lunes, 20 de diciembre de 2010

La migración humana en la historia

Frecuentemente se tiene la idea de las sociedades antiguas como casi inmóviles, aisladas y autárquicas, sólo sacudidas por las guerras o los desastres naturales.

Sin embargo, las investigaciones históricas y arqueológicas nos brindan un cuadro muy diferente de la antigüedad. Los contactos y los consecuentes intercambios entre las sociedades pasadas han sido mucho más constantes de lo que se creía anteriormente.

Las diferentes sociedades, todas escindidas de un único tronco biológico humano, han comerciado y guerreado sucesivamente, luchando por territorios, recursos y hegemonía política, religiosa y étnica. Para esto, los desplazamientos a través de distancias a veces muy grandes han sido indispensables. Desplazamientos de individuos, grupos, ejércitos y aún poblaciones se han producido por milenios a lo largo de todo el orbe, hasta los rincones más apartados e inhóspitos, siempre a la búsqueda de los medios de existencia indispensables para perpetuarse.

Los contactos entre los diferentes grupos han tenido un impacto diferenciado, a veces han llevado a la extinción de un grupo debido a su absorción por otro o por su eliminación violenta. Pero también han llevado a una nueva época de progreso, por ejemplo, mediante la difusión de conocimientos y tecnologías. Se sabe que la domesticación del trigo, la metalurgia del hierro y la escritura alfabética fueron realizadas en el área comprendida entre Palestina e Irán, y que desde ahí se difundieron hasta el occidente de Europa, pasando por toda la cuenca mediterránea y quizá al oriente de Asia, pasando por el Asia central. El maíz se habría difundido igualmente desde una región en el México central hacia el norte y el sur, alcanzando tierras tan lejanas como el Perú. Tal difusión nunca constituyó un acto único, sino que requirió un largo tiempo, y se efectuó a través de muchos pueblos. Los francos del siglo VIII estaban lejos de suponer que las letras latinas que ellos perfeccionaron las debían a los ancestros de los árabes que los invadieron desde España, pero los griegos reconocían el origen semita de su escritura, llamándole “escritura fenicia”.

Los intercambios culturales más notables de la antigüedad tuvieron lugar en la cuenca del Mediterráneo, sobre todo en la parte oriental; ahí, egipcios, semitas, iranios, griegos, anatolios y turanios, convivieron por milenios, influyéndose recíprocamente. La guerra y el comercio fueron los vehículos de grandes avances tecnológicos y de profundas transformaciones sociales. Los griegos y fenicios, navegantes, piratas y comerciantes jugaron un papel relevante en estos procesos, fundando sus colonias mercantiles a lo largo del litoral, fueron los enlaces entre los pueblos del Mediterráneo, el Mar Negro y aún del lejano océano Índico. De los fenicios se considera que pudieron alcanzar el occidente de África y la Gran Bretaña, aunque no se establecieron en estos territorios. El surgimiento de Roma empujó al ocaso al Próximo oriente, al menos por un tiempo, pero este nuevo imperio pronto estableció comunicaciones regulares con tierras lejanas, sobre todo la India, Nubia, y el norte de Europa. Pronto se estableció una ruta de comercio casi legendaria, la “ruta de la seda”. De alguna manera no esclarecida, los romanos accedieron a la seda, entonces sólo producida en la remota China, esta tela, se comenzó a importar a través de varios intermediarios, trasladándola por tierra a través del Asia central hasta Siria, donde se preparaba una tela con diseño al gusto romano a partir de la fibra cruda o de la tela con dibujos orientales, que era destejida hilo por hilo y vuelta a tejer, para ser luego embarcada a Roma donde la adquirían los romanos ricos que pagaban en oro. La ruta de la seda fue un importante puente cultural, pues llevó el cristianismo al Asia central, así como la escritura alfabética (alfabetos uigur y mongol).

La caída del imperio romano no frenó estos contactos, salvo quizá en Europa, en proceso de feudalización, pero más allá, en el Asia, el empuje de los musulmanes arrojó a los decadentes bizantinos de Próximo Oriente y enlazó todo el norte de África con Asia y más tarde con Asia oriental a través del Asia central y de Insulindia. Los árabes, como es ampliamente reconocido, trasladaron conocimientos desde los antiguos centros de cultura de Oriente hasta la península ibérica, invadida por ellos en 711, así, los números arábigos, más bien indios, y la caña de azúcar, que tanta importancia tendrá en la historia de América, llegaron a Europa. Los árabes instalaron negocios en los puertos de China, se extendieron por la costa swahili en el África oriental, donde inauguraron un boyante comercio de esclavos, que eran llevados a Asia. Tras la batalla de Talas (Asia central) los musulmanes se apoderaron de expertos chinos en la fabricación de papel, que acabó por desplazar al pergamino. Con los árabes, la ruta de la seda alcanzó sus mayores cotas.

Es significativo, debido al atraso de los medios de transporte, que relativamente pocos árabes “de cepa” se desplazaran en las campañas de conquista, salvo en los primeros tiempos; las sucesivas oleadas musulmanas se integraron con nativos, beréberes en África del norte y persas en Asia, luego con turcos centroasiáticos, los musulmanes, sobre todo militares, pero luego funcionarios y letrados arabizados e islamizados se movilizaron en número de varios miles para conquistar nuevos territorios que fueron integrados a la cultura y religión islámicas.

La migración de pueblos, grupos y aún individuos ha tenido, pues, un efecto nivelador en el terreno de la cultura, llevando y trayendo conocimientos e ideas; las migraciones, aunque suelen acompañarse de violencia y aún aniquilamientos, también pueden sembrar las semillas de transiciones revolucionarias en los lugares donde se efectúan, como fue el caso de la invasión musulmana en España, que llevó un gran caudal de conocimientos a Europa, o la invasión de América por los europeos a partir del siglo XVI, que si bien significó una enorme destrucción y una catástrofe demográfica para los pueblos nativos, también implicó un impulso decisivo a la formación de las relaciones de producción capitalistas en medio del decadente mundo feudal, pues en las tierras americanas se hallaron reservas cuantiosas de metales preciosos (oro y plata) indispensables para reforzar la circulación monetaria, y además, las tierras eran suficientemente buenas para la explotación de un producto tan valioso como el azúcar de caña, que se realizaba con trabajo de esclavos africanos (cuyo tráfico era otro gran negocio colonial). Todo un entramado colonial sostenido en las espaldas de los pueblos indígenas, reducidos prácticamente a una esclavitud de apariencia servil.

