Teoría del Estado.
Desde que el ser humano surgió como especie separada ha vivido en comunidad y ha requerido un gobierno. Y este gobierno ha tenido formas muy diferentes a lo largo de la historia, pues ésta se compone de diferentes etapas, fases y líneas de desarrollo que son, a su vez, diferentes para cada pueblo.
La necesidad de gobierno es, pues, imperecedera. Pero no todo gobierno ha sido como el de nuestra época, pues en la actualidad la noción de gobierno es inseparable de la de Estado, las sociedades antiguas no conocieron Estados hasta que alcanzaron una determinada fase de su desarrollo histórico.
Cabe hacer una puntualización. Por gobierno se entiende la institución de cierta dirigencia y de normas de conducta; pero puede ocurrir que el verdadero poder se halle en manos de personas o grupos que no son parte formal del gobierno, y que el gobierno reconocido como tal simplemente se limite a asumir las decisiones que otros toman. Tal es el caso de los gobiernos neocoloniales.
El gobierno es el poder de decisión de las comunidades humanas, más allá de formalidades o protocolos. En lo sucesivo se hará uso de esta puntualización al hablar de Estado y de gobierno.
Ahora retomemos el hilo de la cuestión.
Siempre ha habido gobierno, o sea, una gestión pública de los asuntos comunes de los grupos humanos; pero no siempre ha habido Estado. ¿Qué es entonces el Estado? ¿Cómo ha surgido? Ambas preguntas se entrelazan íntimamente.
Origen y naturaleza del Estado.
Como se ha mencionado, las antiguas comunidades tenían su gobierno. Éste se componía de los consejos de ancianos, las asambleas generales de la tribu, los jefes militares y los del culto. En el marco de estas instituciones se dirimían los asuntos comunes y las relaciones con otras tribus. Eran instituciones democráticas pues todos los individuos estaban integrados en la misma categoría social: no se hallaban divididos por la propiedad, como ocurriría en épocas posteriores.
La situación comenzó a cambiar conforme los seres humanos comenzaron a comprender mejor el funcionamiento de los ciclos naturales y con ese conocimiento lograron desarrollar mejores formas de aprovechamiento de los recursos a su alcance, lo que resultó en una cantidad mayor de productos a su disposición. Empezó a generarse un pequeño excedente que permitió a algunos miembros de la tribu dejar el laboreo de la tierra y el ganado para dedicarse de tiempo completo a actividades como la alfarería.
Pero algunos se dedicaron a actividades que no proporcionaban ningún bien material, como es el caso de la difusión de las ideas religiosas o el ejercicio de las armas. Los jefes religiosos se hicieron líderes de la comunidad junto con los jefes militares, y en virtud de ello se fueron apropiando de cantidades cada vez mayores de productos excedentes, lo que incrementó su poder y su influencia. El ocio ganado les sirvió para adquirir una cantidad cada vez mayor de conocimientos, aprendieron a registrar por escrito, a hacer cálculos, a observar los astros, a medir el tiempo, y a diseñar y construir edificios. Todo esto les permitió dirigir la producción y convertir la vida comunal en vida civil. El resultado histórico fue que unos pequeños grupos organizados se volvieron capaces de dirigir masas de población en tiempos de paz como de guerra.
El creciente aumento del poder del gobierno, así como la crecientemente compleja naturaleza de sus funciones, hicieron necesaria una educación esmerada de los funcionarios; ya no bastaba la tradición conservada por los ancianos, y la democracia tribal estorbaba al funcionamiento apropiado de las instituciones. El salto histórico que se produjo fue sencillo en principio, pero implicó cambios revolucionarios. Los jefes del gobierno se hicieron funcionarios permanentes y se les empezó a reclutar en unas pocas familias de prestigio, recayendo en los niños privilegiados la educación más avanzada. Como resultado, el cuerpo de funcionarios y gobernantes se hizo cada vez más cerrado, más articulado, con jerarquías bien establecidas, y sobre todo, este grupo se fue situando cada vez más por arriba y alejado del pueblo llano, cada vez más al servicio de las familias privilegiadas y menos al servicio de las necesidades comunes: había nacido el Estado.
La sociedad se había escindido en clases separadas, unas clases trabajaban para otras sin retribución. Pero esta afirmación debe matizarse en lo que respecta a la antigüedad, en la cual las clases dirigentes eran verdaderamente organizadoras de la producción, misma que no habría alcanzado los niveles que alcanzó sin el conocimiento y las habilidades organizativas desplegados por los dirigentes en las tareas de administración y organización de la agricultura, la construcción civil, la aplicación de la ley y la defensa militar. El Estado, en estas épocas, tenía razón de ser, era una necesidad histórica.
En épocas sucesivas, las características del Estado se fueron afinando, el aparato y la clase dirigente se fueron alejando cada vez más del pueblo y sus necesidades, y fueron adquiriendo una naturaleza cada vez más acusadamente parasitaria y represiva. Su condición de servidor de la clase dominante se hizo cada vez más incompatible con el interés común de la sociedad, y el descontento del pueblo adquirió cada vez más frecuentemente el carácter de revolución popular contra el Estado.
Estructura del Estado.
El Estado, pues, cumple una misión histórica, su surgimiento corresponde a un determinado estadio de la organización social. Para actuar eficazmente, el Estado se compone, a lo sumo, de tres secciones: a)un aparato burocrático; b)un aparato represivo; y c)los aparatos ideológicos.
El primer apartado, el aparato burocrático o burocrático-administrativo, se integra con los cuerpos de funcionarios electos y/o designados que cumplen la función de regular y organizar las relaciones entre los grupos sociales y los individuos, o sea, entre poseedores y desposeídos. Los registros civiles, las tesorerías, los catastros, las oficinas de supervisión y control, etc., conforman este aparato. Una sub-sección más técnica de este aparato la integran las administraciones de salud y sanidad, de educación, de protección civil, de protección ambiental, etc., que cubren funciones indispensables, aunque lo hagan deformadamente, en tanto que siempre evitan que su actuación perjudique los intereses de las clases dominantes.
El aparato burocrático se encarga de encuadrar a la sociedad en una norma única de obligatoriedad general a través de sus certificaciones, permisos, contribuciones, registros, etc. Integra una contabilidad y control nacionales, colecta la información indispensable para el gobierno y le permite ejecutar sus disposiciones; limitando lo más posible la iniciativa popular, sobre todo cuando ésta se opone directamente a los intereses de las clases dominantes.
La burocracia se ocupa sobre todo de la reglamentación del derecho de propiedad. La defensa de la propiedad es la piedra fundamental de la legislación, es la fuente última de las ordenanzas burocráticas; pero es la labor cotidiana de la burocracia la que le da expresión viviente al ordenamiento legal del país. No es la ley la que le confiere poder a los funcionarios y a los capitalistas sobre la sociedad, sino el poder de funcionarios y capitalistas el que le da sentido a la ley.
La otra sección del Estado es el aparato policiaco-militar o represivo, que como su nombre lo indica, está destinado a contener las rebeliones populares cuando éstas ya no pueden ser contenidas por las medidas burocráticas.
El aparato policiaco-militar se integra principalmente por el Ejército regular, también incorpora las corporaciones policiacas, las cárceles y los tribunales, los servicios de espionaje y las milicias irregulares.
Como ha ocurrido frecuentemente en la historia, los pueblos tienen conflictos entre sí, llegando incluso a las armas, lo que llevó a la formación de milicias para la defensa y el ataque. Pero a partir de la formación del Estado, tales milicias adquirieron un carácter permanente, constituyéndose en Ejércitos profesionales cuya función primordial ya no era la defensa respecto al agresor externo o la conquista de otros pueblos, sino la represión de los descontentos al interior del propio país. Aunque los Ejércitos siguieran defendiendo a los países o conquistando a otros, incluso estas operaciones estaban subordinadas a los conflictos internos, como lo demuestra ampliamente la historia del colonialismo, durante el cual los países europeos se dedicaron a conquistar naciones enteras y a disputárselas entre ellos armas en mano a fin de apoderarse de riquezas que evitaran una guerra de clases en sus propios países.
La guerra civil, declarada o larvada, tomó el lugar de la guerra exterior. Esto explica el inusitado despliegue de crueldad que hacen los ejércitos contra sus propias poblaciones cuando se oponen a que la riqueza se quede en unas cuantas manos.
El Estado en México.
La existencia del Estado en México se remonta por lo menos a Teotihuacan, cuyo desmoronamiento parece más obra de conmociones civiles que de invasiones militares. El Estado resurge con los toltecas de Tula, con los chichimecas y aztecas del Valle de México y los mayas de Yucatán. Al producirse la invasión española, el Estado mexica es destruido y sustituido con el Estado colonial español.
El nuevo Estado servirá al conjunto de los intereses de terratenientes y mercaderes españoles; será un Estado de clase y de raza, un aparato de dominación al servicio de los españoles ricos y de su Corona de ultramar. El objetivo es esquilmar al indio, dado que el oro americano era poco más que un mito antes de que se descubrieran las minas de plata de México y del Perú. Para hacerse ricos, los españoles construyeron haciendas, minas y obrajes bien reglamentados, cuyo monopolio era garantizado por las autoridades coloniales, y cuando los indios se rebelan, los colonos ibéricos se agrupan en milicias para defender sus propiedades y cargos.
Hacia el fin de la Colonia, los amos de la sociedad colonial se hallaban descontentos con una metrópoli (España) cada vez más parásita, cuya dominación se hacía más superflua, por cuanto el comercio ilegal y directo con Inglaterra era más redituable. Pero derribar el gobierno colonial para instaurar uno independiente implicaba el peligro de agitar a las masas miserables de peones y esclavos, indios y negros. Sin embargo, era necesario que las masas proporcionaran la carne de cañón, sin la cual no podía llevarse a cabo la empresa. Finalmente las clases dominantes locales precipitaron la lucha de liberación; pero con Hidalgo, Morelos y Guerrero se desató la insurrección popular, los pobres lucharon para que la rebelión anticolonial llegara mucho más lejos, dando fin a la explotación servil y a la esclavitud en que se hallaban sumergidos. Y esto desató la guerra civil, que fue particularmente sangrienta. Los independentistas ‘moderados’, representantes de la naciente pequeña propiedad se aliaron con los españoles para aplastar a las masas insurrectas, tras lo cual independizaron al país con Iturbide como jefe de Estado (más bien ‘emperador’ de opereta). La nueva coalición dominante, pues, se apoderó del Estado, no en el marco de ‘acuerdos’, ‘voluntades libres’ y ‘consensos’, sino aplastando primero la revolución social y luego apartando el estorbo que significaba la Corona española. El ‘nuevo’ Estado será, como el de los españoles, un aparato al servicio de los hacendados, de los mineros, de los comerciantes, todos criollos y españoles; quedando relegados los intereses populares antiesclavistas y anti-feudales.
