quienes siempre buscan el máximo beneficio; lo que determina una “división de la explotación”: los productores agrícolas no producen alimentos, sino, por ejemplo, café, explotan a sus trabajadores para obtener café y les pagan su salario, pero no les proveen de alimentos, por lo que los trabajadores los compran en el mercado, que está en manos de los acaparadores extranjeros, quienes pueden aumentar los precios. De esta manera, los campesinos sirven a dos amos, a quienes les proporcionan trabajo y a quienes los proveen de alimentos, sin contar todo lo demás que compran y que no producen ellos mismos.
La estructura agraria latinoamericana genera y regenera la dominación imperialista en el subcontinente tal como lo hace el resto de la estructura social.
Por ello, entre todas las cuestiones que atañen al movimiento revolucionario de la región, en lo que respecta al campo el punto principal es la determinación exacta del estado que guarda la lucha de clases.
Tarea nada fácil pero indispensable, para lo cual se necesita determinar cómo se distribuye la población en las distintas unidades de producción, determinando cuáles trabajadores son jornaleros, cuáles obreros agrícolas, cuáles pequeños burgueses, grandes burgueses, terratenientes, etc.
Este trabajo indicará cuál es la fuerza revolucionaria en el campo, cuál será el apoyo que el campo proporcionará a la eventual insurrección de la sociedad urbana.
El problema no admite soluciones de principio; no puede descartarse que algunos sectores que pasarían por reaccionarios acabasen transformándose en revolucionarios leales, pues debe recordarse que la situación rural posee una determinación singular en la cuestión de la producción: ahí se dirime en gran medida la cuestión de la posesión de la tierra.
La tierra, como se sabe, constituye un monopolio sobre un bien finito; y su paso de unas manos a otras no se produce con tanta facilidad, incluso en el capitalismo más avanzado, cuando la tierra se transforma en mercancía. Por ello, la posesión de la tierra se torna en una cuestión directamente imbricada en la lucha de clases, pues la pelea por la tierra que se da entre los pequeños y los grandes propietarios es una pelea por los medios de producción; una lucha por la propiedad, esta propiedad hace revolucionario al campesino, con todo lo que eso implica en cuanto a las limitaciones de ese revolucionarismo en la práctica.
Si este revolucionarismo llega más lejos que la reivindicación de la tierra ya es otra cuestión. A este respecto los proletarios urbano-industriales tienen una ventaja, a saber, que su lucha sólo puede ser en común, necesariamente, pues común es su trabajo cotidiano y en común han de arrancar la propiedad a los capitalistas. Mientras que el campesino que lograse obtener su tierra podría cultivarla él solo con su familia, separándose de la continuación de la revolución, e incluso atrincherándose contra la colectivización del trabajo agrícola, lo cual acabaría por impedir la mejora de la producción, estancándola y poniendo en jaque a la ciudad socialista al privarla de los alimentos y materias primas necesarios para su desarrollo y del mercado para sus productos.
Se plantea la disyuntiva de una nueva revolución agraria, con o contra los campesinos, para hacer de ellos productores colectivos, poseedores en común de la tierra junto con todos los demás trabajadores del país, que también tienen derecho a los productos del campo. Posesión, desde luego, que ha de garantizar el Estado de los trabajadores, el Estado socialista.
El camino para lograr esto es una interrogante, la URSS con Stalin emprendió esta segunda revolución por la fuerza, colectivizando a los campesinos en granjas colectivas llamadas sovjoses y koljoses como medio de hacer frente a la crisis de la producción agrícola. El resultado de esto aún es, y seguirá siendo, discutido. Pero es claro que la dirección soviética de entonces comprendía perfectamente la cuestión.
China siguió con la vía capitalista en el campo tras varios intentos de empujar la colectivización socialista de los campesinos. El país constituye una formación social donde se ensamblan diferentes modos de producción con la preeminencia del sector socialista. Pero en lo que respecta al campo, da la impresión de que es la vía capitalista la que impera incontestablemente pues la dirigencia china intenta de esta manera diferenciar al campesinado, aún inmenso, y a la par seguir contando con los productos y el mercado rural. Un poco de la NEP soviética, pero mucho más relajada en lo que respecta a la industria urbana, llegando al extremo de que los “Nepman” chinos han cobrado un gran poder que ignoramos en qué grado influye en las decisiones del PC chino.
América Latina tiene que poner especial atención tanto a las experiencias soviética y china como a la cubana, más cercana aunque no demasiado a las del resto del subcontinente. En Cuba, el monocultivo planteó y plantea todo un reto a la capacidad del país para obtener la gama de artículos que necesita, Cuba era, y aún es en gran medida, una economía cercenada, era un apéndice de la economía de los EU. Al socialismo cubano le benefició la relativa homogeneidad del país y su carácter insular, pero le planteó el reto del abasto de muchos productos y el menudo problema de orientar al campo a la obtención de una producción más variada sin soltar las riendas de los campesinos, de la tierra. El país se ha visto obligado a adquirir alimentos a los mismos EU, a favorecer el turismo, a buscar petróleo en aguas ultraprofundas, en fin, a luchar por obtener divisas para concurrir en el mercado mundial lo menos desventajosamente posible.
Esto no deja de producir deformaciones considerables. Se corre el riesgo de que el campo pase de ser fortaleza a ser debilidad, que en vez de abastecedor y mercado se convierta en productor de descontentos que pongan en jaque al socialismo. Ni siquiera el mejor con el mercado mundial imperialista puede subsanar el déficit agrario pues siempre harán falta divisas.
Ninguno de los retos que se plantean a las masas revolucionarias tiene una solución obvia, por cuanto las sociedades acarrean una larga historia que las determina.
Y la cuestión agraria es, de suyo, una de las más complejas conforme nos alejamos de los países industrializados, hacia la “periferia” capitalista.
Donde los campesinos o pequeños propietarios en general tienen mayor peso demográfico , la cuestión adquiere tintes más dramáticos y se constituye en el eje central de la lucha de clases nacional.
Pero también en países con mayor peso de la población urbana, como México, la cuestión agraria es crucial por lo que respecta tanto a las masas de pequeños productores inmersos en un brutal proceso de diferenciación social que arroja una cantidad descomunal de trabajadores a las ciudades y al extranjero, desplazando fuerza de trabajo que queda mal remunerada o parada y va a engrosar las filas de la miseria urbana, el ejército de reserva del capital.
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