Con el correr del tiempo, las migraciones humanas no sólo no han cesado, sino que aún tienden a incrementarse; después de la invasión de América, millones de europeos se desplazaron al “nuevo” continente, al sur de África, a Australia, etc. Después de 1900 el signo comienza a invertirse, y la migración se produce desde los países colonizados por los europeos y estadunidenses con dirección a Europa y los EU, pero no se trata como antaño de una migración de naciones o viajeros aislados, sino de una combinación de ambas, pues se trata de cientos de miles de desplazados que se mueven individualmente o en pequeños grupos gracias a los modernos medios de transporte. Estos migrantes no buscan recrear su nación, sino asimilarse a la nación a la que llegan, aunque con frecuencia se enfrentan a la xenofobia de los locales.

La migración moderna, pues, es un producto neto del estado de las relaciones capitalistas de producción bajo el imperialismo neocolonial, y corresponden a la tendencia inmanente a la nivelación mundial de los salarios y los precios, misma que es constantemente socavada por la acción de los monopolios de Estado, que ante todo buscan apropiarse de la fuerza de trabajo en las mejores condiciones para ellos, o sea, a los precios más bajos posibles, por lo cual alientan la migración ilegal, a fin de que los trabajadores migrantes vivan en un ambiente hostil que los obligue a vender barata su fuerza de trabajo, sin capacidad de apelar a la solidaridad de clase de los trabajadores nativos, teniendo lugar una división al interior de la clase obrera que beneficia directamente a los capitalistas.

La naturaleza decadente del capitalismo se manifiesta también en el hecho de que las relaciones de producción vigentes se oponen directamente a la acción niveladora de la migración de los pueblos, buscando manipularla en su propio beneficio, sin embargo, pese a esto, la rueda de la historia continúa su marcha, y puede decirse que la migración y los intercambios entre los pueblos son otros tantos engranes de esa rueda.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Poder y paramilitarización del narcotráfico en el México actual

Es frecuente escuchar en algunos medios de comunicación afines a las posiciones del Gobierno la tesis de que la violencia delincuencial que sacude al país no tiene diferencias fundamentales con la de antaño, sólo que como ahora el Gobierno se ha empeñado en una lucha frontal contra ella, entonces esta se ha recrudecido ya que los grupos criminales se baten en retirada.

Pero poca evidencia puede aducirse a favor de una tesis tan simple. Ciertamente México ha padecido la violencia de los grupos delincuenciales desde mucho tiempo atrás, por no ir muy lejos, desde los 1970s hacia acá, los narcotraficantes han sembrado el terror en muchas poblaciones rurales, y en los asentamientos marginales de las ciudades, los grandes capos de las drogas han sido, desde los 1980s verdaderos “señores de la guerra” en varias regiones del país, sobre todo en Sinaloa, Ciudad Juárez, Tijuana y Tamaulipas; al capo se le asocia siempre a un grupo armado, lo sicarios, encargados de proteger los cargamentos de drogas, al capo y a su familia, así como de luchar en las calles para defender o conquistar las rutas del trasiego.

Desde hace tiempo, el capo y el sicario han sido parte del abanico del crimen por lucro en el país, junto a otros como los secuestradores y ladrones. El Gobierno, presionado por los EU ha perseguido el narcotráfico desde los 1940s, pero con intensidad creciente desde fines de los 1970s, combate en el que se han comprometido no sólo las policías federales (PJF, DIPD, DFS, AFI, PFP, PF), sino las corporaciones estatales y aún el Ejército. Los resultados de esta lucha han sido poco halagüeños, miles y miles de agentes de seguridad han sido corrompidos con el dinero de los cárteles, los cuales se extendieron por el país conforme se incrementaba la demanda de drogas de los EU, muchos capos y sicarios resultaron muertos o cayeron presos, pero fueron remplazados y los cárteles siguieron operando.

Hacia 2005-2006, cuando llegó al poder la segunda administración panista, la violencia criminal se había tornado incontrolable, las operaciones “México Seguro” habían fracasado, y el Ejército estaba involucrado en la seguridad de varias ciudades. El nuevo Gobierno se empeñó en una “guerra al narcotráfico” cuya motivación se ha debatido ampliamente. Con esta consigna se desplegaron miles de soldados en las calles de las ciudades más golpeadas por la violencia callejera. El anuncio fue hecho por el presidente de la República, que lo hizo enfundado en una casaca militar y con una gorra con cinco estrellas bordadas en un gesto altamente simbólico, en el que el poder civil se asimilaba al militar, buscando crear la impresión de unidad nacional en torno al Gobierno.

Para desgracia del bloque dominante, el Gobierno no acompañó la aparatosa “ofensiva” con medidas realmente efectivas de combate al narcotráfico, sobre todo en el área de las finanzas, en el de atención a la salud, en la educación y el combate a la pobreza, de manera que la “guerra” acabó limitándose al despliegue de militares en las avenidas principales de varias ciudades del norte y occidente del país, y que resultaron muy poco efectivas para detener tan sólo la violencia callejera.

Más aún, la militarización de la lucha con el narcotráfico tuvo como efecto la paramilitarización de los grupos delincuenciales. Numerosos grupos de policías y soldados se unieron a los cárteles, incluso sin abandonar sus corporaciones, altos mandos de la PF y del Ejército han sido acusados de tener tratos con narcotraficantes, y no han sido pocos los casos en que corporaciones estatales y municipales han quedado divididas por la afiliación de sus integrantes a distintos cárteles.

De hecho, en los últimos cuatro años, la violencia se ha recrudecido, y ha tomado un cariz nunca visto antes al menos en las zonas urbanas, pues los enfrentamientos se han tornado en verdaderas batallas que se prolongan por horas, en los que se emplean armas pesadas, explosivos y hasta cohetes portátiles. Incluso estas batallas se han producido a plena luz del día, en lugares concurridos, lo que ha generado pánico en muchas ciudades, sobre todo del norte y occidente del país. Convoyes de policías y soldados han sido emboscados en carretera, y en poblaciones pequeñas los edificios públicos han sido arrasados, como ha sido el caso en Tamaulipas, concretamente en municipios como Mier, cuyos habitantes en su totalidad tuvieron que refugiarse en poblaciones vecinas.