Esta situación acarreará una época de inestabilidad caracterizada por los cuartelazos y golpes de Estado, y ello debido en gran parte a que el Estado no era plenamente nacional, al haber excluido, pero no sometido completamente, a las mayorías.
Sólo hasta el fin de la invasión francesa (1862-1867) podrá hablarse de un Estado nacional mexicano. Es cuando los hacendados y los comerciantes se apoderaron de las tierras eclesiásticas, y éstas entraron parcialmente al ámbito mercantil, constituyéndose los rudimentos de una burguesía nacional que en lo sucesivo irá fortaleciéndose y con ella el Estado, el cual logra en esta época imponer la unidad nacional al pueblo, hasta en los lugares más alejados, tarea que resultó imposible para el viejo Estado terrateniente-mercader colonial.
Correspondió a la dictadura de Díaz consolidar al Estado mexicano y sentar las bases de una formación social capitalista plena. En esta época, la burocracia heredada de la Colonia se afina y amplía su alcance, se crea un Ejército nacional permanente que ya no depende de los jefes locales, y se crean cuerpos policíacos de alcance nacional, como la guardia de rurales.
Todo esto ocurre a la par del incremento de la actividad económica y de la creación de nuevas industrias. El Estado representará en lo sucesivo a los intereses de la alianza de los terratenientes y de los capitalistas mexicanos y extranjeros. La creación de las redes ferroviaria y telegráfica logró que el brazo del Estado llegara hasta los confines del país, sometiendo hasta las rancherías más apartadas a su contabilidad y control. Las sublevaciones populares, que no fueron pocas en este periodo, fueron aplastadas rápidamente por el gobierno.
La revolución de 1910 demolió el aparato represivo del Estado porfirista aunque conservó el burocrático. La insurrección popular, encarnada en las milicias villista y zapatista, fue derrotada por la alianza de capitalistas, terratenientes y pequeños productores (rancheros), aunque los pequeños propietarios estaban inicialmente aliados a la revolución, retrocedieron temerosos ante la anarquía y la cada vez más feroz lucha entre los oligarcas y los peones insurrectos.
Las clases dominantes se coaligaron en el constitucionalismo carrancista, que bajo el mando de Obregón y Calles (ya liquidado Carranza), produjo la síntesis revolucionaria, desbancando la revolución social, como antes aliada a esa misma revolución, desbancó a la restauración porfirista de Huerta.
El Estado que surgió de la revolución no fue fundamentalmente diferente al porfirista; básicamente estaba constituido por el aparato burocrático porfirista reforzado ahora con los cuadros revolucionarios y por el ejército constitucionalista. Será un Estado de clase de los terratenientes y de los capitalistas nacionales y extranjeros, sólo que ahora se van a incorporar elementos de la pequeña propiedad, lo que se expresó en la adopción de algunas reivindicaciones de esa clase en la Constitución de 1917 y en una contumaz demagogia pretendidamente popular.
Este carácter no variará en lo fundamental en las décadas siguientes, incluso en un periodo que se considera como de ascenso de la lucha emancipadora, el de Cárdenas en el cual, el poder de los potentados y del capital no sufrirá merma, y aún se verán reforzados gracias al parcial desmantelamiento de la gran propiedad territorial.
En el momento actual, este carácter del Estado es el que prevalece, aunque la correlación de fuerzas entre las clases dominantes se haya modificado sensiblemente, pues los terratenientes han perdido terreno frente a los capitalistas, fundiéndose con ellos en una misma clase; y ambos grupos han perdido terreno frente al capital extranjero, que en buena medida ha acabado absorbiéndolos, convirtiendo a los ‘capitanes de empresa’ en meros “asociados” o en francos asalariados, con lo que la economía mexicana ha quedado supeditada a las necesidades del extranjero.
Esta situación no ha dejado de tener consecuencias, pues la creciente presión del capital extranjero ha incrementado la explotación de los trabajadores mexicanos, ha empeorado las condiciones generales de vida, ha fortalecido al crimen organizado y ha reproducido la propia dominación extranjera, esto es, la ha tornado crónica.
El resultado ha sido que el país en su conjunto se vea confinado a un lugar subordinado en la división internacional del trabajo, de lo que resulta un drenaje de la riqueza producida hacia aquellos países con mayor productividad, drenaje que deriva a su vez en un empobrecimiento generalizado del país.
La combinación de las pugnas entre los capitalistas por una ganancia cada vez más exigua (relativamente), el empobrecimiento generalizado y la presión cada vez más febril del Estado para obtener recursos, mantener su influencia e impedir el ascenso político de las masas, han provocado una desestabilización generalizada del propio Estado y del conjunto de la sociedad.
La coyuntura presente.
El Estado mexicano actual es el Estado que garantiza la dominación de los grandes capitales al garantizar las condiciones legales y materiales de un dominio privado sobre bienes que por su naturaleza corresponden al conjunto de la sociedad: los medios de producción. En el momento presente, el Estado y la sociedad se hallan en una crisis profunda que es visible en forma cada vez más patente. El signo más saliente de esta situación es el derrumbe del sistema de seguridad pública; y es significativo por cuanto la principal atribución del Estado es la de mantener en sus manos el mando de los cuerpos de seguridad. La situación se ha desenvuelto de tal manera que el territorio es un hervidero de grupos armados irregulares que sirven a sus propios intereses. Los propios cuerpos de seguridad del Estado se hallan infiltrados por agentes del crimen organizado. Las calles se han convertido en campos de batalla donde se baten bandas rivales de narcotraficantes. El reto al Estado es claro.
Más aún, el gobierno ha cometido el error de hablar de una ‘guerra contra el narcotráfico’, equiparando en los hechos a las bandas criminales con el Estado, como si se tratase de fuerzas beligerantes que luchasen por los mismos objetivos.
Incluso un régimen de dominación de clase tiene funciones públicas que cumplir, y también una serie de funciones técnicas que atender; en México el Estado se ha visto cada vez más limitado en su poder por el avasallamiento del capital extranjero, lo que ha comprometido el cumplimiento de esas funciones. También ha contribuido a ello la conversión cada vez más acusada de la burguesía mexicana en un mero apéndice de la burguesía estadunidense, en una burguesía ‘compradora’, que absorbe la inflación yanqui para colocar, a cambio, una mayor cantidad de productos en el mercado del norte. Y para evitar que esto provoque la caída del nivel de ganancias, se recurre al expediente de la sobreexplotación del trabajador mexicano, y en disputar con creciente voracidad las principales rentas con que cuenta el país: la petrolera, la derivada del trasiego y producción de drogas, y las remesas de los migrantes. Estas rentas han tornado aún más parasitaria la naturaleza de la clase capitalista mexicana, de manera que sus principales talentos empresariales no están volcados al mejoramiento y ampliación de la producción, sino a la disputa por la renta petrolera, a la evasión de impuestos, al ‘lavado de dinero’, a la obtención de contratos del Estado, al contrabando de mercancías chinas, etc.
Siendo una burguesía de un país pobre, la clase capitalista mexicana se ha contagiado profundamente del parasitismo que caracteriza al capitalismo estadunidense.
Y el Estado se resiente de ello; está al servicio de la fracción más reaccionaria del capital, al capital rentista-monopolista, que no genera nada, sino sólo redistribuye lo que otros produjeron en la industria, el comercio y la agricultura; en estas circunstancias, bajo el influjo de esta fracción de clase y en las condiciones concretas de la dominación que ejerce el capital yanqui, el Estado mexicano padece un proceso de descomposición que no implica necesariamente su desaparición, sino la exacerbación de sus características más opresivas y antidemocráticas en un ambiente de convulsión social e inseguridad en el cual se pone en juego la cuestión de si la sociedad sustituye al Estado con una forma superior de organización social, o es la propia sociedad la que se condena a un estado de putrefacción generalizada crónica.
viernes, 22 de mayo de 2009
viernes, 8 de mayo de 2009
LA EXPLOTACIÓN DE LOS TRABAJADORES A TRAVÉS DE LA HISTORIA.
El trabajo del ser humano es, desde la remota antigüedad, condición de su existencia. Recolectar, cazar, pescar, sembrar, etc., son todas actividades en que se invierte trabajo para obtener bienes necesarios para alimentarse y protegerse del medio ambiente.
En épocas antiguas, en las comunidades más primitivas, el trabajo productivo era efectuado con la colaboración de todos los miembros del grupo, y todos se repartían los productos con arreglo a las necesidades de cada cual.
Con el tiempo, estas comunidades fueron aumentando sus conocimientos acerca del entorno, y gracias a ello desarrollaron mayores habilidades en la elaboración de útiles, armas y herramientas, conocimientos que redundaron en la obtención de cantidades cada vez mayores de productos del trabajo. Esto es, con mejores utensilios y mejores formas de emplearlos, el trabajo rendía más, y a su vez, con más productos, hubo comunidades más grandes y más productivas.
Incluso surgió la necesidad del almacenaje; se ensayaron primero las cestas de paja y mimbre para guardar bayas, granos, etc., luego la cerámica permitió elaborar toda suerte de recipientes de gran durabilidad. Llegaron inclusive a ser indispensables las bodegas, silos, trojes y demás instalaciones de la vida sedentaria cuando el trabajo alcanzó un alto grado de productividad, o sea, mayor cantidad de productos producidos por cada trabajador.
La generación de estos excedentes no sólo afectó las cuestiones técnicas del trabajo, sino que implicó grandes cambios en las comunidades primitivas: comenzó el proceso de acumulación de excedentes del trabajo productivo.
La acumulación de excedentes originó un cambio social profundo y fundamental: los excedentes fueron siendo apropiados, cada vez en mayor grado, por una minoría dentro de la comunidad, ciertos oficios y ocupaciones fueron ganando preeminencia sobre el resto: los oficios religiosos, la dirección militar, el comercio con otras comunidades, el trabajo de los metales, etc.; y a estas ocupaciones comenzaron a corresponder retribuciones cada vez mayores que se volvieron tributaciones, y los cargos públicos, antes honorarios, se tornaron en oficios de tiempo completo, con goce de nuevos beneficios antes desconocidos. La acumulación de excedentes se transformó entonces en acumulación de riqueza; y aquellos que hicieron de la riqueza su propiedad, perpetuaron su dominio sobre el conjunto de la sociedad.
La comunidad primitiva dejó de existir para dar paso a una sociedad dividida en dominados y dominadores, en opresores y oprimidos, en poseedores y desposeídos; terminaba la era del comunismo primitivo e iniciaba la era de las sociedades de clase. A lo largo de la historia pueden reconocerse distintos tipos de estas sociedades de clases:
-La sociedad esclavista, típica de Grecia y Roma, compuesta de patricios, plebeyos y esclavos. El trabajo era sostenido por los esclavos (prisioneros de guerra y capturados en razias) que eran comprados y vendidos para servir en campos de cultivo, minas y demás establecimientos, en provecho de los ciudadanos.
-La sociedad asiática, como su nombre lo indica, correspondió a los regímenes de la mayor parte de Asia, pero también a los de África y a la América precolombina. Se distingue por la existencia de comunidades agrarias autárquicas, autogobernadas en lo referente a sus asuntos cotidianos, pero regidas y explotadas por un poder centralizado que detentaba un poder estatal despótico-militar. Este poder explota a las comunidades para sostener ejércitos, así como para sufragar grandes obras de interés común, como las de irrigación. La rapiña, la conquista y los tributos sostienen este germen de Estado. El trabajo al interior de la comuna individual es efectuado en manera similar al del comunismo primitivo, con la singularidad de la acumulación de excedentes que van a parar a las arcas del poder central. Perteneciendo la tierra a la comunidad, por donación del Estado asiático, ésta se trabaja en común, por lo que la acumulación individual es mínima.
-La sociedad feudal, que surgió del derrumbe de la sociedad esclavista. En ésta, la base económica era el señorío, dominio de un noble investido por el rey. Esta posesión hereditaria era esencialmente autárquica, auto-sostenida; los siervos constituían la fuerza de trabajo fundamental y, aunque no pertenecían al señor feudal como los esclavos, no tenían más derecho sobre la tierra que trabajaban que el que les concedía el régimen feudal, del producto de su trabajo habían de descontar la parte del señor y la de la Iglesia. Tampoco tenían los siervos el derecho a abandonar el feudo a voluntad, su servidumbre era parte de la heredad. Tal estado de cosas se toleraba frente a la inseguridad que representaba la libertad en tiempos de hambre y guerras, en que los trabajadores “libres” acababan por engancharse en un feudo. En suma, la espada y la cruz dominan al trabajo.
-La sociedad capitalista es el producto último de la descomposición de las demás sociedades de clase. Cuando aquellas crecen y se desarrollan, incrementando sus contactos culturales y comerciales, generando incrementos cada vez mayores de excedentes. La descomposición del feudalismo se dio en el marco del incremento del comercio, al grado de que, en el marco de la propia sociedad feudal, capas urbanas de comerciantes y prestamistas acabaron por dedicarse de tiempo completo a la actividad comercial y usuraria, buscando comprar y vender con ventaja las mercancías foráneas; estas capas se dedicaron con ímpetu desconocido hasta entonces a enriquecerse, solo que su riqueza no consistía en tierras, que era la forma de la riqueza feudal, sino en oro y plata, o sea en dinero. Este dinero se transformó en la forma de riqueza predominante, que se invertía para generar más riqueza del mismo tipo, esto es, más oro y plata... más dinero.
Esta riqueza nueva, dinero para invertirlo con ganancia, o sea, valor que producía más valor, era el capital, y sus detentadores se denominaron capitalistas.
Con el paso del tiempo y la afluencia del oro y la plata de América, el capital comercial y usurario fue desplazando a la economía feudal, remplazándola con la economía mercantil, esto es, la economía destinada a la acumulación de dinero. El feudo comenzó a desmoronarse frente a la sed de oro y plata que invadió Europa y América.
En Inglaterra los poderosos expulsaron a los trabajadores de sus tierras y transformaron los campos de cultivo en prados de pastoreo y cotos de caza, obligando a los siervos de antaño a buscar desesperadamente trabajo o a emigrar a América. En este continente, la sociedad asiática fue demolida a golpes de espada y se convirtió a los comuneros en esclavos del naciente capital mercantil europeo, al que surtían de metales preciosos y cultivos tropicales como caña de azúcar, cacao, tabaco y café.
Así, el capital invadió la esfera de la producción, donde desplazó a las economías feudal y asiática al orientarlas a la producción de artículos destinados al mercado, incluyendo la propia fuerza de trabajo de los siervos y comuneros desplazados, que para sobrevivir debieron alquilarse al mejor y al peor postor.
El taller gremial, base de la producción industrial feudal, acabó por ser desplazado por el trabajo en talleres con asalariados o por el trabajo a domicilio contratado por los comerciantes, que urgían a los fabricantes a producir cosas para intercambiar en las recién abiertas rutas marítimas a América y al Asia oriental.
La manufactura inició la conquista de la industria por el capital. La manufactura significó una producción más rentable, debido a los ahorros derivados de la reunión en un solo taller de un gran número de trabajadores, lo que abarataba los gastos en instalaciones y almacenaje.
Pero el ansia de abaratar los costos motivó a los dueños de los negocios, del capital, a incorporar cada vez más mejoras técnicas, incluyendo maquinaria a vapor, eléctrica, diesel, con cuya intervención se consumó el despojo de los trabajadores y su dependencia económica, pues las máquinas eran costosas, lo que las hacía asequibles sólo a los dueños de grandes capitales, y las máquinas competían con enorme ventaja contra el trabajo manual abaratando no sólo los productos que realizaban, sino el propio trabajo de los artesanos provocando el despido en masa de los trabajadores, haciendo de estos “piezas desechables”.
Se llegó así a la cúspide: la gran producción fabril capitalista. El capitalismo se convirtió en el régimen dominante de la naciente economía mundial.
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Pero no puede considerarse que el triunfo del capitalismo sobre los otros modos de producción significara que estos desaparecieran del todo; antes bien el capitalismo se articuló con las formas de producir que ya encontró a su paso, e incluso incorporó en toda la línea formas de opresión antiguas, tal fue el caso de la esclavitud, que bajo el capitalismo revistió una brutalidad inusitada; también se reforzaron el peonaje, la piratería y la rapiña bélica, todas, formas de apropiación y reparto de la riqueza de carácter precapitalista.
Y ocurrió así, lo mismo desde los comienzos de la era capitalista, que a lo largo y ancho de su desenvolvimiento posterior.
El capitalismo, pues, no reviste exclusivamente aspectos “económicos”, “técnicos”, sino que en su desenvolvimiento se entrelazan con toda crudeza los métodos de acumulación más “antieconómicos”, como la piratería, la rapiña, el exterminio en masa de poblaciones enteras, la reubicación forzada y la expulsión de pueblos enteros, el consumo irracional de recursos no renovables, el reforzamiento del despotismo y el oscurantismo, en suma, el derroche inescrupuloso de fuerzas productivas que, sin embargo, ha servido para abrir paso a la imposición del nuevo modo de producir capitalista en momentos históricos en que su propio atraso relativo no le permitía aprovechar plenamente aquellos recursos .
La opresión capitalista es, pues, suma de todas las opresiones: a la opresión de los obreros industriales se suman la de los peones, los esclavos y de todas las masas hambreadas en los rincones más apartados del globo, de los desempleados, los aldeanos y pequeños productores, en suma, la opresión de todas aquellas masas trabajadoras que en mayor o menor grado elaboran la inmensa gama de productos de que se sirve la humanidad: desde un sofisticado satélite de telecomunicaciones, hasta un puñado de maíz.
A todos estos trabajadores los explotan por igual los miembros de la clase capitalista, en connivencia con los terratenientes, los jefes religiosos, los jefes militares, los “intelectuales” de derecha y los burócratas, así como sus lacayos de ocasión.
Estos grupos se hacen, de una manera u otra, del producto del trabajo de obreros, campesinos, intelectuales y demás trabajadores, y luchan constantemente por repartir y volver a repartir el botín arrancado, dando origen a luchas entre diferentes grupos de las castas dominantes, luchas a las que arrastran a los trabajadores, imponiéndoles un nuevo tributo: su propia sangre.
Pero también esto despierta una reacción en las masas trabajadoras; éstas asumen la tarea de defender sus propios intereses vitales, y se rebelan, aprovechando para ello las pugnas de las “élites”.
Por ello, la lucha de clases en el capitalismo adquiere un carácter permanente, pues su origen se halla en la condición misma de existencia del régimen capitalista, es decir, en la reproducción ampliada de un cúmulo de miseria en un extremo de la sociedad, el mayoritario y de una montaña de riqueza en el otro extremo, el minoritario; situación no evidente de por sí debido a la mistificación de la economía, a la ideología individualista y a las doctrinas religiosas.
Fascismo, chovinismo, clericalismo, colonialismo, democratismo ramplón, son todos ingentes esfuerzos para conciliar lo irreconciliable: los intereses de los que tienen todo con los de los que nada tienen. Es en el capitalismo, más que en cualquier otro régimen social de producción, donde es más tajante la separación entre las masas y una minoría expoliadora.
El capitalismo reúne en un solo momento histórico el pisoteo secular de la humanidad por su extremo más favorecido. Por ello, la lucha contra el capitalismo es el punto culminante de la historia de la lucha de las masas trabajadoras por su liberación; ya que este régimen proporciona más motivos de indignación, de afrenta, y entraña mayores riesgos a la sobrevivencia de amplias masas humanas que cualquier otro en la historia; pero no se trata sólo eso, sino que, más importante, el desarrollo capitalista pone frente a esas masas laboriosas los instrumentos de su liberación: la ciencia y la técnica modernas, y su base material, que es la gran industria fabril, que, de saberse utilizar, pueden ser las claves para arrojar al régimen capitalista al basurero de la historia.
Es el reto y las posibilidades de los tiempos actuales.
En épocas antiguas, en las comunidades más primitivas, el trabajo productivo era efectuado con la colaboración de todos los miembros del grupo, y todos se repartían los productos con arreglo a las necesidades de cada cual.
Con el tiempo, estas comunidades fueron aumentando sus conocimientos acerca del entorno, y gracias a ello desarrollaron mayores habilidades en la elaboración de útiles, armas y herramientas, conocimientos que redundaron en la obtención de cantidades cada vez mayores de productos del trabajo. Esto es, con mejores utensilios y mejores formas de emplearlos, el trabajo rendía más, y a su vez, con más productos, hubo comunidades más grandes y más productivas.
Incluso surgió la necesidad del almacenaje; se ensayaron primero las cestas de paja y mimbre para guardar bayas, granos, etc., luego la cerámica permitió elaborar toda suerte de recipientes de gran durabilidad. Llegaron inclusive a ser indispensables las bodegas, silos, trojes y demás instalaciones de la vida sedentaria cuando el trabajo alcanzó un alto grado de productividad, o sea, mayor cantidad de productos producidos por cada trabajador.