El estado de Tamaulipas ha registrado los episodios más álgidos de esta guerra, a mediados de 2010 comenzaron a registrarse una serie de alarmas en los foros informáticos referentes a un incremento de la violencia, estas versiones fueron descalificadas en la televisión como campañas de rumores alarmistas o de plano como manipulaciones de los grupos delincuenciales. Pero pronto, gracias a muchos ciudadanos tamaulipecos que se arriesgaron a grabar videos y a publicar versiones en red, se supo lo que estaba ocurriendo en el estado. El Cártel del Golfo (CDG) había comenzado una verdadera campaña bélica contra el cártel de los “Zetas”, con el fin de expulsarlos de Tamaulipas, donde ambas organizaciones convivían.

Cabe hacer un apunte sobre el origen de los “Zetas”, pues es el indicador más saliente de la naturaleza de la “guerra”. Los Zetas fueron en su origen la guardia personal del capo Osiel Cárdenas, jefe del CDG, y que se dice desconfiaba profundamente de sus lugartenientes, por lo cual reclutó a varios desertores del Ejército, de los nuevos grupos de élite GAFE (Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales); los llamados Zetas comenzaron a ganar influencia dentro del cártel del Golfo, que controla la ruta de trasiego que va del Caribe al sur de Texas. Incluso cuando Cárdenas fue detenido y extraditado a los EU, donde permanece, los Zetas continuaron en ascenso, continuamente reforzados por militares mexicanos y centroamericanos.

Para 2005-2006, los Zetas ya podían considerarse un cártel independiente del CDG, con sus propias rutas y plazas fuertes, y con su líder Heriberto Lazcano, convertido en un capo, hombro con hombro con los “barones” de la droga.

Los Zetas se hicieron odiosos al CDG, que lanzó una campaña de propaganda llamando a la erradicación de los “fuereños” (los del CDG son tamaulipecos en su mayoría o así lo afirman, y los Zetas son de otros lados, sobre todo de Hidalgo). La oleada de 2010 fue liderada por el CDG, pero consta que recibió ayuda de otros cárteles, incluso rivales, sobre todo el de Sinaloa, y la Familia Michoacana, que enviaron sicarios en gran número a Tamaulipas a combatir a los Zetas. Según testigos y registros gráficos, las calles de las ciudades comenzaron a ser patrulladas por convoyes de camionetas tipo van con rótulos que decían “CDG”, o sea, Cártel del Golfo”, a manera de identificación; estos grupos armados se movilizaban impunemente, a la búsqueda de células de los Zetas, tomando carreteras, calles y poblados completos, participando en cruentos enfrentamientos, sin que las fuerzas de seguridad locales o federales actuaran en su contra, lo que hizo pensar que había un acuerdo para eliminar a los Zetas, quienes fueron diezmados, pero lograron refugiarse en Nuevo León, en la zona de Monterrey, y pronto comenzaron a contraatacar, logrando recuperar sus posiciones, y restableciendo al menos en parte su lugar en las rutas del Golfo.

Los Zetas significaron un salto cualitativo en la estructura de los cárteles, pues no en balde están integrados por soldados. Conforman un grupo paramilitar, organizado según ordenanzas y sumamente disciplinado, como demuestra la resistencia que manifestaron a la oleada del CDG de 2010, lucha que en muchas partes de Tamaulipas aún continúa. Además, los Zetas han sido constantemente denunciados por sus rivales por participar en toda clase de delitos para financiarse, y particularmente en secuestros, sobre todo de migrantes, como hizo patente el caso de la masacre de San Fernando, donde presuntos Zetas sacrificaron a 72 migrantes centro y sudamericanos. El CDG llamó significativamente a regresar al “negocio de ellos”, o sea, el trasiego de drogas, y dejar los delitos contra la ciudadanía, algo semejante a lo que proclama La Familia, creada a su vez por los Zetas en Michoacán, y luego enfrentada a ellos.

Esta evolución de los cárteles en grupos paramilitares se corresponde con la situación general de crisis del capitalismo, pues el cambio en las rutas de tráfico y el incremento del consumo de estupefacientes en EU y Europa ha exacerbado la competencia entre los proveedores, que por ser negociantes al margen de la ley sólo pueden dirimir sus conflictos por medio de las armas, con las rutas de trasiego como campo de batalla. Nuestro país es atravesado por tres rutas principales: la del Golfo, que va de Quintana Roo a la frontera tamaulipeca; la central, que va de la Ciudad de México a Ciudad Juárez; y la del Pacífico, que va de Chiapas a Tijuana. Hay además otras ramas de importancia, principalmente la ruta Acapulco-DF; la Veracruz-DF; la Sinaloa-Ciudad Juárez; la Manzanillo-Guadalajara; la Monterrey-Reynosa; entre otras.

Estas rutas son materia de disputas constantes entre los cárteles, tanto más conforme las sumas de dinero se incrementaron, pero este mismo dinero atrajo a otros, sobre todo a policías, soldados y funcionarios, que se incorporaron individualmente o en grupos a las organizaciones criminales; y esto resultó en que las poblaciones rurales y urbanas a lo largo de las rutas de trasiego se convirtieron en posiciones en disputa. Más que nunca, resultó indispensable para un cártel controlar a policías y funcionarios locales para poder llevar a cabo su actividad, las plazas se compraron y vendieron como mercancías, o sea, se hizo participar del negocio a una cantidad mucho mayor de “socios”: funcionarios y agentes de seguridad, de lo que resultó que a veces se “vendía” una misma plaza a varios cárteles lo que hacía sobrevenir una oleada de venganzas y asesinatos contra policías, funcionarios y traficantes rivales. Esto motivó la búsqueda de rutas alternas, pero pronto se presentó de nuevo la disputa, y así la violencia acabó por extenderse a lugares que nunca antes se habían visto involucrados.

Un signo que anunció estos cambios fue la creciente cantidad de fusiles de asalto estadunidenses que aparecían en manos de sicarios, pues durante mucho tiempo el arma predominante fue el fusil AK-47, popularmente conocido como “cuerno de chivo” por su cargador curvado. Pero ahora se veía con abundancia el fusil AR-15, internado ilegalmente por la frontera norte; y con el llegaron armas mucho más temibles, como bazucas, lanzagranadas y fusiles antiaéreos Barret, que han tomado parte en feroces combates a lo largo de las rutas de la droga.