La generación de estos excedentes no sólo afectó las cuestiones técnicas del trabajo, sino que implicó grandes cambios en las comunidades primitivas: comenzó el proceso de acumulación de excedentes del trabajo productivo.
La acumulación de excedentes originó un cambio social profundo y fundamental: los excedentes fueron siendo apropiados, cada vez en mayor grado, por una minoría dentro de la comunidad, ciertos oficios y ocupaciones fueron ganando preeminencia sobre el resto: los oficios religiosos, la dirección militar, el comercio con otras comunidades, el trabajo de los metales, etc.; y a estas ocupaciones comenzaron a corresponder retribuciones cada vez mayores que se volvieron tributaciones, y los cargos públicos, antes honorarios, se tornaron en oficios de tiempo completo, con goce de nuevos beneficios antes desconocidos. La acumulación de excedentes se transformó entonces en acumulación de riqueza; y aquellos que hicieron de la riqueza su propiedad, perpetuaron su dominio sobre el conjunto de la sociedad.
La comunidad primitiva dejó de existir para dar paso a una sociedad dividida en dominados y dominadores, en opresores y oprimidos, en poseedores y desposeídos; terminaba la era del comunismo primitivo e iniciaba la era de las sociedades de clase. A lo largo de la historia pueden reconocerse distintos tipos de estas sociedades de clases:
-La sociedad esclavista, típica de Grecia y Roma, compuesta de patricios, plebeyos y esclavos. El trabajo era sostenido por los esclavos (prisioneros de guerra y capturados en razias) que eran comprados y vendidos para servir en campos de cultivo, minas y demás establecimientos, en provecho de los ciudadanos.
-La sociedad asiática, como su nombre lo indica, correspondió a los regímenes de la mayor parte de Asia, pero también a los de África y a la América precolombina. Se distingue por la existencia de comunidades agrarias autárquicas, autogobernadas en lo referente a sus asuntos cotidianos, pero regidas y explotadas por un poder centralizado que detentaba un poder estatal despótico-militar. Este poder explota a las comunidades para sostener ejércitos, así como para sufragar grandes obras de interés común, como las de irrigación. La rapiña, la conquista y los tributos sostienen este germen de Estado. El trabajo al interior de la comuna individual es efectuado en manera similar al del comunismo primitivo, con la singularidad de la acumulación de excedentes que van a parar a las arcas del poder central. Perteneciendo la tierra a la comunidad, por donación del Estado asiático, ésta se trabaja en común, por lo que la acumulación individual es mínima.
-La sociedad feudal, que surgió del derrumbe de la sociedad esclavista. En ésta, la base económica era el señorío, dominio de un noble investido por el rey. Esta posesión hereditaria era esencialmente autárquica, auto-sostenida; los siervos constituían la fuerza de trabajo fundamental y, aunque no pertenecían al señor feudal como los esclavos, no tenían más derecho sobre la tierra que trabajaban que el que les concedía el régimen feudal, del producto de su trabajo habían de descontar la parte del señor y la de la Iglesia. Tampoco tenían los siervos el derecho a abandonar el feudo a voluntad, su servidumbre era parte de la heredad. Tal estado de cosas se toleraba frente a la inseguridad que representaba la libertad en tiempos de hambre y guerras, en que los trabajadores “libres” acababan por engancharse en un feudo. En suma, la espada y la cruz dominan al trabajo.
-La sociedad capitalista es el producto último de la descomposición de las demás sociedades de clase. Cuando aquellas crecen y se desarrollan, incrementando sus contactos culturales y comerciales, generando incrementos cada vez mayores de excedentes. La descomposición del feudalismo se dio en el marco del incremento del comercio, al grado de que, en el marco de la propia sociedad feudal, capas urbanas de comerciantes y prestamistas acabaron por dedicarse de tiempo completo a la actividad comercial y usuraria, buscando comprar y vender con ventaja las mercancías foráneas; estas capas se dedicaron con ímpetu desconocido hasta entonces a enriquecerse, solo que su riqueza no consistía en tierras, que era la forma de la riqueza feudal, sino en oro y plata, o sea en dinero. Este dinero se transformó en la forma de riqueza predominante, que se invertía para generar más riqueza del mismo tipo, esto es, más oro y plata... más dinero.
Esta riqueza nueva, dinero para invertirlo con ganancia, o sea, valor que producía más valor, era el capital, y sus detentadores se denominaron capitalistas.
Con el paso del tiempo y la afluencia del oro y la plata de América, el capital comercial y usurario fue desplazando a la economía feudal, remplazándola con la economía mercantil, esto es, la economía destinada a la acumulación de dinero. El feudo comenzó a desmoronarse frente a la sed de oro y plata que invadió Europa y América.
En Inglaterra los poderosos expulsaron a los trabajadores de sus tierras y transformaron los campos de cultivo en prados de pastoreo y cotos de caza, obligando a los siervos de antaño a buscar desesperadamente trabajo o a emigrar a América. En este continente, la sociedad asiática fue demolida a golpes de espada y se convirtió a los comuneros en esclavos del naciente capital mercantil europeo, al que surtían de metales preciosos y cultivos tropicales como caña de azúcar, cacao, tabaco y café.
Así, el capital invadió la esfera de la producción, donde desplazó a las economías feudal y asiática al orientarlas a la producción de artículos destinados al mercado, incluyendo la propia fuerza de trabajo de los siervos y comuneros desplazados, que para sobrevivir debieron alquilarse al mejor y al peor postor.
El taller gremial, base de la producción industrial feudal, acabó por ser desplazado por el trabajo en talleres con asalariados o por el trabajo a domicilio contratado por los comerciantes, que urgían a los fabricantes a producir cosas para intercambiar en las recién abiertas rutas marítimas a América y al Asia oriental.
La manufactura inició la conquista de la industria por el capital. La manufactura significó una producción más rentable, debido a los ahorros derivados de la reunión en un solo taller de un gran número de trabajadores, lo que abarataba los gastos en instalaciones y almacenaje.
Pero el ansia de abaratar los costos motivó a los dueños de los negocios, del capital, a incorporar cada vez más mejoras técnicas, incluyendo maquinaria a vapor, eléctrica, diesel, con cuya intervención se consumó el despojo de los trabajadores y su dependencia económica, pues las máquinas eran costosas, lo que las hacía asequibles sólo a los dueños de grandes capitales, y las máquinas competían con enorme ventaja contra el trabajo manual abaratando no sólo los productos que realizaban, sino el propio trabajo de los artesanos provocando el despido en masa de los trabajadores, haciendo de estos “piezas desechables”.
Se llegó así a la cúspide: la gran producción fabril capitalista. El capitalismo se convirtió en el régimen dominante de la naciente economía mundial.
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Pero no puede considerarse que el triunfo del capitalismo sobre los otros modos de producción significara que estos desaparecieran del todo; antes bien el capitalismo se articuló con las formas de producir que ya encontró a su paso, e incluso incorporó en toda la línea formas de opresión antiguas, tal fue el caso de la esclavitud, que bajo el capitalismo revistió una brutalidad inusitada; también se reforzaron el peonaje, la piratería y la rapiña bélica, todas, formas de apropiación y reparto de la riqueza de carácter precapitalista.
Y ocurrió así, lo mismo desde los comienzos de la era capitalista, que a lo largo y ancho de su desenvolvimiento posterior.
El capitalismo, pues, no reviste exclusivamente aspectos “económicos”, “técnicos”, sino que en su desenvolvimiento se entrelazan con toda crudeza los métodos de acumulación más “antieconómicos”, como la piratería, la rapiña, el exterminio en masa de poblaciones enteras, la reubicación forzada y la expulsión de pueblos enteros, el consumo irracional de recursos no renovables, el reforzamiento del despotismo y el oscurantismo, en suma, el derroche inescrupuloso de fuerzas productivas que, sin embargo, ha servido para abrir paso a la imposición del nuevo modo de producir capitalista en momentos históricos en que su propio atraso relativo no le permitía aprovechar plenamente aquellos recursos .
La opresión capitalista es, pues, suma de todas las opresiones: a la opresión de los obreros industriales se suman la de los peones, los esclavos y de todas las masas hambreadas en los rincones más apartados del globo, de los desempleados, los aldeanos y pequeños productores, en suma, la opresión de todas aquellas masas trabajadoras que en mayor o menor grado elaboran la inmensa gama de productos de que se sirve la humanidad: desde un sofisticado satélite de telecomunicaciones, hasta un puñado de maíz.
A todos estos trabajadores los explotan por igual los miembros de la clase capitalista, en connivencia con los terratenientes, los jefes religiosos, los jefes militares, los “intelectuales” de derecha y los burócratas, así como sus lacayos de ocasión.
Estos grupos se hacen, de una manera u otra, del producto del trabajo de obreros, campesinos, intelectuales y demás trabajadores, y luchan constantemente por repartir y volver a repartir el botín arrancado, dando origen a luchas entre diferentes grupos de las castas dominantes, luchas a las que arrastran a los trabajadores, imponiéndoles un nuevo tributo: su propia sangre.
Pero también esto despierta una reacción en las masas trabajadoras; éstas asumen la tarea de defender sus propios intereses vitales, y se rebelan, aprovechando para ello las pugnas de las “élites”.
Por ello, la lucha de clases en el capitalismo adquiere un carácter permanente, pues su origen se halla en la condición misma de existencia del régimen capitalista, es decir, en la reproducción ampliada de un cúmulo de miseria en un extremo de la sociedad, el mayoritario y de una montaña de riqueza en el otro extremo, el minoritario; situación no evidente de por sí debido a la mistificación de la economía, a la ideología individualista y a las doctrinas religiosas.
Fascismo, chovinismo, clericalismo, colonialismo, democratismo ramplón, son todos ingentes esfuerzos para conciliar lo irreconciliable: los intereses de los que tienen todo con los de los que nada tienen. Es en el capitalismo, más que en cualquier otro régimen social de producción, donde es más tajante la separación entre las masas y una minoría expoliadora.
El capitalismo reúne en un solo momento histórico el pisoteo secular de la humanidad por su extremo más favorecido. Por ello, la lucha contra el capitalismo es el punto culminante de la historia de la lucha de las masas trabajadoras por su liberación; ya que este régimen proporciona más motivos de indignación, de afrenta, y entraña mayores riesgos a la sobrevivencia de amplias masas humanas que cualquier otro en la historia; pero no se trata sólo eso, sino que, más importante, el desarrollo capitalista pone frente a esas masas laboriosas los instrumentos de su liberación: la ciencia y la técnica modernas, y su base material, que es la gran industria fabril, que, de saberse utilizar, pueden ser las claves para arrojar al régimen capitalista al basurero de la historia.
Es el reto y las posibilidades de los tiempos actuales.
jueves, 2 de abril de 2009
El conflicto palestino-israelí y México: los métodos de Granados Chapa.