Y si estas armas han podido ser empleadas es que en buena medida los sicarios de hoy son policías y soldados desertores, en retiro o incluso en activo. Los Zetas incluso han contado con centros de entrenamiento para sus “reclutas” en ranchos de Tamaulipas y Nuevo León; en uno de estos centros se decomisaron gran número y tipo de armas, así como uniformes y mochilas con el emblema del grupo delictivo.

El fenómeno de la violencia delincuencial en México tiene un claro origen en la corrupción del Estado, que abrió las puertas de par en par de los cuerpos de seguridad a los grupos criminales, mismos que se sirvieron de ellos en la disputa por las rutas de trasiego, y acabaron por desmoralizarlos. El incremento del consumo en EU y Europa, pero también en México, ha inundado nuestro país de dólares que ingresan como una renta, como un capital que no puede invertirse en actividades productivas sin antes “lavarse”, o sea, hacerse pasar por dinero lícito a través del sistema financiero, mismo que participa felizmente del ciclo de la corrupción, y se convierte en parte de la esfera de criminalidad, a cambio de un dividendo considerable.

Significativamente, el Gobierno no ha dirigido sus esfuerzos punitivos contra el sector financiero, como si la cuestión del narcotráfico se limitase a bandas de sicarios con sombreros y camionetas de lujo que se pasean por las calles de ciudades del norte. Pero ¿es inocente de todo lo que ocurre el circuito financiero mexicano? Es de dudarse si se tiene en cuenta la cantidad de dinero que manejan los cárteles, y sobre todo el carácter cada vez más internacional de sus contactos y operaciones, si bien es cierto que buena parte de sus transacciones se realizan en efectivo, llegando a movilizar cantidades enormes de billetes (dólares), como lo han mostrado casos como el de Zhenli Ye Gon, presunto traficante de precursores de metanfetaminas, a quien se le decomisaron 205 millones de dólares en efectivo, que escondía en su casa, entre otros casos semejantes; también es conocido que muchos billetes son embarcados con destino a Sudamérica, para ser intercambiados por droga a los cárteles colombianos.

Y tampoco se ha hecho gran cosa en torno a los círculos políticos, salvo las detenciones, espectaculares, de alcaldes michoacanos, de un precandidato perredista, etc., que acabaron en un estruendoso fracaso, pues casi todos los reos fueron liberados por órdenes de tribunales. Es vox populi, sin embargo, que los círculos políticos están decisivamente confabulados con los narcotraficantes, revistas como Proceso han publicado señalamientos de vínculos de decenas de personajes de las administraciones locales y aún la federal con conocidos capos, sin que ello genere siquiera una respuesta. Más aún, el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, y que era el contendiente favorito fue asesinado violentamente en una emboscada durante su campaña. El ex gobernador de Colima fue también asesinado violentamente, 15 alcaldes han caído muertos con violencia, también diputados locales y aún federales, un diputado del PT de Tamaulipas difundió una denuncia sobre el narcotráfico y fue asesinado junto con sus acompañantes, escolta incluida.

La crisis general del capitalismo se ha manifestado en México cómo una crisis de múltiples aspectos en donde el narcotráfico aparece como un factor concurrente, producto y causante de la corrupción del Estado, tanto en el nivel político como en el financiero y a nivel de las fuerzas de seguridad. Esta crisis se ha traducido en la conversión de la economía de producción y reinversión de plusvalor a una economía de canalización de rentas, en la cual una renta como la de la droga no se convierte en un capital productivo, sino que se destina al goce de unos pocos, que adquieren productos de importación y contratan servicios que a su vez se realizan con bienes importados. Por ejemplo, los capos y sicarios, que poseen la renta de la droga, compran, entre otros bienes de lujo, como grandes mansiones, que son construidas con materiales muy costosos, y cuya construcción requiere contratar muchos trabajadores especializados, los materiales de construcción y el trabajo especializado que se invirtieron en la casa del capo equivale a una gran masa de capital que deja de invertirse en fábricas y campos de cultivo, etc., esto es, que queda fuera de la circulación mercantil. Los capos y sicarios también gastan grandes sumas de dinero en vehículos y armas (sus “medios de trabajo”), que son o importados o producidos por empresas extranjeras. El dinero de la droga, como el del petróleo sólo sirve para sostener el poder de una minoría a costa del bienestar de las mayorías empobrecidas, que además ven su entorno vital sustraído a la tranquilidad por la constante violencia de los grupos criminales, lo que también significa un costo en la salud y en la marcha normal de los negocios. Este ha sido el caso de Monterrey, cuya fama de lugar próspero e industrializado se vino abajo cuando las bandas criminales fueron capaces de aislar la zona urbana movilizando a cientos de lúmpen para bloquear las principales carreteras que comunican la ciudad con el resto del país, luego bloquearon esas carreteras con vehículos, logrando idéntico resultado. El colmo fue que en los bloqueos participaran policías en activo al servicio de los cárteles.

Conclusión:

La “guerra” al narcotráfico, contrariamente a lo manifestado por el Gobierno, ha redundado en la paramilitarización de las bandas criminales, que se conducen como pequeños ejércitos privados bien disciplinados. Este proceso se ha traducido en una regresión para el conjunto del país, tanto en el aspecto político, como en el económico, en beneficio de una minoría de capos, capitalistas, políticos, jefes policiacos y militares, significando para las masas trabajadoras un atentado al bienestar y a la paz a las que aspiran genuinamente desde siempre.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La descomposición política de la izquierda

Después de la gran derrota de la izquierda en las elecciones de 2009 se abrió un periodo de espera de cara a la organización de los procesos electorales de 2010. 2011 y 2012, sin embargo, a diferencia de otras coyunturas semejantes, en la presente, la dirigencia nacional del PRD reservaba una maniobra que no por anunciada resultó menos sorpresiva.

Esa maniobra fue el proceso de alianzas con el PAN para las elecciones de 2010 y 2011, alianzas que habrían “triunfado” según sus defensores, al haber ganado las gubernaturas de Sinaloa, Oaxaca y Puebla, con lo cual, siempre según sus impulsores, el PRI tendría minado el camino a la presidencia de la República en 2012.

Olvidan, sin embargo, los aliancistas, que el PAN en el momento presente difícilmente puede presentarse como un partido político autónomo, pues el Gobierno federal lo ha reducido a un apéndice suyo gracias a la presencia de funcionarios federales en las principales posiciones partidarias, de manera que las “alianzas” con el PAN sólo pueden ser alianzas con el Gobierno federal que según el propio PRD es producto de un fraude electoral.

Por otro lado, esta situación sólo puede tener efectos negativos para la izquierda aglutinada en el PRD, pues ha alimentado la división que ya existía entre las corrientes burocráticas y aquellas más identificadas con las masas. Esta división, en realidad muy antigua y que se remonta al viejo PCM, se ha expresado ahora en la pugna AMLO-NI, pugna que tuvo su punto más álgido en torno a la elección de la dirigencia nacional del partido y que significó la ruptura de ambas alas. A partir de entonces, el enfrentamiento ha ido escalando, y la dirigencia, controlada por NI ha obrado tal y como podía, acudiendo al Gobierno, al cual debía su imposición a través del TEPJF, entablando lo que se ha conocido como las “alianzas” con el PAN.

La división al interior del PRD y entre el PRD y el conjunto de la izquierda ha permitido al Gobierno gozar de un margen de maniobra que de otra manera no hubiera tenido, de manera que no ha tenido problema alguno en la aprobación de los presupuestos federales, y toda una serie de medidas draconianas en materia de seguridad, así como evadir su responsabilidad en los casos de negligencia que han llevado a la muerte a decenas de niños, ciudadanos y trabajadores. Por si fuera poco, el Gobierno lleva adelante una guerra contra los derechos de los trabajadores sin que ésta se traduzca en una contestación política por parte de la izquierda que supuestamente defiende los intereses de las clases trabajadoras. El partido de la izquierda ha quedado así paralizado, imposibilitado de emprender una campaña seria que lo posicione en el espectro político como un verdadero factor de poder, pues ha quedado aislado de la única fuente de poder a la que puede y debe apelar un partido que se dice de izquierda, o sea, a las masas trabajadoras.

En estas circunstancias, las luchas al interior del partido van tomando un cariz cada vez más oportunista, cada vez más carentes de un trasfondo político de largo alcance y resultan por ello más odiosas para las masas que suelen simpatizar con la izquierda. Resulta singular, por cierto, que para algunos cuadros de NI y de sus aliados de ADN esta situación no sólo sea inevitable, sino incluso deseable, lo que revela en buena medida las aspiraciones de estos cuadros a convertirse en meros apéndices del Estado, apenas disimulados con un discurso demagógico “de izquierda”.

Estos cuadros, cuyas tradiciones y aspiraciones no surgieron ayer, pero que hoy se manifiestan con toda su claridad, se han puesto en toda la línea de parte del Gobierno, la izquierda sólo puede esperar de ellos una conducta de sumisión con el poder oligárquico.

Del lado del lopezobradorismo, la situación de descomposición también ha alcanzado niveles críticos, el Gobierno Legítimo ha sido un rotundo fracaso, pues no ha logrado constituirse en un frente cívico-político, mucho menos en una organización capaz de remplazar al PRD en un plazo corto, pese a que se ha intentado lograr esto durante tres años, y encima de todo se ha descuidado el trabajo al interior del propio PRD, dejando a NI-ADN el campo libre para sus tropelías. Y ahora se pretende que el Gobierno Legítimo dé un salto organizativo en unos pocos meses cuando no ha podido hacerlo en tres años, creando una estructura para-electoral llamada “los protagonistas del cambio verdadero”, adherentes del movimiento que sean capaces de atraer votos para AMLO en 2012 y que permitan vigilar las votaciones en ese año. Pero para esto se recurre a las mismas tácticas que ya se han ensayado y que ya han fallado previamente, concretamente, solicitar casa por casa la adhesión al movimiento, creando listas de estos “protagonistas del cambio”, listas que harán las delicias de las oficinas de campaña del PRI y del Gobierno federal.

La dirigencia lopezobradorista apuesta ingenuamente a que la descomposición del Estado y del Gobierno hagan caer el poder en sus manos como una fruta madura, y esta perspectiva le ha hecho ignorar que el proceso de descomposición del Estado mexicano también está acarreando la propia descomposición de la izquierda, pues ésta no ha sido capaz de desarrollar un proceso de recomposición programática que permita aislar a los elementos nocivos de aquellos que resueltamente luchan para defender los intereses populares de los embates de la clase capitalista.

Esta ignorancia puede ser funesta para el conjunto de la izquierda. No puede dejarse pasar.

Contrariamente a las falacias propaladas por la dirección nacional, la izquierda tiene frente a sí la posibilidad de crecer y ganar influencia entre las masas y sobre todo en las organizaciones civiles, pues la crisis ha violentado los ánimos de la población frente al Gobierno y los partidos de derecha, pero al mismo tiempo esas masas rechazan las divisiones dentro del PRD y las maniobras y componendas liquidadoras de NI-ADN, y entonces se muestran reacias a incorporarse a una iniciativa de izquierda, caen en la apatía y se desmovilizan, lo que genera un círculo vicioso en elcual los dirigentes liquidadores justifican su colaboracionismo pretextando el alejamiento de las masas, y las masas se alejan en señal de repudio a ese colaboracionismo con el Gobierno. Es, por lo tanto, una tarea urgente salir de este círculo y restablecer la agenda verdadera de la izquierda,a fin de que se entable una lucha real por la democracia en nuestro país.

jueves, 7 de octubre de 2010

El capital y la división del proletariado

La archisabida divisa romana divide et impera o “divide y vencerás”, cobra un particular sentido en la sociedad capitalista.

Las clases sociales, en la teoría, se presentan como totalidades, o sea, como sistemas relativamente uniformes, determinados por una serie de características identificables con unas determinadas condiciones de existencia, una ideología, una determinada organización (o desorganización) política, etc., de manera que una clase no resulta idéntica a la suma simple de los individuos que la componen, sino que es esa suma en su contexto y desarrollo históricos, en el tiempo.

La clase capitalista, aquella que posee el capital, suele ser identificada con ciertas prácticas de consumo, o sea, con el derroche y el lujo, pero esto no es más que la apariencia exterior de la clase. La clase capitalista se caracteriza por ocupar un lugar jerárquico en la sociedad, lugar determinado por su capacidad de valorizar su capital, por su capacidad de obtener ganancias. A mayor capital, más alto el lugar en la jerarquía social. Ello impulsa espontáneamente a cada capitalista individual a buscar la mayor ganancia en cada negocio en que se involucra, sin importar demasiado la naturaleza del negocio y quien resulte perjudicado. El negocio armamentista es un ejemplo extremo, pues se produce capacidad de destrucción para obtener ganancias.