La tierra palestina es una delgada franja de tierra en el Mediterráneo oriental. Paso terrestre obligado entre África y Asia, su territorio ha sido ocupado una y otra vez por fuerzas invasoras asiáticas, africanas y europeas.
Aparentemente se trata de una parte del mundo realmente distante de México. Y sin embargo, los sucesos de aquella tierra han tenido y tienen relevancia para nuestro país. Sólo para comenzar, la religión más extendida en México, el cristianismo, tuvo su origen en Palestina y Cristo, “el Crucificado”, era palestino.
Por esto, numerosos nombres de personas y lugares en México recuerdan a Palestina.
Pero no únicamente las tradiciones bíblicas ligan a Palestina y México; más cercana a nosotros es la serie de conflagraciones que han tenido lugar entre el Estado israelí y la población palestina por la posesión de la tierra histórica de Palestina a partir de 1948. Esas guerras, y sobre todo la ocupación de Gaza y Cisjordania por Israel, han propiciado gran polémica en México.
Miguel Ángel Granados Chapa, afamado columnista de la revista Proceso y del diario Reforma, se pregunta perplejo por qué ese conflicto genera tanta atención y polémica en México, lo que “[....] contrasta con la ausencia de otros [conflictos] más sangrientos y prolongados pero que carecen de clientelas políticas en nuestro país” (Proceso 1685, págs.54-55, 15 de febrero de 2009, §5). Y cita los ejemplos del Congo, de Sierra Leona y Guinea, que a su juicio “merecen” más atención que el de Palestina. Es una interesante forma de presentar la cuestión: que cada lucha de liberación compita por las “clientelas políticas” para aparecer en noticiarios y periódicos.
El perplejo “opinador” no halla mejor explicación para aquello que lo sorprende que la de que los sucesos de Palestina generan atención exclusivamente por el hecho de que son explotados por grupos políticos marginales para fines aviesos, que de manera irresponsable crean el peligro de propiciar una ola de “judeofobia” con o sin la intención de hacerlo.
Que exista tal manipulación no explica ni mucho menos el fondo de la cuestión. Lo mismo puede ocurrir con cualquier “causa justa” en nuestra época; lo que hay que hacer, como analista, es ir al fondo de las cosas, y no quedarse en la superficie.
En virtud de lo dicho, ¿cuál es, a nuestro entender, la razón de esa atención ‘inmerecida’ al conflicto palestino-israelí?
La razón reside en un par de circunstancias que a nuestro opinador no parecen pasarle por las mientes.
En primer lugar, en Palestina las potencias neocoloniales, EU, Europa occidental, y una potencia colonial, Israel, combaten frontalmente a un pueblo invadido; y lo hacen ante la impotencia generalizada de los pueblos del área, con la complicidad de gobiernos y medios de comunicación de muchos países. Esto no ocurre de manera tan evidente en los casos africanos, donde la injerencia de las potencias se da por medio de grupos interpósitos y gobiernos locales y en un escenario marcadamente caótico, de manera que es casi imposible para un observador externo determinar en un momento preciso a qué intereses responde tal o cual grupo político o militar, de modo que a veces sólo queda solidarizarse con la población que sufre los estragos de la guerra y hacer una condena general a las potencias y empresas trasnacionales que lucran con los conflictos.
En Palestina, en cambio, el imperialismo no es un concepto más o menos abstracto, sino una realidad palpable en la cual la toma de partido no sólo es posible sino necesaria.
La segunda circunstancia que Granados Chapa pasa por alto, es la historia misma del conflicto y las particularidades de la evolución histórica del pueblo palestino antes y después del año crucial de 1948, que han sido tales que le han llevado a resistir las ofensivas israelíes hasta límites increíbles. Y tal capacidad de resistir ha propiciado de manera natural la simpatía de otros pueblos, sobre todo de aquellos que padecen o han padecido la opresión colonial, como es el caso de México. La persistencia de los palestinos en la defensa de su derecho a la autodeterminación, aún en el exilio, en los campos de refugiados o bajo las lluvias de balas y misiles, puede ser contada entre las grandes gestas de los pueblos.
A un intelectual acostumbrado a observar todo lo que ocurre en la política como bajado de las alturas de las élites, estas razones le parecerán “ingenuas”. Convendría recordar que principios de este tipo le dieron congruencia a cierta tradición diplomática mexicana, provocada, por cierto, por factores “internos” del país. Esa tradición repudió la asonada franquista, la anexión de Austria por Alemania, la invasión italiana a Etiopía, y ha reconocido hasta la fecha a la RASD como el régimen legítimo del Sahara Occidental, ocupado militarmente por Marruecos. ¿Considera Granados Chapa que en tales situaciones México debió hacer “propuestas equilibradas”, “condenado a ambas partes”, en vez de tomar una posición tan resuelta y tajante de condena a las potencias agresoras? Es decir, según Granados Chapa ¿se puede echar en el mismo saco a la República y a Franco, a Hitler y al pueblo austriaco, a Mussolini y al Ras Tafari, al POLISARIO y a los dinastas marroquíes? No podríamos decirlo.
Por lo menos sí sabemos que hay que condenar igualmente a la resistencia palestina y al Estado israelí, y que hay que aplaudir al gobierno mexicano por su ecuanimidad al obrar así.
¿Las razones para lavarse las manos? Hamas es terrorista y el gobierno israelí se ha visto obligado a defender a su población, aunque al hacerlo ha cobrado vidas de inocentes. Demostración de esto. Ninguna, es vox pópuli, todos los noticiarios de Europa y los EU lo dicen, ergo, debe ser cierto.
Naturalmente, se nos dirá, no se puede comparar a Hamas con la República española, etc. o sea, hay que esperar a la derrota de Hamas y a que pasen unos 60 años más para saber si tenía la razón histórica para proceder como procedió. Mientras tanto, según Granados Chapa, hay que atenerse al “principio periodístico” de dar a cada cual lo suyo, pues:
“ Sin aplicar el principio periodístico que demanda narrar la génesis de los acontecimientos, se cargaba la responsabilidad al ataque israelí, dejando en segundo lugar la causa de ese ataque [los ataques de Hamas con cohetes caseros] con lo cual se brindaba una comprensión a medias.” (§5)
Resulta entonces que por medio de este agudo ‘principio’, Granados Chapa llega a la conclusión de que la “causa” de la invasión israelí a Gaza en diciembre de 2008 no fue la ocupación israelí de Palestina, sino la respuesta palestina a esa ocupación. Tal lucidez deslumbra. Claro, Granados Chapa afirma que tal ocupación no existe, que el Ejército israelí había desalojado la Franja, para nuestro opinador no cuenta como ocupación el control israelí sobre puertos y pasos fronterizos, el espacio aéreo y la costa, el control sobre las operaciones financieras, el comercio con el exterior y la ayuda humanitaria, y desde luego el hecho mismo que nos ocupa: que Israel lance ataques militares masivos contra la Franja.
El afán de emparejar a Hamas y al gobierno israelí no es más que un artificio, un emplasto mal pegado que el opinador se esfuerza por hacer pasar como un procedimiento necesario para entender el conflicto. Pero no se trata mas que de un esfuerzo bien evidente, casi groseramente evidente, por conciliar un esquema preconcebido con la realidad que lo refuta implacablemente. Con sólo un recuento de las “hazañas” israelíes en Palestina , se tiene una idea clara de quién es el agresor y quién el agredido pues, como ya se dijo, en Palestina el colonialismo no se escuda tras grupos interpósitos, aunque lo haya intentado , sino que se presenta como el choque descarnado y brutal de un poderoso ejército contra un pueblo invadido que apenas puede oponer unos cohetes hechizos contra misiles de alta tecnología lanzados desde aviones supersónicos, entre otros “juguetes” que Washington proporciona alegremente a Tel Aviv; pero los palestinos le oponen algo aún más poderoso, que es su identidad nacional y una voluntad de resistir, pese a todas las contradicciones inherentes a una resistencia que se ha prolongado por más de 60 años.
Ahora bien, una cosa es pregonar la ecuanimidad, el “equilibrio informativo”, y otra muy diferente practicarlo. Granados Chapa primero defiende la necesidad de dar a cada cual lo suyo y luego dice:
“Fue perceptible también, aunque el tema deba documentarse para afianzar [?] esta afirmación, la dominancia de un enfoque favorable a “los palestinos”, como si fuera ese pueblo el blanco del ataque y no las instalaciones militares con cubierta civil de un grupo terrorista que ha cobrado un alto número de vidas.” (§ 5).
Granados Chapa podría “documentarse” para “afianzar la afirmación” del origen de las víctimas de los bombardeos israelíes, que, según el resto de los mortales, era palestino. Ciertamente no eran filipinos.
Tal pareciera que los militantes de Hamas y los que los sigan dejan de ser palestinos para ser “terroristas” y como tales se hacen reos de ejecución expedita. Es decir, si los palestinos poseen armas, “instalaciones militares”, organización, entonces cometen actos espurios, fuera de lugar, cometen actos condenables y, por lo tanto, es deber de un Estado civilizado poner las cosas en su lugar, destruyendo esas “instalaciones militares” con el costo de vidas que sea necesario (vidas de los palestinos, se sobrentiende).
Ahora bien, ¿qué se entiende por “instalaciones militares” en Palestina? Pedro Miguel lo pone así:
“[...] en Gaza no existen instalaciones propiamente militares, salvo las que Israel implanta para sus propias fuerzas. Hamas, que detenta algo de poder en la Franja [de Gaza], no es un ejército ni tiene un ejército; de hecho, lo difícil es determinar quién es civil y quién no en un territorio bajo el control de una organización calificada de “terrorista” y que no sólo promueve ataques suicidas y lanzamientos de misiles caseros contra Israel, sino que también está a cargo de escuelas, hospitales, plantas de electricidad, imprentas y centros de distribución de abastos.” (§ 5)
Para Granados Chapa no parece haber diferencia entre un búnker artillado y una mezquita donde un puñado de militantes se cubren del fuego israelí; toda instalación que “sirva” a “los terroristas” tiene que ser bombardeada y arrasada al costo que sea. Esta forma de razonar es la vieja táctica sofista de la amalgama, en ella se mezclan en un mismo saco afirmaciones contradictorias aunque aparentemente lógicas para validar cualquier afirmación.
Otra táctica sofista a que recurre Granados Chapa es la de contraponer declaraciones de funcionarios interesados, como si tales declaraciones aportaran realmente algo positivo. Esta táctica había sido legítima en una época en que la feroz censura del Estado impedía hablar de asuntos políticos si no se había pronunciado previamente un funcionario, se trataba entonces, de “tomarle la palabra” al gobierno, buscando las contradicciones del discurso oficial. Pero en la actualidad tales procedimientos son más propios de la autocensura que ejercen muchos periodistas para no hablar de cosas que pueden molestar al gobierno o a gobiernos extranjeros. A Granados Chapa parece preocuparle que la revista Proceso le dé la palabra a testigos de la invasión a Gaza más que al gobierno israelí, dice textualmente:
“Los favorecedores del equilibrio informativo echaron de menos el parecer de los gobiernos involucrados, es decir, la ausencia de la posición de Israel.” (§ 5)
Resulta curioso, por decir lo menos, que Granados Chapa cuestione así a una revista que se asume como un “semanario de información y análisis”; según el opinador, la edición sólo hubiera resultado realmente informativa y analítica si se hubiese acompañado de un boletín del gobierno israelí. Dígase lo que se diga, semejante afirmación nos remite inmediatamente a la prensa cortesana de la época priísta y que todavía se halla entre nosotros.
Pero la cosa no se queda ahí, el afán de “equilibrar” lleva a Granados Chapa a asumir la posición del Estado Israelí :
“El [embajador] de Israel respondió puntualmente las acusaciones sobre las bajas civiles y de niños (que en fotografías y en la pantalla de televisión estrujaron aún a los corazones menos sensibles) aduciendo que se les usaba como escudos humanos para ocultar arsenales y cuarteles. Añadía [el embajador israelí] que la población civil recibía información sobre los bombardeos inminentes a fin de que pudiera ponerse a salvo.” (§ 6)
Sin comentarios.
Y más adelante:
“[...] el embajador de Irán, que adquirió protagonismo e hizo evidente que Hamas significa la presencia del ayatolismo iraní a las puertas de Israel cuya destrucción ansía.” (§ 6)
¿Qué lleva a Granados Chapa a semejante afirmación? Lo ignoramos. Lo que es significativo es que se hable de que Hamas “significa” y no “representa” la presencia del “ayatolismo” en la frontera de Israel. Hay un afán claro de sugerir e insinuar, sin afirmar categóricamente, quizá “esperando documentarse para afianzar estas afirmaciones”. Y vaya que hay que documentarse, quizá así nos enteraríamos del pequeño detalle de que no hay ayatolas en Palestina, pues los palestinos son musulmanes sunnitas o bien cristianos, y no musulmanes chiítas como los iraníes. Granados Chapa se refiere probablemente a la extensión de la influencia política, militar y financiera de Irán a Palestina. Eso ocurre, efectivamente, pero Granados Chapa parece no atreverse a atacar directamente el derecho de un pueblo invadido a buscar las alianzas que considere necesarias y hacerse responsable de ellas , y prefiere entonces levantar un espantajo: el “ayatolismo”.
Decir que se da lo suyo a cada cual mientras se aducen despropósitos como los anteriores no es un método muy fructífero para entender los procesos históricos. Tenemos así un “equilibrio informativo” que ignora o pasa por alto hechos como los que indica P. Miguel:
“Desde cuando menos 2002 hasta 2003 estuvo vigente una ordenanza castrense que permitía a los efectivos de Tel Aviv servirse de palestinos inermes como parapeto en circunstancias peligrosas. Varios organismos de derechos humanos denunciaron la normativa y ésta fue anulada por la Corte Suprema de Tel Aviv tras la difusión de un video en el que se veía a un niño palestino que fue amarrado al cofre de un vehículo blindado de Israel para disuadir a los otros menores que le arrojaban piedras [....].” (§ 7)
La columna adjunta una fotografía del suceso.
O sea, para Granados Chapa los palestinos carecen de un derecho cuyo reconocimiento no se escatima a los israelíes: la legítima defensa. Que esa defensa no se efectúe al gusto de los equilibrados opinadores del mundo es otra cuestión; pero escatimar ese derecho a un pueblo invadido y periódicamente masacrado con impunidad es algo propio del razonamiento de los viejos colonialistas y de sus lacayos tercermundistas. Resulta significativo que algo llamado “equilibrio informativo” encuentre el equilibrio en tales circunstancias.
El debate político es un campo de batalla de ideas, incruento, pero no desprovisto de importancia en el sentido de que las partes de un conflicto, sobre todo las más débiles en términos materiales, siempre requerirán adhesiones en el exterior; tanto palestinos como israelíes buscan apoyos en el exterior, los israelíes buscan mantener los flujos de “ayuda” militar y financiera de los EU, los palestinos buscan el apoyo material y moral de sus vecinos árabes e iraníes y el apoyo moral de otros pueblos, por muy poco que aquellos puedan aportar efectivamente, pues no hay algo más atroz para un pueblo invadido que sentirse aislado.
Por todo esto, refutar a Granados Chapa no tiene nada de gratuito, y la descalificación que él hace de los que se oponen a la invasión israelí de Palestina, afirmando que alientan la “judeofobia”, tampoco es gratuito, pues se inscribe plenamente, queremos suponer que por afinidad, en las coordenadas que el tándem imperialista estadunidense-israelí ha configurado para llevar adelante su ofensiva ideológica-política. Queremos dejarlo claro, no decimos sino que hay una afinidad ideológica evidente, que no se trata de una defensa inocente del “equilibrio periodístico”, sino de una posición política en toda la línea.
Pedro Miguel ha advertido esta situación:
“Los mandamases israelíes han [...] fabricado un discurso de alta eficacia para contrarrestar a quienes los señalan por asesinos y genocidas: quienes obran de esta forma son “judeofóbicos”. La acusación es de alto calibre (porque remite en automático a los nazis y su horrendo empeño de exterminar a los judíos de Europa) y ha acobardado a muchas buenas conciencias que temen a la posibilidad de manchar su imagen pública con una salpicadura de incorrección política o que, por la razón que sea, han decidido actuar en sintonía con la embajada israelí de su corazón. Es un intento por emplear a los judíos del mundo como escudos humanos: “Si criticas a las autoridades de Tel Aviv tendrás parte de la culpa por el próximo pogromo”.” (§ 1)
Y más adelante:
“Pretende la postura oficialista de Israel, reproducida hasta por opinadores con fama de éticos y de lúcidos,que el blanco del ataque no fueron los no combatientes sino “las instalaciones militares con cubierta civil de un grupo terrorista”’. (§ 4)
¿Cuál es la razón de que Granados Chapa tema a la “incorrección política? Básicamente el rechazo típicamente “intelectual” al ascenso de organizaciones del tipo de Hamas o Hezbollá, cuyo carácter popular radical se acompaña de una elevada eficacia al combinar la agitación, el reclutamiento de militantes entregados a la causa (fanáticos, dirían los Granados Chapa del mundo), el uso de recursos variados como la televisión, la asistencia social, la educación; así como el hecho de que tales organizaciones cuenten con simpatías en el exterior.
En suma, en personas como Granados Chapa, la resistencia del pueblo palestino mediante organizaciones como Hamas lo aterran porque implican que puede existir un radicalismo con verdadero arraigo popular, con la razón histórica de su lado, al cual se puede difamar pero no ignorar.
Eso en cuanto a una motivación de largo alcance, pero el propio texto de Granados Chapa nos indica el evento que lo ha motivado en lo inmediato:
“Ciertamente no hay [en México] una judeofobia activa, como la hubo en el pasado, que se manifieste en agresiones físicas, en asaltos y vejaciones como antaño ocurrieron [...]. Pero circula un vago tufo antijudío que puede condensarse en cualquier momento, extremo que puede y debe evitarse [...]. (§ 10)
"Esa difusa sensación antisemita apareció también en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, que está en trance de mudar de director. Un anónimo –que en realidad eso es un texto firmado con nombre falso- sometió a un juicio ético a profesores de esa facultad con la absurda pretensión de forzarlos a denunciar el ataque a Hamas. Esos profesores judeomexicanos, cuya nómina acompaña al anónimo para indicar que están localizados y bajo observación, son señalados por no compaginar 'de manera adecuada y realmente humanista su calidad de docentes críticos ante lo que pasa en el mundo', por evitar 'pronunciarse por (sic, en vez de contra) la masacre genocida que comete a diario el Estado sionista de Israel con el apoyo del mismo imperialismo que nos flagela aquí.' (§ 11)
"El corolario del anónimo sería de risa si no llevara implícito el peligro del prejuicio racial. Mencionando a una precandidata a la dirección de la Facultad, se agrega una condición a las establecidas por la normatividad universitaria: 'el requisito fundamental para alguien como ella es que deje claro que no avala la masacre de Gaza y que no apoya la política genocida del Estado sionista'". (§ 12)
Tenemos de nuevo la vieja táctica de la amalgama. Resulta que para el opinador, todos aquellos que se opongan a la estrategia israelí, a su política racista y genocida, son, o pueden ser, oportunistas que en realidad no se interesan genuinamente por la causa palestina, sino que se valen de ella para golpear a los judíos mexicanos en disputas mezquinas y puramente locales.
Resulta significativo que tratándose de un anónimo verdaderamente racista, el texto al que Granados Chapa hace referencia, el opinador se limite a hablar de una “difusa sensación”, esto es explicable por cuanto el autor pretende amalgamar a quienes califican a la política israelí hacia los palestinos como una variedad de racismo con quienes califican como racistas a todos los judíos. O sea, se arroja en el mismo saco por igual a antijudíos y a antiimperialistas, pero sin atreverse a decirlo abiertamente. Es una táctica rudimentaria pero conveniente, pues no hay que confrontar directamente a nadie, se evita llamar a los aludidos por su nombre (“y a esa andanada de despropósitos se añadió la sentida autoinculpación de la profesora universitaria a la que deliberadamente sólo aludo porque no es mi afán personalizar un acontecimiento que excede a las posiciones particulares pues genera un fenómeno colectivo” (§ 7)); y una vez que se
han mezclado las posiciones antiimperialistas y las antijudías, ya no es necesario recurrir a la historia, basta con remitirse a las declaraciones de los embajadores.
En suma, por los métodos que emplea, por el fin que persigue, el artículo de Granados Chapa se inscribe en un contexto concreto que es el actual desorden político y económico, en el cual los antiimperialistas tienen frente a ellos la incontestable dominación del capital monopolista yanqui con todos las consecuencias que implica para la paz del mundo, situación que los Granados Chapa del mundo pretenden obviar, ignorar, sirviendo quiéranlo o no, a la reproducción de esa dominación. El ideal de este tipo de intelectuales de una transformación democrática sin ruptura con el imperialismo no se ha manifestado ni se perfila en el futuro, pero eso no les impide perseverar en lo mismo, descalificando a la izquierda que llama imperios a los imperios y racistas a los racistas. Pero los hechos son testarudos y ya han dejado claro cual es la naturaleza de los regímenes que en Washington y Tel Aviv han decidido que los palestinos no tienen ni tendrán derecho a su tierra ancestral.