El otro extremo de la sociedad lo integran los productores directos de las mercancías, es decir, los asalariados, trabajadores que a resultas de las revoluciones anti-feudales fueron despojados de los medios para obtener su sustento, y de esta manera obligados a buscar un salario pagado por los dueños del capital, a cambio del cual tienen que entregar trabajo extra no pagado que se convierte en la ganancia de los capitalistas.

Por otra parte, en una sociedad concreta, las clases presentan una gran variedad de aspectos, de manera que una clase concreta no se limita a describirse por medio de su posición frente a la producción, sino que puede también distinguirse por cuestiones nacionales, étnicas, religiosas, etc. Por ejemplo, en un país como México, las clases también se distinguen por su origen étnico y por su identificación nacional, entre otras características. Esto hace que la lucha de clases concreta se desarrolle siempre como un conflicto que termina por involucrar cuestiones nacionales, religiosas, de género, etc. Más aún, de hecho, en México y Latinoamérica los conflictos de clase se presentan como conflictos de etnia, religiosos, o nacionales antes que como tales conflictos de clase.

Una clase tiene que realizar al mismo tiempo dos grandes luchas, una para aglutinarse a sí misma, y otra para dividir a la clase opuesta, los grupos más dinámicos y poderosos al interior de cada clase son los que reúnen en sí mismos la capacidad y los recursos para conquistar el liderazgo de la clase, desplazando a los elementos indisciplinados o susceptibles de pasarse al lado contrario, evitando así que las divisiones internas predominen sobre la necesidad de coaligarse contra la clase antagónica.

Por otra parte, la división de la clase antagónica es una pieza fundamental de lucha de clases, para ello se procede a crear una base entre aquellos grupos que manifiestan afinidad a la ideología de la propia clase, o bien que aunque tengan condiciones de vida idénticos a los del resto de la clase, manifiesten inconformidad con su situación dentro de esta, percibiendo una contradicción entre sus aspiraciones de ascenso y las formas de la competencia dentro del capitalismo.

La gran burguesía monopolista, fracción dominante dentro de la clase capitalista, ha afinado cuidadosamente los instrumentos políticos e ideológicos con que libra su lucha de clases contra los asalariados, buscando siempre evitar que se constituyan plenamente en clase proletaria en todos los sentidos, o sea, en una clase militante con reivindicaciones propias. A este fin, la burguesía monopolista fomenta activamente la división étnica, o sea, el racismo, el nacionalismo burgués, la religión (“opio del pueblo”) y la opresión de la mujer (formación de un sub-proletariado no reconocido), a fin de contar con grupos de asalariados en qué apoyarse cuando alguna fracción del proletariado intenta luchar contra la opresión de manera aislada. Los capitalistas lanzan entonces a una fracción del proletariado contra otra, instrumentan el esquirolaje económico como el político y el ideológico.

El esquirolaje económico es plenamente identificable, los esquiroles económicos no son otra cosa que los rompe-huelgas, más sutiles son los esquiroles políticos e ideológicos, pero son igualmente dañinos. En el terreno ideológico podemos hallar grupos de trabajadores que luchan abiertamente por la defensa de los prejuicios capitalistas, es el caso de muchas organizaciones sindicales que le han dado la espalda al socialismo, y que defienden a ultranza el “derecho al trabajo” burgués, pretendiendo que atacando al monopolismo desde un punto de vista “liberal” se combate la opresión de los trabajadores.

Además, no pocos grupos de trabajadores defienden y defenderán los exclusivismos religiosos y nacionales, sacrificando la unidad obrera. La lucha en este terreno, como en el político, sin embargo, tiene, gracias a la crisis del capitalismo, visos de solución pues en el marco de la crisis, el sistema capitalista es cada vez más incapaz de realizar las expectativas, no ya de las masas trabajadoras, sino incluso de los mismos capitalistas, que arrecian la competencia y ahondan en la división de su propia clase, circunstancia que el proletariado puede y debe aprovechar para aplastar el esquirolaje ideológico, como paso previo a la emergencia política del proletariado revolucionario.

Así, el capitalismo crea diferencias salariales y en oportunidades de empleo, con base en diferencias étnicas, de edad, de género. El capitalismo, en tanto que modo de producción busca siempre asegurar las condiciones de reproducción de las relaciones de producción que le son características: dedica esfuerzos monumentales al aseguramiento de las materias primas y a la reposición de máquinas y equipos, pero, paradójicamente, la reproducción de las relaciones de dominación, de la esclavitud asalariada, está fuera de la esfera de la producción de mercancías, compete al Estado, a la familia, la iglesia, a los medios de comunicación, que tienen que asegurar que los asalariados se presenten al trabajo. La división del proletariado es un factor esencial en el proceso de reproducción de las relaciones de dominación propias de la sociedad capitalista, pues lo aleja de la posibilidad de convertirse plenamente en clase proletaria, capaz de asumir sus propias reivindicaciones y de formar sus propias organizaciones, de desarrollar la capacidad de guiar a toda la sociedad a una reorganización del trabajo que ponga por delante las necesidades del ser humano, dejando en los museos la historia de la explotación.

martes, 13 de julio de 2010

El papel del ala izquierda en las organizaciones de masas

Los movimientos de masas populares de todo tipo están, por regla general, divididos en alas opuestas, que comúnmente se denominan de izquierda y de derecha, más una agrupación difusa que oscila entre ambas y que puede llamarse centrista.

Ambas alas se hallan en un constante enfrentamiento por la dirección del movimiento, pues representan tendencias políticas directamente opuestas; la derecha se orienta a la contemporización con el Estado y con las clases dominantes, mientras que la izquierda busca organizar y representar a las masas trabajadoras.

La derecha se apoya en los grupos más vacilantes y más controlados por la ideología burguesa, mientras que la izquierda se apoya en los sectores más cercanos a las doctrinas de emancipación clasista.