Aparentemente se trata de una parte del mundo realmente distante de México. Y sin embargo, los sucesos de aquella tierra han tenido y tienen relevancia para nuestro país. Sólo para comenzar, la religión más extendida en México, el cristianismo, tuvo su origen en Palestina y Cristo, “el Crucificado”, era palestino.
Por esto, numerosos nombres de personas y lugares en México recuerdan a Palestina.
Pero no únicamente las tradiciones bíblicas ligan a Palestina y México; más cercana a nosotros es la serie de conflagraciones que han tenido lugar entre el Estado israelí y la población palestina por la posesión de la tierra histórica de Palestina a partir de 1948. Esas guerras, y sobre todo la ocupación de Gaza y Cisjordania por Israel, han propiciado gran polémica en México.
Miguel Ángel Granados Chapa, afamado columnista de la revista Proceso y del diario Reforma, se pregunta perplejo por qué ese conflicto genera tanta atención y polémica en México, lo que “[....] contrasta con la ausencia de otros [conflictos] más sangrientos y prolongados pero que carecen de clientelas políticas en nuestro país” (Proceso 1685, págs.54-55, 15 de febrero de 2009, §5). Y cita los ejemplos del Congo, de Sierra Leona y Guinea, que a su juicio “merecen” más atención que el de Palestina. Es una interesante forma de presentar la cuestión: que cada lucha de liberación compita por las “clientelas políticas” para aparecer en noticiarios y periódicos.
El perplejo “opinador” no halla mejor explicación para aquello que lo sorprende que la de que los sucesos de Palestina generan atención exclusivamente por el hecho de que son explotados por grupos políticos marginales para fines aviesos, que de manera irresponsable crean el peligro de propiciar una ola de “judeofobia” con o sin la intención de hacerlo.
Que exista tal manipulación no explica ni mucho menos el fondo de la cuestión. Lo mismo puede ocurrir con cualquier “causa justa” en nuestra época; lo que hay que hacer, como analista, es ir al fondo de las cosas, y no quedarse en la superficie.
En virtud de lo dicho, ¿cuál es, a nuestro entender, la razón de esa atención ‘inmerecida’ al conflicto palestino-israelí?
La razón reside en un par de circunstancias que a nuestro opinador no parecen pasarle por las mientes.
En primer lugar, en Palestina las potencias neocoloniales, EU, Europa occidental, y una potencia colonial, Israel, combaten frontalmente a un pueblo invadido; y lo hacen ante la impotencia generalizada de los pueblos del área, con la complicidad de gobiernos y medios de comunicación de muchos países. Esto no ocurre de manera tan evidente en los casos africanos, donde la injerencia de las potencias se da por medio de grupos interpósitos y gobiernos locales y en un escenario marcadamente caótico, de manera que es casi imposible para un observador externo determinar en un momento preciso a qué intereses responde tal o cual grupo político o militar, de modo que a veces sólo queda solidarizarse con la población que sufre los estragos de la guerra y hacer una condena general a las potencias y empresas trasnacionales que lucran con los conflictos.
En Palestina, en cambio, el imperialismo no es un concepto más o menos abstracto, sino una realidad palpable en la cual la toma de partido no sólo es posible sino necesaria.
La segunda circunstancia que Granados Chapa pasa por alto, es la historia misma del conflicto y las particularidades de la evolución histórica del pueblo palestino antes y después del año crucial de 1948, que han sido tales que le han llevado a resistir las ofensivas israelíes hasta límites increíbles. Y tal capacidad de resistir ha propiciado de manera natural la simpatía de otros pueblos, sobre todo de aquellos que padecen o han padecido la opresión colonial, como es el caso de México. La persistencia de los palestinos en la defensa de su derecho a la autodeterminación, aún en el exilio, en los campos de refugiados o bajo las lluvias de balas y misiles, puede ser contada entre las grandes gestas de los pueblos.
A un intelectual acostumbrado a observar todo lo que ocurre en la política como bajado de las alturas de las élites, estas razones le parecerán “ingenuas”. Convendría recordar que principios de este tipo le dieron congruencia a cierta tradición diplomática mexicana, provocada, por cierto, por factores “internos” del país. Esa tradición repudió la asonada franquista, la anexión de Austria por Alemania, la invasión italiana a Etiopía, y ha reconocido hasta la fecha a la RASD como el régimen legítimo del Sahara Occidental, ocupado militarmente por Marruecos. ¿Considera Granados Chapa que en tales situaciones México debió hacer “propuestas equilibradas”, “condenado a ambas partes”, en vez de tomar una posición tan resuelta y tajante de condena a las potencias agresoras? Es decir, según Granados Chapa ¿se puede echar en el mismo saco a la República y a Franco, a Hitler y al pueblo austriaco, a Mussolini y al Ras Tafari, al POLISARIO y a los dinastas marroquíes? No podríamos decirlo.
Por lo menos sí sabemos que hay que condenar igualmente a la resistencia palestina y al Estado israelí, y que hay que aplaudir al gobierno mexicano por su ecuanimidad al obrar así.
¿Las razones para lavarse las manos? Hamas es terrorista y el gobierno israelí se ha visto obligado a defender a su población, aunque al hacerlo ha cobrado vidas de inocentes. Demostración de esto. Ninguna, es vox pópuli, todos los noticiarios de Europa y los EU lo dicen, ergo, debe ser cierto.
Naturalmente, se nos dirá, no se puede comparar a Hamas con la República española, etc. o sea, hay que esperar a la derrota de Hamas y a que pasen unos 60 años más para saber si tenía la razón histórica para proceder como procedió. Mientras tanto, según Granados Chapa, hay que atenerse al “principio periodístico” de dar a cada cual lo suyo, pues:
“ Sin aplicar el principio periodístico que demanda narrar la génesis de los acontecimientos, se cargaba la responsabilidad al ataque israelí, dejando en segundo lugar la causa de ese ataque [los ataques de Hamas con cohetes caseros] con lo cual se brindaba una comprensión a medias.” (§5)
Resulta entonces que por medio de este agudo ‘principio’, Granados Chapa llega a la conclusión de que la “causa” de la invasión israelí a Gaza en diciembre de 2008 no fue la ocupación israelí de Palestina, sino la respuesta palestina a esa ocupación. Tal lucidez deslumbra. Claro, Granados Chapa afirma que tal ocupación no existe, que el Ejército israelí había desalojado la Franja, para nuestro opinador no cuenta como ocupación el control israelí sobre puertos y pasos fronterizos, el espacio aéreo y la costa, el control sobre las operaciones financieras, el comercio con el exterior y la ayuda humanitaria, y desde luego el hecho mismo que nos ocupa: que Israel lance ataques militares masivos contra la Franja.
El afán de emparejar a Hamas y al gobierno israelí no es más que un artificio, un emplasto mal pegado que el opinador se esfuerza por hacer pasar como un procedimiento necesario para entender el conflicto. Pero no se trata mas que de un esfuerzo bien evidente, casi groseramente evidente, por conciliar un esquema preconcebido con la realidad que lo refuta implacablemente. Con sólo un recuento de las “hazañas” israelíes en Palestina , se tiene una idea clara de quién es el agresor y quién el agredido pues, como ya se dijo, en Palestina el colonialismo no se escuda tras grupos interpósitos, aunque lo haya intentado , sino que se presenta como el choque descarnado y brutal de un poderoso ejército contra un pueblo invadido que apenas puede oponer unos cohetes hechizos contra misiles de alta tecnología lanzados desde aviones supersónicos, entre otros “juguetes” que Washington proporciona alegremente a Tel Aviv; pero los palestinos le oponen algo aún más poderoso, que es su identidad nacional y una voluntad de resistir, pese a todas las contradicciones inherentes a una resistencia que se ha prolongado por más de 60 años.
Ahora bien, una cosa es pregonar la ecuanimidad, el “equilibrio informativo”, y otra muy diferente practicarlo. Granados Chapa primero defiende la necesidad de dar a cada cual lo suyo y luego dice:
“Fue perceptible también, aunque el tema deba documentarse para afianzar [?] esta afirmación, la dominancia de un enfoque favorable a “los palestinos”, como si fuera ese pueblo el blanco del ataque y no las instalaciones militares con cubierta civil de un grupo terrorista que ha cobrado un alto número de vidas.” (§ 5).
Granados Chapa podría “documentarse” para “afianzar la afirmación” del origen de las víctimas de los bombardeos israelíes, que, según el resto de los mortales, era palestino. Ciertamente no eran filipinos.
Tal pareciera que los militantes de Hamas y los que los sigan dejan de ser palestinos para ser “terroristas” y como tales se hacen reos de ejecución expedita. Es decir, si los palestinos poseen armas, “instalaciones militares”, organización, entonces cometen actos espurios, fuera de lugar, cometen actos condenables y, por lo tanto, es deber de un Estado civilizado poner las cosas en su lugar, destruyendo esas “instalaciones militares” con el costo de vidas que sea necesario (vidas de los palestinos, se sobrentiende).
Ahora bien, ¿qué se entiende por “instalaciones militares” en Palestina? Pedro Miguel lo pone así:
“[...] en Gaza no existen instalaciones propiamente militares, salvo las que Israel implanta para sus propias fuerzas. Hamas, que detenta algo de poder en la Franja [de Gaza], no es un ejército ni tiene un ejército; de hecho, lo difícil es determinar quién es civil y quién no en un territorio bajo el control de una organización calificada de “terrorista” y que no sólo promueve ataques suicidas y lanzamientos de misiles caseros contra Israel, sino que también está a cargo de escuelas, hospitales, plantas de electricidad, imprentas y centros de distribución de abastos.” (§ 5)
Para Granados Chapa no parece haber diferencia entre un búnker artillado y una mezquita donde un puñado de militantes se cubren del fuego israelí; toda instalación que “sirva” a “los terroristas” tiene que ser bombardeada y arrasada al costo que sea. Esta forma de razonar es la vieja táctica sofista de la amalgama, en ella se mezclan en un mismo saco afirmaciones contradictorias aunque aparentemente lógicas para validar cualquier afirmación.