Lo que une a izquierda y derecha, es la mutua oposición a la correlación de fuerzas políticas en el entorno nacional, pero incluso dentro de esta identidad de intereses, la diferencia entre los métodos de ambas alas del movimiento popular es notoria; la derecha cree que la forma de “lucha” primordial es la que se realiza en torno a acuerdos parlamentarios, y lo demás es mero “radicalismo”; la izquierda, en cambio, persigue la mejor educación y organización de las masas como un medio de formar verdaderos ejércitos de la lucha de clases, sin descartar la necesidad de acuerdos, pues la correlación de fuerzas en la política suele orillar a ello, pero definitivamente lo que separa a izquierda y derecha es la vocación por las masas de la primera, y la vocación por las componendas de la segunda.

En periodos de retroceso de las masas, que usualmente siguen a las derrotas, la izquierda tiene frente a sí la situación más difícil y que reclama más cautela, pues la correlación interna del movimiento se corre a la derecha, que puede tomar para sí la dirección del movimiento en su conjunto. Y esto no depende tanto, como se cree, de tal o cual maniobra tramposa o deshonesta de las camarillas derechistas, sino de la posibilidad de que tales maniobras pasen sin una oposición real de la izquierda.

La izquierda tiene frente a ella dos opciones: la defección o el retroceso en orden. Ambas opciones plantean cuestiones importantes.

Lo que tiene que plantearse en primer lugar son los objetivos generales que persigue el ala izquierda, o sea, aquello que constituye su programa. El ala derecha tiene un programa bien establecido: contemporizar con el Estado y las fuerzas conservadoras a cambio de reformas mínimas que le permitan levantar cara frente a los explotados. Los grupos dirigentes persiguen cargos partidistas y parlamentarios y de ser posible, cargos de elección. No hay más. El ala derecha es una extensión del Estado al interior del movimiento popular y actúa en consecuencia.

El ala izquierda tiene como fin la constitución de un poder popular verdaderamente democrático, para lo cual requiere que las masas participen directamente de la gestión del Estado, y el movimiento no sólo debe ser el vehículo para ello, sino la escuela de democracia popular. En momentos de auge del movimiento espontáneo de las masas, surge la necesidad de que el ala izquierda luche por asumir la dirección del movimiento, por medio de sus cuadros más destacados, que encausen la energía de las masas hacia objetivos concretos. En tiempos de reflujo de las masas, la situación se torna visiblemente más compleja, pues los cuadros del ala izquierda, sin ceder sus posiciones a la derecha sí tienen que evitar convalidar las maniobras derechistas que vayan dirigidas a socavar los intereses populares. Tienen que aprovechar toda oportunidad para desenmascarar las componendas derechistas y educar políticamente a las masas con el ejemplo, dejando claro quien representa a las masas y quien representa únicamente sus propias ambiciones personales.

jueves, 8 de julio de 2010

Las relaciones de producción en América Latina.

Al mediar el siglo XX, surgió una polémica en torno a la naturaleza del desenvolvimiento del modo de producción en América Latina, polémica estimulada en gran medida por los procesos de liberación nacional que sacudieron la región. La discusión tuvo un giro importante a partir de la obra de André Gunder Frank, quien habló del “desarrollo del subdesarrollo” y empató el proceso colonial de América Latina con el proceso de acumulación originaria del capital(1).

La coordenada principal del estudio de Frank era la importancia primordial que concedía a la formación de lazos económicos entre las metrópolis y las colonias latinoamericanas. Para Frank, las contradicciones internas eran secundarias, sobredeterminadas por el conflicto con el imperialismo.

Tales tesis presuponían que el cariz del modo de producción latinoamericano era, si no abiertamente capitalista, sí de un tipo intermedio con predominancia de relaciones mercantiles o capitalistas inmaduras en rápido tránsito al capitalismo. De otro modo no podía sostenerse la tesis de una dominación externa capitalista o en vías de serlo, no cabía hablar de relaciones de corte esclavista o feudal.

No tardó en sobrevenir el choque con los materialistas ortodoxos, para los cuales la sucesión de modos de producción no podía saltarse el modo feudal. En apoyo de sus posiciones vino un caudal de hechos obviados o subestimados por los teóricos “subdesarrollistas” a lo Gunder Frank. En la historia de la invasión española y portuguesa, y en el periodo colonial, el trabajo indio y negro fue siempre de carácter forzado, arrancado por medio de la violencia a los pueblos nativos y a los africanos secuestrados y traídos a América. Es decir, los trabajadores en América Latina fueron o esclavos o semi-siervos. Los ortodoxos apuntaron acertadamente que lo primordial en la investigación de los modos de producción tiene que residir en la investigación de la naturaleza de las relaciones de producción concretas, siguiendo la metodología implantada por Marx, y que era inadecuado plantearse esquemas abstractos tomando como base la naturaleza del intercambio entre países. Un exponente de este grupo ortodoxo es Heinz Dieterich(2), quien realizó una refutación directa de Gunder Frank, haciendo énfasis en la abundante evidencia histórica de la existencia de regímenes de trabajo esclavo y servil en el Perú colonial, y aportando evidencia de la existencia del modo de producción asiático en el Perú antiguo.

Pero algunas cosas se echan de menos en ambas posturas teóricas, y se trata de una tesis esencial de la teoría materialista de los modos de producción aportada por los autores clásicos. Es una tesis muy sencilla: que una formación social concreta históricamente determinada nunca es un modo de producción puro; sino que por el contrario, siempre es una mezcla abigarrada de rasgos, de relaciones de producción que corresponden a diferentes modos de producción; mezcla en la cual un tipo de relaciones predomina sobre las demás, de manera que se puede decir que se trata de una formación social “capitalista”, “feudal”, etc., cuando los rasgos capitalistas, feudales, etc., predominan sobre los demás.

La dificultad de determinar cuáles son las relaciones predominantes, su abigarramiento, su mutua deformación y condicionamiento es grande y requiere muchos estudios regionales previos. Pero se pueden adelantar algunas tesis, basándose en la teoría materialista.

¿Cuáles eran las relaciones presentes en América Latina en el periodo colonial?

A) relaciones comunitarias primitivas,
B) relaciones esclavistas,
C) relaciones serviles,
D) relaciones mercantiles simples y
E) relaciones capitalistas poco desarrolladas.

Los incisos A al D corresponden a relaciones de tipo precapitalista.