Otra táctica sofista a que recurre Granados Chapa es la de contraponer declaraciones de funcionarios interesados, como si tales declaraciones aportaran realmente algo positivo. Esta táctica había sido legítima en una época en que la feroz censura del Estado impedía hablar de asuntos políticos si no se había pronunciado previamente un funcionario, se trataba entonces, de “tomarle la palabra” al gobierno, buscando las contradicciones del discurso oficial. Pero en la actualidad tales procedimientos son más propios de la autocensura que ejercen muchos periodistas para no hablar de cosas que pueden molestar al gobierno o a gobiernos extranjeros. A Granados Chapa parece preocuparle que la revista Proceso le dé la palabra a testigos de la invasión a Gaza más que al gobierno israelí, dice textualmente:
“Los favorecedores del equilibrio informativo echaron de menos el parecer de los gobiernos involucrados, es decir, la ausencia de la posición de Israel.” (§ 5)
Resulta curioso, por decir lo menos, que Granados Chapa cuestione así a una revista que se asume como un “semanario de información y análisis”; según el opinador, la edición sólo hubiera resultado realmente informativa y analítica si se hubiese acompañado de un boletín del gobierno israelí. Dígase lo que se diga, semejante afirmación nos remite inmediatamente a la prensa cortesana de la época priísta y que todavía se halla entre nosotros.
Pero la cosa no se queda ahí, el afán de “equilibrar” lleva a Granados Chapa a asumir la posición del Estado Israelí :
“El [embajador] de Israel respondió puntualmente las acusaciones sobre las bajas civiles y de niños (que en fotografías y en la pantalla de televisión estrujaron aún a los corazones menos sensibles) aduciendo que se les usaba como escudos humanos para ocultar arsenales y cuarteles. Añadía [el embajador israelí] que la población civil recibía información sobre los bombardeos inminentes a fin de que pudiera ponerse a salvo.” (§ 6)
Sin comentarios.
Y más adelante:
“[...] el embajador de Irán, que adquirió protagonismo e hizo evidente que Hamas significa la presencia del ayatolismo iraní a las puertas de Israel cuya destrucción ansía.” (§ 6)
¿Qué lleva a Granados Chapa a semejante afirmación? Lo ignoramos. Lo que es significativo es que se hable de que Hamas “significa” y no “representa” la presencia del “ayatolismo” en la frontera de Israel. Hay un afán claro de sugerir e insinuar, sin afirmar categóricamente, quizá “esperando documentarse para afianzar estas afirmaciones”. Y vaya que hay que documentarse, quizá así nos enteraríamos del pequeño detalle de que no hay ayatolas en Palestina, pues los palestinos son musulmanes sunnitas o bien cristianos, y no musulmanes chiítas como los iraníes. Granados Chapa se refiere probablemente a la extensión de la influencia política, militar y financiera de Irán a Palestina. Eso ocurre, efectivamente, pero Granados Chapa parece no atreverse a atacar directamente el derecho de un pueblo invadido a buscar las alianzas que considere necesarias y hacerse responsable de ellas , y prefiere entonces levantar un espantajo: el “ayatolismo”.
Decir que se da lo suyo a cada cual mientras se aducen despropósitos como los anteriores no es un método muy fructífero para entender los procesos históricos. Tenemos así un “equilibrio informativo” que ignora o pasa por alto hechos como los que indica P. Miguel:
“Desde cuando menos 2002 hasta 2003 estuvo vigente una ordenanza castrense que permitía a los efectivos de Tel Aviv servirse de palestinos inermes como parapeto en circunstancias peligrosas. Varios organismos de derechos humanos denunciaron la normativa y ésta fue anulada por la Corte Suprema de Tel Aviv tras la difusión de un video en el que se veía a un niño palestino que fue amarrado al cofre de un vehículo blindado de Israel para disuadir a los otros menores que le arrojaban piedras [....].” (§ 7)
La columna adjunta una fotografía del suceso.
O sea, para Granados Chapa los palestinos carecen de un derecho cuyo reconocimiento no se escatima a los israelíes: la legítima defensa. Que esa defensa no se efectúe al gusto de los equilibrados opinadores del mundo es otra cuestión; pero escatimar ese derecho a un pueblo invadido y periódicamente masacrado con impunidad es algo propio del razonamiento de los viejos colonialistas y de sus lacayos tercermundistas. Resulta significativo que algo llamado “equilibrio informativo” encuentre el equilibrio en tales circunstancias.
El debate político es un campo de batalla de ideas, incruento, pero no desprovisto de importancia en el sentido de que las partes de un conflicto, sobre todo las más débiles en términos materiales, siempre requerirán adhesiones en el exterior; tanto palestinos como israelíes buscan apoyos en el exterior, los israelíes buscan mantener los flujos de “ayuda” militar y financiera de los EU, los palestinos buscan el apoyo material y moral de sus vecinos árabes e iraníes y el apoyo moral de otros pueblos, por muy poco que aquellos puedan aportar efectivamente, pues no hay algo más atroz para un pueblo invadido que sentirse aislado.
Por todo esto, refutar a Granados Chapa no tiene nada de gratuito, y la descalificación que él hace de los que se oponen a la invasión israelí de Palestina, afirmando que alientan la “judeofobia”, tampoco es gratuito, pues se inscribe plenamente, queremos suponer que por afinidad, en las coordenadas que el tándem imperialista estadunidense-israelí ha configurado para llevar adelante su ofensiva ideológica-política. Queremos dejarlo claro, no decimos sino que hay una afinidad ideológica evidente, que no se trata de una defensa inocente del “equilibrio periodístico”, sino de una posición política en toda la línea.
Pedro Miguel ha advertido esta situación:
“Los mandamases israelíes han [...] fabricado un discurso de alta eficacia para contrarrestar a quienes los señalan por asesinos y genocidas: quienes obran de esta forma son “judeofóbicos”. La acusación es de alto calibre (porque remite en automático a los nazis y su horrendo empeño de exterminar a los judíos de Europa) y ha acobardado a muchas buenas conciencias que temen a la posibilidad de manchar su imagen pública con una salpicadura de incorrección política o que, por la razón que sea, han decidido actuar en sintonía con la embajada israelí de su corazón. Es un intento por emplear a los judíos del mundo como escudos humanos: “Si criticas a las autoridades de Tel Aviv tendrás parte de la culpa por el próximo pogromo”.” (§ 1)
Y más adelante:
“Pretende la postura oficialista de Israel, reproducida hasta por opinadores con fama de éticos y de lúcidos,que el blanco del ataque no fueron los no combatientes sino “las instalaciones militares con cubierta civil de un grupo terrorista”’. (§ 4)
¿Cuál es la razón de que Granados Chapa tema a la “incorrección política? Básicamente el rechazo típicamente “intelectual” al ascenso de organizaciones del tipo de Hamas o Hezbollá, cuyo carácter popular radical se acompaña de una elevada eficacia al combinar la agitación, el reclutamiento de militantes entregados a la causa (fanáticos, dirían los Granados Chapa del mundo), el uso de recursos variados como la televisión, la asistencia social, la educación; así como el hecho de que tales organizaciones cuenten con simpatías en el exterior.
En suma, en personas como Granados Chapa, la resistencia del pueblo palestino mediante organizaciones como Hamas lo aterran porque implican que puede existir un radicalismo con verdadero arraigo popular, con la razón histórica de su lado, al cual se puede difamar pero no ignorar.
Eso en cuanto a una motivación de largo alcance, pero el propio texto de Granados Chapa nos indica el evento que lo ha motivado en lo inmediato:
“Ciertamente no hay [en México] una judeofobia activa, como la hubo en el pasado, que se manifieste en agresiones físicas, en asaltos y vejaciones como antaño ocurrieron [...]. Pero circula un vago tufo antijudío que puede condensarse en cualquier momento, extremo que puede y debe evitarse [...]. (§ 10)
"Esa difusa sensación antisemita apareció también en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, que está en trance de mudar de director. Un anónimo –que en realidad eso es un texto firmado con nombre falso- sometió a un juicio ético a profesores de esa facultad con la absurda pretensión de forzarlos a denunciar el ataque a Hamas. Esos profesores judeomexicanos, cuya nómina acompaña al anónimo para indicar que están localizados y bajo observación, son señalados por no compaginar 'de manera adecuada y realmente humanista su calidad de docentes críticos ante lo que pasa en el mundo', por evitar 'pronunciarse por (sic, en vez de contra) la masacre genocida que comete a diario el Estado sionista de Israel con el apoyo del mismo imperialismo que nos flagela aquí.' (§ 11)
"El corolario del anónimo sería de risa si no llevara implícito el peligro del prejuicio racial. Mencionando a una precandidata a la dirección de la Facultad, se agrega una condición a las establecidas por la normatividad universitaria: 'el requisito fundamental para alguien como ella es que deje claro que no avala la masacre de Gaza y que no apoya la política genocida del Estado sionista'". (§ 12)
Tenemos de nuevo la vieja táctica de la amalgama. Resulta que para el opinador, todos aquellos que se opongan a la estrategia israelí, a su política racista y genocida, son, o pueden ser, oportunistas que en realidad no se interesan genuinamente por la causa palestina, sino que se valen de ella para golpear a los judíos mexicanos en disputas mezquinas y puramente locales.
Resulta significativo que tratándose de un anónimo verdaderamente racista, el texto al que Granados Chapa hace referencia, el opinador se limite a hablar de una “difusa sensación”, esto es explicable por cuanto el autor pretende amalgamar a quienes califican a la política israelí hacia los palestinos como una variedad de racismo con quienes califican como racistas a todos los judíos. O sea, se arroja en el mismo saco por igual a antijudíos y a antiimperialistas, pero sin atreverse a decirlo abiertamente. Es una táctica rudimentaria pero conveniente, pues no hay que confrontar directamente a nadie, se evita llamar a los aludidos por su nombre (“y a esa andanada de despropósitos se añadió la sentida autoinculpación de la profesora universitaria a la que deliberadamente sólo aludo porque no es mi afán personalizar un acontecimiento que excede a las posiciones particulares pues genera un fenómeno colectivo” (§ 7)); y una vez que se
han mezclado las posiciones antiimperialistas y las antijudías, ya no es necesario recurrir a la historia, basta con remitirse a las declaraciones de los embajadores.
En suma, por los métodos que emplea, por el fin que persigue, el artículo de Granados Chapa se inscribe en un contexto concreto que es el actual desorden político y económico, en el cual los antiimperialistas tienen frente a ellos la incontestable dominación del capital monopolista yanqui con todos las consecuencias que implica para la paz del mundo, situación que los Granados Chapa del mundo pretenden obviar, ignorar, sirviendo quiéranlo o no, a la reproducción de esa dominación. El ideal de este tipo de intelectuales de una transformación democrática sin ruptura con el imperialismo no se ha manifestado ni se perfila en el futuro, pero eso no les impide perseverar en lo mismo, descalificando a la izquierda que llama imperios a los imperios y racistas a los racistas. Pero los hechos son testarudos y ya han dejado claro cual es la naturaleza de los regímenes que en Washington y Tel Aviv han decidido que los palestinos no tienen ni tendrán derecho a su tierra ancestral.
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