Los subdesarrollistas cometen un grave error al ignorar, obviar o pasar por alto la existencia de formas de explotación de corte esclavista y servil en la América colonial, lo que es algo bien documentado, como lo demuestra Dieterich. Algunos subdesarrollistas llegan al extremo de buscarle un carácter mercantil o hasta capitalista a explotaciones netamente esclavistas, lo que es un procedimiento negligente, falto de un rigor mínimo.

Los materialistas ortodoxos, a su vez, pasan por alto una cuestión fundamental para el tema que nos ocupa, el hecho, también ampliamente documentado de la naturaleza que revestían los productos del trabajo en la social colonial. Siendo producidos por semi-siervos, esclavos y unos pocos trabajadores libres, los productos coloniales eran, en buena parte, mercancías; carácter que distaba de corresponder, aparentemente, al tipo de relaciones de producción en que eran elaborados. Pero tal contradicción se verificaba en la realidad. Esclavos y semi-siervos no laboraban los campos y abrían las minas exclusivamente para una economía autárquica, sino para obtener mercancías que se venderían en Europa y Asia; se habla desde luego, del oro, la plata, el azúcar, café, etc. y aún otros productos para consumo colonial, como el cacao, el maíz y el algodón eran materia de intercambio. Tal situación nos remite al sur esclavista de los EUA antes de la guerra de secesión de 1861; en esa época, masas de esclavos negros producían algodón para alimentar las hilaturas de Inglaterra, en un intercambio mercantil simple que hacía a los señores hacendados del sur híbridos de empresarios mercantiles y esclavistas de tipo antiguo.

Otro tanto puede decirse de los colonizadores españoles y portugueses; algunos habrían sido señores de la tierra de corte feudal, otros esclavistas típicos, otros más, híbridos de los anteriores y de negociantes mercantiles, otros habrían sido mercaderes netos, algunos pocos, quizá muy pocos, auténticos capitalistas.

Es un error negar la existencia de un tipo de relaciones para apoyar esquemas preestablecidos. De lo que se trata no es de determinar cuáles relaciones existían, la evidencia aportada por ambas escuelas es contundente: todas las relaciones mencionadas existían en la maraña que era la formación total; de lo que se trata es de determinar qué tipo de relaciones era la que dominaba a las demás.

Al establecer las relaciones dominantes, no se debe proceder de manera simplista, buscando las relaciones que predominan en la mayor parte de las explotaciones, o que abarquen a la mayor cantidad de trabajadores, o de productos, etc., de lo que se trata es de buscar las relaciones que determinan la dinámica de la evolución de la formación social como totalidad, o sea, en visión retrospectiva, las relaciones que acabaron por predominar en términos absolutos y relativos al final del periodo colonial, y que luego redundaron en la moderna formación capitalista.

A nuestro parecer, las relaciones dominantes corresponderían a las mercantiles simples, en vías de convertirse en capitalistas durante el periodo de regímenes liberales.

A nuestro entender, la evidencia de esta afirmación radicaría en la naturaleza de la clase dominante: un tándem conformado por los comerciantes, los hacendados productores de mercancías, los mineros y las casas de contratación de la metrópoli, que unidos formarían una clase terrateniente-mercader volcada a una producción de mercancías basada en el trabajo esclavo y servil, en general, forzado, y sólo por excepción, libremente contratado.

El mundo colonial habría estado conformado pues, por formaciones sociales precapitalistas, ligadas primero indirectamente a los centros capitalistas (Inglaterra, Holanda) a través de España y Portugal, y luego de manera directa, en el periodo de las reformas borbónicas.

Notas

(1) Heinz Dieterich, Relaciones de producción en América Latina, 2ª, 1985, 336 pp.
(2) Ibíd.

lunes, 7 de junio de 2010

La descomposición del capitalismo

A partir del estallido de la primera guerra mundial, en 1914, el capitalismo, entendido como un régimen mundial o sistema, experimentó su última transición de largo alcance, configurándose en lo que se denomina Capitalismo Monopolista de Estado, o CME; el capitalismo en esta etapa de su desarrollo se integra con un grupo de grandes consorcios trasnacionales que se hallan en lo alto de la estructura económica; aunque esto no significa que las formas anteriores del capital hayan dejado o puedan dejar de existir, pues se observan aun en la actualidad formas tan atrasadas como el trabajo a domicilio o los pequeños negocios familiares, y en muchas partes del mundo perviven incluso formas precapitalistas de producción. Sin embargo, aun las formas más atrasadas de economía están bajo la tutela de las grandes corporaciones, que se sirven de ellas para vender sus productos y para amortiguar los golpes de las crisis.

En los medios cercanos al pensamiento liberal suele creerse que el modo capitalista se halla en una curva ascendente más o menos constante, y que las crisis son meros episodios debidos al manejo deficiente de algunos administradores ineptos o truhanes, que realizan maniobras financieras poco afortunadas. No hay rastro en este análisis de la crisis de largo alcance que el capitalismo manifiesta desde 1914-18, pues los nuevos productos, las recientes industrias y las ciudades nuevas de Asia, sobre todo de China, les parecen evidencia suficiente de que el capital mundial va en ascenso histórico.

Pero basta contraponer la realidad de miseria de millones alrededor del planeta, la devastación ambiental y las guerras presentes y las que se fraguan, para tener evidencias de la naturaleza de la crisis sistémica por la que atraviesa el sistema económico mundial desde hace casi cien años, y que es una crisis terminal.

Esto no quiere decir que el capitalismo está próximo a un “derrumbe” catastrófico, sino que sus contradicciones se van haciendo más acuciantes y reclaman más recursos para irse sobrellevando. O sea, que se requieren cada vez más sacrificios humanos para el Moloch del imperialismo como condición de sobrevivencia del régimen en su conjunto, lo que induce una creciente anarquía social a cambio del mantenimiento de un orden relativo al interior de la producción capitalista.

La riqueza acumulada en algunos lugares del planeta se paga con la miseria creciente de vastas regiones, haciendo que la lucha por la vida sea más desesperada; la abundancia capitalista no significa una abundancia real, esto significa que hay más mercancías, pero no significa que las necesidades de millones de seres humanos estén satisfechas.

El reto de las fuerzas democráticas del mundo consiste precisamente en dar paso a la construcción de un régimen socioeconómico que termine con la devastadora anarquía del capitalismo y la remplace por la cooperación de productores libremente asociados para producir aquello que sea realmente necesario.